[Todos a una] Nuestros DiCaprios favoritos

Se acerca una nueva entrega de los Oscar, es decir, otro año en el que posiblemente Leonardo DiCaprio será nominado y vencido por una interpretación masculina que olvidaremos en poco tiempo. O al revés: si gana, éste será recordado históricamente como "el año que ganó DiCaprio". En cualquier caso, su interpretación de este año volverá a marcarnos a todos.

Desde CANINO aplaudimos su versatilidad y carisma. Por eso, hemos preguntado a nuestros colaboradores que cuáles son sus interpretaciones favoritas de Leonardo DiCaprio. Y he aquí los resultados.

JULIO TOVAR – Shutter Island (2010): Porque es el ejercicio entre FrankenheimerSchlesinger de Scorsese y tiene unas dosis de paranoia 70s muy salutífera. Entre metáfora del Holocausto, isla perdida en el Caribe, científicos grillados y un DiCaprio muy muy pasado de vueltas, su papel más Cage, es imposible no querer este filme. Podría verse como un thriller fuera de época, con suficiente densidad como para perdonar sus giros de guión totalmente locos y sus errores de racord intencionales con objeto de joder cabezas. Película perdida entre sus pesados biopics, en un futuro se verá como uno de los mejores filmes. (Nota: Ojo al vídeo, es la secuencia final)

 

FRANCESC MIRÓ – Critters 3 (1991). Ni ganó un Oscar ni se embolsó 39 millones de dólares por interpretar al joven Josh en Critters 3. Pero ahí estaba la estrella en ciernes actuando en una comedia de terror de bajo presupuesto y mucho gamberrismo. Aquellas terribles criaturillas asesinas (escapadas de una cárcel extraterrestre) no le ponían la cosa fácil al debut fílmico de Leonardo DiCaprio, que con 17 años tuvo que interpretar al pijo y guapo hijastro del propietario del immueble en el cual los aliens hacían de las suyas. De hecho, DiCaprio ya tuvo que superar una muerte de padrastro ficticio, y no lo hizo nada mal. Está claro que el portento de actor que sería no podía aún vislumbrarse en este ajustadísimo registro. Pero ahí estaba dando caña. DiCaprio ya había trabajado en series y anuncios y su primera experiencia en un largometraje fue, cuanto menos, de dudosa calidad. Pero cuántas películas de dudosa calidad se convierten con el tiempo en guilty pleasures. Uno de los míos es Critters. Tal vez también fuese uno de los de él.

 

CARLOS RAMÍREZ – La playa (The Beach, 2000). Puede que carezca de los personajes, la sensibilidad social y el humor de Trainspotting (1996), pero el interés de Danny Boyle por hablar de los tiempos que corren es incluso mayor que en el filme de los heroinómanos: La playa es una de las más brillantes críticas al turismo de masas vista en la gran pantalla. Se nutre de los rescoldos del movimiento new age y plantea una premisa sacada de las esperpénticas crónicas transoceánicas de Foster Wallace y su Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (1997). A ratos pastelosa, lo compensan unas escenas casi de serie B que parecen extraídas de El hombre de mimbre (1973) original. Orugas alucinógenas. Narcotraficantes tailandeses. DiCaprio convertido en un videojuego de Crash Bandicoot. Una comuna de insoportables hippies jugando a Adán y Eva hasta que «¡Uy! ¿En estas aguas había tiburones? ¡Qué dentellada más tonta!«. No será su mejor película, pero que me devore un escualo ahora mismo si DiCaprio no debería hacer más papeles en los que acaba perdiendo la chaveta.

 

CAROLINA VELASCO – Diario de un rebelde (The Basketball Diaries, 1995) Viendo ahora a Leonardo DiCaprio empachado de fama y bollos, cuesta creer que en los noventa fuera uno de los actores más valorados dentro del cine independiente y, junto a Johnny Depp, uno de los iconos sexuales de la época. La elección del actor para encarnar al poeta Jim Carroll no sólo era obvia, sino que además parecía que el papel estaba hecho a su medida, hasta el parecido físico era evidente. Diario de un rebelde resultó ser un fiasco, un folletín digno de horario de resaca y sobremesa pero que al menos sirvió para que miles de personas conocieran a Carroll y para que su obra llegase a las estanterías de más bibliotecas.

Tras Diario de un rebelde, cualquier esperanza de ver a DiCaprio convertido en el nombre de referencia del cine independiente se desvaneció: sólo un año más tarde se estrenaba ese pastiche de Baz Luhrman que es Romeo y Julieta de William Shakespeare (1996) y el actor pasó de ser el fetiche del cine hecho al margen de Hollywood a convertirse en el eterno perdedor del Oscar.

 

AZUL CORROSIVO – Revolutionary Road (2008). La eterna pareja de Titanic volvía a coincidir en este drama de Sam Mendes cuya cartelería la vendía como la película romántica que nunca fue. En 2008 aún guardábamos la esperanza de ver un Óscar en las manos de Leonardo DiCaprio, pero ni él ni Kate Winslet fueron nominados en 2009 por, bajo mi punto de vista, dos de las interpretaciones más desgarradoras que han ofrecido en toda su carrera. Leo borda un personaje tremendamente complicado que representa la pesadilla del sueño americano: un hombre confuso, atrapado en una farsa y en una posición central dentro de la silenciosa guerra de sexos de los años cincuenta. Un papel riquísimo en intensidad e inteligencia emocional que, otra vez, pasó sin pena ni gloria para Kim Novak y Los Trogloditas.

 

ADRIÁN ÁLVAREZ – Infiltrados (2006). Infiltrados es una película acelerada, casi parece como uno de esos resúmenes que salen al principio de las series. A pesar de que va más deprisa de lo que estamos acostumbrados, y de que la coherencia de algunos de los personajes se ve perjudicada por ello, son los actores los que consiguen levantar la función. Leonardo DiCaprio, en su papel de policía infiltrado en la mafia, consigue que le tengas simpatía a un personaje que se merecía otras dos horas detrás de la pantalla para desarrollarse como es debido. Es a partir de esta película cuando empezamos a apreciar a Leo como actor más que como ídolo juvenil (pero el cabrón nunca dejó de serlo), y otros papeles como el de Red de mentiras (2008) u Origen (2010), hubieran sido más difíciles de tragar sin este filme de Martin Scorsese.

 

ELENA ROSILLO – El Gran Gatsby (The Great Gatsby, 2013). Verano del año 2012. Unos cuantos creativos de Hollywood se reúnen con urgencia. Los espectadores han dejado de extasiarse con los dramas históricos, las ideas para remakes se acaban. ¡Diablos! Parecía que todavía quedaban películas por destrozar (digo, revisar) pertenecientes a la insigne edad de oro del cine americano, ¡pero no! ¿Remakear Titanic? No, no… demasiado reciente. Al tal Leonardo Di Caprio todavía se le recuerda por aquel papel, y los memes con algoritmos geométricos mostrando cómo el pobre Jack SÍ que cabía en aquella tabla, proliferan. Pero… un momento. «¡Ya lo tengo!«, exclama uno de los productores infiltrados durante el brain storming. ¿Y si cogemos al Di Caprio ese y le ponemos en el papel del Gran Gatsby? Esa de ricos que se ponen los cuernos. A los pobres les gusta ver ricos. Los guionistas presentes se miran entre sí. «Pero… jefe, esa película la protagonizaban Robert Redford y Mia Farrow. Sobre un guión de Francis Ford Coppola. Y una novela de Fitzgerald. ¡No vamos a poder superar eso!«. El productor le da una calada a su enorme puro (porque todos los productores de Hollywood fuman enormes habanos). «No hace falta que lo superéis, chicos. Basta con poner muchos efectos especiales y cancioncillas pegadizas, como en aquella peli… ¡Moulin Rouge! Pero sin que sea musical, que sería un puto canteo. ¡Es más! ¿Por qué no llamáis al director de Moulin Rouge y vais empezando?«.

Fuera ya de bromas, lo cierto es que tratar de superar una película como la protagonizada en 1973 por Robert Redford hubiera supuesto un auténtico suicidio para cualquier actor. Sobre todo, para el desgraciadoque le tocara como regalo el papel de Gatsby. Para cualquiera, pero no para Leo. Él ya debe saber que no le van a dar nunca el Oscar, y ponerse en el papel del encantador redneck venido a más que trata de sustituir la nobleza con la opulencia, no le suponía más problema que compaginar su papel en El Aviador -2004- (los rasgos obsesivos, la riqueza como tarjeta de visita, las fiestas, el glamour…) con otros en los que aparecía con el mismo peinado, como Gangs of New York -2002- (el sinvergüenza sin estudios, pero con picardía y coraje) o Atrápame si puedes -2002- (lo mismo). Leo podía con eso y más, y se convertía en lo único destacable de un remake que jamás debió haber existido. Leo, con su impecable traje, su no tan impecable actitud de rico, esa actitud de niño travieso, de adulto obsesionado con el retorno a la juventud que le fue arrebatada, con la ambición de aquel que trata de aprovechar hasta la más mínima ocasión para crecer más allá de sus posibilidades. Esperad, ¿estaba hablando de Leo, o de Gatsby?

 

https://www.youtube.com/watch?v=zCy5WQ9S4c0

YAGO GARCÍA – Titanic (1997). A lo largo de los años, James Cameron nos ha demostrado que las neuronas le vienen justitas para todo, salvo para cuatro cosas. A saber: ponerle el filtro azul a la cámara, soñar con set pieces mastodónticas (cada vez, ay, más digitales y menos interesantes), torturar a sus actores y hacer submarinismo. Cuatro aficiones que pudieron verse satisfechas a fondo durante el rodaje de Titanic:tal vez por ello esta sea la última de sus películas en la que su ingenuidad de cabezabuque (esa merced a la cual, según Jacques Rivette, «no sabría dirigirse a sí mismo fuera de una bolsa de papel») resulta convincente. Y, quizás por dicha causa, esta es la única película en la que servidor puede sintonizar con la faceta de DiCaprio como sex symbol, y casi que también como actor.

Encarnado en esa Kate Winslet inmarcesible (la mujer más elegante del universo, entonces y ahora), el fetichismo del canadiense por el estereotipo de mujer ‘fuerte y decidida’ acaba subvirtiendo el viejo cuento de la pobre niña rica hasta extremos que seguramente no planeaba ni el propio Cameron: fíjense en el último tercio de la película, y verán a un ‘Leo’ convertido en toda una damisela en apuros, esperando que su pelirroja lo rescate a hachazos. Más allá de Céline Dion, más allá del maldito «soy el rey del mundo», de las millonadas en taquilla o de esa tabla en la que nadie se aclara si cabían dos o uno, eso es lo que convierte al DiCaprio de Titanic en entrañable, adorable incluso: en el fondo, su personaje no es un aventurero romántico, sino un primaveras que sólo vale para dibujar y para poner a tono a una chica que le da mil vueltas en todo. Un zángano de colmena, vamos, consciente de que debe sacrificarse por el bien de una reina. Seguramente, la clave de que Leonardo y Kate sigan llevándose tan bien está en que ambos son conscientes de ello.

 

JOHN TONES: Rápida y mortal (The Quick and the Dead, 1995). A punto de interpretar Romeo y Julieta de William Shakespeare y empezar así a convertirse en la estrella de cine que hoy todos conocemos, en 1995 DiCaprio ya había llamado la atención por unos cuantos papeles que habia sido aclamados en circuitos cinéfilos, como ¿A quién ama Gilbert Grape? (1993) o, ese mismo año, Diario de un rebelde -y al año siguiente repetiría con Vidas al límite (1996)-. En esta, la despedida de Sam Raimi de las películas buenas (hasta Arrástrame al infierno -2009-, vamos), Leonardo DiCaprio tenía ese prestigio, pero Sharon Stone tuvo que pagar su salario de su bolsillo, porque Universal no las tenía todas consigo. De hecho, Sam Rockwell estuvo a punto de conseguir su papel, uno de los más memorables de este soberbio homenaje hiperquinético al western mediterráneo. Con su Kid, Leonardo DiCaprio empezó a convertir en costumbre el emplear su físico de niño bueno para otorgar de un interesante trasfondo trágico a los personajes. Aquí es el inmaduro y presuntuoso hijo del sátrapa local que sí, quiere ganar el concurso de duelos, pero también el respeto de su padre. Nada es lo que parece en Rápida y mortal, como en tantas de las primeras películas de DiCaprio.

 

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