[Todos a una] Hypes que sobrevivieron al hype

Si algo nos ha dejado claro la cultura pop moderna es que, parafreaseando a Public Enemy, Don't believe the hype. Y ahora que Internet nos despieza las películas, los libros, los videojuegos y los tebeos en miles de pequeños adelantos con el fin de ir construyendo una pirámide de anticipación y ansia, mucho menos. La experiencia nos demuestra que el hype rara vez cumple con las expectativas. Pero... ¿qué pasó cuando sí cumplieron?

Es decir, cuando películas, grupos musicales y artífices de cultura pop estuvieron a la altura de las expectactivas y brindaron productos no solo inolvidables, sino tan inolvidables como todo el mundo esperaba que fueran. No ha sido fácil teniendo en cuenta que los últimos años han hecho que este solar sea un valle de lágrimas, pero hemos preguntado a nuestros colaboradores cuáles de los últimos hypes que han padecido realmente han valido la pena. Y esto nos han contado.

La Puerta del Cielo (Michael Cimino, 1980)

En algún momento del vals entre entre James Averill y Ella Watson, el sheriff y la prostituta, ellos se miran y el espectador comprende, inevitablemente, que este film es un clásico oculto. Cine lírico megalómano, un Visconti disfrazado de western crepuscular (muy superior al coñazo cipotudo de Sin Perdón -1992-), que conoció una suerte aciaga por el asalto de la crítica.

En su versión larga, nada menos que 216 minutos, es un delirio narrativo cuyo objeto no es otra cosa que dinamitar el sueño americano. Presenta, así, un país donde no existe fraternidad y se construye a través de la masacre de los foráneos por los naturales. Una bomba política, un discurso casi de cine europeo, enmascarada en un estilo lírico, una fotografía prodigiosa y la mejor banda sonora en un western desde Ennio Morricone. ¿Qué salió mal? Las obligaciones de cortes de la productora destruyeron un filme en su versión final.

Y el hype, en fin, marginó de manera injusta el último clásico del nuevo Hollywood: una película antisistema, ¡antiamericana!, que costó 44 millones de dólares. Quedémonos con el vals de Ella y James, memoria doliente de la Obra Maestra que Hollywood cercenó. Julio Tovar

Hamilton (Lin-Manuel Miranda, 2015)

Me levanto una mañana y todo el mundo está hablando de Hamilton, al menos en mi timelime. Lo primero que pienso es que hay alguna trifulca en el mundo de la Fórmula 1. No presto mucha atención. No me preocupa. Semanas después, de casualidad, descubro que están hablando de un musical, no de un nuevo estreno de cine, sino de uno que acaba de abrir en el Broadway neoyorkino y que, por si no nos pillara ya suficientemente lejos, es la biografía cantada de uno de los padres fundadores de la nación americana.

No sé quién es Lin-Manuel Miranda y tampoco me interesa hasta que pillo las primeras estrofas de My Shot gracias a un post de tumblr. Esto fue todo lo que necesité para convertirme. Para cuando ganaba su merecido Pulitzer yo ya conocía las letras tan bien que bromeaba especulando sobre qué personaje tendría que interpretar en la versión española. Pero el caso es que aún no había visto el musical.

Aquí existía un hype mundial bastante curioso. Una expectación que se desenvolvía por capas. Escuchar la música y salir satisfecho, conocer a los actores e imaginarlos en sus papeles. Ver imagenes, actuaciones en directo descontextualizadas y leer críticas, esperando que cuando llegara el momento todo funcionara en realidad tan bien como lo hacía en nuestras cabezas. Y resulta que funciona mejor. Que las letras son tan potentes, los actores tan carismáticos y la puesta en escena tan espectacular que cuando se disfrutan en conjunto, lo que habíamos imaginado se queda en nada. Descubrimos que nuestra imaginación no estaba a la altura de uno de los mejores musicales de la historia. Marta Trivi

Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015)

En el principio no fue el verbo, sino el teaser, que junto con el tráiler son las armas de destrucción masiva del hype. Cientos de películas con miles de fanboys -de Marvel, del cine de terror, de de lo que sea- rendidos tras ver el tráiler: el mismo número descorazonado y hundido tras ver la película. Esto ha llegado hasta tal punto que se ha dado la vuelta a la situación: el tráiler ya no sirve para creer, sino para desconfiar. Cuanto mejor sea, más sospechas habrá de que realmente eso es todo lo que hay.

Pero en el caso de Mad Max: Fury road, el hype fue aún más madrugador: nació desde el momento en que anunciaron que George Miller volvía a tomar las riendas de la dirección treinta años después de Mad Max 3. Más allá de la cúpula del trueno (1985), la última película de la saga. Los escépticos formaban un grupo reducido dividido a su vez en varios subgrupos: los que cuestionaban la edad del director para embarcarse en una película de esas características, los que se quedaron con la mosca detrás de la oreja cuando trascendió que el equipo tuvo que volver a rodar unas cuantas escenas -una práctica más que habitual en un proyecto de esta envergadura-, y un último grupo de agnósticos que seguían rindiendo pleitesía al Max Rockatansky original de Mel Gibson. Eran pocos aunque ruidosos.

Pero entonces apareció el poster junto a algunas imágenes que enmudecieron al personal: ahí estaba el postapocalipsis que todos conocíamos en versión renove, pero con la capacidad de fascinación intacta. Y luego, directamente de la Comic Con de San Diego, llegó un megatrailer de casi tres minutos. Y ahí terminaron las dudas y empezó la locura, capitaneada por una imperial Charlize Theron reinando en medio del caos, la chatarra, la gasolina y las tormentas de arena. No había manera de echar abajo esas imágenes. Aún en el caso de que todo se redujera a furia y destrucción, parecía que el espectáculo iba a merecer la pena. Y llegó el estreno y efectivamente, todos fuimos testigos de que la película era exactamente lo que prometía el tráiler: una pirotecnia audiovisual con un pie en cada mundo -el artesanal y el digital-, personajes de una pieza -o de dos- que funcionan como relojes suizos, y un guión pluscuamperfecto en su simplicidad y subordinado al dios de la acción. La persecución de ida y vuelta sobre la que se estructura la película es el mejor espectáculo cinemático en eones en una película que no desfallece jamás. Un triunfo. El hype se hace carne. Javier Trigales

San Junipero (Black mirror S0304, 2016)

Desde su lanzamiento en el año 2011, Black Mirror ha acumulado tantos partidarios como detractores, incluso en sus capítulos más bien considerados. Lo que es evidente es que la serie creada por Charlie Brooker llama al debate y a la reflexión y eso, además de la imaginación de la que hace gala junto a esa sensación de presagio futuro desencadenan posiciones que nunca suelen estar en un punto intermedio. Con el lanzamiento de la tercera temporada en la plataforma Netflix se ha desencadenado un miedo inicial (por el número de capítulos, americanización de tramas…)  del que nosotros mismos en CANINO nos hacíamos eco.

Lo más curioso es que, paralelamente a este sensación surgía otra de igual o mayor importancia: el capítulo cuatro, San Junipero, era de los mejores de la serie. O incluso el mejor, como dice Noel Ceballos en GQ. El incisivo Noel diseccionaba el episodio con mucha inteligencia subrayando el cambio de estructura que se producía al principio con respecto a lo habitual y, sobre todo, el carácter contradictorio del final, que puede entenderse como un happy-end o algo peor.

Este análisis y el de José Manuel Sala en CANINO desencadenaron en mí un hype que se cumplió con creces cuando por fin vi el capítulo. Y lo fue porque, más allá de las reflexiones de ambos (muy correctas) el capítulo originó una empatía que hasta ahora no había sentido con ningún capítulo de Black Mirror. No tanto por la sensación nostálgica (música, década de los ochenta, etc…) sino porque me creía la historia llevada hasta el infinito entre las dos protagonistas, sufría con ellas pero también amaba con ellas. Por una vez, un capítulo de la serie desencadenaba esa sensación de resonancia emocional que me suele pasar con una buena representación de ópera o un buen libro. Solo por eso, parece mentira, pero se ha convertido en mi capítulo favorito. Mariano Hortal

Kings of Leon (2003 -)

Los primeros años de la primera década de los 2000 se parecieron mucho a una planta de maternidad musical para jóvenes de toda tipo. Strokes, Libertines, The Killers, Mando Diao, Interpol, The Vines, Arctic Monkeys o The Mars Volta debutaban mientras que White Stripes, Radiohead o The Hives volaban ya a velocidad de crucero pariendo discazos.

Muchos se han vuelto aburridos, otros ya no existen y la gran mayoría publica trabajos para pagar el alquiler, pero pocos, muy pocos, han sabido manejarse desde las alturas y el alambre como Kings of Leon.

Tres hermanos hijos de un predicador y su primo, los cuatro de Tennessee, se convirtieron en el sueño húmedo de NME y compañía. Y con el respaldo de toda la prensa del hype de entonces debutaron con Youth & Young Manhood (2003), un éxito de crítica que, personalmente, es su disco que menos me gusta.

Sin tiempo para repudiar el hype creado, publicaban en menos de un año Aha Shake Heartbreak (2004), con un sonido más alejado del rock sureño tan artificial de su debut. Y es que después de hacer amistad con The Strokes, la familia del predicador empezaría a vestirse y a tocar en condiciones. Queriendo o sin querer habían logrado lo más difícil: sonar mejor, tocar mejor, tener mejores canciones y un sonido definido inconfundible… acercándose a lo comercial. Para Because of the Times (2007) se tomaron su tiempo y empezaron a demostrar que lo suyo era esconder canciones absolutamente perfectas a medida que endurecían su sonido (pero sin pasarse), detalle más que evidente en otro estupendo disco, Only by the Night (2008), que incluiría el primer himno llenaestadios de su carrera. Come Around Sundown (2010) y Mechanical Bull (2013) no bajaban el pistón, aunque a ratos las melodías devuelvan a los Followill irremediablemente a casa.

Su último disco, Walls (2016), los aleja de su zona de confort y graban por primera vez con otro productor, pasando de jugar sobre seguro (Ethan Johns) a intentar un cambio de aires con Markus Dravs, responsable del sonido, entre otros, de Arcade Fire, Florence and the Machine o ColdplayLa jugada ha salido como siempre: un disco de duración ajustada, sin alardes, algo más abierto al gran público, sí, pero lleno de hitazos, uno detrás de otro.

Créete el hype, que ya van por el séptimo disco. Kiko Vega

Stranger Things (Matt y Ross Duffer, Shawn Levy, 2016)

https://www.youtube.com/watch?v=XWxyRG_tckY

Se hizo muy pesado, casi indigesto, convivir con los ríos de tinta digital (o no) que corrieron hace unos meses en torno a la serie más cacareada del verano. Stranger Things generó tal cantidad de ruido a su alrededor que muchos le pusieron la cruz antes incluso de verla. Se entiende: tanto halago desmesurado convierte el fenómeno en hype. Y claro, los hay quienes, sistemáticamente, rechazan este tipo de fuegos artificiales, dando por sentado que tras ellos sólo encontramos una cortina de humo, dispuesta por un astuto aparato de marketing 4.0. Así fue, parcialmente, en la crítica que le dedicamos en su día

Sin embargo, quienes nos tomamos la molestia de desentrañar el misterio por nuestra cuenta, sin dejarnos distraer por los corrillos dominantes, nos llevamos una grata sorpresa. Con ST, ni los hermanos Duffer ni su colega Levy tuvieron la más mínima intención de aportar nada nuevo a un género tan trillado como perecedero. Todo lo contrario: de lo que se trataba era de recrear un universo nostálgico que, si se juega bien, todavía puede tocar la fibra a muchos de los pertenecientes a la Generación X e incluso a los que vinieron después.

todos-a-una-stranger

Todo en ST, está basado en el homenaje. Simplemente se trataba de recrear un ejercicio de estilo nacido del collage resultante de la suma de E.T., Los Goonies, Tron, Cuenta Conmigo, etcétera. Todo ello, con los medios actuales y en formato serie (he ahí las dos únicas pero importantes contribuciones de ST al género), haciendo más elástico el desarrollo del guión.

¡Lo curioso es que todo esto ya lo sabíamos! Así pues, ¿cuál es el problema? La respuesta se obtiene a través de otra pregunta: ¿le apetece a usted una serie basada en todos los clichés que le tocaron la fibra cuando aún no tenía vello en la pelvis? Si la respuesta es sí, esta es su serie. De lo contrario, es un ejercicio de nostalgia que no le interesará, lo cual no lo convierte en un mal ejercicio de nostalgia.

De hecho, si atendemos al elenco (¡el futuro es de estos chavales!), a la trama, a la reinvención de Winona Ryder, a su homenaje a la ciencia-ficción o a la banda sonora, entre otros aciertos, parece imposible afirmar que ST sea un producto susceptible de ser criticado tan a la ligera. ST puede, o puede no ser, la serie del año (eso ya lo debatiremos próximamente), pero por favor, no dejemos que el ruido nos nuble el juicio. No olvidemos la dicha: se cree el anti-hype que todos son de su condiciónDaniel González

En beneficio de todos (Siniestro Total, 1990)

En 1989, cuando sale a la calle Me gusta como andas, Siniestro Total ya se ha convertido en mi grupo favorito de la historia: a pesar de que no entendería la auténtica magnitud de ese discazo hasta mucho después, iba asimilando con cierta naturalidad los cambios de formación y estilo en la banda que tanto devastaban a los fans del grupo  (posiblemente porque yo llegué en un disco ya inclasificable, De hoy no pasa -1987-). Fue entonces cuando empiezan a gestarse en la banda algunos de sus futuros hits, como la futura versión de Highway to hell o Todo por la napia, aunque yo andaba entretenido intentando descifrar todas las referencias de Vil guerra civil. En 1990, un tiempo relativamente breve después de De hoy no pasa, empiezan a llegar singles de adelanto: Camino de la cama era el único anticipo y suena sin parar en la radio… hasta que finalmente llega el disco, y cumple todas las expectativas. Dejando atrás el blues cabezón de Me gusta como andas, En beneficio de todos es mucho más variado y tiene algunas de las mejores letras de la banda hasta el momento: la esencial Max estás hecho una pena, La sociedad es la culpable, Todo por la napia, Historia del blues… Recuerdo cómo me reventaron la cabeza los chistes entre canción y canción y cómo, después de los crípticos laberintos de letras del anterior disco, eran bienvenidas canciones sobre la resaca. Pasado el tiempo, le han sucedido discos mejores y su producción se ha quedado un poco desfasada, pero en aquel momento, antes de saber lo que era el hype, me alegré de que estuviera a la altura de las expectativas el único disco que no podía permitirse no estarlo. John Tones

 

Publicidad