[Todos a una] Mi primer Bowie

No podía faltar un homenaje colectivo a Bowie en CANINO. Resulta fascinante como, tras su muerte, las redes sociales se llenaron de homenajes y despedidas, pero sobre todo, de testimonios en primera persona. De gente explicando cómo era "su" Bowie. De eso va nuestro post colectivo de esta semana. De nuestros primeros Bowies.

Hemos pedido a los caninos que nos hablen de cómo conocieron, redescubrieron o se enamoraron perdidamente de David Bowie. Cuál fue el punto de inflexión. Cuándo se dieron cuenta de que Bowie era Bowie y solo Bowie. Estas fueron las respuestas.

ALBERTO MUT Creo firmemente que hay artistas (de la disciplina que sea) que son gustos adquiridos. Que no te pueden gustar a la primera de cambio porque exigen una experiencia previa, un criterio formado a base de horas y horas y más horas de aprender y observar. Que no son accesibles, vamos. Bowie siempre me ha parecido de estos. Parte de su obra era lo más mainstream del mundo, por supuesto, pero para entender su significado y su envergadura, la sombra que arroja sobre la cultura popular de la segunda mitad del S.XX, tienes que saber dónde y cómo mirar. Y a mí me enseñó a mirar el Mechanical Animals (1988) de Marilyn Manson, posiblemente el homenaje más sincero (y descarado) que jamás recibiese el bueno de David. A partir de ahí comencé a indagar en las influencias de ese disco, a desentrañar la carrera de Bowie, y a maravillarme con todo lo que hizo dentro y fuera de la música. Por supuesto, como buen treintañero crecí deseando que los goblins vinieran y se te llevaran, pero no aprendí a amarle hasta bien entrada la veintena. Antes, sencillamente, no sabía lo suficiente.

https://www.youtube.com/watch?v=9G4jnaznUoQ

JULIO TOVAR: Mi primer recuerdo de Bowie es verle bailando como una mona en Dancing in the street, la canción que reciclaron él y Jagger para hacer cash en los ochenta. Luego llegó Dentro del Laberinto (1986), mi descubrimiento del pop inglés en la adolescencia me llevará a conocer los primeros discos, de 1970 al 73. Nunca llegué a verle como un gran ídolo pop, pero sí como un artista competente, con un olfato excepcional para los colaboradores (especialmente los guitarristas, Robert Fripp, Adrian Belew, Carlos Alomar, Peter Frampton), y una capacidad permanente y sincera, raro esto, de cambio. Creo que fue también esencial en la constitución del imaginario Pop de los setenta y por lo menos la mitad del pop español nace de él en esta década: si Carlos Berlanga y Nacho Canut no lo hubieran oído, nos habríamos quedado en Los Brincos. Quizá los más jóvenes, que conocieron al Bowie viejuno y esquivo, no valoren su influencia en la música popular. Como venganza espero que les secuestre a su hermanito un hombre en leotardos.

https://www.youtube.com/watch?v=LTYvjrM6djo

KIKO VEGA: Llegué a David Bowie como a casi todo en mi vida: a través de una vieja cinta vhs.Tengo cuatro tíos que vivieron la movida desde los inocentes e inofensivos dieciocho años en el pueblo, y siempre teníamos en casa cintas con pelis, series y muchos videoclips. De aquellos descubrimientos, algunos quedaron en el olvido (Modern Talking), otros siempre son bienvenidos en el gimnasio (Europe) y otros, los que menos, llegaron para quedarse. Ahí estaban los Housemartins de Me and the farmer o el Bowie de Blue Jean, mi primer contacto con el genio. Me flipaba todo, pensad que yo era un mequetrefe de ocho años que hacía playbacks de Miguel Bosé para los campistas vecinos, así que si con ocho años era capaz de apreciar Sevilla o Amante bandido, imaginas lo que llegué a ver en el maquillaje del videoclip.

Eso sí, me flipaba casi tanto como la canción, la escenografía o esos músicos salidos de Santa Carla (capital mundial del crimen), la elegancia infinita del Bowie que llega a su cita. El baile, el giro de cuello (se lo vi a él antes que a cualquier Beyoncé de la vida), las telas de araña y los chasquidos llenaron mi infancia. Tener a una de esas hermanas de mi madre en una tienda de discos de la época hizo el resto. Recuerdo también que fue el responsable de uno de aquellos primerizos mind-blowing tan de nuestra época: ¿una peli con Bowie? ¿El cantante? ¿Anterior a esto? Wow, este tío debe merecer mucho la pena.

Pues sí.

MARIANO HORTAL: No pretendo engañar a nadie, no soy un gran fan de David Bowie, no he escuchado todo lo que ha compuesto por diversas circunstancias. Y mi percepción, mi relación con él se ha grabado gracias a ciertos momentos puntuales, momentos que, por otra parte, han conseguido fundar una imagen sólida del gran músico que fue Bowie. Mi comienzo, ochentero, fue una recopilación de canciones, que incluía la colaboración del cantante con Pat Metheny para la banda sonora de la película El juego del halcón (1985). This is not America era una canción que refleja a la perfección su glamour, esa clase, elegancia que resultaba confortante para un chico de apenas diez años como yo, que tampoco había escuchado mucho más. Fue un tick en mi cerebro que ahí sigue. Más tarde le redescubriría en muchos momentos con mucho más bagaje a cuestas, según iba ampliando mi cultura musical: en la colaboración con Queen y el magnífico Under Pressure; en el tema que abría Carretera perdida (1997), I’m deranged; en el excesivo espectáculo que suponía Moulin Rouge (2001) donde volví a querer escuchar Heroes; en Black tie white noise… y cómo no, en mi canción favorita, Ashes to Ashes. Todo un conglomerado de experiencias que dibujaron un músico mítico.

https://www.youtube.com/watch?v=louXPUW7tHU

ROSER MESSA: Mi primer contacto con Bowie llega en 1981. Soy una cría de 12 años, preadolescente, y cada semana me compro el SuperPop porque soy una fan acérrima de todos los cantantes y grupos para quinceañeras: Leif Garrett, The Teens, Mabel, Tequila, Miguel Bosé… También obligo a mi madre a que me lleve a los conciertos y el día en que me enteró que acaba de publicarse un libro sobre Bosé, titulado Él, lo pido como regalo de cumpleaños y ahí descubro a David Bowie. Es casi al final del libro, en un momento en que Miguel Bosé confiesa haberlo conocido en Londres, gracias a Amanda Lear, que lo introduce en el círculo Gay Power, del que ya formaban parte el propio Bowie, Mick Jagger, Lou Reed y Brian Ferry, entre otros, y con los que celebraba orgías infinitas en grandes caserones londinenses. ¡Vaya disgusto me llevé al leerlo y menuda bronca me cayó por parte de mis padres cuando descubrieron las obscenidades de las que hablaba en el libro que me acababan de regalar! Luego, con los años, descubrí al genio David Bowie y mis gustos musicales cambiaron, aparcando a Miguel Bosé y compañía para sustituirlos por David Bowie y la Velvet Underground.

ANDRÉS ABEL. El recuerdo parece estar ahí desde siempre: los cráneos enterrados en la arena, el árbol del sacrificio, y Cat People (Putting Out Fire) sonando hasta bien pasados los créditos. El beso de la pantera (1982) es la respuesta refleja que da este horrorista cuando le mientan a Ziggy, por delante de asociaciones más directas con el género como su papel en El ansia (1983) o la posterior serie de televisión (donde ejerció de guardián de la cripta durante toda una temporada, e incluso se desmembró para un episodio). El tema de Bowie y Moroder fue el primero en el que pensé para la lista de Música Canina (la versión regrabada de Let’s Dance, por aquello de darle una vuelta), y a lo largo de los años no he dejado de reencontrarme con él en las interpretaciones de otros ídolos, viejos y menos viejos, o en inesperadas apariciones en películas ajenas que me dejaron con el culo torcido sobre la butaca. No representa un único momento feliz, sino muchos, y sé que todavía me traerá muchos más. Ahora hablaba de Bowie.

bowie_caras

YAGO GARCÍA – Juro por lo más sagrado que no hice aquello a propósito. Y, la verdad, si lo hubiera hecho a propósito no habría quedado tan bien: los dos lados de aquella cinta de 60, ocupadas por una selección de temas extraída del recopilatorio ChangesBowiehabían sido grabados de tal manera que el final de Heroes (cara A) se solapaba perfectamente con el comienzo de Ashes to Ashes (cara B). Así pues, sólo había que darle la vuelta a la cassette y pulsar play para que aquellos dos temas sonaran del tirón, uno detrás de otro. Y, durante un año exacto, aquel fue el rito que efectué todas las mañanas (si el tiempo lo permitía, más de una vez cada mañana) antes de agarrar los libros y salir pitando para el instituto. Este no es mi único ‘momento Bowie’, ni tampoco el de mayor alcance íntimo, pero sí es aquel que resume mejor los tres aspectos de su obra más fáciles de reconocer para quien suscribe: la obsesión a un paso de la locura, las casualidades brillantes y, por qué no, la magia.

suede

JESÚS ROCAMORA. Bowie era muy bueno, pero luego se volvió comercial”, me resumía mi amigo Luis cuando todavía éramos so young and so gone, let’s chase the dragon, allá por 1993 o 1994. La frase, estoy seguro, se la había escuchado a su hermano mayor. A mí Bowie me daba bastante igual, la verdad, pero al parecer era importante a la hora de desentrañar el misterio detrás de Suede, uno de los pocos grupos con los que podías proyectar cierta ambigüedad sexual en un instituto de provincias, y eso que tanto Bowie como Brett Anderson y Bernard Butler siempre me han parecido tan poco morbosos como una reunión de paraguas austriacos, elegantes, imberbes, tan delgados. Como gran parte de mi generación, mi primer contacto serio con Bowie –al margen de cine– llegaría poco después, a través del unplugged de Nirvana y del disco Outside, donde el británico se arrimaba a la mugre imperante vía Samuel Bayer, el realizador oficial del grunge. Pero en realidad estaba en todas partes: Elastica, Spacehog, Marion, Gene, The Auteurs, Placebo, Mansun, Ultrasound, el britpop de la época también se alimentaba de un genio que a su vez copió e imitó a The Who y a The Kinks y a Dylan y a los hippies, que fusiló a Judy Garland y que nos vendió a Kraftwerk en formato canción, que supo aprovechar el tirón popular de la llegada del Apolo a la Luna para grabar y lanzar Space Oddity y que no sólo fue respetado por la guillotina del punk, sino responsable en gran medida de su mutación en post-punk. En todo esto consiste el pop: en comer y no morir haciendo la digestión, lo que frecuentemente incluye la apropiación de imágenes y recursos políticos con un interés meramente estético. Aquel juicio sobre “volverse comercial” me parece hoy de lo más cándido, fruto de la edad, especialmente en el caso de Bowie, cuyo legado debería ser la prueba de que la autenticidad es la mayor estafa que nos ha vendido la industria del entretenimiento.

JOHN TONES. Mi historia con Bowie es la de la reivindicación, obcecada y cabezona, de que el artista del que leía referencias en mis primeros pasos dentro de la prensa musical no merecía los adjetivos despectivos y autosuficientes que se le dedicaban. Hoy Dentro del laberinto, gracias al renovado canon de la nostalgia internáutica, forma parte de la educación sentimental de todos, y Jareth es una de las creaciones más celebradas de Bowie gracias a su turbador subtexto sexual en una película de moñecos (lo explicamos todo aquí y aquí). Pero ahora olvidamos cómo arremetieron los críticos de entonces contra un artista al que veían abocado a lo comercial. Poco después descubrí mi disco fetiche de Bowie, Lets Dance, donde están dos o tres de sus temazos impepinables, y también tuve que bregar con palabras de desprecio de críticos y fans. Eso me llevó a una cierta negación de las virtudes de fases indiscutiblemente menos frívolas y más densas de su discografía, y en las que ya caí definitivamente cuando descubrí las virtudes de las guitarras-aserradero del glam y de los teclados fantasmales de los ochenta. O sea, que mi idilio de Bowie se da la mano con una de las lecciones más importantes que siempre me han enseñado sus temas, su estética y su actitud: lleva siempre la contraria. A todos. Todo el rato.

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