[Todos a una] Mitos del punk que merecen reivindicación inmediata

Como cualquier otro apartado o subsección de la historia del rock, el punk ha disfrutado de una buena ración de nombres propios. Si nos remontamos a los setenta y primeros ochenta, abundan los clásicos y los revolucionarios. La gente que cambió la historia de la cultura popular para siempre. Pero... ¿y los clásicos menores? ¿Quienes son, a estas alturas, los tapados de la revolución punk?

Hacemos honor a nuestra semana del homenaje al punk (aquí se homenajea a lo grande: hemos montado un festival), pero hacemos también honor a esa irritante manía de CANINO de honrar a los mitos menores, a los revolucionarios en la sombra, a los auténticos engranajes detrás de las primeras planas, los escándalos y los adictos al marketing. Pon a todo volumen nuestra lista de tres horas y media con el mejor punk de todos los tiempos y zambúllete con nosotros en las historias de unos cuantos nombres propios que creemos que merecen más atención de la que se le ha prestado.

Amanda Palmer

Amanda Palmer no podría existir sin Internet. Su arte, la última evolución (por el momento) del DIY más punki que las piedras, es inseparable del mecenazgo. Es un arte personal por cuanto necesita de la conexión con los fans. No es un arte que pretenda elevar a la artista o dotar de un significado trascendente aquello que produce, sino que es un arte que busca unir a la artista con sus fans. Como ella misma dice, en un extremo del negocio de la música están Metallica y todos esos mastodontes mediáticos y en el otro ella, que vive y hace arte a través de las donaciones de sus mecenas en Patreon. Pero eso, como digo, es sólo la última evolución de alguien que empezó ganándose la vida como cualquier punk que se precie: en un parque, en este caso haciendo de estatua viviente (llamada Six Foot Bride) y regalando una flor a quien le diera una moneda.

El arte de Amanda Palmer es punk no sólo por su crudeza, por su inmediatez y porque apela a los sentimientos más básicos. Lo es también porque su creadora, la propia Palmer, es más punki que mezclar Don Simón y Coca Cola arrodillado en un portal. Anárquica, viajera, bohemia y llena de emociones que se desbordan en su arte, Palmer es a la vez una persona fuerte y frágil, alguien que siente y comparte sus emociones. Una persona que durante su vida ha ido de un lado a otro haciendo couchsurfing, montando conciertos improvisados con amigos, pasando la gorra tras ellos y viviendo del arte callejero es por fuerza completamente punk. La música que hace es cruda y directa como el cabaret que hacía con Dresden Dolls (junto a ese prodigio de la batería que es Brian Viglione), el experimento Evelyn Evelyn junto a Jason Webley o su carrera en solitario con la Grand Theft Orchestra, pero también es capaz de la exquisita sensibilidad mostrada en Strung Out In Heaven (2016), el tributo a David Bowie junto a Anna Calvi, John Cameron Mitchell y Jherek Bischoff. Controvertida, apasionada, madre de un niño llamado AnthonyAsh for short») que lleva el nombre de su mejor amigo, que murió de cáncer pocos meses antes de que ella diese a luz, Amanda Palmer ha logrado lo que parecía imposible hace tan sólo unos años: vivir y hacer arte financiado únicamente por sus fans. Alberto Mut

El Cojo Manteca

Es el año 1987. Mientras media España se hace punk de fin de semana con esos modelitos cutrelux de Galerías Preciados, el movimiento se diluye en la insustancialidad de lo socialmente aceptado. Los años donde llevar medias rotas o una chupa podían provocar un palizón de falangistas han pasado:  los Hombres G demuestran que el movimiento es más sistémico que la pana en el Partido Comunista.

Pero no todo está perdido. Un hombre, en Valencia, va a insultar a la Virgen de los desamparados en medio de la basílica. Será denunciado y mandado a prisión, donde permanecerá unos días. En París sería un ídolo dadá; aquí lo metimos en la cárcel. Se trata del Cojo Manteca, intenso representante del movimiento y furibundo vividor de la piel de toro. Su ideología, “paso de estudiantes: lo que me gusta es tirar piedras”, es una vindicación simple y honesta del punk: diversión descerebrada alejada de libros, pretenciosidad y vinitos en Tipos Infames.

Aquí el vino debe ser Don Simón, beberse del cartón y rodeado de amigos con aspecto de amigos de Hummungus en la plaza del pueblo. Una vida errante cuyo único objeto y maná son las miradas indignadas de las marujas que pasan por el ágora. Solo El Cojo pudo unir las Españas en odio contra él: le intentaron pegar en Bilbao, detener en Madrid y zurrar en Sevilla.

¿Qué mejor elogio? Provocar a tarugos es la primera medida del hombre libre: El Cojo Mantecas fue nuestro VoltaireJulio Tovar

Peter ‘Sleazy’ Christopherson

La presunta oposición entre el punk y los estilos musicales que le precedieron (especialmente, el rock progresivo) ha hecho correr ríos de tinta. Y eso que, a estas alturas, debería estar más que desmentida por diversos factores: la existencia de los Cardiacs, las filias musicales de John Lydon (del reggae a Abba, pasando por Van Der Graaf Generator) o la existencia de un señor como Peter Christopherson. Un señor que, precisando, fue miembro tanto de los Throbbing Gristle como de Hipgnosis, el colectivo de diseño gráfico que vistió los discos de Pink Floyd durante tres décadas largas. Así pues, uno de los responsables de la portada de Wish You Were Here fue también el fotógrafo que tomó los primeros posados de los Sex Pistols, y también un miembro fundador de, seguramente, la banda más bruta y extrema de la historia de la música pop.

La idea de un Christopherson que, tras abandonar la mesa de dibujo, se va a la Death Factory (aquel local de ensayo, acorazado como un búnker, donde los Throbbing tramaban sus cacofonías) para manejar un sampler casero fabricado con radiocassettes de coche es, ya de por sí, sugerente. Pero aún hay más: este hombre fue un hacha en el campo del videoclip, dirigiendo trabajos para nombres tan diferentes entre sí como Yes, Marc Almond, Bad Company, Nine Inch Nails, Erasure, Hanson y Sepultura. Todo ello mientras seguía haciendo ruidazo, primero en las filas de Psychic TV y después (cuando se hartó por fin de P. Orridge y de sus ínfulas de chamán) en las de Coil, el grupo que formó junto a su noviete de entonces, John Balance, y que se tiró hasta la muerte de este último, en 2004, plasmando en sus álbumes alucinantes pesadillas sonoras.

Según los comunicados emitidos en 2010, Peter Christopherson murió “mientras dormía” en su residencia tailandesa. Nunca se han dado más detalles sobre el óbito, cosa que huele a cuerno quemado: el finado reconocía que su mudanza a Bangkok se había debido, entre otras razones, a la buena relación calidad-precio ofrecida por los chaperos locales, y su muerte podría quedar como uno de esos accidentes inexplicables que afectan a los señores de edad aficionados a los jóvenes peligrosos. Digno final, pues, porque otro de los méritos de este sujeto está el haber introducido la temática gay (y no en su faceta asimilable, sino en una vertiente promiscua, truculenta, drogadicta y orgullosa de serlo) en ciertos rincones del punk, un movimiento donde la LGBTfobia ha sido mucho más habitual de lo que sus adalides estarían dispuestos a reconocer. Por todo esto, exijo respeto para Peter Christopherson, un tipo tan, pero tan dispuesto a cruzar límites que logró que los demás miembros de su primera banda (una banda donde los enemas de sangre aplicados en público eran cosa más o menos habitual) le apodasen ‘Guarro’. Honor a él. Yago García

Manolo Kabezabolo

Hace muchos, muchos años que escuché la historia por primera vez: sucedió en Zaragoza, posiblemente en el verano del año 1995, aunque la fecha exacta es algo confusa. La ciudad estaba empapelada de carteles en papel de alto gramaje y primorosamente maquetados: Héroes del Silencio, los ídolos locales, daban uno de sus últimos conciertos antes de su disolución -lo más probable es que se tratara de la gira mastodóntica de Avalancha– en la Plaza de Toros. El precio del evento rondaba las 2.500 pesetas. Pero una mañana muchos de los carteles aparecieron con una fotocopia cutre pegada encima: escrito a mano se podía leer que un tal Manolo Kabezabolo, también zaragozano, tocaba el mismo día y a la misma hora en un antro infernal de un polígono a las afueras. El precio de la entrada destacaba orgulloso y provocador en tinta de boli Bic: 25 pesetas, cien veces menos que la megabanda. Unos amigos míos no se lo pensaron dos veces y plantaron a Enrique Bunbury y compañía para ver qué diablos era aquello.

A la hora señalada, el local estaba abarrotado: la contraprogramación había surtido efecto -me gusta imaginar que la convocatoria de Kabezabolo dejó una calva importante y visible en la Plaza de toros, pero siendo realistas, es imposible-. Y entonces sale a escena el cantante, astrado, dulce y psicótico en una época en la que estaba internado la mayor parte del tiempo en un hospital psiquiátrico del que solo le dejaban salir algún esporádico fin de semana, circunstancia que aprovechaba para dar algún que otro bolo. Kabezabolo coge su guitarra y empieza a cantar una de sus andanadas punkarras sobre la noche, las drogas o el estado de las cosas -quizá Militares subnormales, o Un papel morao o Sid Vicious song, con su legendaria línea  “si Sid Vicious hubiera conocido el Kalimotxo, habría muerto de cirrosis”-. Minuto y medio y la canción termina. Kabezabolo desenchufa la guitarra y abandona el escenario. Las risas del público dan paso a las dudas según pasa el tiempo y el cantante no vuelve, para terminar en pura y dura indignación. A la media hora, las voces claman pidiendo su cabeza, y ése es el momento en el que el cantante aprovecha para volver a salir desafiante y triunfal y dar la estocada final: “Hijos de puta, ¿qué esperábais por cinco duros?”. Malcom McLaren estaría orgulloso. Javier Trigales

Malcolm McLaren

Si el punk es actitud, entonces no hay nadie más punk que Malcolm McLaren, un hombre que no sólo no necesitó empuñar jamás un instrumento o un micrófono para convertirse en una leyenda, sino que consiguió revolucionar diferentes géneros sólo a golpe de ingenio, préstamos culturales y mucha, mucha cara dura. ¿El punk? No sería lo mismo sin los Sex Pistols. ¿El hip-hop? No llegó hasta una audiencia mayoritaria hasta su primer disco, Duck Rock. ¿El voguing? Sólo se hizo con el top 20 en las listas europeas a partir de Deep in Vogue. ¿La ópera (con arreglos electrónicos)? Antes de que nadie la pusiera de moda, él ya tenía Madame Butterfly y Aria on air. Eso es McLaren. Hacer vendible cualquier fórmula, cualquier evento, incluso cuando lleva ya años o décadas siendo una constante subterránea. Sacar réditos del talento y el ingenio ajeno. Algo que puede resultar despreciable para muchos, pero, a fin de cuentas, algo también muy punk. Porque si esto no trata de hacer buena música, sino de hacer saltar el concepto de buena música por los aires, McLaren lo hizo con tanta conciencia como espíritu lucrativo. Álvaro Arbonés

Link wray

La historia de la música rock y sus diferentes etiquetas siempre se ha escrito con puertas de bisagra radicales que tratan de marcar puntos de inicio y final, condicionadas por filias, fobias y ganas de colocar la banderita, sentando cátedra para diferenciar qué pertenece a un estilo o qué no. A menudo, en esta tendencia a sentenciar ignora, conscientemente o no, la suma de elementos que van generando un movimiento concreto. Hoy hablamos de punk, y si nos atenemos a lo estrictamente musical, el proceso se enriquece de una serie de cadencias de ritmo, simplificación de estructuras y sonidos que tienen como denominador común meter bastante ruido. Uno de los puntos que cambia, y por tanto suma, en dirección a la música conocida como punk rock es la guitarra de Link Wray. Más concretamente el sonido preciso que consiguió darle en 1958, en su tema instrumental Rumble. Este músico de Carolina del Norte, de ascendencia india Shawnee, consiguió el cavernoso sonido eléctrico clavando unos lapiceros en la pantalla de su amplificador. Pero no sólo creó la distorsión que todos conocemos y asociamos al punk rock, sino que su técnica autodidacta le llevó a crear lo que hoy conocemos como acorde de potencia o más conocido como acorde de quinta, que es lo primero que uno todavía debe aprender en su primera lección de guitarra punk y que grupos como Ramones no dejarían de usar en ningún momento de su carrera. Rumble es un tema instrumental y Wray no era muy dado a cantar (tenía un solo pulmón) pero eso no impidió que se convirtiera en un hit, vista por muchas emisoras como una llamada a las armas para delincuentes juveniles y que influyó a decenas de músicos posteriores. Entre otros, un Pete Townshend (otro padrino proto punk) que ha comentado en muchas ocasiones que si no fuera por ese tema, probablemente no habría cogido una guitarra nunca. Jorge Loser

X-Ray Spex

Some people think little girls should be seen and not heard».  But I think… ‘OH BONDAGE, UP YOURS!’

Quien sabe si por su estridente sonido, un tanto alejado del punk más ortodoxo, o por ese techo de cristal tantas veces denunciado por los feminismos, pero cuando se habla de los inicios del punk británico es habitual esta banda quede sepultada ante nombres enteramente masculinos como The Damned, Sex Pistols o The Clash, a pesar de ser coetáneos.

Sin embargo la importancia de X-Ray Spex es capital. No solo compusieron himnos del calibre de ese Oh, bondage, up yours, que anticipaba el movimiento riot grrrl, sino que la incorporación del saxofón, muchas veces acoplado en su disonancia a la estridente voz de la veinteañera Poly Styrene, consiguió que la banda tuviese un sonido único y original a pesar de haber grabado un solo álbum en su breve historia. En cuanto a su puesta en escena, el look de Styrene: ortodoncia bien visible, pelo corto y rizado junto a sus sus imitados outfits de «funcionaria asesina», la alejaban de otras célebres frontwomen del movimiento como Wendy O. Williams de los Plasmatics o nuestra Desechable y añorada Tere González, que utilizaban su físico y sexualidad como forma de reclamo y provocación. Es más, Styrene llegó a declarar que si alguna vez notaba que intentaban convertirla en sex symbol se raparía la cabeza inmediatamente.

A pesar de que muchas veces defendió que su discurso pretendía ser antes que nada anticapitalista y anticonsumista, las letras de Poly Styrene demostraron sus capacidad para radiografiar la situación de muchas mujeres en la Inglaterra de los setenta con la claridad que solo las auténticas  gafas de rayos X pueden darte. Pedro Toro

Evaristo Páramos

Habrá quien diga que cómo que reivindicación inmediata. Que Evaristo (cabecera siempre en llamas de La Polla Records y, tras un par de grupos intermedios de no mucho alcance, los Gatillazo) no tiene ninguna necesidad de ser reivindicado. Que todo el mundo está al tanto de sus andanzas y La Polla son, posiblemente, uno de los mitos indiscutibles del punk español más abrasivo junto a Eskorbuto, Kortatu, RIP y unos cuantos más. Es cierto: fama no le falta. Pero siempre me ha dado la impresión de que su figura no ha sido del todo bien interpretada, como no lo fue del todo La Polla Records, que a veces parecía que buena parte de los millones de discos que vendían (cuando esa cosa pasaba) eran por inercia colectiva, teniendo en cuenta las sobradas que se gastaban, lo raros que eran a veces, y lo poco dado que es la tribu punk a celebrar los experimentos y las rarezas.

Evaristo es un bocazas tremendamente lúcido (y lúdico): es el paso intermedio entre el abierto descerebre nihilista de unos Eskorbuto (con quienes La Polla tuvieron sus feudos –y sus réplicas– por un quítame allá ese mangoneo de guitarras) y el punk politizado e intelectual de los múltiples proyectos de Fermín Muguruza. No hay más que ver vídeos como el de arriba para comprobar cómo disfruta haciendo que unos cuantos periodistas de corbata sonrían incómodos y se mesen los cabellos ante proclamas acerca de la inexistencia de la Transición; pero detrás de lo que parece simplemente tirarle huevos a un blanco fácil hay una inteligencia, una sutilidad y un dominio de los recursos de la provocación pura que nunca se ha celebrado lo suficiente. Para la posteridad del género a nivel internacional -aunque nunca ha firmado letras en solitario: sería interesante comprobar hasta qué punto su parte de autoría es mayoritaria, aunque el sello común en todas ellas es innegable- quedan letras como las de Todo por la patria, Ocho mariposas, Ellos dicen mierdaLos chicos están bailando o El caos perfecto, con toda la evolución que se quiera desde el punk patatero de las primeras a las deliciosas metáforas pesimistas de las últimas. O discos como Donde se habla o Los jubilados, muy alejados del canon del Rock Radikal Vasco (que, en cualquier caso, dio pie a una gran cantidad de grupos como para darles de comer aparte, como Zer Bizio!?, Yo Soy Julio César o Tijuana in Blue, entre muchos otros). Evaristo es una de las figuras del punk español más conocidas, está claro, pero celebrar su insobornable personalidad nunca está de más. John Tones

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