[Todos a una] Documentales extraños: cuando la realidad supera a la ficción

Los documentales han acabado convirtiéndose en un subgénero del audiovisual digno de... bueno, digno de un documental. Han desarrollado su propia expresividad, sus propias parodias y sus propias variantes insospechadas. Su star-system, sus modas y corrientes y sus festivales especializados. Hay espectadores que solo consumen documentales, del mismo modo que hay gente que solo ve cine de terror o anime. La producción es así de generosa: puedes alimentarte solo de documentales.

Claro, que eso da pie a ciertos problemas. Algunos grandes documentales pueden pasar bajo el radar. Esta semana, hemos preguntando a nuestros Documentalistas Caninos cuáles son sus documentales más raros de entre sus favoritos. Y este es el resultado: documentales de temáticas extrañas o masivas, con una puesta en escena convencional o experimental, pero producciones en cualquier caso que por las razones que sean, creemos que merecen una segunda oportunidad. Estos son nuestros documentales increíblemente extraños.

The Emperor’s naked army marches on – Kazuo Hara (1987)

La imagen patética del salary man japonés de los ochenta es un icono del rápido desarrollo del país nipón en el periodo de post-ocupación estadounidense. Es por entonces cuando la tecnología y la cultura moderna japonesa desembarcan en Occidente para ofrecer tanto un reflejo de su presente como una dirección de futuro que la burbuja inmobiliaria de 1990 acabaría relativizando. Sin embargo, ese rápido crecimiento enmascara el enorme vestigio de su pasado feudal. Kenzo Okuzaki aparece primero como un sexagenario tranquilo junto a su esposa antes de ofrecer su visión sobre los conceptos de nación y patria en la celebración de una boda. Estamos ante un veterano de la ocupación japonesa de nueva Guinea durante la Segunda Guerra Mundial, un hombre que ha vivido traumatizado por la hambruna que sufrió durante su servicio pero también por un horrible secreto sobre la muerte de varios compañeros de unidad.

Esto no es el dolor que busca reparación de La mirada del silencio de Joshua Oppenheimer (2014) sino una historia de venganza, odio, resentimiento, amenazas, insultos, puñetazos y castigos divinos. Una vez perdida la fe en el honor y la patria, Okuzaki solo encuentra motivación en tratar de atentar contra el Emperador Hirohito con una honda, busca a antiguos mandos del ejército para interrogarlos bajo amenazas verbales y físicas y pasea su camioneta llena de amenazas a los máximos poderes públicos sin ceder en su hostilidad contra las autoridades incluso cuando se ve rodeado de policías. Los hechos que poco a poco desvela el documental, con elusiones y testimonios contradictorios acaban por mostrar el sadismo de la guerra, amplificado porque las misteriosas muertes tuvieron lugar una vez concluída la guerra: un reverso más de la imagen romántica de aquellos soldados japoneses “rezagados” que siguieron con sus misiones una vez terminada la guerra por miedo al deshonor. Okuzaki se empeña en quebrantar el orden que le privó de cualquier otro orgullo, un país que tuvo que lidiar con una traumática derrota y, por ello, no dejó espacio para reflexionar sobre su propia crueldad. Henrique Lage

Ich bin Enric Marco – Santiago Fillol y Lucas Vermal (2009)

¿Qué pasa por la cabeza de alguien que se inventa que ha sido víctima de un campo de concentración? ¿Qué lleva a un hombre a convertirse en presidente de la asociación Amical de Mathausen y a proclamar a los cuatro vientos que ha sido prisionero del campo de Flossenbürg? El español Enric Marco, de tanto creerse y contar su mentira, logró hasta que se le rindieran homenajes en el Congreso y se le nombrara presidente y voz de las víctimas del Holocausto, en una historia de suplantación de identidad tan rocambolesca como la de Rachel Dolezal. Descubierto el engaño, Vermal y Fillol decidieron viajar con Marco hasta Kassel, la ciudad alemana en la que Marco trabajó, para reconstruir su historia, pero la verdadera, la del trabajador que llegó a la Alemania nazi voluntariamente y que sí, terminó en la cárcel, pero no en un campo de concentración. Carolina Velasco

Mortified Nation Michael Mayer (2013)

Dicen que el humor se apoya en dos pilares: el de la honestidad y el de la experiencia común. Siendo así caben pocas dudas acerca de por qué Mortified se convirtió en un espectáculo tan popular en USA hasta el punto de que, aún hoy, sigue arrasando reconvertido en podcast. Durante cada uno de los shows, participantes anónimos previamente seleccionados comparten textos escritos durante los grasientos, oscuros y húmedos años de la adolescencia. Las risas están servidas. La vergüenza ajena también.

El documental Mortified Nation no sólo explora el día a día del espectáculo sino que se centra en responder a la pregunta que todos nos hacemos: ¿por qué alguien decidiría compartir eso? Mediante entrevistas a los valientes colaboradores del show, sus razones, tan lógicas y obvias como sensibles y divertidas empiezan a calar en el espectador hasta conseguir que se replantee los momentos más secretos, íntimos (y por extensión, vengonzosos) de su propia juventud. Al final, lo entendemos. Aplicando un poco de perspectiva, lo único que nos diferencia es el florido lenguaje que usábamos en nuestros diarios. Marta Trivi

Zidane: A 21st Century Portrait – Douglas Gordon y Philippe Parreno (2006)

Penúltima jornada de la temporada 2005-2006, con un Real Madrid nefasto donde se incorporaban Sergio Ramos y un puñado de jugadores brasileños que el aficionado ya ha olvidado. Zidane llegó en 2001 y se fue (como jugador en activo) cinco años después. Para esa despedida, Douglas Gordon y Philippe Parreno organizaron un rodaje de locos con 17 cámaras que no perdieron detalle del mago francés en su último partido en el Santiago Bernabéu. La música que acompaña a las imágenes son de la prestigiosa banda Mogwai, mucho más agradable que las narraciones de Carlos Martínez, personaje no demasiado querido entre la afición blanca y que se cuela en algunos momentos del documental.

El resultado, casi una peli experimental, no tiene demasiada chicha y el partido ante el Villarreal fue un ejemplo de lo que era ese equipo entonces: un caos más o menos bonito. Esa temporada el Madrid terminó segundo, a doce puntos del campeón (el Barcelona) y con la segunda plaza a un punto del tercero. Otra cosa es que nos guste más el fútbol con buena música y no con narraciones atropelladas realizadas por comentaristas deportivos a los que se les repite el cocido delante del micrófono. Ojalá esa decisión de grabar al crack de Marsella se hubiera dado en el verano del 98, donde Francia borró del mapa a la Brasil de un Ronaldo diezmado con dos golazos del francés en la primera parte.

¿Un partido sin importancia en tiempo real con 17 cámaras grabando a un único jugador? Sí. Para bien o para mal, eso es el elegante y bastante difícil de aguantar retrato de uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Eso sí, tampoco fue el primero: Hellmuth Costard lo hizo en 1970 con Football As Never Before, con la mitad de cámaras y en 16 milímetros. El objetivo entonces era otro mago tristemente desaparecido: George Best. Kiko Vega

Capturing the Friedmans – Andrew Jarecki (2003)

Todo el cine de David Lynch se construye con una premisa clásica: demostrar los recovecos perversos de lo que se consideran las familias idílicas estadounidenses. Ficción, claro, pero, ¿qué pasa cuando el universo lynchiano, el más brutal (el que linda con Todd Solondz), es real? Ahí entra el mundo que muestra Jarecki en este documental: una idílica comunidad americana en la cual unas clases de informática derivan en un proceso contra un supuesto abusador de menores.

Gracias a los vídeos familiares de los Friedman, y los testimonios de los niños, podemos entrar en un marco siniestro de una vida absolutamente disociada: padre de familia y abusador. Jarecki nunca acusa del todo al padre, que coleccionaba pornografía infantil, y llega a dudar de la versión de los niños. Así, el discurso inicial sobre esa América idílica que esconde el mal vira en una reflexión sobre la verdad. Y esa reflexión, y la estudiada ambigüedad, crean un malestar mayor en un espectador que asiste atónito a la destrucción de los Friedman. Julio Tovar

Anvil: El sueño de una banda de rock – Sacha Gervasi (2008)

Empecemos esto diciendo que Anvil no es una gran película. Su historia, la de una banda metalera que llegó a codearse con los más grandes para después caer en el olvido, cae muchas veces en el miserabilismo que (se supone) las buenas prácticas del género aspiran a evitar, y uno nunca sabe si su director, que había sido roadie del grupo, decidió filmar a éste por un sentido juvenil de la lealtad o porque sabía que, narrando sus crónicas, tenía un anzuelo seguro para los festivales especializados. Pese a todo ello, la película funciona: imágenes como la de los miembros de la banda atrapados en la estación de tren de Lorca (Murcia) tras perder un cercanías no sólo documentan ese inframundo rockero que son los festivales de segunda división, sino que resultan lo bastante absurdas como para resultar inolvidables. Y, antes que eso, está la escena clave.

En dicho momento, uno de los componentes del grupo encuentra una salida para su carestía económica en el enchufe que le ofrece un amigo. Un amigo que trabaja de coordinador en una plataforma de telemarketing, desde la cual tima a incautos vendiéndoles gafas de sol “como las de Keanu Reeves en Matrix”. Tras ponerse el pinganillo, con grave perjuicio para sus melenas, el cantante Steve ‘Lips’ Kudlow descubre que trabajar de teleoperador no sólo es alienante, sino que también obliga al currito a engañar y presionar a su víctima. Tras unas pocas intentonas, que dan verdadera lástima, Kudlow deja su trabajo al borde de las lágrimas. “Yo soy un hombre educado”, explica con un hilo de voz. “Me educaron para portarme bien con la gente. Creo que esto está mal”. De esta manera, Anvil obtiene en un par de minutos el enunciado perfecto para ese eslogan, muy rancio ya, según el cual “el ‘heavy’ no es violencia”. Como demuestra la escena, las violencias de verdad son otras, y no tienen nada que ver con el cuero, las tachuelas o los discos con dragones en la portada. Yago García

The Atomic Cafe – Jayne Loader, Kevin Rafferty y Pierce Rafferty (1982)

https://www.youtube.com/watch?v=ozNs5NQ05j4

Esta absoluta joya del documentalismo pOp propone un gozoso y sugestivo recorrido alrededor del impacto cultural que supuso la bomba atómica para la sociedad estadounidense de mediados del siglo pasado. Ya de entrada parte de una decisión insólita en la no ficción audiovisual: prescindir del narrador cuya voz en off forma parte de la propia esencia del género documental. En su lugar, el relato se hilvana haciendo uso exclusivamente de material de archivo de la época: emisiones radiofónicas, declaraciones políticas, filmaciones militares, entrevistas de televisión, cortometrajes educativos o propagandísticos y música popular añeja y nuclear. El resultado es maravilloso gracias a un fenomenal trabajo de montaje y una visionaria labor de ensamblaje. Tras abrir con las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, The Atomic Cafe se aleja del documental histórico convencional para sumergirse en una sociedad asediada por la esquizofrenia informativa y la paranoia política de la guerra fría. Saltando de la denuncia al humor negro o el delirio pop, asistimos asombrados a pruebas nucleares realizadas con alegría suicida, la propaganda destinada a calmar a una población al mismo tiempo sometida a simulacros de ataque nuclear, dibujos animados educativos de contenido apocalíptico, casas familiares con refugio atómico adosado o un sublime repertorio de folk atómico. Ejercicio contundente de derribo pop, además de pionero de una estética retro que llega hasta los trailers o las deliciosas animaciones del estudio Rubber House para el videojuego Fallout, evidenciando el poderoso influjo de este documental indispensable. Daniel Ausente

Resurrect Dead: The Mystery of the Toynbee Tiles – Jon Foy (2011)

En 1969, en su libro Experiencias, el distinguido historiador británico Arnold Joseph Toynbee discutió la posibilidad real de la resurrección de los muertos. A primeros de los años ochenta, un hombre contactó repetidas veces a periódicos de Filadelfia y  llamó programas de radio nocturnos para transmitir una idea: la humanidad debía recuperar las moléculas de personas muertas y, como había mostrado Stanley Kubrick en 2001: Una odisea en el espacio, repoblar con ellas el planeta Júpiter. Durante los días siguientes enigmáticas emisiones de onda corta insistieron en esa idea. El fenómeno se hizo tan curioso que David Mamet incluso le dedicó una relato. Al mismo tiempo misteriosas placas de linóleo comenzaron a aparecer al asfalto de calles de Filadelfia, Boston y Nueva York. Con nocturnidad. Nadie veía a la persona que las colocaba. Durante veinte años estas placas se extendieron por la Costa Este de Estados Unidos y llegaron incluso a Sudamérica. En ellas estaba escrito un texto, que aunque con variaciones, era más o menos este: la idea de Toynbee en la película de Kubrick. Resucitar a los muertos.

Intrigados por el duradero enigma de las llamadas “placas Toynbee” Justin Duerr y Jon Foy se embarcaron en una investigación en pos de la identidad de su autor. Tras una investigación exhaustiva y repleta de callejones muertos, las pistas van convergiendo hacia un esquivo y recluido hombre poseedor de un coche con un agujero en el fondo. Resurrect Dead es un documental fascinante que supone además de un viaje a la mentalidad heterodoxa y conspiranoica del creador del misterio una fenomenal exploración de la obsesión por descubrir la verdad, más satisfactoria para quien esto escribe que, por ejemplo, Zodiac. Santi Pages

Lift – Marc Isaacs (2001)

En el año 2001 el director británico Marc Isaacs decidió llevar a cabo un pequeño experimento: armado únicamente con su cámara, se instalaría en el ascensor de la torre E1 de Denning Point, Londres, donde pasaría dos meses encerrado diez horas al día con la intención de retratar la rutina de sus residentes. Al principio la interacción es escasa y distante, pero poco a poco los residentes empiezan a abrirse y familiarizarse con el chalado encerrado en su ascensor. Y sea conversando o callando, los residentes revelan lentamente partes de sí mismos, de sus pasados, sus dudas y aspiraciones. Traen comida y estampas de la virgen, bromean y se enfadan, y cuando llega el final, nos damos cuenta de que ha sucedido algo extraordinario: hemos establecido un vínculo. A través de fugaces interacciones, de meras viñetas en la vida de los vecinos, hemos conectado con estas personas. Personas como Lilly, la pintoresca anciana judía que coquetea con Marc. Peter, el rechoncho escocés que sale cada noche a probar suerte con las mujeres, para siempre volver solo y algo ebrio. John, el joven de mirada triste y afligido por la esquizofrenia que ha perdido a sus padres.

Han pasado quince años desde que se rodó el documental. La torre ha sido demolida, Lilly ha fallecido, Peter es ahora alcohólico y John se quitó la vida. Lift no debería funcionar. Debería ser aburrida y pretenciosa, pero en lugar de eso, en apenas veinte minutos de duración, se convierte en un discreto, fascinante y conmovedor estudio sobre la capacidad humana para la empatía. Échenle un vistazo si no lo creen. Lewis of Peter

God Speed You! Black Emperor – Mitsuo Yanagimachi (1976)

Mitsuo Yanagimachi no es demasiado conocido en Occidente. Tampoco en Japón. Eso no excluye que en 1976, a las puertas de la eclosión del punk tanto en uno como en otro lado, filmara un documental imprescindible para entender su época: God Speed You! Black Emperor. Siguiendo las peripecias de un grupo de moteros, los Black Emperor, intenta caracterizar tanto la subcultura de los bōsōzoku -literalmente, «tribu de los fuera de control», jóvenes que disfrutaban decorando sus motos, peleando entre diferentes bandas o con la policía y conduciendo en grupo- como la vida de uno de los Black Emperor después de que la policía le arrestara y tuviera que rendir cuenta ante sus padres. Siento que los bōsōzoku inspiraron Akira, y teniendo en cuenta que el documental daría nombre al grupo de post-rock Godspeed You! Black Emperor, ¿qué menos que darle una oportunidad? A fin de cuentas, rara vez se ha visto un acercamiento más sincero hacia una cultura juvenil sin pretender desvirtuarla en el proceso. Álvaro Arbonés

Titicut Follies – Frederick Wiseman (1967) 

https://www.youtube.com/watch?v=AoS293BEZCA

Imaginen que todas las películas de terror de psiquiátricos abandonados tuvieran una misma precuela y que esta fuera real como la vida misma. Vale, en este documental no salen torturando a los pacientes, ni haciendo electroshocks, lobotomías ni enemas en directo, pero sí es documento estremecedor de cómo los enfermos mentales eran tratados o considerados poco menos que animales hace no tanto tiempo. El seminal debut de Frederick Wiseman fue prohibido hasta 1992 por “alterar la privacidad de los pacientes” pero cuando lo rodó tenía pleno consentimiento. La realidad es que lo que se mostraba había suficientes verdades para unos cuantos sumarios en plena época del movimiento por los derechos civiles. Y no era Bedlam, era una institución cualquiera de Massachusetts.

Más allá del debate, ahora estéril, que pudiera generar, Titicut Follies es un retrato directo del día a día de personas con las que sólo nos separa un trastorno, en algunos casos más grave y otros más suave. Da bastante miedo ver a pacientes simpatizantes del comunismo, que son probablemente presos políticos diagnosticados como esquizofrénicos paranoides cuando, por su elocuencia, no tienen ningún problema aparente. Sus imágenes en blanco y negro albergan una cualidad fantasmagórica que provoca una extraña mezcla entre tristeza y perturbación. De la exposición inicial de casos a cómo algunos pacientes son aislados desnudos hay un rango de situaciones en las que el espectador juzga por sí mismo el papel de los celadores, encargados y demás personal. Las imágenes más duras llegan en el momento de la alimentación forzada de un paciente casi en los huesos. La brutalidad de la escena es insoportable y alterna los momentos de forcejeo, en los que al celador incluso se le cae ceniza por el embudo, con un montaje paralelo del cadáver del paciente, siendo preparado en la morgue. Un puñetazo brutal que te cabrea y te deja sin poder dormir, un alegato macabro que convierte Alguien voló sobre el nido del cuco (1975) en un juego de niños. Jorge Loser

Best Worst Movie – Michael Stephenson (2009)

Si les va la cinefagia reconocerán la siguiente expresión: «es tan mala que es buena». Aunque parezca mentira por la contradicción que presenta, a los cinéfagos nos sirve para alabar títulos psicotrónicos que, a pesar de su falta de medios o de su inexistente guion, están llenos de momentos delirantes, escenas alucinadas e incorrección política involuntaria. Un ejemplo de ese tipo de películas es Troll 2 (1990), una secuela pirata de Troll (1986) que el paso de los años convirtió en una película de culto a nivel mundial. Pues bien: Best Worst Movie analiza el fenómeno y el porqué de ese culto en un hilarante documental que nos da full access a la reunión del equipo original que la rodó, a los multitudinarios pases de medianoche en los Estados Unidos, y al día día de una tourné por festivales de género que acabó con la paciencia de Claudio Fragasso, harto de escuchar eso de que su película era/es mala. Dirigida por el niño actor que protagonizó Troll 2, Michael Stephenson, Best Worst Movie también retrata las miserias del cine de serie B y Z, pero lo hace de forma entrañable, echando mano de un tono desmitificador y de un sentido del humor fresquísimo. Xavi Sánchez Pons

Orozco el embalsamador – Tsurisaki Kiyotaka (2001)

OJO: El trailer contiene escenas no para todos los estómagos. Esta película forma parte de una no muy honorable tradición de películas de autopsias reales que abarcan desde la intensidad artie del imprescindible y experimental The Act of Seeing with one´s own eyes de Stan Brakhage (1971) a los shockumentaries más extremos de los setenta y ochenta, como la saga Faces of Death -que culminaron, a su manera, en aquel oasis de expresionismo televisivo hardcore que fue la edición de medianoche de En buenas manos-, pasando por aportaciones españolas como el clásico Cada ver es (1981). De todas ellas, sin embargo, me quedo con las andanzas de Orozco, el embalsamador, que retrata el día a día de Froilán Orozco, embalsamador colombiano que explica a cámara y con todo detalle las técnicas de su oficio, salpimentadas por los picos de trabajo que experimenta por culpa de las violentas actividades de los cárteles del narcotráfico. La intención del documental es de explotación pura y dura, no queda nada aquí de la provocación con mensaje de la cinta de Brakhage, pero la crudeza de las imágenes y la cotidianeidad de los gestos de Orozco obliga al espectador a enfrentarse con el miedo más universal de todos y con un Más Allá que aún se desarrolla Más Acá, cuando alguien te saca las tripas, las pone en una balanza y luego las vuelve a introducir en el cuerpo completamente desordenadas, porque a quién le importa. Orozco, con una sencillez y honestidad desarmantes, afirma que es un hombre de profundas creencias religiosas y fe en una vida mejor, porque si no creyera en ello se vendría abajo: él ha necesitado toda una vida para responderse a preguntas que la película de Kiyotaka, en solo hora y media, escupe sin compasión -y a veces sin pretenderlo- al espectador, y cuando acaba, le queda a éste el peor trago de todos, después de tanta imagen horrible: encontrarles sentido y respuesta. John Tones

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