[Todos a una] Las mejores experiencias lisérgicas… de ficción

"Drogas duras llenan sepulturas", decían Ilegales, y no les falta parte de razón. Por suerte, las drogas en la ficción son algo menos peligrosas y nos permiten experimentar con paraísos artificiales y desmanes lisérgicos que se nos antojarían algo fuera de control, por no decir algo más severo, en la vida real. Así que hemos agarrado a los colaboradores más tendentes a la psiconáutica de CANINO y les hemos preguntado... ¿cuáles son vuestras drogas de mentira favoritas?

Los resultados han sido coloristas y variados como un buen viaje. Desde obras que ahondan en las miserias de la adicción y la pérdida descontrolada de contacto con la realidad a aquellas en las que todo son risas. De sustancias futuristas y sin parangón con las drogas reales en cuanto a potencia y efectos a referencias veladas pero muy reconocibles a las drogas más habituales. Desde cuentos con moraleja a celebraciones del exceso. Estas son las drogas favoritas de CANINO. Acompañadnos por esta singular madriguera de conejo blanco que os hemos preparado.

 

unmundofeliz

SOMA en Un Mundo Feliz (1932) – ¿Quién fue antes? ¿George Orwell o Aldous Huxley? En cuestiones de narcóticos, Huxley. Parte del control social de su futurista estado mundial (632 d.F.) se establece a través del Soma. Inspirado en un brebaje iniciático hindú, en esta novela distópica ejerce como modificador de la percepción en refinadísimas formas. Nuestra favorita, por supuesto, es el helado de fresa de soma.

En términos K. Dick esta droga es un tipo de felicidad embotellada que permite alienar a los individuos. En cita célebre de la novela, que habría aplaudido Karl Marx, “…el Soma contiene todas las ventajas del cristianismo y el alcohol; ninguno de sus defectos”. ¿Qué inspiró a Huxley? ¿El opio, la heroína o el LSD? Psiconauta todavía incipiente, sus experiencias de los cincuenta con el ácido no podrían influir en la novela por ser tardías. Más bien la mitología india y especialmente el escepticismo de sus primeras obras conducen su visión satírica del Soma y la sociedad futurista.

Se trata de un instrumento, en definitiva, de ingeniería social. Como afirmó unos años después, en 1958 en un conocido texto del Saturday Evening Post, la realidad superó la ficción y los científicos soviéticos en 1956 buscaron ya desarrollar “sustancias farmacológicas que normalicen la actividad energética demasiado alta y aumenten la capacidad humana para trabajar”. Y si a esto se añade que el LSD, según la contracultura, fue parte del tenebroso programa MK Ultra de la CIA… Por ello la abstinencia, en la novela, resulta en no otra cosa que la subversión: “…prefiero ser yo mismo. Yo y desdichado, antes que cualquier otro y alegre”, dice Bernard Marx. Mucho antes que cantara Lennon en el año setenta “…the dream is over”. Julio Tovar

 

hardcover rant

CÚSPIDES ALUCINADAS en Rant: La vida de un asesino (2007) – En el presente distópico que Chuck Palahniuk nos presenta en Rant: La vida de un asesino, la más que numerosa humanidad se divide entre los afortunados Diurnos y los desdichados Nocturnos. Por un motivo o por otro, todos buscan sensaciones más fuertes y evasiones más inmersivas. Algunos salen de «choque juergas» pero la mayoría se conforma alucinando cúspides. Una «cúspide alucinada» es la copia de todas las sensaciones que afectan a un «testigo» al ser expuesto a diferentes situaciones. Una transcripción de sus estímulos, perfectamente empaquetados para ser consumidos, vía exo-puerto, por cualquiera que piense que la realidad es demasiado plana.

La vida real está sobrevalorada. Tarde o temprano dejas de sorprenderte por los olores y los sabores o dejas de sentirte excitado durante la mañana de Navidad. Es entonces cuando te cargas una cúspide de La pequeña Becky y vuelves a sentirte de nuevo como un niño maravillado ante todo lo que ocurre. Sensaciones de primera mano. Nada de nostalgia.

Pero hay cosas más fuertes ahí fuera. Cúspides exo-cargadas de gente a punto de morir en un accidente de avión. Cúspides manipuladas. Cúspides pornográficas experimentadas por un bebé y re-presenciadas por un perro, que se exo-cargan, una última vez, para poner encima las sensaciones de alguien con síndrome de Down puesto de ácido. Eso es sentir y, una vez que lo pruebas, la realidad es algo que ni siquiera llega a ser desagradable: es gris. Tu exo-puerto y tu cerebro es lo único que necesitas para escapar. Marta Trivi

 

ANOKHI en La transmigración de Timothy Archer (1982) – No resulta extraño imaginarse que la reacción del progresista reverendo James Pike a la muerte de su hijo por sobredosis fuese un viaje hacia la fe: en este caso, desde la Iglesia Episcopal al espiritista Arthur Ford. Pike moriría en 1969 perdido en el desierto de Judea mientras buscaba pistas sobre los métodos de meditación de Jesucristo. Su amigo Philip K. Dick llevaría parte de esta historia al libro La transmigración de Timothy Archer pero incluiría un interesante detalle gnóstico: el verdadero descubrimiento espiritual de Archer/Pike es el anokhi, un hongo alucinógeno usado por las primeras sectas saduceas como sustituto de la comunión en la eucaristía. El cuerpo de Cristo no era pues tanto un Mesías como un alucinógeno dispuestos a abrirnos la mente. El estado alterado de conciencia como un tipo de fe, la cruel ironía de que la sobredosis de su hijo fuese uno de tantos caminos a Dios, a un conocimiento nuevo, a una experiencia sobrenatural de autodescubrimiento, no muy distinta a su propia muerte en el desierto. Las drogas son abundantes en los escritos de Dick pero ninguna está imbuida por la pesadumbre de los hongos anokhi: la mundanal confirmación de que somos criaturas abandonadas a vicios que buscan satisfacer nuestros más profundos dolores, incluído el silencio de Dios. Henrique Lage

 

soysauce

SALSA DE SOJA en John nuere al final (2007) – Detente, incauto lector. Hablo en serio, da la vuelta y regreses a tu burda e insípida existencia. Es preferible a saber lo que hay más allá, créeme. Es preferible a lo que acecha entre las sombras, en los límites de tu percepción. Aún eres libre, así que haz lo correcto. Olvida la salsa de soja.

Sé lo tentador que es poder expandir tus sentidos más allá de los confines de la realidad y descubrir los terribles secretos del universo. Clarividencia, proyección astral, telepatía a través de salchichas bratwurst, ¿quién podría negarse? Pero eso es sólo el principio… luego vienen los muertos resucitados, los crustáceos interdimensionales con peluca, el todopoderoso Korrok, y por supuesto la invasión…

Maldita sea, me he ido de la lengua. Ya es demasiado tarde para ti, pobre infeliz. Deberías plantearte el cambiar de nombre. Y de residencia. Tal vez de cara. Habla con David Wong, busca su libro, ahí hallarás la respuesta a tus preguntas. Quizás. Lamento haberte arrastrado a este lío. Buena suerte. Lewis of Peter

 

melange

MELANGE en Dune (1965) – La especia debe fluir. Quien controla la especia controla el universo, pero lo que el Emperador Padishah Shaddam IV no sabía es que el auténtico control sobre algo lo tiene quien puede destruirlo. La melange, la especia geriátrica que alarga la vida, otorga presciencia y en grandes cantidades actúa como mutágeno que convierte a un ser humano en un Navegante de la Cofradía, es el eje central sobre el que bascula la obra de Frank Herbert. Es una sustancia milagrosa que impregna, nunca mejor dicho, toda la saga. Herbert ideó un ciclo biológico en el que la especia funcionaba tanto como experiencia religiosa (la melange está íntimamente ligada a la mística Fremen a través de la Panoplia Propheticus) como siendo parte de un ecosistema único y cerrado que producía la sustancia más preciosa del universo, la única sin la que nada funciona: sin ella, los Navegantes no podrían plegar el espacio, la Bene Gesserit perdería a sus Reverendas Madres, el Imperio perdería su moneda, los Fremen perderían su comunión con Shai-Hulud, Arrakis sería abandonado y todo se desmoronaría. Y por supuesto, como cualquier droga, la melange crea una potente adicción que, en este caso se manifiesta a través del azul de azules, el intenso color que tiñe los ojos de los adictos. Y como broma suprema, es de una ironía sublime que la melange, el tesoro más preciado del universo conocido, la adicción más cara de la historia de la Humanidad, no sea más que el excremento de los gusanos de arena. Alberto Mut

 

CORTEXIPHAN en Fringe (2008-2013) – Le costó a Fringe librarse del estigma de Expediente X (1993-2002). Los primeros episodios estaban demasiado enmarcados en el procedimental al estilo de la serie de Mulder y Scully: una unidad de investigadores (formada por un grupo de agentes del FBI liderados por Olivia Dunham con la ayuda de un prototípico científico loco en la figura de Walter Bishop) de elementos al límite (de ahí el nombre) que se enfrentaban al típico monstruo de la semana con más o menos suerte en cuanto a la calidad de la entrega. Afortunadamente, sin abandonar este esquema empezó a surgir una trama subyacente que empezó a vertebrar la aparición de estos casos. Buena parte de esta trama, que se convertiría en la principal fue causada por la existencia de una droga, denominada Cortexiphan, creada por el Dr. William Bell para estimular el desarrollo de las capacidades mentales que se encuentran inhibidas por naturaleza en el ser humano. Tal poder tenía la droga que los sujetos supervivientes podían llegar a cambiar la realidad, brindándonos algunos de los mejores momentos de ciencia-ficción en televisión de los últimos años. Tierras alternativas, poderes omnímodos, viajes en el tiempo. Todo un alarde de imaginación gracias a la potencia de una droga que daba respuesta a una de las eternas preguntas que se hace la humanidad: ¿y si pudiéramos alcanzar el máximo desarrollo de nuestro cerebro? Mariano Hortal

 

H.F.S. (HOLY FUCKING SHIT) en Infiltrados en clase (2012) Por un lado, tiene el mejor nombre de cualquier droga utilizada en la historia del cine. Por otro, su radio de acción se encuentra en los institutos, así que es fácil identificarse con esos colocones delante de algún profesor en el acto de abroncarte por lo que sea. Además, el viaje de HFS se divide en cinco fases muy parecidas a las que puedes experimentar con cualquier otra sustancia. Una pista: empiezan y terminan de forma similar a casi todas. Y lo de enmedio también es una euforia incontrolada que sonará a más de uno. Jonah Hill demostraría en El lobo de Wall Street (2013) que las drogas se le dan bien en cualquier calle mientras Channing Tatum robaba nuestros corazoncitos y alguna que otra braga. Infiltrados en clase fue una de las sorpresas de hace unos años, una comedia gamberra que sabía rodar mejor que ninguna los colocones de estudiantes youtubers, además de saber guardarse las sorpresas y las explosiones de violencia para el final. Contó con una secuela donde todo era lo mismo, pero más grande. Hasta la droga que usaban. En ese caso, WHYPHY (Work Hard, Yes, Play Hard, Yes). Kiko Vega

 

POCIÓN MÁGICA en Astérix, el galo (1959-) – Las drogas se cruzan demasiado a menudo en el camino del héroe, y cuando lo hacen, el héroe deviene en superhéroe. Son cientos los ejemplos en que se recurre a este elemento argumental, ya sea sin darse cuenta de ello o todo lo contrario. El gran Goscinny lo usó de manera consciente, aunque bien camuflado. Tras la dosis adecuada (sobredosis en el caso de Obélix) del brebaje preparado por el druida Panorámix, los habitantes de la célebre aldea gala adquieren fuerza sobrehumana con la que resistir al avance del progreso y la civilización que supone el imperio romano. Más allá del nacionalismo que late en Astérix, se trata de un insólito caso en el que la droga se utiliza para mantener las verdaderas tradiciones de nuestros ancestros europeos. Druídicas, paganas y bebiendo una poción cuya receta incluye una planta tan simbólica para los celtas como el muérdago. Por desgracia, esos ritos quizá aguantaron al imperio romano, pero no al cristianismo, que arrasó con todo, sustituyó la droga del héroe por el más prosaico vino eucarístico e hizo propias las fechas de guardar atávicas, dando santo por solsticio y llevando a la hoguera a los descendientes de Panorámix que se atrevían a mantener sus creencias con desenfreno, bardos, drogas y jabalíes asados; porque quizá todas las aventuras de Astérix acaban en la Noche de Walpurgis. Daniel Ausente

 

redeye

BLOODY EYE en Cowboy Bebop (1998) – Asteroid blues, el primer episodio – sesión más bien- de esa jam jazzística cumbre con forma de anime que es Cowboy Bebop, establece muchas cosas. Que la humanidad parece haber conquistado el espacio, que ha colonizado el sistema solar y sus asteroides, y que viaja en naves a través de portales como ahora conducimos a través de peajes entre provincias. Segundo, que en lo que no sabemos si es un flashback o un flashforward, el cazador de recompensas llamado Spike quizá haya muerto por culpa de una mujer o puede que vaya a morir por segunda vez. Y tercero, que Spike persigue a un mafioso de segunda de nombre Asimov Solensan -un guiño imposible de ignorar- que ha robado de sus jefes una sustancia llamada “bloody eye” que nebulizada en los ojos produce hiperconsciencia, una severa aceleración del sentido del tiempo que convierte a quien la toma en un berserker de cuidado. La droga más cara del universo, la droga para los más ricos. Asimov a su vez huye con su novia en apariencia embarazada. Y a partir de ahí se desarrollará un triángulo de amor bizarro que desembocará en una tragedia noir-romántica. Adiós, cowboy. Si Asteroid Blues te parece bueno, eso no es nada, porque lo mejor está aún por llegar. Santi Pagés

 

PASTILLAS ROJAS Y AZULES en Matrix (1999) – ¿Creer lo que uno quiere o conocer la realidad? Dos pastillas, una azul, otra roja. La azul supone seguir en la inopia, la roja, conocer de qué está hecho el mundo. Parece una disyuntiva perpetrada por la mente de un maquiavélico guionista, pero en el fondo nos enfrentamos a ella cada día. ¿Quieres vivir una mentira? Adelante, ignora las noticias, selecciona bien las publicaciones que aparecerán en los feeds de tus redes sociales, sal a la calle con una venda en los ojos. ¿Quieres saber qué se cuece realmente? Prepárate para un camino sin retorno que te asqueará y te hará preguntarte por qué se sigue reproduciendo la gente. Que se lo pregunten a quienes han visto las entrañas de la bestia. La realidad que descubre Neo es desalentadora, pero es precisamente el descubrimiento de la verdad lo que le permite tratar de cambiar Matrix y rebelarse contra el status quo. Siempre lo he dicho: si los gobernantes fueran realmente inteligentes, legalizarían las drogas, permitirían que cada uno eligiera su soma particular, su “droga en el cola-cao” favorita. Mucho más cómodo, desde luego, que cualquier 15M o Nuit Debout. Carolina Velasco

 

respirarelfuturo

Coz en New X-Men (2001-04) – Así como ‘soma’ en griego quiere decir ‘cuerpo’, y las orgías-porfías que Aldous Huxley organizaba en su Un mundo feliz pueden ser leídas como visionarias metáforas de control -cuyo objetivo es inocular en lo corpóreo, en lo sensitivo, el virus de lo social, capaz de desactivar todo potencial subversivo-, la droga que Grant Morrison diseña para sus New X-Men es la propia de una juventud digna de ser representada por el colectivo AES+F. Precisamente, “A brave new world” (título original de la novela de Huxley) es el título de la exposición que dio cabida en Madrid a una de sus más famosas series de imágenes, Last Riot, donde cuerpos insolentemente jóvenes, retratados en violentos escorzos, describen la naturaleza deshumanizadora propia de la revolución de la siguiente generación. Afán de revuelta, voluntad de poder. Y una droga que, cuando la introduces en tu organismo, te hace sentir “como una estrella de cine dirigida por dios, en exteriores del cielo”. Se llama Hipercortisona D, más conocida como “Coz”, y es todo un ‘caballo de Troya’ mutante. Elisa McCausland

 

ENERGÓN en Transformers (1984-) – Aunque siempre se presenta como un elemento que les da power a los Transformers, prácticamente cada teleserie o tebeo de la franquicia ofrece una descripción distinta de lo que es esta mandanga. La que aquí nos interesa es la original: un brillante líquido violeta que los Decepticons sintetizan para uso propio, utilizan en sus trapicheos con los Insecticons… y que de repente los Autobots aparecen consumiendo también después de la segunda temporada, cuando estamos en condiciones de suponer que ya andaban más quemados que las gomas de Optimus Prime. Jugando a pensar bien podríamos entender que se trata de un simple combustible, pero la reveladora escena que encabeza este texto ―extraída del episodio 18 de esa segunda temporada― nos golpea en la cara con el lema de la serie para dejarnos claro que entre batalla y batalla también sucedía más de lo que los ojos ven. Todavía se discute en los foros de internet si lo que Megatron dice al final es «ugly Earth disguises», o a dobladores y guionistas ya se les fue la cabeza del todo e hicieron que su trabada lengua metálica soltase un «ugly ASS disguises» como un sol de Cybertron. Andrés Abel

 

EL AMOR en Crepúsculo (2008) – “Eres exactamente mi marca de heroína”. La frasecita se las trae, ¿eh? Aunque quizás sea lo único con un mínimo de sentido que llegó a pronunciar el vampirito Edward Cullen a través de los morritos lánguidos de Robert Pattinson. Y voy a hablar de la peli, porque el libro de Stephenie Meyer me parece aún más corrosivo. Aunque adictivo, eso no se puede negar. Tanto como el olor de Bella para Eddy. Si la cosa esta semana va de drogas, que me perdonen todos los lectores caninos, pero mi favorita es una tan real como la vida misma, y tan ficticia como todas las que mis compañeros ya han mencionado: el amor. Las drogas actúan en nuestro cuerpo alternando nuestra percepción, volviéndola más rápida, más vívida o más relajada, según el compuesto. Nos hace adictos a una sensación determinada que sólo podemos alcanzar a través del consumo. La gracia del amor es que nunca sabremos si es real o no. Si está todo en nuestro condicionamiento cultural, aquel que nos lleva dictando desde el s.XIX (el nacimiento del Romanticismo moderno, tras aquella fallida intentona del Renacimiento) que, en este mundo imperfecto, hay algo puro y extracorporal que nos une con el elegido, nuestra media naranja, nuestra mitad. Esa que nos completa y nos hace sentir felices, pero de verdad. Eufóricos. Chiripitifláuticos. Llámenlo X.  El amor “activa los centros neuronales localizados en el sistema límbico, ligado con las ‘recompensas’, los mismos que se activan por el consumo de alcohol, tabaco y otras sustancias adictivas”. Eso dice nuestra querida Wiki. Pero, ¿qué es el amor?, ¿tan sólo una reacción química propiciada para la reproducción sexual y el mantenimiento de la especie? Para Edward Cullen el amor se encuentra en el aroma de Bella. Para Bella, en la existencia de una realidad alternativa a la gris que ha llevado hasta ahora. En ambos casos, su sentimiento es tratado por la autora como una: si Bella no obtiene su chute de Edward, empieza a cometer locuras. A tirarse de acantilados, a montar en moto a lo loco… lo que sea para recrear en su mente la imagen del Cullen. Todo por un chute. Pero, ¿quién somos nosotros para juzgar? Tan solo se trata de una emoción ficticia. ¿No? Elena Rosillo.

 

almuerzo-desnudo

CARNE DE CIEMPIÉS NEGRO en El almuerzo desnudo (1959) – Debido a esa reputación con la que tanto gustó de rodearse (y bien que pagó por ello), el nombre de William S. Burroughs es indisociable de los opiáceos. Y no sólo de la heroína: eso de ponerse ciego usando jarabe para la tos, tan en boga hoy entre la muchachada más dura del gueto, ya lo describió el viejo Bill en su tercer (y mejor) libro. Aun así, toda esta mitología que lo identifica como el Yonqui Supremo olvida que Burroughs tenía otro talento farmacológico, seguramente fruto de pasarse todo el santo día pensando en lo suyo: la invención de drogas imaginarias.

Si estamos de acuerdo en que la calle encuentra sus propios usos para las cosas, y que la popularidad de una sustancia psicoactiva resulta indisociable de un tiempo y un lugar concretos (jamaro para olvidarse de que uno vive en el Bilbao de los ochenta, MDMA para abrazarse e imaginar un mundo sin Margaret Thatcher, benzodiacepinas para el currante madrileño de 2016), entonces este material extraído de animales de pesadilla, “el ciempiés acuático gigante -con una longitud a veces superior a los tres metros- que se halla en un paisaje de rocas negras y lagunas pardas, iridiscentes”, es el cuelgue perfecto para una ciudad tan atroz como Interzona. O, lo que es lo mismo, para ese Tánger por el que Burroughs vagó en estado semicatatónico. Apenas sabemos de sus efectos, sólo que estos no son bonitos (“El rostro del Marinero se disolvió. Su boca onduló hacia adelante convertida en un largo tubo y sorbió el material negro, vibrando en peristalsis supersónicas, desapareciendo en una silenciosa, rosada explosión”) y que su uso repetido convierte al consumidor en un chaquetero (“mugwump”, en el original). Una criatura semiaviar, toda ella cartílagos y piel colgante, carente de hígado y con un pico negro, curvo y afilado.

¿Se acaba aquí el asunto? No: los fluidos corporales (o seminales, más bien) de los chaqueteros también son adictivos. Basta con felar el miembro de uno de ellos para que el metabolismo de uno se enlentezca, volviéndose así un ser casi inmortal que ve el mundo al ralentí. Un reptil, en terminología del libro. Y, por supuesto, se trata de una metáfora, porque Burroughs estaba tan obsesionado por la prostitución como por las drogas, y lo que acabamos de leer es una parodia carnosa de ese ritual merced al cual los yonquis más o menos jóvenes y más o menos guapos vendían su flor a hombres mayores (como el propio escritor): unos se pagaban el vicio, los otros se quitaban años de encima jodiendo cuerpos aún lozanos. Lo que se dice un ciclo de depredación. Como casi todo en esta vida. Yago García

 

JEFFREY en Todo sobre mi desmadre (2010) – Sí, no se rían. Una de las drogas más potentes aparecidas en una ficción cinematográfica es el Jeffrey. Bueno, en realidad no es solo una, sino un cóctel de varias: marihuana, heroína, cocaína y demás sustancias ilegales. Se preguntarán, ¿cómo se consume? Pues fumando un canuto gigante. Los efectos son un globo del copón, ahora bien, se pueden combatir si acarician una pared de terciopelo. De hecho, si lo hacen les dará más gustirrinínEl cóctel loco -especialmente indicado para rockeros- se llama Jeffrey para engañar a la mente. Se trata de uno de los nombres propios anglosajones más vulgares que existen, así que, ¿quién va a tener miedo de una droga con un nombre tan anodino? Si quieren saber más sobre sus efectos echen un vistazo a Todo sobre mi desmadre, una de las comedias irreverentes más conseguidas de la década y una oda festiva a la drogadicción recreativa. Russell Brand, Puff Daddy y Jonah Hill ya han probado el Jeffrey y han salido vivos. Ahora solo faltan ustedes. Xavi Sánchez Pons

 

VALKIRIA en Max Payne (2008) – Puedes culpar a la película de Max Payne, dirigida por John Moore y protagonizada por Mark Wahlberg, de hacer muchas cosas mal respecto al videojuego, pero no le puedes arrebatar lo poco que hace bien: las muy escasas secuencias de acción y las alucinaciones provocadas por Valkiria, la enésima droga para crear supersoldados que termina en las calles. Y si bien las alucinaciones, gracias a la narración de Moore, parecen más insertos inconexos en la bobina de un cortometrajista que elementos de la historia, su capacidad sugestiva y su forma de difuminar la frontera entre realidad y ficción elevan la película de las simas donde pretende alojarse.

Básicamente, cualquier escena relacionada con Valkiria potencia la película, siendo el cúlmen una escena en la que Max, a punto de morir de hipotermia, ingiere la droga y su cuerpo desprende vapor de agua durante el peor invierno de Nueva York. Durante cinco minutos, Max Payne, la película, se vuelve tan loca como su personaje. ¿Cómo quieren que digamos no a las drogas cuando películas como esta parecen necesitarlas? Adrián Álvarez

 

NUKE en Robocop 2 (1990) – En el futuro distópico de Robocop, Detroit es un poco como Gotham pero elevado al cubo en perversión, vicio y crimen. En los ochenta, cuando fue concebido el guión de la secuela, la ciudad original era un hervidero de crimen y el crack hacía estragos en su población. No es difícil ver los paralelismos con el nuke, una peligrosísima droga de diseño que doblega a la población y los deja a merced de los criminales y dirigentes corruptos. Un paralelismo también aplicable a la España de la heroína, en los setenta y ochenta, aunque aquí la droga no es droga: es un culto, una religión, una red social. Hay una nuke para cada estado de ánimo: white noise, blue velvet, black thunder y la red ramrod, una sustancia viscosa de color rojo que es la opción más habitual. Todo para corromper al policía más férreo y ponerlo al servicio de su red de distribución. El nuke está tan extendido que puede rivalizar con el moloko plus de La naranja mecánica (1962) y como la bebida, sus efectos se pueden elegir, aunque el subidón de red ramrod te dura dos días y su modo de inoculación es intravenoso, directo a la yugular. Su adicción es tan potente que incluso los cyborgs sufren un síndrome de abstinencia bestial. En la segunda versión de Dredd (2012) en el cine se usó un calco de la misma idea, con un futuro distópico ultraviolento dominado por una droga llamada slo-mo. Jorge Loser

 

VIDEODROME en Videodrome (1982)El cine de Cronenberg no es ajeno a las drogas, aunque rara vez se haya hablado de tal cosa de forma explícita. Películas, sin embargo, como eXistenZ (1999), sus primeros desmanes neocárnicos, La mosca (1986, que también puede entenderse como un reflejo de la enfermedad y la vejez) o, por supuesto, El almuerzo desnudo (1991), se leen también como metáforas de un consumo de sustancias a menudo destructivo, siempre muy adictivo y frecuentemente con alucinaciones de por medio. Mi favorito de todos estos chutes, sin embargo, es Videodrome, el canal de televisión que transforma primero tu mente y luego tu cuerpo, produciendo alucinaciones que son pura sustancia del futuro visto desde los años ochenta: cintas de vídeo que respiran, televisores que gimen y se tragan a la gente, y luego, vaginas que se abren en el estómago y se tragan pistolas acompañadas de desestructuraciones de la realidad que llevan a bramar «Larga vida a la Nueva Carne» antes de pegarte un tiro. Cualquier consumidor de cantidades enérgicas de LSD conoce el efecto de las paredes que respiran, pero Cronenberg lleva estas alucinaciones mucho más allá, convirtiendo la inicial transformación de la mente en una definitiva transformación del cuerpo. La psiconáutica definitiva y perversamente invertida, vamos. John Tones.

 

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Publicidad