[Todos a una] El mejor cine dentro del cine

Nos encanta cuando el cine se pone reflexivo. Películas que hablan de rodajes, rupturas de la cuarta pared, chistes autoconscientes, las parodias tipo Mel Brooks o Aterriza como puedas... películas que saben que son películas y lo usan como arma narrativa. De eso va nuestro post colectivo de este miércoles.

Hemos escogido los mejores momentos de cine dentro del cine, ya sea temática como conceptualmente. Formas de ambientar una película, de hacer un guiño o de reflexionar sobre los resortes que hacen funcionar el medio. De lo más banal a lo más profundo, este es nuestro metacine favorito.

ANDRÉS ABEL: Gatto nero (Luigi Cozzi, 1989)

https://www.youtube.com/watch?v=xOWY1WCvxOA

Muy fan. Su título original iba a ser De Profundis, en referencia a Suspiria de profundis, la obra de Thomas De Quincey que inspiró la serie de las Tres Madres de Dario Argento: Suspiria (íd., 1977), Inferno (íd., 1980) y La madre del mal (La terza madre, 2007). Trata sobre unos cineastas que pretenden hacer una película dedicada a la tercera madre antes que el propio Argento (nótense las fechas), y que acaban enfrentándose a la bruja de verdad… lo cual convierte al film de Cozzi justamente en esa tercera entrega no oficial. Pero espérate que hay más: los productores le cambiaron el título e hicieron rodar a Cozzi algunas escenas extra para justificarlo. Por ejemplo, la secuencia inicial, una gozadera que incorpora a Mario Bava a la lista de homenajeados por la vía de Seis mujeres para el asesino (Sei donne per l’assassino, 1964), y que al poco se revela como parte del rodaje de otra película-dentro-de-la-película, dirigida por Michele Soavi (discípulo aventajado de Argento) y titulada, correcto, The Black Cat. Explota, explota, me expló.

DANIEL AUSENTE: Contraespionaje en la selva (The Vampire Is Still Alive / Counter destroyer, Tomas Tang, 1988)

A principios de la década de los 80, Tomas Tang fundó la mitica productura Filmark Ltd., con sede en Hong Kong. Bajo ese sello, inundó los videoclubs de medio mundo de películas bélicas, de ninjas o de acción sobrenatural. Tang tenía un singular método para reducir costes: los insertos. Básicamente, la cosa funcionaba así: rodaba solo una parte del metraje y el resto lo sacaba de alguna ignota película tailandesa cuyos derechos había comprado a precio de saldo. Contraespionaje en la selva es una de estas películas, y forma parte de lo que se conoce como la Trilogía de Robovampire. El argumento gira alrededor de los productores de una película sobre el último emperador de la china (sí, las fechas de estreno coinciden con la de Bertolucci) que deciden proteger a las dos guionistas de los intentos de asesinato de una productora rival llevándolas a una casa de campo. Los productores malos contratan vampiros chinos y émulos de Freddy Krueger mientras los buenos tienen a un ninja que se convierte en un robocop de baratillo. Si esto les parece delirante, añadan que un tercio del metraje procede de una desconocida película policíaca tailandesa. Para que el argumento tuviera un mínimo sentido, aunque nunca lo tuvo, la forma de unir los personajes procedentes de filmes diferentes era que se comunicaran entre sí mediante llamadas telefónicas. Es lo que sucede en el fragmento propuesto, a mi entender una cumbre del metalenguaje pese a ser fruto de una triquiñuela: el personaje de una película llama al de otra película. La consecuencia lógica es formular una idea poderosamente poética: en la dimensión cinematográfica, todas las películas dialogan entre sí mediante llamadas telefónicas, y siempre que un personaje de una llama por teléfono, en realidad está llamando a otradi película.

 

YAGO GARCÍA: Cautivos del mal (The bad and the beautiful, Vincente Minelli, 1952)

Pocos aficionados al terror de serie B (y, en general, a la obra de esos currantes por cuya causa el cine vale la pena) profesan su amor hacia esta película, al menos que yo sepa. Y deberían. Porque, de acuerdo, el productor Jonathan Shields es Orson Welles y David O. Selznick, y también un formidable hijo de puta, que por algo lo interpreta ese Kirk Douglas con sonrisa de zorro. Pero también es Val Lewton, mientras que el director Fred Amiel (Barry Sullivan), su compañero y eventual víctima, es nada menos que Jacques Tourneur. Gracias a eso, Cautivos del mal es algo más que un cuento rutinario sobre intrigas en la industria de Hollywood: también sirve como depositaria de un discurso formidable sobre cómo la imaginación se impone al presupuesto, y cómo un sencillo juego mental puede cambiar la historia, haciendo que el propósito de acojonar al espectador pase de tarea rutinaria a ejercicio poético.

El mejor ejemplo de todo ello es el que pueden ver en el vídeo. Cuando, hartos de vérselas con unos recursos de chicha y nabo, Shields-Lewton y Amiel-Tourneur están a punto de tirar la toalla, al primero le asalta una idea mirífica: si te ves obligado a forjar a tu monstruo a partir de un disfraz barato, pulsa el interruptor y deja que la atmósfera cumpla su parte. «La oscuridad tiene su propia luz», sentencia el productor antes de regodearse junto a su compinche en ese asalto sensorial que conquistará al patio de butacas mediante la sugestión de los espacios vacíos, como en una acuarela japonesa. En el mundo real, la película se tituló La mujer pantera (Cat People, 1942), una de las cosas más bellas que pueden verse en este mundo. Y, en la ficción, su génesis forma una escena que, por más que pasen los años, siempre me provoca un estremecimiento súbito y una revelación: «Joder, si en el fondo es sólo esto». Porque, para crear los mejores monstruos, a veces hacen falta monstruos de verdad.

 

MARIANO HORTAL: Cantando bajo la lluvia  (Singin’ in the rain, Gene Kelly y Stanley Donen, 1952)

El musical ha pasado a la historia, con razón, por la grandiosa escena de claqué bajo la lluvia del inefable Gene Kelly, todo un maestro del baile. Sin embargo, más allá de ser una comedia divertidísima y de tener números musicales de gran calidad, en el fondo la película trataba sobre el propio cine. No en vano, la trama argumental se dedicaba a reflejar aquellos instantes en los que la industria cinematográfica vivió uno de sus momentos más decisivos: el paso de lo mudo a la producción sonora. Stanley Donen y Kelly quisieron reflejar con buen humor todas las vicisitudes de tal cambio entre las que se encontraba la posibilidad de encontrarse con el hecho de que tu actriz principal tuviera una voz horrorosa y cómo, para solucionarlo, se utilizaban a «negros de la voz» para para doblar su voz en la pantalla y, de esa manera, mantener la visión idealizada que tenían los espectadores de ellos cuando no hablaban. Prácticamente cualquier momento de la película se dedicaba a estas dificultades y se convertían en metacine cómico, una total parodia de lo que significaba el cine en aquella época. Mi secuencia favorita (entre tantas) es la del tema Make ‘em laugh en la que el acróbático Donald O’connor escenificaba uno de esos números que rivalizaba en dificultad con los de Kelly y donde intentaba sostener que la comedia debía continuar pasara lo que pasase, no perder la sonrisa a la hora de actuar aunque fuera casi imposible como este slapstick musical que, porrazo tras porrazo, parecía decir exactamente lo contrario. Me encanta cómo la comedia (y, en general, las películas cuya base es la comedia) se convertía, con el buen hacer de O’Connor en algo más importante que el drama (cosa inverosímil en la actualidad). La comedia, de hecho, es una de las mejoras formas de hablar del cine y toda esta película es un ejemplo perfecto de ello. Una última curiosidad: O’Connor fue hospitalizado después de acabar de rodar esta secuencia. ¡No me extraña!

 

CARLOS RAMÍREZ: Adaptation – El ladrón de orquídeas (Adaptation, Spike Jonze, 2002)

Todo en este brillante filme es absurdamente meta, pero la secuencia del seminario de Robert McKee es sin duda mi parte favorita. Recapitulemos: Charlie Kaufman (Nicolas Cage) lleva sufriendo toda la película sobre cómo abordar la adaptación cinematográfica de un libro de no ficción titulado El ladrón de orquídeas, obra en efecto publicada en 1998 y del que esta película se supone adaptación libre. El drama de Charlie se deriva de su frustración por no ser capaz de adaptar el libro empleando una vía alternativa a las manoseadas estructuras narrativas con las que Hollywood fabrica sus películas. La tentación de abandonarse a recursos habituales como conflicto, motivación, punto de giro o catarsis se le presenta en su apartamento encarnada en su propio hermano gemelo, Donald Kaufman, un guionista que no se avergüenza de seguir a rajatabla los mandamientos del gurú Robert McKee. Es en estas cuando Charlie acude a un seminario del ínclito autor para tratar de convencerse de que no hay más manera que la manera de Hollywood. Esta secuencia destaca por su representación de McKee como gran villano del filme y por su sentido del humor, que lleva a Charlie Kaufman (el guionista de verdad, el que trabajó con Spike Jonze, ¡qué lío!) a reírse de su propia obra. Observen si no con qué ingenio el Kaufman interpretado por Nic Cage se pasa todo el seminario pensando con voz en off para que justo después McKee ruja exaltado que, ¡por Dios!, a ningún guionista se le ocurra utilizar el recurso de la voz en off para expresar los pensamientos del protagonista. Aplausos.

 

ELENA ROSILLO – La niña de tus ojos (Fernando Trueba, 1998)

Poco después del estreno en cines de la película La niña de tus ojos en 1998, dirigida por Fernando Trueba y basada en el rodaje ficticio de un largometraje español en la Alemania nazi, Imperio Argentina aparecía en televisión y “se quejaba amargamente de la versión que Fernando Trueba había realizado con el relato que ella misma le había narrado». Trueba no se hacía esperar en su respuesta, y arremetía: “la única coincidencia entre La niña de tus ojos y las películas en las que participó Imperio Argentina en Alemania es la utilización de la emblemática canción Los piconeros, grabada de nuevo para esta ocasión y cuyos derechos se han pagado a los autores de la misma, Juan Mostazo y Ramón Perelló” (…) . Sin embargo, sí podemos ver ciertas similitudes. La primera y más obvia, reconocida por el propio Trueba, es la utilización de Los Piconeros como canción principal de la película, que Penélope Cruz/Macarena Granada canta en su doble versión en español y alemán. Y es que se da la circunstancia de que la película que se graba en La niña de tus ojos podría ser sin lugar a dudas Carmen, la de Triana (1938) aunque con un vestuario y una ambientación más goyesca que andaluza. Sea como fuere, lo cierto es que el ejercicio de Trueba a la hora de rodar el rodaje de esta escena musical, es más un ejercicio de documentación, retratando los estudios UFA de Berlín durante una época convulsa a la par que bizarra para el cine, en la que Imperio Argentina fue capaz de memorizar todo el diálogo del largometraje tanto en español como en alemán para realizar la doble versión. Eso sí, a Penélope Cruz lo del alemán con acento andaluz… no le queda tan bien.

 

JOHN TONES – Impacto (Blow out, Brian De Palma, 1981)

Ojo, que no tengo más remedio que desvelar spoilers como un piano, pero créanme, vale la pena: Impacto posiblemente no sea la película más referencial de Brian De Palma, pero sí que es una de las que mejor reflexiona acerca de cómo se construye la ficción. Y lo hace con tanta sencillez, sutilidad y contundencia que parece mentira no solo que en su momento el director no fuera saludado como un genio sino que aún hoy se le siga viendo como poco más que un homenajeador de los clásicos. Impacto cuenta cómo un técnico de sonido especializado en películas baratas de terror (un mundo que fascinaba a De Palma, como demostró con la también muy referencial Doble cuerpoBody double, 1984-) graba casualmente un accidente, pero en su grabación de sonido podría haber unas pruebas decisivas sobre la naturaleza del suceso. Acabará enredando a una joven de la que se enamora y que acaba, ahí pueden verlo en el vídeo, muerta. A una conclusión tan trágica que ya resultaba revolucionaria en su día para el cine comercial, no digamos ya en el de hoy, De Palma le añadía una puntilla: una vez muerta, el técnico escucha obsesivamente lo único que le queda de su amor perdido, la última conversación que tuvieron mientras ella, microfonada, se dirigía al encuentro con su asesino. Al principio de la película, De Palma nos muestra cómo el técnico era incapaz de encontrar un grito femenino de terror y agonía lo suficientemente realista para una película en la que trabaja: solo los aullidos de desesperación de su amada podrán cubrir ese hueco, en un gesto que inmortalizará su sufrimiento y a él le condenará a un eterno círculo de repetir las cagadas que le llevaron a perderla.

 

KIKO VEGA – Maverick (Íd., Richard Donner, 1994)

El metacine como broma déjà vu en una peli tan consciente de sí misma que resulta irresistible. James Garner y Mel Gibson con el mismo manejo del revólver, la Lois Lane del Superman -Íd., 1978- de Donner (sin acreditar), el bocazas de Los Goonies –The Goonies, 1985- (acreditado y en esta misma secuencia)… y un guiño inolvidable a la trilogía que lanzó a la fama al protagonista de la peli. En un momento determinado, el personaje de Mel Gibson, que necesita tres de los grandes para participar en un campeonato de póker, se ve envuelto en un robo divertido, porque en Maverick todo es divertido. La guinda a una secuencia que no pasaría de ser simpática la ponen el cameo de Danny Glover y la sintonía de Arma Letal (Lethal Weapon, 1987) que reinterpreta en clave de western Randy Newman. Además, la vis cómica de Gibson funcionaba a pleno rendimiento por entonces, y sus gestos y reacciones al desenmascarar al ladrón son oro puro. Dos viejos conocidos de una línea temporal diferente resquebrajan sus cerebros para disfrute del espectador. Sí, Maverick me parece una obra maestra de la comedia. Del western. Del cine.

 

CAROLINA VELASCO: El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, Billy Wilder, 1950)

Con Norma Desmond, Billy Wilder compuso uno de los personajes femeninos más icónicos de su carrera, una diva que se niega a dejar de serlo, que vive en un mundo de fantasía, y que tiene más en común con las mujeres de la obra de Tennessee Williams que con los personajes amables de clásicos como Con faldas y a lo loco (Some like it hot, 1953). Norma Desmond no es simpática ni quiere serlo y el único amor que le interesa es el de los focos y el público. Retirada a la fuerza, condenada al ostracismo, la estrella rueda la escena de su vida cuando baja esas escaleras que, durante unos minutos, le hacen sentirse esa diva que nunca quiso dejar de serlo. Aunque Wilder vendió la cinta como un thriller, dentro esconde una implacable crítica a ese Hollywood que manejaba a su antojo a las estrellas y de las que se deshacía sin pudor alguno cuando ya no le servían (el caso más flagrante es la lobotomía que sufrió Frances Farmer). Han pasado décadas desde que el cineasta rodara esta crítica a Hollywood, y aunque los estudios han cambiado, son decenas de actrices las que siguen denunciando que se prescinde de ellas en cuanto superan la treintena. Si cambiamos el cine mudo por el culto a la eterna juventud, El crepúsculo de los dioses sigue de plena actualidad.

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