[Todos a una] Elegimos los hitos culturales de influencia más nefasta

Amigos siempre de desenmascarar monsergas y zarandear un poco los altares construidos con ideas perezosas heredadas de generación en generación, en CANINO nos hemos propuesto sacar a pasear unos cuantos nombres propios aparentemente intocables de la historia de la cultura. Desde rockeros sobredimensionados a Padres del Pensamiento Moderno que tampoco eran para tanto. Preparad los martillos pilones.

Una nueva ración de tópicos desgastados y gente de mal humor Canino style. Prepárense a ver demolidas unas cuantas ideas aparentemente inamovibles.

DANIEL AUSENTE: Thomas Alva Edison. Nos han educado en la creencia de que Edison fue el más grande inventor de todos los tiempos, un hombre al que la humanidad debe estar agradecida eternamente, un modelo al que imitar si se aspira a ser algo realmente importante en la vida. “Sin Edison no tendríamos luz eléctrica en las casas” explican en las escuelas, porque “¿Quién inventó la bombilla? ¡Edison!”. Los cojones. La bombilla la inventó un tal Joseph Wilson Swan del que hoy nadie se acuerda porque Edison aplicó unas mejoras y corrió a patentarla antes. Básicamente, Edison lo que fue es un tío hábil, modelo de emprendedor sin escrúpulos, un tío Gilito de la acumulación de capital siempre atento a lo que se inventaba en Europa para correr a registrar la patente en EEUU.  El cine lo inventaron los Hermanos Lumière, pero al otro lado del Atlántico pertenecía a Edison. De hecho, la industria del cine se instaló en Hollywood porque en California no tenían que pagar a Edison por hacer películas. Fíjense si era malo Edison que fue el primero en hacer vídeos de gatitos. Pero el colmo de la maldad es la silla eléctrica, idea que se le ocurrió a uno de sus trabajadores y a la que Edison vio todo su potencial. No solo eso, también vio que serviría para desprestigiar a su rival, el hoy venerado Nikola Tesla —sí, en cierta forma Edison también es culpable de que hoy nos encontremos a Tesla hasta en la sopa—.  Cuando vio que la corriente alterna desarrollada por Tesla era competencia seria para su corriente continua, Edison puso el grito en el cielo e inicio una campaña de desprestigio, afirmando que la suya era la buena, que la otra era peligrosísima. Fíjense si era peligrosa que para su invento de la silla eléctrica la buena era la alterna de Tesla y no su continua. Y para demostrarlo nada mejor que electrocutar a un elefanta. ¡Sí! Edison achicharró a Topsy  —que así se llamaba la pobre bestia —, lo filmó para la posteridad, nos coló con ello la silla eléctrica como ideal de modernidad para la pena de muerte, y arruinó con ello a Tesla. ¡Todo en uno! Menudo hijo de puta el Edison.

 

cecil

YAGO GARCÍA: Cecil B. Demille. En realidad, no le odio. Al menos, no con saña. Y, a veces, incluso admiro su arte: Los diez mandamientos –The ten Commandments– (en su segunda versión, la tecnicoloreada de 1956) me parece una película formidable, en gran medida por su tono camp y por lo bien que me cae la faraona Anne Baxter. Además, quién va a desearle mal al tío que, en El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950) protagonizó uno de los mejores cameos de la historia del cine, frente a aquella Gloria Swanson fabulosa y enajenada. Pero, pese a todo esto, no puedo olvidar que los peores vicios de la industria de Hollywood empezaron con él: tan populachero como Mervin LeRoy, pero sin su poesía, y tan megalómano (y tan facha) como D. W. Griffith, pero sin su fabulosa locura, DeMille era un director con talento, pero sobre todo era un experto en marketing. Su estrategia fue siempre tan sencilla como venderle al público cantidades industriales de sexo y violencia bañadas en moralina, pacatería y pretensiones edificantes. Algo que ni siquiera venía motivado por el deseo de escamotearle sus visiones a la censura, sino por la ambición de ganar dinero. Cecil siempre estuvo a partir un piñón con el poder, engrosando las arcas de los estudios con cada nuevo estreno y delatando a sus compañeros en todas las olas represoras y cazas de brujas que tuvieron lugar durante su vida: hizo falta la entereza de un John Ford para hacerle callar en público. Por eso, y porque El mayor espectáculo del mundo (The greatest show on Earth, 1952) es una bazofia a la que no salva ni James Stewart haciendo de payaso, su herencia me parece nefasta.

 

ALBERTO MUT: Los hermanos Wachowski. Vi Matrix (The Matrix, 1999) en 1999. En vídeo, además, porque nos pilló tan por sorpresa a todos que sólo unos pocos fueron a verla al cine. Y me voló mi cabeza de dieciocho años, fue una revolución y una revelación. Un cambio radical en la manera en que se había venido haciendo cine de acción y ciencia-ficción durante toda la década. De la sombra de La jungla de cristal y los héroes de acción machotes y armados hasta los dientes pasamos al cuero, las gafas de sol, el kung fu elegante y coreografiado y el bullet time. Y no salimos de ahí en casi quince años. Todas, absolutamente todas las películas de acción se convirtieron en clones estéticos, temáticos y hasta narrativos de Matrix. A todo el mundo le entró la tontería de los diálogos profundos y artificialmente inflados como los del Arquitecto, todo tenía que tener simbología gnóstica, religiosa o pagana y a todas las escenas de hostias había que ponerle música de Juno Reactor y similares. La invasión fue tan salvaje que Matrix Reloaded (íd., 2003) y, sobre todo, Matrix Revolutions (íd., 2003) parecían autoparódicas y exploitations de sí mismas pese a lanzarse sólo cuatro años después de la primera parte. Los Wachoswski fueron nefastos para el cine de acción de la primera década del siglo.

 

JOHN TONES: Kurt Cobain. Como les pasa a otros Caninos con otros tantos elementos de esta lista, no experimento un odio cerril e insensato hacia Kurt Cobain, más bien todo lo contrario. Adoro a Nirvana (sus tres discos y por distintos motivos), y considero a Cobain un genuino visionario, un letrista excepcional y un tío bastante listo. Pero del mismo modo, creo que los efectos del éxito de Nirvana supusieron un paso para la industria musical que ya no hubo forma de desandar: esencialmente, con el nirvanazo el mainstream descubrió cómo despojar de peligrosidad el rock. Convirtiendo a Cobain en un icono de carpeta para adolescentes, riéndole las provocaciones, lanzando productos como el abominable Umplugged (1994) y saturando el mercado de clones inofensivos de la banda, la industria metió el gol definitivo a la rabia adolescente. Y todos participamos, claro que sí: lo dice un fan fatal de la Epitaph de la época y que se ha comprado cajas y cajas de material inédito de Nirvana. Ayer mismo escuchaba el aún indomesticadisimo Bleach (1989) y me resultó doblemente escalofriante: por una parte, me recordó cómo cuando el talento y la rabia son genuinos, los logros artísticos duran por los restos; por otra parte, he ahí los últimos estertores de una furia juvenil, anárquica, desatada, ruidosa y molesta que no volverá nunca.

 

KIKO VEGA: Manolo Lama. Este periodista, narrador e infraser ha destrozado todo lo que ha tocado desde que empezó a destacar en la información deportiva más cañí, primero como robaescenas secundario de torres más altas (ya caídas) y luego como nefasto protagonista de su one-man-show particular. Bocazas, rastrero y vil, Lama no duda en pasar a la historia en cuanto tiene oportunidad. A veces, aunque no la tenga, como se puede ver en el vídeo del pobre mendigo humillado. Además, es un bocas y un gañán. Y un mal compañero. Eso sí, siempre busca la divertir a la audiencia. Por si no tuviéramos bastante, en una decisión inexplicable, desde hace unos años comenta cada edición del FIFA de Electronic Arts. Lo que es algo elegante o incluso «plástico» en la versión británica (puede que por aquello de inventar el fútbol), se convierte en algo parecido a ver The Office por primera vez. Lo explica en el vídeo, con su chulería y falsa-falsa modestia habitual. Desde hace tiempo, ha convertido la sección deportiva de Deportes en Cuatro en una verbena que, gracias a dios, ha dado pie a lo mejor que le ha pasado al humor catódico desde Al Ataque con Alfonso Arús. Sólo por eso, este señor ha merecido vivir.

 

CAROLINA VELASCO:Andy Warhol. Tengo una relación amor-odio con Warhol: no me pierdo una de sus exposiciones, he leído casi todo lo que se ha escrito sobre él, me he tragado varias de sus películas y pese a toda la mierda que escondía bajo la alfombra, la Factory me parece el olimpo de la mitología moderna. Y eso que el hombre era un redomado hijo de puta que usaba y tiraba a la gente como si de pañuelos de papel se trataran (Edie Sedgwick terminó en un psiquiátrico, Valerie Solanas le pegó un tiro). Pero era un genio: no es el mejor pintor, ni ilustrador ni fotógrafo, pero supo tomar el pulso a una sociedad norteamericana enamorada de sí misma, y le tomó el pelo a base de bien: el hijo de emigrantes ignorado por sus compañeros se convirtió en una superstar del arte en una de esas historias de hombre hecho a sí mismo que tanto gustan en América. Predijo los 15 minutos de fama en la era pre-internet, hizo por la Velvet Underground más que la academia de Operación Triunfo por sus alumnos y logró que su obra se convirtiera en objetos pop, replicados hasta la saciedad hoy día. Pero a él también le debemos las copisterías con anuncios que invitan a hacerte tu propio «Warhol», la idea de que cualquiera puede ser artista y un culto a las celebridades cuyo único mérito es serlo, aunque no hayan hecho nada (¡hola, Kim Kardashian!) que ni él podía imaginar. Si en vez de en los sesenta Warhol estuviera vivo ahora, probablemente sería una «tuitstar» en vez de artista, un contertulio, uno de estos personajes que viven sólo en sus postales de Instagram. Pasarán los años y Andy Warhol, su obra, la Factory y la Velvet seguirán despertando pasiones, pero podríamos vivir sin sus copias de arte pop de tres al cuarto.

Publicidad