[Todos a una] In Memoriam Steve Dillon

Esta semana hemos recibido un impacto con la noticia de la muerte de Steve Dillon. Creador gráfico de Predicador, corresponsable de la mejor etapa de Punisher, dueño de un estilo único y distintivo y colaborador excepcional de guionistas como Garth Ennis, la ausencia de Dillon deja un vacío que al comic mainstream le costará superar.

En nuestro post colectivo de hoy hemos desempolvado algunos de los mejores momentos de la carrera de Steve Dillon o, al menos, algunos de los que más nos han impactado. En todos notaréis elementos comunes: la economía de medios, el humor soterrado, la precisión gráfica y expresiva… Sirvan estos pocos ejemplos como el recuerdo canino al responsable de algunos de los mejores tebeos de los últimos años.

Bienvenido a casa, Frank (The Punisher Max)

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Steve Dillon pertenece a ese grupo de dibujantes británicos de línea no ya trazada, sino delineada. Como el Dave Gibbons de Watchmen o el Brian Bolland de La broma asesina, Dillon sólo pasaba el lápiz donde había que pasarlo, donde definía el límite de una figura. Son dibujantes que ni añaden manchas o ruido para ser más expresivos (como haría Bill Sienkiewicz), ni omiten elementos para ser más elegantes (como Frank Quitely y sus fondos vacíos). En el caso de Dillon, la ausencia de sombras, de masas de negro, hacía que sus personajes incluso pareciesen estar a medio camino del dibujo animado y el realista. ¡Y menudo dibujo animado!

Me explico. En la serie limitada de 12 números Bienvenido a casa, Frank, Garth Ennis llevaba al Castigador a un lugar inédito. La tecnología de ciencia ficción y los villanos mutantes que nos volvían loquitos en los noventa eran cosa del pasado. El Castigador pasaba a ser un psicópata que se cargaba a mafiosos “de pacotilla” (¿dónde estaban Puzzle, Kingpin y los demás?) utilizando armamento de pacotilla (¿sólo rifles y granadas?). Y encima había chistes. Chistes. Steve Dillon encajaba perfectamente ahí. Cuando el Castigador le parte el cuello a Eddie Gnucci, vemos perfectamente qué ha pasado con cada vértebra. Sabemos lo profundo que ha entrado un puñal en el cerebro de un matón de Bobbie Gnucci. Sentimos lástima por el malnacido de Carlo Gnucci llorando como un crío cuando cae al vacío. Y al mismo tiempo, nos reímos de lo patéticos que son los mafiosos a los que tritura Frank Castle con sus propias manos. ¿Dibujos animados? Steve Dillon hizo el mejor tebeo de acción con un estilo de dibujo animado. Y eso es algo digno de ver. Pablo Vicente

Herr Starr (Preacher)

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Resulta complicado elegir un momento concreto en la carrera de un dibujante como Steve Dillon. No es que fuese extremadamente prolífico, pero su trayectoria ha sido inusualmente sólida para un autor afincado en lo mainstream, produciendo página tras página sin apenas altibajos y con una coherencia narrativa más propia de un autor que de un artesano acomodado a las exigencias del mercado. A pesar de alcanzar el éxito y llegar al gran público bajo sellos editoriales norteamericanos, su peculiar grafismo europeo forjado en las páginas de 2000AD jamás se vió comprometido o adoctrinado. Una serie dibujada por Steve Dillon era garantía de frescura, personalidad y diversión.

Personalmente, la característica que más me fascina de su obra es el equilibrio. Su arte presenta una fachada hierática bajo la cual se oculta un universo visual tremendamente expresivo, lleno de personajes con los que el lector logra empatizar al primer golpe de vista. Esta inteligente treta estilística también la aplicaba a sus diseños de página, a su narrativa, pues Dillon jugaba constantemente con la combinación de lo estático y lo dinámico para generar contrastes y cambios de ritmo, lo cual lo convertía en un autor especialmente adecuado para el humor de Garth Ennis.

Y esto nos lleva a Herr Starr, el gran villano de Predicador. Parémonos un momento a pensar en el enorme reto de tener que dar vida a un personaje equivalente al Coyote del Correcaminos, que sufre derrotas y mutilaciones constantes como si de un running gag se tratase y que a pesar de todo siga resultando carismático y amenazante en todo momento. Dillon no solo lo logró, sino que a través de su juego de contrastes hizo de Herr Starr un antagonista inolvidable, capaz de hacernos pasar de la carcajada a la compasión en cuestión de segundos y protagonista absoluto de algunos de los momentos más divertidos que recuerdo haber leído en un tebeo, como el tridente de páginas donde el pobre Herr Starr intenta disimular la última humillación a la que fue sometido mediante una solución… eh… creativa. Nacho MG

El rodillazo a Michael Collins (Predicador)

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Me siento un poco culpable al escribir esto. Manda huevos, dado que hablamos de una obra entre cuyos temas está la culpa (así como la religión que le sirve de sustrato), pero es lo que hay. Confieso que, en su momento, nunca le hice demasiado caso a Predicador: en aquellos años, servidor estaba a otras cosas muy distintas sin salir del panorama Vertigo (sí, hablo de Sandman: ¿pasa algo?) y la creación de Ennis y Dillon le parecía demasiado basada en los viejos tópicos del alcohol, los tiros y las tías como para serle de interés. Demasiado hetero, básicamente, en el peor y más hegemónico sentido del término.

Sin embargo, sí hay algunas escenas del tebeo que recuerdo haber disfrutado bastante cuando llegaron a las tiendas. Y, de entre ellas, la primera que me ha venido a la memoria es aquella en la que, explicando su pasado, el vampiro Cassidy cuenta cómo su hermano le salvó de perecer en Irlanda durante la masacre del Motín de Pascua. Una salvación que consistió en huir de la Oficina General de Correos de Dublín el 28 de abril de 1916 (hace cien años y unos meses, como quien dice) justo antes de que las tropas británicas hicieran trizas a los Irish Volunteers. La guinda de la tarta, para colmo, era ese infortunado encuentro entre la rodilla del hermano en cuestión (ahora, en la inevitable wiki, leo que su nombre era Pete) y la entrepierna de Michael Collins. El Gran Hombre, el padre de la patria irlandesa, reducido a la nada por un rodillazo en los huevos.

¿Un detalle marginal dentro de una historia mucho más amplia? Pues sí, y de qué manera. Pero, dado que los padres del cordero se apellidaban “Ellis” y “Dillon”, el rodillazo no era sólo un chiste bruto a costa de una suceso y de una figura históricos: el Collins dibujado en aquellas viñetas no se parecía en nada a Liam Neeson, sino al militarote de mandíbula cuadrada que fue en la vida real, mientras que su actitud no era la del héroe y mártir ensalzado por Irlanda y por los independentistas del Ulster, sino la de un caudillo ansioso de carne para la picadora. Si Joyce sugería cambiar de tema cuando no se podía cambiar de país, Garth Ennis y Steve Dillon aconsejaban arrearle en la entrepierna a ese mismo país para después salir por piernas. Sabio consejo. Yago García

Hellblazer: Un cínico a las puertas del infierno

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Imaginad por un momento a un chico que hasta entonces sólo había leído de forma habitual dos tipos de tebeos: los de Mortadelo y Filemón y los de superhéroes (sobre todo Spider-man). Que con dieciséis años y algo de dinero ahorrado, decide ampliar sus miras, vete a saber por qué, en la tienda de cómics junto al instituto. Y que por casualidad escoge el Hellblazer de Garth Ennis.

Aunque por entonces ya me gustaba analizar lo que estaba leyendo con ojo clínico para convertirme en un guionista de cómics, lo que enseguida me llamó la atención fue el dibujo de Steve Dillon. En esa época donde su trazo estaba más cargado, se dependía menos del color por ordenador y estaba agrupado con el guionista que mejor ha sabido sacarle partido, me quedé fascinado por su capacidad para la truculencia y los arranques súbitos de violencia.

Porque Dillon había nacido para emparejarse con Ennis. Sus caras, inmediatamente reconocibles, expresaban con nitidez los sentimientos ante la barbarie que le pedía el guionista. Creo, sin temor a equivocarme, que Dillon era el mejor dibujante de caras de sorpresa que ha tenido el medio en mucho tiempo. Y creo que su titánico talento para la caracterización hacían que uno se compadeciera, odiara o temiera a John Constantine en el transcurso de 22 páginas.

Pero como dibujante superlativo, su talento no se quedaba ahí. Podría haberse ido a lo fácil y mendigar proyectos por la línea Vertigo de DC, siempre al borde de lo sobrenatural, pero cuando se atrevió con Punisher descubrí una nueva faceta suya, que era la evolución natural de esos estallidos que había presenciado en su Hellblazer. Aunque eso sea una historia que mis compañeros abordarán mejor que yo. Adrián Álvarez

Miedo y Asco (Hellblazer)

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Nunca me gustaron los tebeos de Vértigo. Eran feos y, para la economía de un chaval de trece años, especialmente caros. Sin embargo sí que conocía a John Constantine, o Konstantin, como lo llamaban en las historias del Fanhunter que por aquel entonces comenzaba a editar Planeta. Fue ahí, camuflado como un inocente narizón, donde descubrí a ese detective-brujo que fumaba como un carretero, se parecía a Sting y la lió parda en Newcastle. Eso sí, seguía sin haber leído ninguna de aquellas historias, de las que hablaba Cels Piñol en sus aventuras y columnas de opinión.

No fue hasta años más tarde cuando, gracias a un cambio de derechos y vía boletín de Discoplay, pude acceder a decenas de aquellos prestigiosos librillos a precio de saldo. Entraron entonces por la puerta grande Spider Jerusalem y, sobretodo, el reverendo Jesse Custer y los suyos. Aún no se han publicado los estudios sobre el impacto cerebral que la serie de Ennis y Dillon puede causar en las retinas de un chaval de apenas veinte años, pero todo llegará.

Por primera vez, el dibujo era recargado pero limpio, los persones hieráticos, sí, las posturas tensas y los mentones prominentes, pero el ritmo era tranquilo y sosegado. Lo justo para que, a vuelta de página, el trazo de Steve Dillon te reventase la cabeza con las ideas de borracho-irlandés-con-una-botella-rota-en-la-mano que se le ocurrían a Garth Ennis.

Como hice el camino a la inversa, hasta que mi economía no me permitió hincarle el diente a los generosos recopilatorios de la etapa de Ennis en Hellblazer no pude comprobar que todo lo que me había fascinado diez años atrás estaba ya hecho un cuarto de siglo antes: el cinismo, la violencia desatada, los comentarios vitriólicos… Todo nace de la dupla que desarrollaron narrando las desventuras de aquel detective que podía perfectamente desenterrar a un familiar para saldar cuentas del pasado mientras le caen gusanos de la nariz como inventarse cualquier excusa argumental para poner en viñetas el conflicto entre católicos y protestantes. Y es fácil quedarse con lo epatante de los dibujos de Dillon, con los cráneos abiertos, las caras de asco y los puñetazos rompetabiques, pero si uno se para a pensar y analizar sus páginas, su genio brillaba especialmente cuando se detenía a contar lo contrario.

Y para eso solo hace falta un cuarentón deprimido, una tarde de perros y, lo más aterrador de todo, el maldito pasado. Pedro Toro

El póster de Predicador

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No voy a entrar en lo que este cómic significa para mí, ni en lo mucho que he sentido la muerte de Steve Dillon, porque entonces es posible que me dé la lloradera y no sea capaz de avanzar ni una frase, así que vamos al grano. El dibujo de ahí arriba se empleó como base para un póster que DC lanzó en 1999, hacia el final de la andadura de la serie, pero en la versión que se puso a la venta hay un par de diferencias: por un lado está la desaparición de todo el cuarto inferior -¿adelantándose unos años a la fiebre antitabaco de Marvel?- y por otro, y más importante, está el parche en el ojo de Jesse. Imagino que se añadiría para adecuar la imagen del personaje a la que entonces tenía en la historia, pero ese simple detalle convierte la feliz estampa original, tan parecida a cierta fotografía que aparece en el cómic, en una ventana a un universo alternativo. Un Elseworlds de la línea Vertigo. Tampoco voy a entrar aquí en más detalles por si aún no lo has leído, pero si lo has hecho sabrás que esa instantánea de Jesse, Tulip y Cassidy, sonriendo juntos detrás del parche, es tan tristemente imposible como ahora por desgracia la de un Dillon sesentón. Al final me va a dar. Andrés Abel

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La gente de mierda

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Llegué a Madrid a principios de 2002 con cuatro duros en el bolsillo, un vídeo y 200 cintas VHS. Durante mi primer semestre me alojé en una residencia que estaba a la altura de Gran Vía con San Bernardo, y creo que tardé como nueve minutos en salir a pasear y descubrir Elektra. Luego llegarían las demás, pero estaba a doscientos metros de distancia y se convirtió en mi lugar habitual de peregrinación durante una temporada. Nada más entrar, de entre todo el material que había ahí, lo que me llamó la atención fue Predicador. Ni Marvel, ni DC, nada de peña con capa. En aquel momento estaban publicados como tres cuartos de material, así que empecé desde el principio. Números de mil pelas que se despegaban como si fueran de tercera mano. Daba igual, aquello era un no poder parar a razón de veinte pavos semanales. Desde el primer número me cautivó la manera en la que Dillon dibujaba a personajes terribles, mongólicos, psicópatas… porque ahí no se libraba ni dios. Caraculo, la niña ciclópea, los detectives sexuales, el sádico con un guante de mierda, los muchachotes, la abuela… ¿cómo demonios era posible encariñarse con semejantes aberraciones? La respuesta era fácil: dibujando de la hostia. Lento pero seguro. Buen viaje, maldito loco. Gracias por alguno de los mejores días de mi vida. Kiko Vega

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