[Todos a una] Nuestros momentos favoritos de la saga ‘Star Wars’

En una semana galáctica como esta, no podíamos dejar de recordar los instantes del serial de George Lucas que marcaron nuestras vidas para mejor... o que nos llevaron a odiar para los restos a los Jedi, los Sith y similares.

Como habréis podido observar, el estreno de Star Wars: El despertar de la Fuerza nos ha hecho planear una semana galáctica en grado sumo para CANINO. No contentos con esa playlist de canciones del espacio exterior, ni con haber defendido las precuelas con sabios argumentos, hemos invitado a nuestros colaboradores a que nos cuenten sus momentos preferidos de la saga de George Lucas. Como veréis a continuación, en las filas caninas hay desde padawans Jedi capaces de analizar al dedillo las técnicas de esgrima con sable de luz hasta renegados que confiesan odiar el serial con encono propio de un Lord del Sith. Sólo una cosa es segura: Star Wars no deja indiferente a ningún miembro de nuestra plantilla.

 

CHEMA MANSILLA: La batalla de Hoth (El Imperio contraataca, 1980)

https://www.youtube.com/watch?v=7FQNIoVLSdw

¿Cómo explicar de manera tácita el poderío militar del Imperio? Pues nada mejor que una imparable infantería haciendo fuego desde esas fortalezas móviles que son los AT-AT sobre un puñado de rebeldes que se dan a la huída. Creo que ese fue el verdadero momento en el que despertó mi amor por la escoria rebelde: No podían ganar. Y uno tiene cierto cariño por la causas perdidas y los bandos débiles. Así que por mucho Skywalker y mucho Solo que protagonizaran la película, yo desde entonces pienso esos soldados rebeldes a los que los AT-AT disparan por la espalda o en los pilotos de Ala-X que se estrellaban sobre la superficie de la Estrella de la Muerte y que ni llegaban a la famosa trinchera final. Es una especie de simpatía hacia otros jugadores muy malos que nunca llegan al jefe final del juego. Porkins Lives!

 

ALBERTO MUT: Qui-gon Jinn y Obi-wan Kenobi contra Darth Maul (La amenaza fantasma, 1999)

Hay una diferencia fundamental entre los combates de sable láser de la trilogía original y los de la nueva. Bueno, en realidad hay muchas diferencias, pero sólo una importa: el enfoque. Los combates clásicos son más parecidos a duelos con katana (que es la más que obvia y nunca disimulada inspiración de Lucas para los Jedi) o mandoble, con golpes lentos, medidos y que buscan derribar o mutilar con un arma muy pesada y difícil de manejar. Son ataques decisivos que intentan acabar el encuentro de un solo golpe mientras que los de la nueva trilogía representan una aproximación más veloz, con muchos golpes de distracción destinados a encontrar un hueco en la guardia del oponente por agotamiento. El canon de la saga lo justifica diciendo que en una espada real el punto de equilibrio se encuentra en la unión entre la hoja y la empuñadura mientras que en un sable láser, al no pesar la hoja nada en absoluto porque es plasma puro, se encuentra en la mitad de la empuñadura. Un sable láser es mucho más ligero que una espada real porque sólo la empuñadura tiene peso y por tanto no puede ser usado con las mismas técnicas de combate, que asumen una distribución de masa, una inercia y una sensibilidad que un sable láser no tiene.

Antes de que Lucas perdiese del todo la razón y convirtiese a los Jedi en super guerreros saltarines ninja con poderes telekinéticos, consiguió orquestar el mejor combate de sables láser de las seis películas: el Duel of Fates, el combate entre Obi-Wan, Qui-Gon y Darth Maul al final de La Amenaza Fantasma. Un combate coreografiado, lleno de maniobras certeras y afinadas, con golpes medidos para tener sentido y no sólo espectacularidad, como cuando Obi-Wan amaga un golpe y es Qui-Gon quien ataca buscando pillar a Maul con la guardia cambiada. Es un combate muy rico en matices y lleno de habilidad, muy distinto del duelo de Luke y Vader en la Estrella de la Muerte al final del Episodio VI o del combate entre semidioses del mismo Obi-Wan y Anakin en Mustafar, antes de que los acontecimientos se precipiten hacia un río de lava.

Tal vez ese combate en las profundidades del palacio real de Theed sea la muestra más pura de combate con sable láser jamás rodada no sólo desde el punto de vista técnico sino también del dramático. La muerte de uno de los protagonistas de la película a mitad del duelo y la subsiguiente venganza del aprendiz, que derrota al asesino de su maestro, entronca mucho más con la tradición samurái de lo que jamás alcanzó ninguna película de la saga, antes o después, y es más un elemento narrativo con peso específico que un simple combate.

 

KIKO VEGA: La cantina terrorista (Team America, 2004)

Supongo que mi enlace demuestra lo poco que me gusta y/o importa la legendaria saga espacial. En serio, me aburre y no tengo mucho que decir, salvo que los videojuegos de Super Nintendo me gustaban más que las películas (incluso el título para aquella cosa del 32X de Sega me molaba), y que mis problemas con Star Wars vienen ya de niño, no es ninguna postura chulesca ni una pose. Cuando toque hablar de Conan o de espada y brujería ya buscaré un enlace de South Park, porque tampoco es mi fuerte.

 

CAROLINA VELASCO: La princesa Leia contra Jabba el Hutt (El retorno del Jedi, 1983)

No voy a entrar en polémicas sobre el traje de esclava, por muy de moda que esté el tema estos días. A mí lo que me interesa es cómo Leia, a la que hasta ahora habiamos visto siempre armada y/o rodeada de hombres a la hora de luchar contra el enemigo, de repente se encuentra en las garras de un repugnante Jabba (menos repugnante ahora que los años han dejado esos efectos especiales un poco serie Z). Es entonces cuando Leia deja de ser una monja con ensaimadas en la cabeza (lo de puta o virgen caló hondo en la saga) y se convierte  en una mujer de armas tomar capaz de sacarse las castañas del fuego con las mismas cadenas que la esclavizaban. Y tras horas de verla en el rol de novia o hermana o en escenas de damisela en apuros, hacía falta una buena dosis de autosuficiencia.

 

MARIANO HORTAL: Batalla sobre Sarlacc: Luke Skywalker al rescate (El retorno del Jedi, 1983)

¿Quién no ha soñado cuando es pequeño con ser un superhéroe? Es parte de nosotros imaginar que podemos tener poderes que nos servirán para salvar a alguien en apuros y hay elementos culturales que aprovechan este elemento impreso en nuestro inconsciente. Si hay algo por lo que sobresale la saga Star Wars es por ofrecernos una de esas encarnaciones superheroicas en la figura de Luke Skywalker; en mi caso particular, esta escena fue la confirmación de este mito; la escena resultaba fascinante, daba la impresión de no haber solución, estaban a punto de echar a nuestro héroe en un abismo de dolor infinito con solo saltar en un trampolín; sin embargo Luke demuestra en todo momento una seguridad que rallaba en lo absurdo; ¿cómo era posible que estuviera tan tranquilo? Miradas a un lado, miradas a otro y un salto…y de pronto, el mismo impulso hace que vuelva al lugar inicial  y el sable láser aparece en su mano mandado por R2-D2; a partir de ahí, ya sabíamos que nuestros héroes se iban salvar, sólo faltaba el cómo. Era la constatación del héroe que es capaz de sobrevivir a pesar de estar en una situación (aparentemente) inevitable; Luke se convirtió en uno de los paradigmas que modelarían nuestra infancia.

 

FRANCESC MIRÓ: Yoda rapea como el que más (extras de La venganza de los Sith, 2005)

Entre los extras de la edición DVD de La Venganza de los Sith, había uno que destacaba por su particularidad y grado de locura. Era un extra que consistía nada más y nada menos que en un vídeo de Yoda rapeando. Sí, Yoda rapeando. Al margen de la polémica de si preferimos la marioneta de las antiguas o el Yoda virtual del episodio II y III (y del I tras la maldita remasterización), este vídeo ha entrado a formar parte de mi imaginario. Cada vez que he visto una figura de Yoda, un póster o una imagen, me he acordado de porque amo a este jedi verde. Su swag.

 

ADRIÁN ÁLVAREZ: El bar en el confín de la galaxia (La guerra de las galaxias, 1977)

https://www.youtube.com/watch?v=g6PDcBhODqo

Mi momento favorito de Star Wars se produce en el Episodio IV: Una nueva esperanza, cuando Luke, C-3PO, R2-D2 y Obi Wan entran en la cantina. Podría haber sido muy fácil llenar el bar de gente con túnicas y algún casco, y poner cosillas de atrezzo aquí y allí, pero en su lugar George Lucas se volvió loco: hasta ese momento hemos visto naves interminables, soldados en trajes plásticos y un lugarteniente amenazador, robots y un par de razas alienígenas, pero lo más exótico está encerrado en este bar. Es un resumen de la asombrosa capacidad de Star Wars para volver común lo extraordinario y de hacer exótico lo cotidiano. Puedes tirarte horas analizando los detalles, desde el hombre con cuernos que parece un demonio hasta la partitura de John Williams, que compone otra joya icónica imposible de olvidar. Si no has entrado en Star Wars para entonces, o lo haces aquí o nunca conseguirás entrar en ella. Por si fuera poco, la cantina alberga dos de las mejores escenas de la saga, cuando Obi Wan le corta el brazo al macarra y cuando Han Solo dispara a Greedo. Porque Han es el único que dispara.

 

YAGO GARCÍA: El ‘rescate’ de la princesa Leia (La guerra de las galaxias)

https://www.youtube.com/watch?v=wtoHjGWc2s8

Empieza con un buchantón a Luke (eso de «¿No eres un poco bajito para ser soldado de asalto?» le deja roto, al pobre granjero) y prosigue con una larga serie de ocasiones en las que la heroína de la trilogía original deja claro que ella es princesa, y de Alderaan además, pero no es en ningún caso una damisela en apuros. Está claro que las mujeres, reales o de ficción, no son el fuerte de George Lucas, pero las caras que se les quedan al joven Skywalker y a Han Solo conforme van descubriendo el auténtico jaez de la chica a la que presuntamente iban a rescatar valen su peso en oro. Especialmente cuando, ante la visión del Halcón Milenario, ella suelta otra frase impagable: «¿Habéis venido en eso? Hace falta valor…».

 

IGNACIO PABLO RICO: Han Solo es atrapado en carbonita (El Imperio contraataca)

Antes de ser entregado a su acreedor Jabba el Hutt por el cazarrecompensas Boba Fett —personaje que, figurando apenas unos minutos en la trilogía original, ha acabado volviéndose emblema gracias a un carisma meramente iconográfico—, Han protagoniza junto a Leia una de las escenas más bellas de la saga. Ese «Te quiero» contestado con un lacónico pero contundente «Lo sé» en el momento previo a que Solo sea atrapado en carbonita no solamente es un instante emotivo, sino que en él reside parte de la esencia formal de la franquicia. Y es que la nueva dirección apuntada por el mainstream de los 70 —lo mismo da si hablamos de Tiburón (Steven Spielberg, 1975), Superman (Richard Donner, 1978) o Grease (Randal Kleiser, 1978)— implicó en buena medida la reinvención de los códigos genéricos y narrativos del Hollywood áureo. Una actualización de lo naif pasada por el filtro de las innovaciones tecnológicas y de una suave pátina de ironía que clausuraba un modo de entender lo audiovisual a través de su invocación recreativa, pero también fantasmática y melancólica. Ese diálogo podrían haberlo mantenido Errol Flynn y Olivia de Havilland en Robin de los bosques (Michael Curtiz, 1938) , o Stewart Granger y Leonor Parker en Scaramouche (George Sidney, 1952). El clasicismo sacrificado en el altar de las imágenes liberadas, del manierismo, emergiendo en El imperio contraataca con el fragor conmovedor de lo que ya no puede ser.

 

DANIEL AUSENTE: El trozo que faltaba (cómics de La guerra de las galaxias, 1977)

comics

Antes que nada, el contexto. Es importante. En 1977 tenía yo 11 años (tan viejo soy, sí) y la peli fue un impacto tremendo, nunca antes había visto nada como aquello. Los meses que aguantó en cartelera, que fueron unos cuantos, acudí a verla de nuevo seis o siete veces, yo qué sé, un montón, hasta aprendérmela de memoria. De mayor, en algún momento, puse distancia emocional con la saga, pero entonces, ¡ay! fue algo muy importante, capital, hasta el punto de ser absolutamente consciente de que La Guerra de las galaxias (que era como la llamábamos entonces) marcaba un antes y un después en mi vida, algo así como el fin de la infancia.

Recuerdo pasar horas con la revista oficial, que debió ser el primer producto de este tipo, especialmente las páginas finales donde se incluían otros robots de la historia del cine, como Robby de Planeta prohibido (aunque a mí me sonaba más de la serie de televisión Perdidos en el espacio, donde efectivamente fue utilizado en diversos episodios). Aun conservo esa revista que durante años consideré un tesoro lleno de maravillas. También leí, entregado, la novelización que aquí editó Argos Vergara. Sus páginas eran un calco escrito de los sucesos de la peli, pero hacía el final, cuando viajan a la base rebelde y se disponen a atacar la Estrella de la muerte, Luke mantenía una conversación con un piloto llamado Biggs que más tarde sería derribado por Darth Vader, pero aquello era muy raro… Aquello… no salía en la peli.

También compré, claro, otro producto extraño para la época: la adaptación al cómic, realizada por Marvel y que aquí sacó Bruguera en una colección de tebeos de grapa con rotulación mecánica y coloreado deficiente. Y entonces, en el número 5, de nuevo… la misteriosa conversación con Biggs. Aquello reventó definitivamente mi cabeza. Novela y cómic incluían algo, lo mismo, que no estaba en la peli. Diantres, era rarísimo. No dejaba de dar vueltas al asunto, y se lo comentaba a todo el mundo sin que nadie hiciera el mínimo caso a mi descubrimiento: a La guerra de las Galaxias le faltaba un trozo.

Tardé algunos años en desentrañar el misterio. Por lógica comercial, lo suyo es que tebeos y novelizaciones salgan a la venta en paralelo al estreno de la película. Eso obliga a los responsables de esos productos derivados a trabajar con guiones que pueden no ser definitivos. La conversación con Briggs existía, pero se eliminó en el último momento del metraje original de 1977. Veinte años más tarde, George Lucas la recuperó y aquella escena misteriosa regresó al lugar que le correspondía.

Bola extra: La historia del trozo que faltaba no fue lo único que disparó mis fabulaciones. Lo narrado en la película dio para seis tebeos de Bruguera, pero la colección prosiguió con nuevas aventuras dibujadas por Carmine Infantino, cuyo dibujo me parecía feo de cojones para algo que era importante: la continuación de La Guerra de las Galaxias íbamos a leerla primero en tebeo y luego veríamos la película. La primera entrega de esta secuela en viñetas, hoy apócrifas para el canon, anunciaba al final la portada del siguiente número. En ella Han Solo se veía  secundado por un fascinante grupo de pistoleros espaciales que incluía ¡Un conejo de las galaxias! Quizás incluso se tratara de un… ¡Conejo Jedi! Años más tarde, no verle aparecer en El imperio contraataca supuso una decepción importante. Creo que mi distanciamiento adulto con la saga empezó en ese instante.

 

IVÁN MAZÓN: El stormtrooper más torpe de la Galaxia (La guerra de las galaxias)

Mi momento favorito de La guerra de las galaxias (y el que más veces vi, hasta joder el VHS en ese tramo) siempre ha sido este.

 

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