[Todos a una] – Los horribles, horribles años noventa

Seamos francos: la nostalgia está muy bien hasta que deja de estar bien. Hasta que es un conjunto vacío de recuerdos que, como una mala droga, no pone, no deja descansar, y encima da cagarrina. Aquí en CANINO somos devotos del pasado bueno, no hay más que ver entre nuestros artículos lo que nos gusta una buena retrospectiva, pero reivindicar por reivindicar tampoco es plan. Y diez años de una tacada, en los que da tiempo a todo, pero sobre todo a aburrirse, mucho menos.

Aquí en CANINO podemos reivindicar el grunge, podemos cantar loas al eurodance y lanzar vivas al shoegaze, pero tenemos cierta ojeriza a los noventa. Mucha más que a los ochenta, que tampoco fueron un camino de rosas, pero que al menos ya son Historia Antigua, como quien dice. La posibilidad de una reivindicación vacua y acrítica de los noventa (como la que hemos vivido durante lustros de, por poner, la Movida) nos da pánico, y aquí estamos para ponerle freno. Hemos pedido a nuestros colaboradores más cascarrabias que, después de hacer la playlist noventera más atroz posible, recuperen sus peores recuerdos de los noventa. Los más hórridos. Y los traigan a este colectivo que como exorcismo no sabemos, pero para poner a caer de un burro a algunos cantamañanas, eso sí.

Ray Loriga

En algún momento, entre los ochenta y noventaa, se empezó a traducir a ese viejo barrigudo y sin ningún atisbo de lírica que era el funcionario de correos Charles Bukowski. Mitificado por los indies americanos, huérfanos luego de la pistola humeante de Cobain, donde más estragos provocó fue en el barrio de Salamanca y los niñatos bien de la burguesía socialista madrileña. ¿Su portavoz? Sí, en efecto, el letraherido de Ray Loriga y sus lamentables novelitas fauxCon la muñequera de pinchos como icono de una falsa rebeldía, este verdadero fraude perpetró una serie de obras propias de un aficionado como Lo peor de todo (1992) o Caídos del cielo (1995). Intensidad de parvulito, donde convertía sus vivencias malotas malasañeras (con frases delirantes y bruguerescas como “Don Humberto me dio a elegir entre una torta y un castigo”…) en relatos tan poco veraces como Chechu de Médico de Familia siendo jefe del Cartel de Medellín.

Los críticos literarios, siempre con colmillo, lo defenestraron ante gente con un poco más de talento como Juan Manuel de Prada y Lucía Etxebarría y tuvimos la desgracia de sufrirlo como autor total (jijijaja) en el cine. Esa Navajeros de diseño que es La pistola de mi hermano (1997) ya podría avisar de la necesidad de una orden de alejamiento de cualquier cámara. Pero será Teresa, el cuerpo de Cristo (2007) su proclamación como digno heredero de Marceline, Bread and Wine: un espanto pseudo-dreyeriano con estética de anuncio de colonia Nenuco.

A Loriguita le dejó la Rosenvinge por Nacho Vegas, los productores por Amenábar y los editores por Bolaño. Su respuesta, claro, fue una novela cómica en Ibiza donde ya se consideraba un fraude: Su legado, en fin, es todavía peor: decenas de cuentas llamadas “Henry Chinaski” o “Sr. Lobo” en las redes sociales, de tipos con Ray Ban.

Las gafas, que antes tapaban sus pecados de chichinabo, ahora tapan su vergüenza real: “Tío, es la pistola de mi hermanooo…” Julio Tovar

Game Boy Camera

Han pasado dieciocho años de su lanzamiento y catorce de su desaparición. Ese es el mejor resumen que se puede hacer de un producto que probablemente se adelantó a su tiempo. Ahora, en pleno siglo XXI, parece una idea mucho más atractiva visto el furor de Prisma, MSQRD y el éxito de Instagram: imprimir tus fotos o dotarlas de interactividad a base de filtros y tonterías puede salvarte la vida en un mal transbordo de metro.

El problema era que por entonces las imágenes se veían en la Game Boy, y claro, la cuarta cámara más pequeña del mundo por aquel entonces nunca iba a retratarte como merecías. Tampoco es que en la Game Boy Color el “color” sirviera de mucho. ¿Y para imprimir? Bueno, pues necesitabas otro aparato que era algo parecido a las máquinas donde pagas con tarjeta en los sitios. Y la foto salía en tamaño recibo.

Sospecho que si Nintendo le da una vuelta al asunto, ahora que Pokemon ha reventado los teléfonos de todo el mundo, y nos ofrece la posibilidad de hacer ridículos malabares con nuestra cara y un bigote, pueden volver a recuperar el terreno perdido con aquella maniobra suicida. Kiko Vega

El nadir del cine catastrofista

La democratización del CGI durante la década de los noventa originó un renacer del cine de catástrofes. Ahora el gancho ya no era un reparto interminable plagado de estrellas en horas más o menos bajas y tramas gozosamente disparatadas, mezcla de soap opera y los antiguos kolossal italianos, sino que bastaba con delegar los mandos a los chicos del nuevo equipo de efectos visuales. Una decisión dramáticamente desacertada a todos los niveles. El ninguneo al star system eliminó la empatía y el divertido juego de ver a viejas glorias muriendo antes de tiempo a causa de terremotos, naufragios, abejas asesinas o rascacielos en llamas. ¿A quién diablos le importa el destino de gente como Pierce Brosnan -protagonista de Un pueblo llamado Dante’s Peak (1991) y uno de los actores más infames sobre la faz de la tierra-, William Baldwin (Llamaradas -1991-), Anne Heche (Volcano -1997-) o Bill Paxton (Twister -1996-)?

Otro efecto colateral de los odiosos noventa fue el espíritu de corrección política que neutralizaba las gotas de locura necesarias para que el espectáculo fuera mínimamente divertido. Desastres sí, pero de poquito daño y respetando al medio ambiente, por favor. Ello desembocó en cataclismos emocionalmente tan pochos como Deep impact (1998), verdadero punto de no retorno para las feel good movies. Por fortuna, Michael Bay barrió con ese infierno de buenos sentimientos con Armaggeddon (1998), una orgullosa insensatez llena de ruido, furia, chistes malos y baladas de Aerosmith que en ningún momento se tomaba en serio a sí misma, primer mandamiento del cine catastrofista.

Eliminado el factor humano y la historia, lo que sucede en pantalla tiene el mismo interés aséptico que ver una voladura controlada –o peor, porque la calidad de los titubeantes CGI estaba lejos de provocar el más mínimo arqueo de cejas-. Volcano se estrenó con un publicitado sistema de sonido al estilo surround muy de moda allá por 1940, cuando se inventó. Efectos que nacieron viejos -no hay más que ver la vergonzante nueva trilogía de la guerra de las galaxias de George Lucas- para una década que nació muerta. Este prolongado sueño de la razón noventero produjo monstruos del calibre de Roland Emmerich, cuyo reinado infernal continúa en la actualidad, o al menos hasta que una providencial plaga nos lleve a todos. Así sea. Javier Trigales

Los Tamagotchi

Finales de los noventa. Una clase de 3ºESO (una de las primeras promociones de La Nueva Ley de Educación; nuevos valores, nuevas ideas) regresa en autobús al instituto tras una jornada de excursión en el campo. Están reventados: en vez de hacer las actividades de biología (recogida de muestras, etiquetado de rocas) se han dedicado a lo mejor que saben hacer: correr como poseídos, mancharse la ropa, tirarse piedras los unos a los otros. Pasárselo en grande. El autobús huele a sudor y barro. El profesor (de ciencias) aprovecha el trayecto para sermonearles por la falta de respeto hacia la asignatura. Les habla entonces maravillas de un objeto redondo que tiene en la mano. “A ver si vuestras madres os compran uno y aprendéis a tener responsabilidades de una vez”, les dice.

El objeto (uno de los famosos Tamagotchi, palabra japonesa creada por la unión de los términos “huevo” y “reloj”) empieza a pasar de mano en mano. “Con cuidado”, dice el profesor. “Que está durmiendo”. Algunos compañeros de la clase ya tienen tamagotchis. Alardean de cómo hay que alimentar a las criaturitas de ojitos pixelados. Otros dan consejos sobre cuál es la mejor manera de incubarlos. No te puedes ir sin él, hay que llevarlo contigo siempre que si no se te muere. Y tú no quieres que se te muera el tamagotchi, ¿verdad?

¿Verdad?

Cómo iban a saber Aki Maita y Yokoi Akihiro que sus criaturas virtuales iban a tener tanto éxito. Ejercicio de responsabilidad, simulacro de la paternidad, replanteamiento del concepto de mascota… Decir también que los Tamagotchi fueron el ensayo para la llegada del teléfono móvil y los Pokemon sería decir demasiado, qué demonios, pero esperamos que la moda no vuelva. En cuanto un juguete es promovido por un profesor, desconfíaJose Manuel Sala

Los ‘nuevos’ cantautores

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Si vivieron aquella época, seguro que lo recuerdan: mientras quienes sabían de qué iba la broma estaban, bien empastillándose como locos en la pista de baile (a base de eurodance o de bakalao de última generación), el pijerío más flojo y con más ínfulas de sensibilidad centraba sus miras musicales en dos fenómenos, a priori opuestos, pero en realidad complementarios. Por un lado estaban aquellos para quienes leer el Rockdelux, escuchar a Julio Ruiz y apuntarse a aquello del indie era un pretexto para sentirse especiales. Por otro, los que acusaban una indigestion de Silvio Rodríguez (y también, no se crean, de Presuntos Implicados) durante los últimos años de instituto, y que se veían sedientos de una música más ‘seria’, ‘comprometida’ y ‘sensible’.

Si el primero de esos sectores del público tuvo su merecido de manos de Dover y de los Fresones Rebeldes, en uno de los procesos culturales más feos y grotescos de la historia de la cultura pop española, los adictos a la guitarra de palo vieron sus ansias satisfechas de manos de las discográficas y las radiofórmulas de rigor. Porque incluso un hecho tan luctuoso como la victoria de José María Aznar en las generales del 96, con su resultante caos ideológico, pudo ser aprovechado para hacer caja y generar movimientos pop: mientras los viejos referentes de la canción progre se veían revalorizados (¿recuerdan aquella gira conjunta, ahora en pleno revival, de Ana Belén, Víctor Manuel, Joan Manuel Serrat y Miguel Ríos?), las ondas, y las listas de AFYVE, rebosaban con jóvenes poetas callejeros de todo pelaje y condición. Desde predicadores con aspecto de chulitos de colegio mayor (Ismael Serrano) hasta vates de la periferia (Pedro Guerra), pasando por poetisas que hacían filigranas con la ocultación de lo evidente (Rosana) y por engendros de la catadura de Ella Baila Sola, absolutamente injustificables para cualquier cosa que no fuera ponerle voz a las angurrias de la peor clase de pijo: aquel que niega que lo es.

Lo peor de esta camada de sosos no fue su nula inventiva melódica, ni la beaturrona simpleza de sus letras (lo de “ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam” sigue siendo de vergüenza ajena, entonces y ahora). Lo peor, decimos, fue la forma en la que ensombrecieron a cantautores de una generación anterior, muchos de los cuales habían conocido cárcel y exilio por cantar verdades en tiempos duros de verdad, y que, a diferencia de ellos, sí se habían currado músicas auténticamente hermosas: para muchos españolitos, entre los que me cuento, descubrir los trabajos de Elisa Serna, Javier Ruibal o Pablo Guerrero ha sido una labor tardía, llevada a cabo sólo tras desembarazarnos de fobias y prejuicios cultivados en esta época.

Una anécdota puede dejar claro aquello a lo que me estoy refiriendo: alrededor de 1997, servidor entabló conversación con un sujeto particularmente odioso, que aspiraba a formar parte de esta horda de trovadores y que se refería a Ismael Serrano como “Ismael”, afirmando conocerlo de toda la vida. Harto de ser acusado de ceder ante el imperialismo yanqui por escuchar a Le Mans y a Family, quien suscribe le replicó al infraser que el tal Ismael también recurría a referencias anglosajonas (por algo le había fusilado a Dylan el título de Tangled Up In Blue para su primer álbum) y que, además, sus letras jamás resistirían un análisis serio desde un punto de vista ideológico. “¿Pero qué me estás contando?”, fue su respuesta. “¡Pero si Ismael lleva en el cinturón una hebilla grandísima con la hoz y el martillo!”. Nada más que añadir por mi parte. Yago García

El cine de calidad

A principios de los noventa creía que me iba a volver loco. ¿Cómo era posible que todo el mundo estuviera entusiasmado con los estrenos en la que a mí me parecía, aún siendo un crío, la peor época de la historia de la cultura moderna? ¿Cómo habia gente que disfrutaba en serio y sin el más mínimo pudor de las cucamonas de un Al Pacino en caída libre en Esencia de mujer (1992)? ¿O de las fanfarrias, las cámaras lentas y el pelopantene de El último mohicano (1992)? ¿O, por no salirnos de la obra del que fue (en serio) calificado de «Mejor actor de la historia» por una revista del ramo, Daniel Day Lewis, la sensiblería telefílmica camuflada de drama social de En el nombre del padre (19933)? ¿O de lo que para muchos supuso entonces el principio del fin del Spielberg que adorábamos, La lista de Schindler (1993)? ¿O de la consagración lacrimógena de un actor que hasta ese día habíamos seguido con devoción, Tom Hanks en Philadelphia (1993) -dando salida a una década de horrores oscarizables, ese mismo año sin ir más lejos con Algo para recordar-? ¿O del estreno de Azul (1993), una buena película estrangulada por convertirse en símbolo de tantas cosas que no nos gustaban un pelo? Y más, mucho más: el cine de acción, con la nueva década, cayendo en picado por culpa de películas como El fugitivo (1993), también punto de partida de un estilo de thriller desganado y para todos los públicos, correcto y sin estridencias. O el apocalipsis de los neowesterns.

Y sí, por supuesto que muchas de estas aseveraciones eran injustas, pero tal y como afirma Yago mas arriba con el tema cantautor, han tenido que pasar décadas de reeducación de prejuicios para entender que muchas de las películas arriba citadas no están tan mal, alguna incluso es estimable, y que a principios de los noventa llegó Tarantino, Robert Zemeckis rubricó su mejor película, entre toda la purria de cine español también publicitado y sobredimensionado había gente como el primer Julio Medem haciendo cosas muy interesantes, Takeshi Kitano empezaba a ser reconocido internacionalmente y pasaron cosas que estuvieron realmente bien. Pero hay algo instintivo, primal, en la repugnacia que aún hoy despierta en muchos de nosotros la quemadísima, falsamente pomposa, símbolo de una época BSO de El último mohicano. Hemos superado muchos dramas con aquella época, nos hemos reconciliado con nuestros yos de entonces, pero es que hay cosas que no. Que no. John Tones

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