[Todos a una] Las mejores paradojas temporales (y cómo evitarlas)

Acostarte contigo mismo para concebirte, conseguir que tus padres se enamoren, matar a Hitler y cambiar el destino del mundo, viajar al pasado para averiguar quién escribió realmente las obras de Shakespeare y acabar escribiéndolas... si has leído novelas o visto películas con viajes en el tiempo es posible que estés habituado a las paradojas teóricas que suscitan. Se trata de uno de los ejercicios mentales a los que los aficionados a la ciencia-ficción son más adictos y aunque de momento permanecen en el plano de la pura teoría, muchas de esas paradojas son tan fascinantes que se han intentado resolver o discutir aplicando presupuestos de física cuántica real.

Aquí en CANINO somos muy fans del lado demente de la ciencia, pero aún más del lado demente de la ciencia-ficción. Por eso hemos pedido a nuestros colaboradores que escojan las mejores paradojas del cine, los comics y la literatura de género y nos las expliquen. El resultado hará que se te pase un buen rato… bueno, como si el tiempo no existiera. Y cuidado, Doc: estos no son los viajes en el tiempo que esperas.

 

tentaculo

JULIO TOVAR – El Día del Tentáculo (1993). Se olvida a menudo que esta magna obra de Tim Schafer y Dave Grossman es una de las más originales y rocambolescas historias de viajes en el tiempo jamás concebida. Las aventuras de Benard, Hoagie y Laverne, admirablemente escritas por LucasArts, tienen como idea motriz que un tentáculo púrpura que quiere conquistar el mundo usa una máquina del tiempo para hacer realidad sus maléficos planes. Es la llamada Cron-O-Letrina, según tradujo Erbe en su tiempo. Mi corrosión temporal favorita en una historia repleta de ellas es la conversión de la bandera estadounidense en un disfraz de tentáculo. ¿La razón? : un puzle absurdo con Laverne y un concurso de moda promovido por la tentaculocracia. Guión excepcional, diseño absurdo y apartado audiovisual adelantado al tiempo, el juego es la mejor obra de Schafer y sus giros dramáticos no tienen que envidiar a la más loca historia de K. Dick.

 

HENRIQUE LAGE – Project Almanac (2015). Lo que me llama la atención de las paradojas es la aparente fragilidad que le otorga a la existencia humana. Como en el relato Los hombres que asesinaron a Mahoma (1958) de Alfred Bester, cabe la sospecha de que ante cualquier perversión de las leyes de la naturaleza, ésta se autocorrija prescindiendo de su eslabón más débil: nosotros mismos. Por ello, me interesa cierta escena de Project Almanac, el intento del Michael Bay productor de replicar la fórmula del éxito de Chronicle (2012). En dicha escena, durante uno de los primeros viajes que efectúan los protagonistas, el grupo de jóvenes protagonista viaja a la noche anterior, se cuelan en casa de uno de ellos y empiezan a jugar con los límites de las paradojas temporales mediante un rotulador y el aún durmiente anfitrión en el pasado. Cuando el afectado se despierta y se ve a sí mismo, tanto el amigo del pasado como del futuro entran en una especie de eco, un bucle que hace titilar a ambos cuerpos. Los personajes consiguen abandonar la casa y el interfecto del pasado sólo recordará aquello como un febril sueño de madrugada, pero por un momento, el horror cósmico, la confusión que supone evaporarse de la existencia empieza a tejer una fina capa de angustia a cada nuevo viaje en la película.

 

SANTI PAGÉS – Primer (2004). Puede que ese tirón del brazo que te dio alguien hace un rato cuando estabas a punto de cruzar en rojo sin mirar no fuera casual. Ni que no pudieras encontrar las llaves del coche aquel día del accidente múltiple en la Ronda. O el móvil cuando estabas a punto de llamar (otra vez) a tu ex. Puede que mañana por la tarde recibas una visita extraña. Alguien con gorra y sudadera con capucha (no podrás ver su cara) que te dará un mensaje incomprensible en un papel arrugado antes de desaparecer. Alguien que la semana que viene te secuestrará y te encerrará en un altillo. Alguien que resultará ser idéntico a tí en casi todo. Alguien que, como pasaba en Primer, se metió (meterá) en una caja de metal cromado, esperó (esperará) seis horas mientras rebota en el espacio tiempo, alguien que retrocedió (retrocederá) hasta encontrarte. Que hará con tu vida lo que siempre quisiste hacer y nunca te atreviste a intentar. Que corregirá tus errores, tus enfados, tus traiciones. Alguien que no soltará aquella frase cruel a tu madre, que no se acostará con la novia de tu mejor amigo. O quizá todo lo contrario. Alguien que te dejará finalmente libre en una realidad nueva e incomprensible y se reirá de tu confusión y tus tambaleos mientras te mira de lejos con unos prismáticos.

Es un aviso.

 

XAVI SÁNCHEZ PONSJacuzzi al pasado (2010). Imagínate que pudieras volver al pasado. Concretamente a cuando eras un adolescente con las hormonas revolucionadas. Ahora súmale que te plantas en esa época con el cuerpo de un chaval de dieciséis pero con la mente de un tío que se acerca a los cuarenta. No te equivoques, no estamos hablando de Jiro Taniguchi y su Barrio Lejano (1998), sino de su versión fumeta y lisérgica, la fantástica Jacuzzi al pasado.

De las cuatro personas que viajan a través del tiempo gracias a un jacuzzi custodiado por Chevy Chase con la intención de retocar su vida pasada para ganar un mejor presente, una se lleva la palma. Se trata de un perdedor llamado Lou Dorchen (interpretado por el gran Rob Corddry), que decidirá saltarse todas las normas y lógica del espacio-tiempo al decidir no regresar al presente y permanecer en el ayer con cuerpo de niño y mentalidad de adulto alopécico. ¿Su objetivo? Aprovechar, como hacía Biff Tannen con el almanaque deportivo, sus conocimientos sobre el futuro para labrarse una vida mejor. El resultado de tan astuta jugada es pura psicotronía espacio-temporal. Al regresar a la era actual, los tres viajeros en el tiempo restantes descubren que Dorchen ha sido el fundador del buscador de Internet Lougle, además de haber sido el cantante del grupo de hair metal Mötley Lüe. Un imperio alternativo construido con la fuerza de la letra L. Imposible no amar esta corrosión espacio-tiempo que fríe cerebros.

 

CAROLINA VELASCO – El tiempo en sus manos (1960). El tiempo en sus manos ahora pasa por simpática película de serie B, pero en su momento se llevó un óscar a los mejores efectos especiales. Inspirada en la obra de H.G. Wells (su protagonista se llama incluso como el autor de La máquina del tiempo -1895-), la cinta no se limita a fantasear con los viajes en el tiempo, sino que además plantea una distopía en la que el hombre, después de numerosos conflictos bélicos, termina dominado por unos seres antropomórficos y crueles que los esclavizan y devoran (en sentido literal). Wells se limita a observar los cambios, sin intervenir ni tratar de alterar el curso de la historia… hasta que se cruza con Weena (Yvette Mimieux), a quien rescata de una muerte segura. Wells (Rod Taylor) vuelve entonces a la Inglaterra de 1917, pero el espectador sabe que en el próximo viaje temporal del protagonista habrá una intervención cuyas consecuencias, eso sí, debe imaginar el espectador.

 

JOHN TONES – Yo mi abuelo soy. De acuerdo, es trampa: aquí no hay viajes en el tiempo, pero la mecánica de esta canción es la de un viaje en el tiempo mental, una posibilidad teórica de corroer el tejido de la mismísima realidad forzando los límites de lo improbable hasta tal punto que esta paradoja sí que podría suceder. La canción original explotaba la fama de un protomeme periodístico cuyos orígenes datan de 1822, año en el que se publicó por primera vez como curiosidad/juego mental para los lectores. Estas cosas, en cualquier caso, podrían pasar: a Bill Wyman casi le pasa.

En cualquier caso: la canción habla de una serie de emparejamientos, descendencias, casi-incestos y demás tropelías legales dentro de la propia casa de uno, y que motivan una paradoja que incluso es citada expresamente en el mítico cuento Todos ustedes, zombies (1959) de Robert Heinlein, y que justifica (con rimas) que alguien sea capaz de ser su propio abuelo. El tema fue compuesto, en plan novelty, por Lonzo & Oscar en 1959 bajo el título I’m my own grandpaw. Su popularidad le ha hecho aparecer en Expediente X como ejemplo irónico de suceso altamente improbable (pero posible) y, cómo no, en Futurama, donde Fry es apodado «El señor Yo-mi-abuelo-soy». En español tenemos la soberbia versión de la no menos soberbia comedia de John Landis La familia Stupid (1996), que podéis ver en el vídeo adjunto, y ya para muy aguerridos, la versión tecnodemencial que perpetró el arriba firmante con Minipierna Extra.

 

KIKO VEGA – Parallel Monsters (Segmento de V/H/S: Viral, 2014). En nada se cumplirán diez años de Los Cronocrímenes (2007),  puede que una ocasión única para reivindicar como merece el debut de Nacho Vigalondo, estupendo guionista especialista en orfebrería fantástica de otra época, de otro mundo. Ahora que termina el rodaje de su proyecto más ambicioso, Colossal, donde hay genios salidos de SNL o ganadoras del premio de la Academia (la de Hollywood, ojo), la cúpula canina nos propone corrosiones espaciotemporales favoritas, así que voy a recordar la otra gran paradoja del director, incluida en la tercera entrega la antología de horror digital V/H/S.

En Monstruos Paralelos, Vigalondo reincide en las máquinas del tiempo de Ikea (no confundir con el trabajo de Bartual & Vermut), construidas con persianas de tu piso de Lavapiés y los sobrantes de la minicadena y el árbol de navidad. Esta vez será Gustavo Salmerón quien se las vea ante la adversidad y el misterio de una realidad alternativa, una realidad espejo que pasa de reflejo natural a salón de espejos deformes de feria ambulante. Cuando no reconoces la realidad desdoblada de tu vida privada, igual no es muy recomendable salir de casa, hombre.

 

ANDRÉS ABEL – Looper (2012). Un uso creativo de la dislocación temporal, de aquella manera en la que personajes como Jigsaw o Jack Bauer entienden la palabra creativo: aplicándola al noble arte de la tortura. ¿Cómo hacer salir de su escondite a un fugitivo del futuro, cuando tienes prisionera a la versión del pasado/presente al que ha huido? Muy sencillo, si consigues que no te explote la cabeza con el razonamiento: escribe la dirección donde quieres que se entregue sobre el brazo de su joven yo… utilizando un bisturí, de modo que el viejo pueda leerla en sus recién adquiridas cicatrices; y después ve cortándole partes del cuerpo al pichón —atención a ese meñique en el 0:31 del vídeo— para animar al palomo a que no se demore. Una secuencia imborrable (no como todos esos miembros, je) que en un 2012 alternativo inauguró subgénero a grito de “el porno de torturas ha muerto, larga vida a la cronotortura”.

 

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MARIANO HORTAL – Algo huele a podrido (2004). El escritor británico Jasper Fforde no ha tenido demasiada suerte por aquí; al menos, tuvimos la ocasión de ver terminada su primera gran saga de cuatro libros protagonizados por la detective literaria Thursday Next. Fforde plantea una protagonista inolvidable en la búsqueda de la integridad del canon literario, y no duda en utilizar personajes de las novelas clásicas para construir artefactos cargados de metaficcionalidad, referencias y, cómo no, viajes en el espacio-tiempo. Lo genial de esta saga es que añade la posibilidad del viaje en el tiempo dentro de las propias obras, y con eso serviría ya para reafirmar el carácter subversivo de las paradojas que plantea. Sin embargo, en esta cuarta entrega de la serie se produce un final de verdaderos fuegos artificiales donde la protagonista es consciente de haberse encontrado consigo misma en diferentes ocasiones en el tiempo, hasta el punto de llegar a confortar a una anciana en su propia muerte mediante la lectura de un libro y cuya identidad podéis imaginar; sinceramente, no me puedo imaginar una muerte más maravillosa.

 

DANIEL AUSENTE – Huida del Planeta de los Simios (1971). Mi primer contacto con la saga del Planeta de los Simios se produjo en un cine de barrio con la primera secuela, Regreso al Planeta de los Simios (1970). Yo era pequeño (seis o siete años) y quedé muy impresionado. Soldados gorilas, La Zona Prohibida, restos subterráneos de nuestra civilización, mutantes que adoran la bomba atómica y un final que era El Fin del Mundo, sin contemplaciones: la destrucción absoluta de nuestro planeta. Unos pocos años más tarde, en el colegio (que tenía un señor teatro que los fines de semana se convertía en sala de cine para la chavalería) se anunció Huida del Planeta de los Simios (1971).

Aquello me intrigó muchísimo. ¿Cómo era posible continuar una película si el mundo donde transcurría había explotado del todo? La solución estaba en el viaje en el tiempo. Si en la primera entrega Charlton Heston había viajado al futuro sin saberlo hasta el final, en esta tercera tres chimpancés sapiens recuperaban la nave de aquel y se plantaban en el pasado, y más en concreto en 1971. Un poco cogido por los pelos (ir hacia el pasado plantea más problemas científicos que hacerlo hacia el futuro), pero bueno, no es algo que nos preocupara mucho entonces (y hacemos muy mal si nos preocupa ahora). El tema es que Zira y Cornelius, la entrañable pareja simia, tenían un hijo, al que llamaban César en homenaje al simio fundador de su civilización futura, o sabiendo que ese era el destino de su retoño, como se vería en la posterior La rebelión de los simios (1972).

Aquello fue para mí la revelación clara y diáfana de las paradojas temporales. La civilización simia no se debía a la teoría de la evolución (tema que sobrevolaba la primera, todo hay que decirlo, cuando mostraba una fe simia en que era el mono el que procedía de Dios, y no el hombre) sino a que los simios del futuro viajaron al pasado para plantar la semilla primate que les daba origen. Zira y Cornelius eran, al mismo tiempo, descendientes y antepasados de César, el primer simio que dijo “Mamá”.

 

DAVID BIZARRO – Tempus Fugit (2003). Este modesto telefilme encierra en sí mismo la paradoja más grande de todas. ¿Se puede rodar una película de viajes en el tiempo de calado universal sin salir de la Barceloneta? Concebida como una comedia romántica de enredo en la línea de Atrapado en el tiempo (1993), Enric Folch y su co-guionista Albert Espinosa aventajan en logros a Primer (2004) y Seguridad no garantizada (2011) al solventar las farragosas teorías sobre el espacio-tiempo con notable desparpajo, ratificando la coexistencia de universos paralelos mediante un simple beso entre dos seres anónimos que viven ajenos a los rigores de la física cuántica. Otro acto, en apariencia tan insignificante como bajar a comprar el periódico, situará la Plaça de Sant Miquel en el epicentro de un cataclismo distópico, previo a la gentrificación, que plantea inquietantes dudas sobre nuestro futuro más inmediato. ¿Hablaremos todos en catalán? ¿Seremos rubios, altos y guapos? Y es que dejando a un lado los guiños a las sagas de Regreso al futuro y Star Wars, el relato conserva intacta su vocación localista (en el mejor de los sentidos) y se permite ironizar sobre la cuestión identitaria, personificada en la bilocación del hincha que ha de enfrentarse a la catástrofe culé en la final de la Champions. Como Charlton Heston en El Planeta de los Simios (1968), dicho sea de paso.

 

ÁLVARO ARBONÉS – Steins;Gate (2009). El caso (hipotético) de viaje en el tiempo más popular que conocemos en la realidad es el de John Titor, nombre usado por alguien durante los años 2000 y 2001 en varios BBs afirmando ser un viajero del tiempo del año 2036. Aunque sus predicciones se acabaron demostrando erróneas con el tiempo, lo interesante es cómo logró calar de tal manera en la cultura popular como para que, ocho años después de su hipotética partida, un grupo de japoneses crearan un videojuego tomando como inspiración sus comentarios: Steins;Gate. En esta visual novel un grupo de amigos logran convertir un microondas en un dispositivo capaz de enviar mensajes de texto al pasado —siendo este el principal método de interacción con el juego, a través de mensajes—, con el problema de que una organización con oscuros intereses llamada SERN también ha descubierto cómo realizar viajes en el tiempo. Y todo acaba como cabe imaginar: ¿qué ocurriría si, en determinadas circunstancias, descubriéramos que podemos enviar mensajes al pasado? Exactamente: nos las apañaríamos para jodernos la vida de formas que hasta entonces ni siquiera podíamos haber imaginado.

 

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ADRIÁN ÁLVAREZ – Cronopolis. Dice Alan Moore que esta colaboración con el dibujante Dave Gibbons, publicada en la mítica revista 2000 AD (1977-) dentro de su serie Future Shocks, le convenció de que sería el artista adecuado para esa obra catedralicia llamada Watchmen (1986), y no le falta razón. Cronopolis es una historia de sólo cinco páginas donde cada viñeta adelanta o explica una parte de la trama, de tal modo que, una vez terminada, da la sensación de haber recorrido una veintena de hojas, exactamente la misma locura de tiempo expandido que la jornada laboral de sus protagonistas.

Joe Saturday y Ed Thursday se dedican a evitar paradojas temporales y conflictos con el tiempo, cuando se dan cuenta de que una acción del futuro, ambientada en el pasado, les causará un problema en su presente. Y a partir de ahí, imaginaos la cantidad de detalles que hacen del conjunto algo tan disfrutable, desde la forma en que tienen los detectives de encontrarse consigo mismos hasta el rostro de Joe Saturday, imperturbable hasta la última viñeta, en la cual se confirma que una vez se pueda viajar en el tiempo, será imposible resistirse a participar en el pasado.

Mi consejo es que con, Cronopolis, dejéis el reloj aparte y lo leáis una y otra vez.Son sólo cinco páginas, son sólo unos minutos de lectura, pero en ellas el tiempo se detiene.

 

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YAGO GARCÍA – Las crónicas de Ash (2000). Cuando la capital de un imperio ha sido arrasada hasta los cimientos, y sus campos sembrados con sal, reconstruir su cultura con la precisión adecuada resulta algo difícil. Así pues, Mary Gentle lo tenía difícil para plantear un escenario en el que Cartago machacó a Roma al final de la Segunda Guerra Púnica. En lugar de arredrarse, la escritora empleó este escollo para esbozar una posibilidad mucho más interesante, con las dos grandes potencias del Mediterráneo dejando su conflicto en tablas y desarrollándose a la par. Hasta que aparecieron los Visigodos, claro. Y la machina rei militaris. Y los milagros: los milagros siempre lo joden todo.

Poco conocida en España (donde, siguiendo la edición estadounidense, se editó en cuatro volúmenes separados), Las crónicas de Ash es una de las novelas de historia alternativa más deliciosas que jamás he leído. El hecho de que su protagonista sea una versión macarra y brutal de Juana de Arco influye en ello, claro, pero lo que acaba de decidirme es su condición de relato-trampa. Lo que empieza siendo un novelón histórico medianamente rutinario evoluciona hasta convertirse en una ucronía que, a su vez, contiene otra posible variación, que esconde otra, y ésta a su vez otra… y, finalmente, al fondo de este juego de cajas chinas, aguarda una historia de ciencia-ficción muy coherente consigo misma, y también agraciada por un pesimismo extremo.

Admiradora de Robert Graves, como debe ser, Gentle se curró esta maravilla mientras preparaba un máster en Historia Militar. Eso se nota, no sólo en su conciso regodeo a la hora de describir la violencia y sus técnicas, sino también en cómo nos presenta su ‘otra’ realidad. Aquí, las piezas no han sido recolocadas de forma grosera, sino sutilmente desplazadas para que no comprendamos la implicación de esos movimientos hasta (casi literalmente) la última página del último capítulo. Sin entrar en sus elementos más propiamente fantásticos, digamos que la moraleja es sencilla: por mucho que varíen los hechos, la humanidad nunca deja de ser intrínsecamente despreciable. Cualquier otra conclusión hubiera sido ingenua.

 

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