[Todos a una] Pero… ¿quién es el asesino? Nuestros ‘whodunits’ favoritos

Posiblemente el whodunit (literalmente, 'quién lo hizo') es la unidad de expresión más sencilla de las caligrafías narrativas del suspense: hay un cadáver y, con toda seguridad, alguien lo ha matado. O como decía Gila, "Alguien ha matado a alguien, y no quiero señalar". Hoy en CANINO ponemos sobre el tablero (de Cluedo) los mejores whodunits de todos los tiempos.

¿Habrá sido el Coronel Winston? ¿O la Enfermera Rupérez? ¿O el inevitable y siempre sospechoso mayordomo? Posiblemente no lo averigüemos hasta la última página del libro o la secuencia final de la película, con todos los sospechosos reunidos y un retruécano argumental, una trampa decepcionante o, en el mejor de los casos, un despliegue de pistas que siempre han estado ante nuestro ojos pero que no hemos sabido interpretar, a diferencia del sagaz detective o comisario de turno. ¿Parece simplón? Bueno, cuando pensamos en narraciones criminales no solemos imaginar una dura novela negra de tintes psicosociales, sino un acertijo más o menos elaborado que concluye con la feliz revelación de la mente criminal que nos ha tenido murmurando maldiciones durante toda la investigación. Puede que no sea más que un juego intelectual con cadáver por medio, pero… nos gusta. Y aquí hay unas cuantas pruebas.

El caso de los bombones envenenados (1929)

CasoBombonesEnvenenados

Anthony Berkeley no es tan conocido en España como Chesterton, Agatha Christie o Dorothy Sayers. Sin embargo, fue uno de los miembros fundadores del Detection Club, la edad de oro de las novelas de detectives, del whodunit en Gran Bretaña y uno de sus miembros más prominentes por su capacidad innata de tejer historias, urdir argumentos imposibles y terminarlos con gran talento.

La quinta entrega de las pesquisas del detective Roger Sheringham es todo un paradigma del género y se convierte en sí misma en la semilla de toda una forma de entender las novelas enigma, un juego donde lo lúdico cobra una mayor importancia que lo dramático y que, desde luego, influyó en los futuros juegos detectivescos del club (como es el caso de The floating admiral (1931), escrita dos años después, una novela polifónica donde cada capítulo era escrito por uno de los miembros que, además proponía una solución distinta; curiosamente el encargado de unir todos los capítulos y plantear la solución final fue el gran Berkeley).

En El caso de los bombones envenenados partimos de una trama sencilla en la que seis componente de un club de misterio (guiño al Detection Club) deciden ayudar a Scotland Yard a resolver un crimen. Lo divertido del asunto es que cada uno presentará una solución distinta. Berkeley es capaz de utilizar un método distinto con cada uno de ellos (inductivo, deductivo, psicológico, recopilación de pruebas materiales…), se van sucediendo las soluciones, todas ellas bien argumentadas según lo utilizado. Tal es la capacidad del escritor de retorcer la trama que, en un giro hilarante, uno de ellos consigue razonar que él mismo es el asesino. Naturalmente, la solución final es otra distinta a todas las mencionadas pero el ingenio del autor para llegar a ella está fuera de toda duda. Me encanta su humor, un humor que fue la bandera de una forma de hacer novela policíaca que, desgraciadamente, se ha perdido entre los infinitos océanos de la seriedad actual. Mariano Hortal

El misterio del cuarto amarillo (1907)

el misterio del cuarto amarillo

El misterio del cuarto amarillo es la clásica novela en la que hay un crimen y una habitación a la que nadie parece haber tenido acceso. A priori, salvo que uno sea adicto al género policiaco -no es mi caso-, el punto de partida no es nada prometedor: en este caso, la labor detectivesca le corresponde a un joven periodista en el cuyas habilidades, por supuesto, no confía casi nadie (para regocijo del autor del delito, claro). La ópera prima de Leroux no sólo se considera a día de hoy una de las obras maestras del género, sino que además tiene una atmósfera asfixiante y un toque gótico a lo Poe, más palpable en su continuación, El perfume de la dama de negro (1908). No sé qué retorcido o lúcido editor decidió incluir el título en una colección juvenil de los ochenta, pero a mí, desde luego, me quitó unas cuantas horas de sueño. Carolina Velasco

El caso de Jon Arryn (Canción de hielo y fuego, 1996-)

Jon_Arryn

The Second Shadow, la secuela de El Señor de los anillos (1955-1955) que pudo haber sido, fue planeada por J. R. R. Tolkien como una novela de misterio: un ciudadano corriente y moliente de Minas Tirith investigaría una trama de asesinatos, hallando así la habitual conspiración, con sectas y todo. Aquel proyecto acabaría quedándose en trece páginas de borrador, con lo que (manda narices) tuvo que ser un escritor considerado por tantos como el ‘anti-Tolkien’ quien rescatase para el gran público la idea del whodunit medieval-fantástico de largo recorrido.

Aunque ahora -veinte años de novelón por entregas y seis de serial televisivo después- sea fácil olvidarlo, el espinazo de Juego de tronos (el libro) era una investigación acerca de un asesinato, emprendida por el pobre imbécil de Eddard Stark y tan llena de trampas como corresponde: el presunto culpable (o, mejor, la culpable… o los culpables) resultaban demasiado obvios como para ser auténtico, y el presunto móvil del crimen acababa siendo descubierto de una forma tan accidental que parecía de cachondeo. Las consecuencias de la pesquisa, eso sí, no tenían nada de cómicas, a no ser que consideremos como un chiste la muerte del investigador, el estallido de una guerra civil y la consiguiente, y miserable, posguerra.

Durante Choque de reyes, la segunda entrega de su culebrón, Martin seguiría diseminando pistas (falsas… o no tanto) sobre el misterio que lo empezó todo. Y, a la altura de Tormenta de espadas, acabaría desvelando una solución tan prosaica como, en el fondo, jodida, que explicaba mucho más sobre la trama y sobre sus temas de fondo de lo que muchos se dieron cuenta: cuando uno tiene un arribista inteligente, un montón de aristócratas deseando pisarse el cuello unos a otros y una doble contabilidad, lo del Señor Oscuro, las legiones de orcos y el Anillo para gobernarlos a todos se queda en muy poca cosa. Yago García

Scream (1996)

¿Quién es el asesino? ¿El guapo? ¿El tonto? ¿El loco de las pelis? ¿La periodista ambiciosa? ¿El poli idiota?

Cuando parecía que Wes Craven iba camino del olvido después de una peli de vampiros bastante rancia con Eddie Murphy, el director de La última casa a la izquierda (1972) se alió con Kevin Williamson, el guionista que mejor conocía a los jóvenes de hace veinte años para resucitar de nuevo el género de horror con un misterio que haría las delicias del equipo Scooby-Doo y que transformaba el slasher en un simpático whodunit cargado de referencias y humor negro de primera. La fórmula resultó tan efectiva que un alúd de imitaciones, secuelas y parodias más o menos afortunadas y en forma de sagas empezaron a salir bajo las piedras hasta que el propio Craven diera por cerrado el chiringuito con la cuarta meta-entrega de 2011.

Scream permanece en el recuerdo de varias generaciones que ahora disponen de una serie de televisión que actualiza (más aún) el mito de Ghostface en los tiempos en que ya nadie tiene un teléfono con cable en casa. A ver si me animo este verano. Kiko Vega

Until Dawn (2015)

Un grupo de atractivos jóvenes, un fin de semana empapado en alcohol, una mansión aislada, ¿qué puede salir mal? Pues todo, evidentemente. Todo.

Después de que sus amigos le gastaran una broma cruel, Emily decide marcharse de la fiesta e internarse en el bosque seguida muy de cerca por su hermana gemela Hannah. Nadie más volverá a verlas. Un año después, en una decisión que no sólo le descalificaría para entrar en Mensa sino que obligaría a sus padres a apuntarlo a un “cole especial”, Josh, el hermano de las gemelas, propone realizar una nueva fiesta en el aniversario de la desaparición porque…bueno, porque la estupidez adolescente es necesaria en el 82% de las historias de terror.

Until Dawn es un juego de PS4 a medio camino entre el cine slasher y los survival horror que resulta perfecto para los no iniciados. Poniéndonos en las piel de estos chicos (que insisten en separarse una y otra vez) podremos recorrer escenarios directamente sacados de mis peores pesadillas, como un psiquiátrico abandonado, unas minas abandonadas y un bosque (el bosque normal, con sus animalillos). Tu pericia recopilando pistas será fundamental para averiguar el destino de las gemelas, la identidad del acosador y algún que otro secretillo enterrado en el pasado. ¿Suena bien? pues lo mejor es que cuenta con actores tan conocidos como Rami Malek o Hayden Panettiere en los papeles principales. Quien no se contenta es porque no quiere. Marta Trivi

Asesinato en el Orient Express (1974)

Cuando era adolescente, en la tele, el logotipo de Emi Films solía ser una señal de calidad. Eran esos filmes británicos, casi siempre fotografiados con filtros de neblina (bajo inspiración de Geoffrey Unsworth), que resultaban una ventana a otros mundos envueltos en una cómoda moqueta. Una de mis películas favoritas es esta escrupulosa adaptación del clásico de Agatha Christie, en la cual se concentra uno de los mejores y más comedidos castings de la historia del cine.

Están todos: Albert Finney, Sean Connery, Lauren Bacall, Michael York, Ingrid Bergman… Y, no casualmente, esto se integra estupendamente con la trama de la novela ofreciendo, además, pequeñas historias de cada uno de los personajes, casi todas merecedoras de una película de David Lean. Narración coral, respetando escrupulosamente los modismos del tiempo (con una prodigiosa recreación de Poirot por el siempre olvidado Finney), es un clásico filme de crímenes británico. Es decir, la mejor baza posible para pasar una tarde fría y lluviosa tomando té con la mayor de las satisfacciones. Julio Tovar

¿Es usted el asesino? (1967)

A Narciso Ibáñez Menta se le reconoce principalmente en España por su carrera de actor y por ser el padre de Chicho Ibáñez Serrador. Ahora bien, la trayectoria del asturiano fue mucho más que eso. Sobre todo en Argentina, país al que emigró cuando era tan solo un niño, donde escribió y dirigió un buen número de obras teatrales y series de televisión. Una de las más famosas es este memorable whodunit basado en una novela de Fernand Crommelynck y estrenado originalmente en 1961 en la televisión argentina que luego trasladó a TVE en 1967. La versión española, creada, dirigida y protagonizada por el propio Ibáñez Menta, en la que interpretaba a un detective aficionado de nariz curiosa (a Menta le encantaban las caracterizaciones), el señor Larose, seguía los asesinatos de un misterioso psicópata que cometía los crímenes con gabardina, sombrero negro, guantes y un paraguas tuneado con un fino cuchillo. Sí, casi un proto-giallo que a lo largo de sus nueve episodios proponía al espectador el juego de adivinar quién era el asesino con un cupo de sospechosos que se iban descartando a medida que la trama avanzaba. La incógnita se revelaba en el último capítulo con un twist inesperado que no revelaremos aquí para evitar los spoilers. La careta de entrada de la serie, con la voz en off de Claudio Rodríguez preguntando eso de ¿Es usted el asesino? mientras aparecía un dedo acusador, aterrorizó a los espectadores de la época y es historia de la televisión española. Xavi Sánchez Pons

And then there were none (2015)

La BBC siempre ha atinado a la hora de ofrecer productos de ficción inspirados en el crimen, el misterio y la novela negra. Pero si a esa tendencia natural añadimos una efeméride tan destacable como el 125 aniversario del nacimiento de la reina de la novela de crimen y suspense, es decir, Agatha Christie, sólo podemos esperar un resultado muy acertado en su honorable intención de rendir tributo a tan ilustre escritora. Y dicho resultado lleva como nombre And then there were none (2015), intrigante título bajo el cual se esconde una libre adaptación de la novela Diez negritos (1939), uno de los tomos más célebres y vendidos de Christie y del género de misterio en general.

La acción tiene lugar en una lúgubre mansión situada en una minúscula isla de la costa inglesa, donde diez personas desconocidas entre sí se personan a través de una misteriosa invitación. Los asistentes, señalados uno a uno como autores de algún crimen cometido en el pasado, se ven pronto abocados a la peor de sus suertes siendo ajusticiados de forma implacable con el añadido de no saber quién se esconde tras semejante retahíla de asesinatos.

Esta enésima recreación de la obra de Christie se ve reforzada por un elenco de actores británicos en el que destacan los veteranos Sam Neill y Charles Dance, así como intérpretes menos conocidos pero con un prometedor futuro, caso del irlandés Aidan Turner. Una oscura aventura insular que hará las delicias de los fans del género con el garante de la BBC y por supuesto de la propia Agatha Christie, una novelista que, guste o no, lleva un siglo codeándose con Shakespeare y la Biblia en el top de libros más vendidos de la historia. Daniel González

El percherón mortal (1946)

deadly percheron

Nada como agitar un concepto en apariencia tan matemático como un whodunit con generosas dosis de esquizofrenia. Eso es lo que hace John Franklin Bardin en este clásico de culto que comienza con un millonario confesando tener tratos con duendes, continúa con la inquietante pesadilla de despertar en un cuerpo que no es el propio y acaba con la racionalidad del acertijo policial en la que el asesino no es el mayordomo, pero casi. Y así, con sus giros bruscos que van del Fredric Brown de Marciano vete a casa al Philip K. Dick más paranoico, del mal rollo al humor sutil, se alza esta historia donde la extravagancia argumental que late bajo todo whodunit se hace enano, caballo o rey. Daniel Ausente

La bestia debe morir (1973)

Jugar a adivinar quién es el asesino es divertido, pero ¿saben qué es aún mejor? Adivinar quién es el licántropo. La bestia debe morir toma los mejores elementos de la fórmula whodunit (un grupo de desconocidos, un recóndito lugar de reunión, un misterioso anfitrión, giros argumentales descarados…) y les añade una buena dosis de hombres lobo, Peter Cushing y música funk al más puro estilo Shaft. Lo sé, suena demasiado bonito para ser verdad, pero a veces ocurre que las estrellas se alinean y nos regalan joyas como ésta. La bestia debe morir es lo que ocurre cuando expones una trama de misterio a la luna llena, es una mutación, un fenómeno paranormal en toda regla. Es la clase de película que solo un estudio como Amicus podía haber producido.

Si, es cierto que el ritmo de la película es algo irregular, que el monstruo no es más que un perro ataviado con un abrigo de lana, y que las pistas falsas son en su mayoría absurdas e incoherentes, pero a ésta película le importa un bledo lo que nadie opine de ella. Hace lo que le da la gana, y eso es algo maravilloso. Es reconfortante saber que vivimos en un mundo donde una película como esta es posible. No pierdan más el tiempo y dense el gustazo de verla. Lewis of Peter

El sabueso de los Baskerville (1959)

Mi reacción a la propuesta de esta semana de hablar de nuestro whodunit favorito ha sido pensar en dos películas muy distintas y ambas excelentes. Una es La huella (1972), de Joseph Mankiewicz,  con un duelo interpretativo de muy alto nivel con Laurence Olivier y Michael Caine, pero  mi amor incondicional a las películas de la Hammer, y aún más si sus protagonistas son Peter Cushing y Christopher Lee, me lleva a decantarme por El perro de los Baskerville (1959), la adaptación de Terence Fisher de la novela de Arthur Conan Doyle.

La historia se remonta al lejano 1740, año en que sir Hugo de Baskerville asesina brutalmente a la hija de sus criados al lado de un pantano cercano a su gran mansión. Acto seguido, un perro monstruoso lo aborda y lo mata. Desde entonces, generaciones de Baskerville han muerto violentamente en ese pantano por ataques del mismo perro. Una maldición que ahora pesa sobre el joven Henry Baskerville (Christopher Lee), el último heredero vivo de la familia. Suerte tiene de su amigo el doctor Mortimer, que ha ido en busca de Sherlok Holmes (Peter Cushing) y el doctor Whatson (André Morell) para que investiguen la causa de tantas muertes. Por supuesto, acabarán descubriendo al culpable. Roser Messa

Rojo oscuro (1975)

Desde que lo inaugurara Mario Bava en el 64 con Seis mujeres para el asesino, el giallo cinematográfico tuvo en el whodunit su forma de articularse. Asesinos por lo general enmascarados y casi siempre de manos enguantadas que acaban con la vida de bellas señoritas de las formas más refinadas y terribles en medio de exuberantes escenografías pobladas de malsanas psiques. Quizá el paroxismo de este acercamiento manierista al quienlohizo clásico fuera la abrumadora Rojo oscuro, en el que la maestría de Argento se alió con la música de Goblin para crear una obra inefable que aúna el concepto de De Quincey del asesinato como una de las bellas artes con los oníricos cuadros de Giorgio de Chirico, como oníricos son esos homicidios que son pura representación, puro impacto, que no tienen sentido alguno si se piensan desde la exactitud planeada de las piruetas lógicas de Hitchcock. Aquí no se trata de practicar el crimen perfecto sino el más aberrante y bello, el que deja impronta en las paredes de una villa hasta otorgarle vida propia, el que impregna cuadros abyectos, calles vacías, muñecos rotos, miradas alucinadas. Marcus finalmente descubrirá quién es el asesino de las manos oscuras y el rostro cubierto pero ya no habrá marcha atrás para él porque ha contemplado el mal de frente, porque ha contemplado su reflejo en un charco rojo profundo. Santi Pagés

El juego de la sospecha -Cluedo- (1986)

Entre los whodunit hay uno que todos hemos conocido relativamente pronto en nuestra época de formación. Incluso antes que las novelas de la dama del suspense Agatha Christie. Hablamos, por supuesto, del Cluedo. Este juego de mesa desquiciado, siempre propicio a la bronca y el pique -como, por otra parte, tanto el policiaco como cualquier otra clase de juego-, al ser llevado al cine por el incombustible Jonathan Lynn tiene toda la flema británica que le cabe suponer: es irónico, marrullero, lleno de sobreentendidos e incluso tres finales consecutivos con los cuales no parar de liar la madeja hasta el mismísimo final. Porque si bien El juego de la sospecha podría considerarse el paradigma del whodunit, también es su parodia: todo podría pasar, todos pueden ser el asesino, pero aquí lo importante, a fin de cuentas, es divertirse. Álvaro Arbonés

¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988)

Fíjense, yo aún no había nacido cuando asesinaron a Marvin Acme, pero su muerte me causó bastante pesar. No porque me supiera demasiado mal que el gordinflón, magnate del negocio de los artículos de broma y dueño de Toontown, la palmase, sino porque para mí, la marca Acme significaba algo. Nunca creí que fuera Jessica Rabbit, la pobre. A mis doce añitos, me tragué completamente aquello de «yo no soy mala, es que me han dibujado así». Ni mucho menos al atontado de Roger, su marido, un conejo superestrella que, para ser sinceros, siempre me puso de los nervios.

Había que llegar al fondo del asunto de aquella trama y quien mejor que Bob Hoskins para hacerlo. No diré que ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, como película, me cambiase la vida -mi infancia es más patrimonio de Space Jam (1996)- pero me es difícil recordar un whodunit pretérito al que se planteaba en Toonstown. Luego vinieron muchas novelas, películas y partidas al Cluedo. Pero siempre recordaré cómo el culpable (SPOILER: Fue Christopher Lloyd, obvio desde el primer minuto) se freía en un líquido verde asqueroso, desintegrándose a la par que poniéndose de un morado muy chungo mientras sus ojos animados volaban por los aires. Qué bonita infancia la de mi primer whodunit. Francesc Miró.

Detective Conan (1994-)

Me gustan los whodunit. Me gustan mucho. Son un elemento muy básico de las historias con suspense pero, precisamente por ello, se pueden rastrear desde prácticamente el inicio de esas historias. Desde Edipo Rey (~ 430 a.C.) si se quiere, uno de los lugares comunes al hablar del género negro. La evolución de las historias de misterio, la aparición de los casos del funcionario Dí Rénjié y de los juegos de intriga hasta llegar a la aparición de los primeros detectives y el éxito masivo y mundial de Holmes (tan grande que hay académicos anglosajones que sitúan en él la aparición del fandom) y su desarrollo posterior hasta llegar a esa Edad de Oro del Asesinato que fue la creación del Detection Club en 1930 en la que las reglas quedaron plenamente establecidas y delimitadas. Al menos dentro de un orden. A partir de ahí las múltiples cabezas del género negro o criminal fueron expandiéndose e hibridándose entre ellas y con otros estilos, géneros y trasfondos. Mientras el género crecía, la especial tipología del whodunit daba la sensación de quedar como algo propio del pasado, pero se resistía a desaparecer. Estaba presente en éxitos tan dispares como los de Scooby-Doo (1969-) o Se ha escrito un crimen (1984-1986) -auténtico referente del género para el que es difícil no tener palabras amables-. No solo eso, además permeó en otros géneros como el krimi alemán, el giallo italiano y, por supuesto, la parte menos sobrenatural del slasher. Una capacidad de reinvención que permitía que mientras en Reino Unido hubiera aún un espacio para Agatha Christie o Dorothy L. Sayers los americanos dejaran de interesarse en Ellery Queen o S. S. Van Dine -no hablemos ya de los neozelandeses y Ngaio Marsh-, centrados como estaban en convertir esas obras en capítulos de televisión, mysteries of the week con los que rellenar una parrilla llena de policías que también irían mutando hacia el procedimental, que es menos cansado. Pero no pienses que en España no hemos tenido, ni mucho menos, de El clavo (1853) de Alarcón a Miguel Mihura –enamorado del género en el que escribiría obras como Carlota (1957), o El asesino está entre los trece (1973) y Crimen para recién casados (1960) en cine-… hasta llegar a Los misterios de Laura (2009-2014). Está claro que con el whodunit podríamos recorrer el mundo de un lado al otro.

Precisamente por eso me he decidido por lo que representa hoy en día el whodunit por antonomasia: Detective Conan es un manga -y a continuación un anime y luego ya OVAs y películas y serie de imagen real y videojuegos, y si no es un filtro de snapchat poco le faltará ya- de tanto éxito y trayectoria que es perfectamente asumible que sea en lo que piensa al menos la generación más joven cuando se le explique lo de investigación para esclarecer quién es el culpable de un crimen. Y es tan importante y duradero porque ha ido presentando todo tipo de casos, buscándole las vueltas a todos los conceptos, renovando sus trucos para intentar ofrecer algo de variedad. Comenzó a publicarse en 1994 -¡22 años ya!- y desde entonces el manga lleva a sus espaldas 89 volúmenes -y el anime más de ochocientos capítulos-, los casos resueltos por Conan son ya más de mil y no tiene pinta de que vayan a parar ahora. Además, Gōshō Aoyama ha aprovechado para ir hablando de otros autores y personajes, ya sea dentro de las propias historias, en comentarios al margen dentro de los mangas o mediante las explicaciones de los nombres de los personajes, empezando por su mismo protagonista, Conan Edogawa (Sir Arthur Conan Doyle + Rampo Edogawa) convirtiéndolo así en una pequeña enciclopedia de divulgación como no se había visto desde, al menos, Partners in crime (1929). Sí, viven en un universo lleno de complicados planes mortales con hielo y sedal donde los códigos con juegos de palabras a partir de los kanas de cualquier cosa, persona o localización que esté a mano. Pero precisamente por eso nos gustan tanto estos retos mentales, juegos intelectuales llenos de sangre en los que más nos valdría admitir que Aoyama es ya un referente. Sobre todo porque ha logrado llegar al extremo de la metáfora: subestimado por su aspecto infantil la gente no se da cuenta de la capacidad para el misterio que tiene delante, la serie ha acabado siendo una metáfora de su protagonista. Jónatan Sark

Scooby-Doo (1969-)

En los casi cincuenta años que lleva Scooby-Doo en marcha, ha pasado por todo tipo de enfoques del mismo modo que la Scooby Pandilla ha ido mutando desde el quinteto inicial de investigadores: en tiempos recientes se han enfrentado a monstruos reales y amenazas sobrenaturales de alta escala, pero la estructura original en los sesenta y primeros setenta era el de misterio aparentemente sobrenatural que siempre tenía una (ridícula) explicación prosaica. El dueño del parque de atracciones abandonado, la cocinera nostálgica, el conserje no tan tonto como parecía… el misterio quedaba resuelto (y el monstruo exorcizado) bajo el conjuro «Si no fuera por estos chicos tan entrometidos lo habría conseguido«, y a otra cosa. Siempre era uno de los personajes secundarios, siempre había un motivo de andar por casa -a menudo relacionado con la especulación de terrenos que hace de Scooby-Doo una serie moderna, por no decir eterna- y por supuesto, nunca había asesinatos, lo que demuestra que los códigos del whodunit son volubles y mutantes hasta el extremo: se puede hacer un whodunit clásico sin cadáveres. ¿Mi favorito? Bueno, reconozco que experimenté una oleada de perverso placer con la resolución de la extraordinaria aventura de imagen real dirigida por James Gunn en 2002, cuando Scooby-Doo era ya un mito pop: la vuelta de tuerca del «Si no fuera por estos muchachos tan entrometidos» gracias a la introducción del secundario histórico de la serie más cargante de su historia. John Tones

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