[Todos a una] Bestias pardas: los animales más salvajes del cine

Desde los tiempos de la fundacional Los pájaros de Alfred Hitchcock, sabemos que hay algo enigmático y a la vez familiar en la rebelión de la naturaleza. Animales domesticados que pierden su sumisión de forma inexplicable, fauna ignota que entra en nuestras zonas de confort (y civilización)... el ataque de la naturaleza desbocada es una forma de horror puro que el cine ha sabido aprovechar en películas como estas.

Enseñan las fauces, las uñas, las garras o las alas. Son animales furiosos a los que no te atreverías a acercarte en el zoo… no digamos ya cuando irrumpen en tu endeble y civilizada vida cotidiana. Hemos preguntado a nuestros colaboradores qué bestias pardas les han aterrorizado más en el cine y estas han sido sus temblorosas respuestas.

El cocodrilo de La bestia bajo el asfalto (1980)

En el prólogo de La bestia bajo el asfalto vemos a Ramón, una cría de cocodrilo propiedad de una niña obsesionada por los reptiles, en el momento de ser arrojado por el inodoro. La cámara adopta el punto de vista del pequeño saurio, flotando en la taza mientras el cabeza de familia tira sin miramientos de la cadena. Lo que sigue es un diminuto descenso a los infiernos; de la cañería al colector principal y de ahí a las cloacas, que es como decir de la domesticidad al salvajismo. Es el mismo viaje que, según las leyendas urbanas, han emprendido docenas, si no cientos, de cocodrilos, serpientes pitón y otros grandes reptiles, adquiridos por hacer la gracia y rápidamente desechados antes de que su tamaño los convierta en un problema.

La falta de empatía hacia los animales es el hilo conductor esta cinta dirigida por Lewis Teague y escrita por un John Sayles que ya había demostrado con Piraña (1978) que era capaz de urdir historias de amenaza animal con personalidad propia más allá de la simple explotación del éxito de Tiburón (1975), una película esencial para entender el pánico de la cultura popular a la naturaleza agresiva. Así, flashforward mediante, descubrimos que Ramón ha sido capaz de reinar en su inframundo urbano durante doce años a base de comer ratas y cadáveres de perro procedentes de los laboratorios de una empresa farmacéutica de ética dudosa, hábito alimenticio este que le ha proporcionado más o menos las dimensiones de una autocaravana, antes de decidirse a complementar su dieta con despreciables traficantes de animales, agentes de la ley bobalicones y periodistas sin escrúpulos. Toda una colección de lo más granado del género humano, porque nuestra especie es, con la sola excepción de la pareja protagonista (policía de animales, él, y la misma niña propietaria original de Ramón convertida ahora en una respetable herpetóloga, ella), malvada, estúpida y bien merecedora de que salga un cocodrilo de la tapa de registro de la alcantarilla y se la zampe de un bocado.

Ramón, el cocodrilo gigante, es un avatar de Lucifer, un héroe trágico empeñado en hacer justicia con la determinación implacable de una venganza coreana. Tanto es así que llega a sembrar el pánico nada menos que en la boda de la hija del presidente de la compañía farmacéutica con el científico viviseccionador de cachorritos y, no contento con comerse vivo al novio y a gran parte de los camareros, cosa que hace un poco al estilo del Monstruo de las Galletas, o sea, masticando muy fuerte y tirándolo casi todo al suelo, llega un momento en que concentra toda su agresividad en el coche del industrial, lo que revela que lo mueve un imperativo moral, más que biológico. Imposible reprimir una lagrimita cuando, una vez culminada su misión, a Ramón no le queda más remedio que morir a manos de los protagonistas humanos en una espectacular set piece en la que la maliciosa desconfianza de una abuelita conductora está a punto de transformar en tragedia humana lo que finalmente queda como orgía gratuita de destrucción de coches e infraestructura urbana con crocante de cocodrilo. Félix García

Las babosas de Slugs, muerte viscosa (1988)

Hay una reseña en IMDB que le pone a esta película un 8 a la vez que describe la dirección de Juan Piquer Simón como «inepta«. Ese tipo de reseña. En ella el autor enumera algunos de sus momentos favoritos (que son los mismos que los míos, solo que él intercala calificativos como «carente de valor artístico«, «risiblemente mala«, «chapucera«, «directamente ridícula«…) y describe una escena en la que Emilio Linder expulsa un montón de «babosas bebé» por los ojos (el final del tráiler de arriba) tras haberse comido una sin darse cuenta. Solo que eso no es lo que ocurre. Las enormes babosas negras de la película pertenecen a la especie Arion ater, a menudo portadora del gusano Angiostrongylus vasorum, un parásito que solo afecta a los cánidos pero que en la versión rica en mutágenos de Slugs acaba floreciendo detrás de las cuencas de don Emilio. O sea que lo que le sale por los ojos no son babositas (moluscos gasterópodos), sino supernematodos (gusanos nematelmintos). La película lo explica divinamente sin necesidad de entrar en concreciones taxonómicas, pero se ve que hay espectadores –Dio me libre de llamarlos ineptos- que no lo pillan, así que aquí lo dejo escrito por si alguno llega buscando «slugs babosas baby jaja saludos«. Andrés Abel

Las gallinas gigantes de El alimento de los dioses (1976)

Adaptación de la novela de H.G. Wells a cargo del gran Bert I. Gordon, y nunca ese ‘gran’ estuvo más merecido pues este artesano de la serie B más pura hizo del gigantismo una de sus especialidades artesanas. Eso sí, nada de stop-motions o maquetas con señores disfrazados sino la variante más económica de FX: la lupa de aumento. En esta gozosa pieza, de las últimas de su especie, la fauna crece, se agiganta y se pone violenta con los humanos. La peli tiene su héroe, su capitalista ávido, sus estallidos de sangre, no le falta ni la embarazada que se pone a parir en el momento menos indicado y un final que es una delicia y daba para explicarlo mil y una veces a la hora del recreo. Pero vayamos a la fauna, que es lo importante aquí. La estrella de la función son las ratas, claro, enormes y voraces, aunque de campo y no urbanas, las cosas como son. También hay gusanos y avispas pero, por encima de todo, hay gallinas. Gallinas gigantes. Repito: G-A-L-L-I-N-A-S G-I-G-A-N-T-E-S. ¿Hace falta decir más? Daniel Ausente   

Las aves de Los pájaros (1962)

Los pájaros…. Esas aves inmundas que me dan tanto miedo. Y todo, por culpa de Alfred Hitchcok y su película. Resulta que la vi en televisión a una edad muy temprana. No recuerdo exactamente cuándo, pero calculo que sería a mediados de los años setenta y, desde entonces, no soporto las plumas ni tener a un pájaro revoloteando a mí alrededor. Recuerdo vivamente la escena del primer picotazo de una gaviota a Tippi Hedren, cuando todo está por venir…. y esa otra donde miles de aves se hallan aposentadas sobre los cables de la electricidad, acechando y esperando el momento oportuno para atacar. Y el silencio con el que esperan… Un silencio aterrador.

Además, no solo la película era aterradora sino que también lo eran las técnicas utilizadas para los efectos especiales. Un ejemplo son los siete días de rodaje que comportó la escena en que Tippi Hedren debía ser atacada por una bandada de pájaros furiosos. Según la actriz, fue la peor semana de su vida y no me extraña. La razón de tanto pavor era que algunas de las aves habían sido atadas con hilos a su ropa para mantenerlas bien cerca de ella.

Hitchcok, a su vez, adaptaba un relato corto de Daphne Du Maurier, de 1952, de igual título y en el que una humilde familia de granjeros sucumbía a un brutal ataque repentino de todo tipo de aves. Relato que también tuvo su adaptación radiofónica antes de que el maestro del suspense lo hiciera suyo para el cine. Existe una teoría según la cual Alfred Hitchcok también se inspiró, en parte, en un hecho real ocurrido en 1961 en un pueblo de California y que fue noticia en el diario local Santa Cruz Sentinel con el siguiente titular: «Una invasión de gaviotas golpea los hogares costeros«. Durante la noche del 18 de agosto cayó una lluvia de pájaros y la ciudad amaneció, al día siguiente, cubierta de aves muertas y peces regurgitados. En la madrugada hubo vecinos que oyeron ruidos, salieron a ver lo que pasaba y volvieron corriendo a refugiarse a sus casas. Las aves habían enloquecido y se lanzaban cual kamikazes contra las luces de las linternas. Por la mañana, Hitchcock leyó la noticia y llamó a la redacción para pedir una copia impresa. 24 horas después volvió a telefonear. Esta vez, para informar de que la usaría como investigación para su próxima película, una película que se tituló Los pájaros y que es la causa de mi fobia. Roser Messa

El zoo entero en La noche de la fiera (1984)

Planos de una ciudad con esquinas llenas de jeringuillas y cabezas de caballo muerto partidas a machete para alimentar tigres son las imágenes que nos ofrecen los títulos de crédito para irnos preparando para este trash italiano que trata de sacar tajada de la ola de películas de animales asesinos de los setenta. Tiene mucho en común con El Ddía de los animales (1977) pero el parecido con una poco conocida película de televisión llamada  The Beasts Are on the Streets (1978) es pasmoso. Eso sí, esta tiene gore bastante salvaje y escenas de las que hay que frotarse los ojos para creer. También está llena, claro, de desnudos y toda la caradura italiana que te puedas imaginar. El factor controversia es el desprecio flagrante por la seguridad de los animales, lo que no sorprende estando detrás Franco Prosperi, uno de los directores de Este perro mundo (1962), cocreador pues del infame género Mondo.

La trama usa el típico gancho de “residuos en el agua que vuelve locos a una horda de bestias que escapan de sus jaulas y siembran el caos en la ciudad”, por lo que, en esencia, es un slasher animal en el que las víctimas son, por ejemplo, parejita adolescente fornicando en el coche. Cuando estos son atacados por un ejército de ratas carnívoras no se escatima en planos detalle de cómo estas mastican los pechos de la muchacha en primer plano. También hay leones, tigres y hienas comiéndose a guardias de seguridad, estampidas de vacas y caballos o un montón de elefantes aplastando la cabeza de una mujer y provocando accidentes de avión que corta toda la luz en la ciudad. Hay escenas como la del guepardo persiguiendo un coche en medio de la ciudad que resultan espectaculares y casi imposibles de ver hoy en día. Pero el conjunto es un delirio típicamente italiano, una locura bastante divertida, torpe y risible que redefine el término placer culpable, puesto que el hecho de usar animales reales es, como en Holocausto caníbal (1980), bastante sucio. Jorge Loser

Las hormigas gigantes de El mundo en peligro (1954)

Además de para los films de invasiones alienígenas y monstruos variados, la década de 1950 fue terreno abonado para el género de animales gigantescos desencadenados. Desde el pulpo animado por el maestro Ray Harryhausen de Surgió del fondo del mar (1955) hasta los saltamontes de la deliciosamente trash Beginning of the end (1957). Pero quizá la pionera de todas ellas fue El mundo en peligro (1954), rotundamente titulada Them! en el inglés original, y protagonizada por unas hormigas gigantes. Es por su condición de clásico por lo que la he elegido sobre esa otra joya hormiguera que es Sucesos en la IV fase (1974).

Lo sorprendente de El mundo en peligro es su decisión de desconectarnos y demorar la aparición del monstruo, que nos recuerda tanto a la estructura de Tiburón (1975). Su primer plano es el de una niña asustada y harapienta que camina desorientada por una carretera desértica. Al comenzar como un drama familiar y con un misterio, entramos sin problema en lo absurdo del planteamiento. Ya habrá tiempo más adelante para las grandilocuencias. Después se sucederá una investigación por parte del sheriff empeñado en encontrar a quienes han arrasado la casa de la niña y secuestrado a sus padres. Se une a él un agente del FBI enviado a investigar la serie de desapariciones que se están produciendo por todo Nuevo México, detalle nada banal. Solo es al final del primer acto cuando los protagonistas se adentran en el desierto y descubren la increíble realidad tras su primer encuentro con los enormes insectos.

Tras ello hay un juego del ratón y el gato entre humanos y hormigas, que como seres inteligentes que son, evitan el combate a campo abierto, mientras los militares y el científico de turno determinan, oh sorpresa, que el origen de la amenaza son las pruebas atómicas de 1945 en Alamogordo. La película concluye con una espectacular set-piece: la expedición a las alcantarillas de Los Ángeles donde las hormigas planean construir su colonia porque, en fin, también ellas tienen que ganarse la vida. Una vez exterminadas sin piedad a base de lanzallamas, y con gran pérdida de vidas, el científico dictará una frase lapidaria: «Cuando el ser humano entró en la era atómica abrió la puerta a un nuevo mundo. Nadie puede predecir lo que encontrará en él.» Santi Pagés

La Madre Naturaleza en Long Weekend (2008)

Es imposible no disfrutar con las penurias de un matrimonio de subnormales detestables que pagan lo que deben al mundo. Puedes llamarlo naturaleza o karma, pero en la vida real existe gente así y se merecen que les pase todo eso y más. Supongo que muchos no quisieron ver lo divertido que es todo lo que acontece aquí, como la secuencia musical en el bosque, con los animales a la Disney o la amenaza del cachalote.

El final es fabuloso, todo funciona en este remake (de culto) de un clásico (de culto) del cine australiano catastrofista barra intimista. Empezando por las interpretaciones de  Jim Caviezel Claudia Karvan como matrimonio con más de un problema y una apariencia cool que se queda en eso, en apariencia.

Concentrando todo el asco que puede dar el ser humano en ellos dos, lo único que había que hacer era dejar que la Naturaleza siguiera su curso. Así, sin más. Aquí no hay residuos radioactivos que alteren el estado de los animales y los transformen en monstruos bizarros que amenacen a la humanidad, aquí lo que hay es un señor ojo por ojo, garra por garra. Magistral. Kiko Vega

La mona de Atracción diabólica (1988)

Aunque se vale de excusas algo ridículas, por no ser necesarias, este thriller de George A. Romero encaja en este especial de animales enloquecidos y cuenta con un punto digno de mención. Y no, no se trata de su lamentable título español, propio de peliculilla erótica europea y de saldo y que olvida la juguetonería del original, Monkey Shines, el cual alude a la mona antagonista y a su actitud traviesa al principio y peligrosa al final.

Quizá la historia te suene porque Los Simpsons la parodió sin piedad: un atleta queda postrado en una silla de ruedas por un atropello y, para evitar que se suicide, recibe un mono hembra, Ella, que le ayuda con las tareas. Ambos empiezan a crear un vínculo muy especial, quizá por la intimidad compartida, quizá porque la mona forma parte de un experimento en el que se le inyecta tejido cerebral humano en su cerebro, hasta el locuelo punto de que tienen incluso SU canción.

Pero las risas duran poco y el amor menos, porque pronto el animal se vuelve celoso, territorial, y es capaz de matar a sangre fría a todos aquellos que tratan de separarle de su humano. Por suerte o por desgracia, estás loco si crees que voy a contar el final, porque esta película, que hizo que el patriarca del zombi moderno renegara del sistema de estudios y volviera al cine independiente, atesora un último cuarto de hora mágico por la mezcla de suspense y, sí, drama.

El punto interesante de esta película que mencionaba al principio es la propia Ella. En filmes con animales locos se suele hablar de naturaleza pervertida o desbocada, del mal que hacen los hombres o descubren para su propio perjuicio, pero esos temas quedan superados bastante antes del final. Lo que resta es una trágica historia de amor loco y no correspondido, tan patética que es imposible no sentir algo de lástima. Volviendo a los Simpsons: reza por Ella. Adrián Álvarez

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