[Todos a una] Los mejores veranos de nuestras vidas

Llega la recta final de los meses del calor, y nos preguntamos qué hace tan especial esta época del año. ¿La temperatura, la molicie, los viajes, la gente, los colores, el sol? Intentamos dilucidarlo con un recuento de los veranos más inolvidables de la ficción.

Va, todos juntos: «El final del verano llegó, y tú partirás«. A este verano tan agotador y extraño que estamos viviendo (vuestro primer verano con CANINO: si a vosotros os resulta excitante, imaginad cómo estamos nosotros) aún le quedan unas semanas, pero es indiscutible: llega septiembre y esto ya es otro tipo de verano. Así que dejamos atrás otro año de calor y pasiones fuertecitas. Vaya estación, ¿eh?

Por eso, y sabiendo que pocas cosas hay comparables a un buen verano, nostálgicos como somos, echamos la vista atrás para recordar nuestros mejores veranos de ficción: películas, videojuegos, series que hablan del verano y que vienen todas bañadas por ese extraño halo de ensoñación estival. Sean veranos de comedia adolescente o de descubrimiento sexual, de apagar fuegos o de jugar a la piñata humana, algo hay en todos estos veranos que nos va a hacer recordarlos por siempre. Os contamos por qué.

Un verano nouvelle vague

Le-mépris

No hay nada como ver una cinta clásica de la nouvelle vague para que te entren ganas de alquilar una casa perdida en la campiña francesa o irte a una playa… incluso si no te gusta el verano. Godard, Rohmer y compañía aprovechaban el calor, el aislamiento y la presencia de terceros para que crear tramas que serían inviables en el día a día, y a la hora de localizar exteriores no tenían rival: la azotea de El desprecio (1963), las playas de Pierrot Le Fou (1965) o la casa de campo de La piscina (1969) dan ganas de dedicarse al dolce far niente en vez de optar por las broncas conyugales o el crimen, aunque claro, sin conflicto, no hay trama… pero cada vez que veo una de estas películas, lo confieso, me entran ganas de hacer las maletas y desaparecer (sin móvil) un par de semanas. Carolina Velasco.

Wet Hot American Summer: First Day Of Camp (2015-)

https://www.youtube.com/watch?v=PLlMTn_Jzok

En 2001 se estrenaba, de forma muy limitada fuera de Estados Unidos, la comedia absurda Wet Hot American Summer centrada en las vivencias de los monitores y trabajadores de un campamento durante los últimos días del verano de 1981. La cinta, que no obtuvo más que críticas mediocres, pasó totalmente bajo el radar del público y no fue hasta que Netflix la incorporó a su catálogo años después que empezó a ser percibida como un producto de culto. A pesar de sus defectos -es bastante irregular y la mayoría de chistes no funcionan- es evidente que su impresionante elenco tiene química y no cabe duda de lo bien que se lo pasaron durante el rodaje.

Es por eso que no extraña el que todos repitieran papeles cuando la cadena de streaming decidió producir, 14 años después, una serie a modo de precuela de la cinta. Wet Hot American Summer: First Day Of Camp es todo lo que la película hubiera sido de no ser por los complejos. La serie no intenta apelar a la nostalgia ni intenta ser creíble en ningún momento, sino que se concentra más bien en recrear los tópicos y las situaciones de las cintas veraniegas, llevando el gag hasta el extremo. El hecho de que mantengan a los protagonistas ya cuarentones interpretando a chavales de dieciséis deja muy claro lo que te vas a encontrar: locura, humor chanante y, ante todo, mucho, mucho talento. Marta Trivi

¡Vivan los novios! (1970)

https://www.youtube.com/watch?v=G6FGSnZXvsw

Muy maltratada por la crítica, que la vio demasiado procaz, esta película de Berlanga es el análisis más amargo y triste del choque entre la España franquista y las primeras luces que venían de los resorts veraniegos.El rijoso López-Vázquez intenta sin éxito una canita al aire ante unas guiris que lo desprecian, no lo comprenden y lo ven como tarugo atávico propio del país. Lo fascinante es que en el guión de Rafael Azcona esto se engarza con una crítica a la institución familiar, la célebre araña del final, nada velada y que extrañamente superó la censura. Película, así, clave en dar una imagen preclara del boom del turismo por parte de los personajes de Forges que habitaban Celtiberia. La otra la pueden ver en un sketch de los Monty Python sobre un viaje a Torremolinos. Veranos de ficción, en fin, que se tornan en pesadillas de frustración sexual o epidemias de cólera en Málaga. Julio Tovar

¿Quién puede matar a un niño? (1976)

Por mucho que veas a un niño cometer los más terribles crímenes contra un adulto, si tienes la posibilidad de acabar con él, seguro que no lo harás. Puedes tenerlo a tiro y estar a punto de hacerlo, pero cuando te mire con cara de infante inocente, llore y te suplique que por favor, no le mates, se te ablandará el corazón y accederás a su petición. Craso error, porque él no tendrá piedad y tú morirás sufriendo y maldiciendo al niñito aparentemente honesto y bienintencionado. De ahí el título de la película. Lastimar o dañar voluntariamente a un niño es algo impensable para cualquier persona en su sano juicio. Ibáñez Serrador lo sabe y se sirve de ello para provocar una terrible inquietud al espectador. Inquietud que aún es superior si el adulto es una mujer embarazada como Evelyn, la protagonista de la historia.

¿Quién puede matar a un niño? no es un buen ejemplo de vacaciones ideales sino todo lo contrario. De hecho, los créditos iniciales de la película dejan intuir que algo de mal rollo va a suceder, con tanta imagen de maltratos infantiles que la pareja protagonista está viendo por televisión: una pareja formada por Tom y Evelyn, joven matrimonio que espera la llegada de su primer hijo con ilusión y que planea pasar unas tranquilas vacaciones a España para descansar en una isla llamada Almanzora, donde Tom estuvo en su infancia. Vacaciones que serán de todo menos apacibles. Roser Messa

Empieza el calor (1966)

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¡Dejémonos de veranos iniciáticos y paraísos vacacionales! El periodo estival viene marcado por esa climatología que convierte lo urbano en territorio hostil, y puestos en esa situación nada mejor que el Harlem sometido a una ola de calor descrito por el gran Chester Himes en Empieza el calor. Se trata de una de las últimas entregas de la serie de magistrales novelas protagonizadas por “Sepulturero” Jones y “Ataud” Johnson, la pareja de policías negros encargados de poner algo de orden, a su manera, en las noches del célebre barrio de Manhattan. La mejor mandanga de género ambientada en el ghetto más mítico.

Abundan las descripciones de unas calles donde el asfalto saca humo y el sudor lo impregna todo, de pisos hacinados, ventanas abiertas que escupen ruido, blues y discusiones, negratas en gayumbos, fragancias gastronómicas de col cocida, meados de yonquis y sofocantes garitos sin ventilación. La novela es una de las mejores de la serie, y por ella pululan esos personajes que solo en Harlem son verosímiles: un negro albino de dos metros, un enano traficante, un timador africano con túnica multicolor, una curandera que sana con polvo blanco o un viejo ventrílocuo con escopeta recortada. Todos ellos recorriendo a la carrera un infierno de degradación urbana en busca de un mapa del tesoro. El típico verano de Harlem. Daniel Ausente

Firewatch (2016)

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Dicen que la belleza está en el interior, algo difícil de demostrar en la nueva generación de videoconsolas, donde todo entra por los ojos (como tiene que ser en videojuegos que cuestan setenta lereles). Pero cada vez más, con cuentagotas, como aquí o en el prodigioso Inside, también se están desarrollando videojuegos que nos dejan plof, que nos hacen pensar y que, incluso, pueden sacarnos alguna lágrima. Y Firewatch es el mejor haciendo eso desde el primer minuto. Qué verano tan duro en Wyoming.

La aventura arranca sin medianías y con unos textos situacionales que nos ponen un nudo en la garganta y condicionan absolutamente nuestro comportamiento durante el desarrollo de las peripecias de ese vigilante que trata de encontrar la paz en una torre en medio de un parque natural donde a veces pasan cosas raras. O no. Una de las mayores virtudes de la aventura es que nos pone en la piel de Henry desde el primer segundo, un hombre que huye de un shock sin parangón y que ha visto cómo su vida se desmorona.

Firewatch podría haber sido otra mediocridad insulsa en primera persona donde la acción brilla por su ausencia y uno se permite, como mucho, fotografiar paisajes tan hermosos como el tacto con el que sus desarrolladores han trabajado uno de los títulos del año. Firewatch tiene mucho de cine independiente dramático y misterioso, de ese en el que nunca pasa nada pero parece que pasa de todo. Firewatch es un verano interactivo que nos cambiará para siempre. Kiko Vega

Aquellos maravillosos años (S3E01, 1989)

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Summer song, pese a su rutinaria factura visual, es una sublimación del tópico estival, un concentrado químicamente perfecto de la esencia del verano idealizado: el del romance de Kevin Arnold en la decadente Ocean City, una suerte de Marina D’Or en clave hawaiana. La chica en cuestión es una pecosa pelirroja de quince años que saca a nuestro héroe una cabeza y es presentada a los acordes del Good vibrations de los Beach Boys, con lo que el síndrome de Stendhal en el protoadolescente que ahora escribe estas líneas fue inmediato. Cuando uno tiene trece años, es tan importante lo que experimentamos como lo que contemplamos, y la nostalgia arrasadora de lo no vivido puede ser tan poderosa como los añejos Super-8 que aparecen en el capítulo de la familia Arnold unida y feliz tiempo atrás. El secreto del amor de verano es su brevedad: cuando horas más tarde Teri parte hacia Albuquerque, entendemos perfectamente la clase de dolor maravilloso que experimenta Kevin, amplificado por la carta que recibe más tarde en la que ella le asegura que llora hasta quedarse dormida y que nunca dejará de escribirle. Poco importa que la espigada adolescente se convierta años más tarde en la célebre actriz porno Holly Sampson: las imágenes no envejecen y Teri seguirá resplandeciendo, Kevin seguirá siendo un simpático repelente y los Beach Boys seguirán cantando Wouldn’t it be nice mientras la pareja sube a los autos de choque, se divierte en un fotomatón y se besa bajo un muelle hasta el fin del verano. Por todos los veranos que nunca existieron y por la única carta de amor que recibimos. Javier Trigales

Haruhi Suzumiya (S2E12-19, 2009)

agosto infinito

Segunda temporada de Haruhi Suzumiya, episodio doce. Tras su última aventura, Kyon decide aprovechar sus últimos días de verano y descansar en la playa. Sin embargo, oh, sorpresa, Haruhi tiene otros planes y quiere ir a la piscina y matar el tiempo en compañía de los suyos.  Hasta aquí todo normal, ¿no? un simple episodio de relleno, quizás. Sin embargo, una vez termina el capítulo y llega el episodio trece, el espectador se encuentra con el mismo episodio. ¿Un error de la enumeración de los episodios? ¿Del DVD? La sensación de déjà vu se repite de nuevo con el episodio catorce…y el quince (glups)…Hasta llegar al episodio diecinueve. Ocho episodios (!) casi idénticos que llevaron a un nuevo nivel la expresión “bucle temporal”.

Dejando a un lado toda la mitología de Haruhi Suzumiya, la ciencia ficción que te vuela la cabeza, las paradojas temporales o el curioso (por decirlo de una manera suave) orden de visionado, e ignorando el furor y la destrucción de neuronas que provocó en muchos fans,  lo cierto es que el arco de episodios conocido como Agosto Infinito logró capturar, con el omnipresente sonido de las cigarras y los grillos, con la rutina de quehaceres absurdos, lo que es el típico verano de España para aquellos adolescentes que no pueden irse de viaje y tienen que quedarse en el pueblo matando el tiempo. La somnolencia, la rutina y la pesadilla de ser un adolescente aburrido en verano: todo en uno. Jose Manuel Sala

De repente, el último verano (1959)

SLS

Me sucede con este título que, aun sabiendo que en la historia se refiere al verano pasado, la ausencia de unos puntos suspensivos al final siempre me hace pensar en un Armagedón estival a lo Roland Emmerich. Desde luego es el fin del mundo para al menos uno de los personajes, ese Sebastian Venable cuyo rostro nunca llegamos a ver, como en un episodio gótico de Tom y Jerry, y cuya muerte termina por configurar un misterio a la altura de su vida. Las demás intrigas giran en torno a su prima, hecha carne en Elizabeth Taylor -con Montgomery Clift y Katharine Hepburn ejerciendo de par de fuerzas-, quien podría ser el gato o podría ser el ratón pero que en cualquier caso corre el peligro de acabar convertida en un vegetal.

La solución a todos los enigmas pasa por jardines custodiados por ángeles de la muerte, relatos sobre el lado más terrorífico de la naturaleza (con más asesinos alados) e instituciones mentales que todavía conservan un pie en el medievo, hasta desembocar en un inesperado final de pesadilla que, ahora que lo pienso, quizás sea lo que trae a mi mente cada maldita vez la palabra apocalíptico. Andrés Abel

Las vacaciones del señor Hulot (1953)

Antes de que frases promocionales de la calaña de «La comedia francesa del año» fuesen sinónimo moderno, supuestamente y como si tal cosa existiese, de «humor de calidad», ya se habían derramado ríos de tinta sobre las particularidades de la risa gala. André Bazin, que sabía de todo, el muy maldito, decía sobre ella: «Es ya un lugar común constatar el escaso genio del cómico francés, al menos en los treinta últimos años«. Cierto es que escribió estas líneas a finales de los cincuenta pero parecen haber tenido un peso considerable en la comedia del país, que durante una época se negó a sí misma su calidad.

Tal vez de dichos años proviene la justificación comercial de un género vendiéndose y reafirmándose a sí mismo fuera de su país simplemente por su facto nacional. Algo discutible, es cierto, pero aquí estamos para hablar de veranos y hete aquí uno francés y también comedia que resulta ser una obra maestra. De aquellos veranos de ficción en los que quisieramos haber pasado, por lo menos, a conocer a su protagonista. La maestría de Jacques Tati nunca estuvo tan en forma y de manera tan casual.

El resultado es una captura magistral de lo que significa la época estival. Pero también, de lo que significa el genio para lo cómico que, como los grandes, viene directamente de la observación cruel. «No parece sin embargo que la comicidad de Tati sea pesimista, como tampoco la de Chaplin«, explica Bazin. No en vano, su protagonista «afirma contra la imbecilidad del mundo, una informalidad incorregible; él es la demostración de que lo imprevisto siempre puede sobrevenir y perturbar el orden de los imbéciles, transformando un neumático en una corona funeraria y un entierro en una placentera excursión«. Queda dicho. Y sin «Comedia francesa del año» que adorne el cartel. Francesc Miró

Gravity Falls (2012-2016)

Ya lo explicó Francesc Miró mucho mejor que yo en su monumental artículo sobre la serie, pero lo cierto es que ahora mismo me cuesta pensar en una serie veraniega que ahonde con mejor juicio en lo que es el verano perfecto: un verano de no hacer nada más que investigar misterios en compañía del mejor mellizo/a del mundo, perseguir gnomos, enamorarse y desencantarse casi a diario, hurgar en secretos familiares y experimentar desde viajes extracorpóreos hasta caza de dinosaurios. Un verano perfecto que en la serie se afronta con humor y despreocupación, pero también dejando entrever una extraña fragilidad, como si ese verano pudiera acabarse en cualquier momento. La amenaza que planea con más fuerza sobre las cabezas de Dipper y Mabel no es que te pille Bill Cipher sin el diario a mano, sino que todas estas aventuras se conviertan en un recuerdo porque ha llegado el momento de crecer. El auténtico weirdmageddon. John Tones

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