[Todos a una] Recordando a Darwyn Cooke

El pasado domingo el mundo del comic-book estadounidense recibió un mazazo con la muerte de Darwyn Cooke, canadiense de 53 años que llevaba años poniendo su talento al servicio de un revisionismo nostálgico pero muy interesante de los clásicos del comic de superhéroes. Con su ausencia queda un vacío que a la industria del tebeo mainstream, muy poco preocupado por rendir tributo al legado de sus personajes clásicos, le va a costar suplir. Este es nuestro homenaje a un artista único y personal, destacando algunas de sus obras más notables.

Algunas de las series de animación suprheroica más importantes de la historia de la televisión, recuperación de iconos míticos como los personajes clásicos de DC o el Spirit de Will Eisner, colaboración con mitos del underground como Beto Hernández… con su trazo definido y reconocible, Darwyn Cooke llenó la industria del comic estadounidense de nostalgia, una pulcritud técnica y gráfica envidiables y una revitalización constante del pasado. Estos son algunos de sus hitos.

Batman: La serie animada, Superman y Batman del futuro (1992 – 2001)

Eran serios. Letalmente serios, incluso. Pero no en el sentido más trivial de la expresión, ese al que Zack Snyder se ha agarrado con uñas y dientes a la hora de rodar su Batman v Superman (2016). Aquellos seriales animados producidos por DC desde los noventa hasta principios de este siglo tenían el peso de la auténtica seriedad, aquella con la cual (según el adagio samurái) han de tratarse las cosas leves. Bastaba un minuto escaso de introducción para saber que Batman: La serie animada (1992-1995) transmitía todo el misterio tremendo del Señor de la Noche, su bat-familia (‘Bats’, recordemos, es un señor que se rodea de amigos para evitar volverse aún más loco) y su galería de villanos, con una estética art-déco que devolvía al personaje a sus orígenes en la literatura añeja de misterio.

Después llegó Superman (1996-2000), mucho más bonita y menos valorada, pero también con un ojo puesto en los clásicos, bien fueran estos Jerry Siegel y Joe Shuster o Curt Swan. Y, por último, Batman del futuro (1999-2001), una cosa moderna, así como rave (Matrix había llegado ya, y era lo que había) que no conozco a fondo y que me parece mucho más circunstancial, aunque tuviese sus encantos. Pero, sin excepción, todos aquellos programas eran geniales, y el trabajo de Darwyn Cooke como artista de storyboards (storyboards de animación, recordemos) dejó en todos ellos la misma impronta que en sus ilustraciones de superhéroes: un panorama de línea clara, libre de esos frankmillerismos que tan cansinos acabaron resultando.

Hablamos de un panorama donde Wonder Woman contagia su optimismo inteligente, donde el mayor poder de ‘Supes’ consiste en ser una buena persona y donde el mejor detective del mundo, tan torvo él, parece siempre a punto de decirles lo de “ten pensamientos limpios, chaval” a aquellos que se quedan pillados mirando a una Catwoman que es la astucia hecha trazo. No es el único estilo posible para el cómic de superhéroes, pero tal vez, en los tiempos que corren, sea el que más necesitamos recuperar hoy. Yago García

Catwoman (2001-2002)

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Batman: Ego (2000) fue la novela gráfica que le abrió las puertas del cómic mainstream definitivamente. No en vano, corría el año 2001 cuando el escritor Ed Brubaker y Darwyn Cooke llevaron a cabo la reimaginación de uno de los personajes más asentados (y conocidos) del bat-universo. Se trataba de Catwoman, desaparecida tras una de los últimos grandes eventos que involucraron todos los sellos del murciélago, y que necesitaba un lavado de cara para que volviera a resultar atractiva. Todo ocurrió en una serie de cuatro números (Trail of the Catwoman, Detective Comics #759–762) y partía de la simple idea de utilizar a un investigador privado, Slam Bradley, para acometer la búsqueda del paradero de la ladrona profesional. El tono de la historia era eminentemente detectivesco y el dibujo de cartoon de Cooke cuadraba a la perfección con las ideas de Brubaker.

Esta historia sirvió de transición para lanzar la nueva colección de Catwoman, en la que Cooke también participaría en el primer arco argumental (los cuatro primeros números). El aire noir resultaba fresco y nos presentaba una protagonista que contrastaba con el gran murciélago por sus grises y dejaba de lado (al menos aparentemente) su faceta como ladrona para centrarse en historias de calado negro y, sobre todo, detectivesco, donde ayudaba a personajes en apuros; buenos guiones los de Brubaker, que tenían su extensión en las viñetas de un Cooke en plena forma y que narraba a la perfección, con pequeñas viñetas y composiciones de páginas, muy alejadas de las famosas splash-pages de otros autores, y que resaltaban la personalidad de una carismática Selina Kyle a la que acompañaban secundarios como el propio Slam. Fue un rediseño que rebosaba glamour y conseguía establecer un nuevo status quo bastante alejado de sus interpretaciones habituales.

En el año 2002, Cooke volvería a la colección para dibujar una precuela (Selina’s Big Score) de la que él mismo escribió la historia (además de realizar los dibujos, nuevamente con el color de Matt Hollingsworth); dicho relato estaba ambientado justo antes del número 1 de la nueva colección, paralelo a la serie de Slam Bradley y servía para unir todos los cabos sueltos que habían quedado pendientes y que explicaban las vicisitudes de Selina Kyle hasta llegar a su nueva situación. No tenía nada que envidiar a los guiones de Brubaker y mantenía una nueva forma de entender a nuestra superheroína. Sinceramente, para un aficionado a lo policíaco como es mi caso, esta etapa es una perita en dulce. Un gozo continuo que no pierde su vigencia con el tiempo. Mariano Hortal

Lobezno / Doop: El visón rosa (2003)

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A priori, esta miniserie que interrumpió la publicación de X-Statix para coincidir con el lanzamiento de la película X-men 2 (2003) tenía todas las papeletas para ser material olvidable: se trataba de explotar la popularidad del mutante favorito de los fans de Hugh Jackman, al tiempo que se le juntaba con el miembro más extraño de un cómic ya de por sí bastante rarito. Por suerte, el guionista Peter Milligan se encontraba en una de sus etapas más inspiradas, y parió un engendro que mezcla película de colegas, historia de detectives y paranoia alucinada.

Pero no estaríamos hablando de él si las palabras de Milligan no hubieran estado bendecidas por los lápices de Darwyn Cooke, en una de sus escasas colaboraciones con Marvel. Un proyecto, por otro lado, que encajaba con el estilo del dibujante canadiense, no sólo por los guiños al pulp, sino también por las necesidades inherentes del proyecto: nadie mejor que Cooke, capaz de representar la cara más brillante y favorecida de los superhéroes, para narrar una aventura con un Lobezno magnético y estilizado, que rezuma peligro, más cercano al de las películas que al retaco malencarado con pinta de oler muy fuerte y muy mal. Que su estilo se complementara más con Mike Allred que con de los dibujantes habituales de los mutantes también ayudó a encajar en la obra de Milligan de la época.

En esta historia, Lobezno y Doop tienen que hacer equipo para encontrar un visón rosa. Sospechan el uno del otro por una posible dolencia propia de los mutantes, ocasionada por la exposición al citado visón, y al final del día apenas llegan a hacer algo importante. No obstante, la historia fluye gracias a Cooke, que en vez de tomarse con seriedad la historia, lo hace con la delirante ambientación, plagada de detalles hasta convertir las viñetas en un juego de buscar las rarezas.

Con cómics como estos, no es de extrañar que se vaya a echar de menos a Cooke: capaz de elevar material de derribo a la categoría de alto pop, su extenso trabajo con DC y sus adaptaciones de Parker demuestran que era un artista con mucho que aportar, capaz de extirpar el cinismo de los cómics, sobre todo de los superhéroes, y dejarlos como obras de arte increíblemente divertidas. Adrián Álvarez

DC: The new frontier (2004)

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Un joven e idealista canadiense abandona su hogar para mudarse a Nueva York, persiguiendo su sueño de ser dibujante de tebeos, enamorado del Batman de Adam West tanto como del de Neal Adams. Sin embargo, Estados Unidos es otro mundo, otra manera de entender el sentimiento de comunidad que este joven observa con más temor. 22 años más tarde, dibuja y escribe The New Frontier, un ambicioso repaso al Universo DC lleno de soldados veteranos y héroes inexpertos o continuando el legado de quienes les precedieron. Estamos en la América de los años cincuenta y la paranoia, el miedo, se ha apoderado de una cultura en la que conviven exploradores de lo desconocido, espías, vigilantes y activistas. El emigrante marciano J’onn J’onzz se muestra confuso al pisar nuestro mundo y acaba aprendiendo sobre los humanos a través de un invento moderno: la televisión, con sus dibujos animados, sus historias de detectives, la forma de entender la moralidad de la época.

The New Frontier se originó en un mundo post-Watchmen (1987) y Post-Dark Knight Returns (1986), por lo que Darwyn Cooke sabía que no podía dejar que su trabajo se interpretase como cruel y oscuro: este es un mundo que aún vive en guerra y donde la vida es injusta pero es también donde hombres y mujeres se levantan para defender sus ideales y representar lo mejor de nosotros mismos. Aunque fallen, aunque caigan en el camino. Esta es una historia donde la guerrera del mundo antiguo, Wonder Woman, pasa su testigo a Superman, el hombre cívico y moral. Donde El Detective Marciano aprende a amar, temer y proteger su planeta adoptivo. Donde Hal Jordan abre paso a la Edad de Plata de los Cómics (la de los universos compartidos, la continuidad y una mayor definición de personajes y posturas ideológicas) tanto como lo hace a tiempos de promesas, de unos años sesenta aún por decepcionar y de mayores desafíos éticos. Son los superhéroes los que acaban haciendo posible la esperanza en la utopía. Fue el deseo de ser parte de algo más grande, de estar ahí para los personajes que le hicieron creer, lo que impulsó al joven Cooke a marchar a Nueva York, dejándonos la mi definición favorita del término superhéroe: «Una ficción creativa que es mejor que real, construida para ayudarte, de alguna manera, a desarrollar tu propia imaginación juvenil y tu sistema de valores»Henrique Lage

Richard Stark’s Parker (2009-2013)

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Los dibujantes de origen canadiense suelen evidenciar, de una forma u otra, que su afición al cómic suma una influencia más que sus vecinos estadounidenses, y notable: la tradición franco-belga, que en Canadá tiene una destacada implantación debida a la población francófona, pero que se extiende a la de habla inglesa. En el caso de Darwyn Cooke esa influencia se evidenciaba en su elegancia gráfica, y su Parker quizá sea la máxima expresión de esa cualidad, por mucho que los referentes que saltan a la vista sean Will Eisner y Alex Toth. La paradoja aún es mayor, pues pocos materiales se internan de manera tan profunda en el imaginario popular made in USA que el hardboiled, del cual las novelas originales que aquí se adaptan son casi el ejemplo perfecto.

Protagonista de más de una veintena de novelas escritas por Donald E. Westlake con el seudónimo de Richard Stark, Parker es un compendio del forajido idealizado por la cultura popular norteamericana: fuera de la ley, individualista y enfrentado tanto a la policía (siempre corrupta) como a las grandes organizaciones delictivas (burocracias del crimen, al fin y al cabo), en un marco temporal también idealizado como territorio de ficción: finales de los años cincuenta y principios de los sesenta del siglo XX. El personaje no es ajeno al mundo del cine, donde lo han encarnado una impresionante lista de actores: Lee Marvin, Jim Brown, Robert Duvall, Peter Coyote,  Michel Constantin, Chow Yun-fat, Mel Gibson o Jason Statham.

El ambicioso proyecto, desgraciadamente inacabado, de adaptar todas las novelas, nace casi de una necesidad en parte hija de esa ascendencia canadiense: hasta ese momento la obra de Darwyn Cooke estaba ligada en exclusiva a lo superheroico. Aquí podía permitirse el lujo de recrear un marco temporal idóneo para su estilo, jugar con la influencia del dibujo animado clásico de los años cincuenta y la elegancia del bitono. Y desde luego el disfrute estético obtenido es de categoría. Tras la primera y más conocida novela de Parker, El cazador (2009), la serie no había hecho más que crecer. Si la segunda entrega, La compañía (2010), asume la complejidad de fusionar dos de las novelas, El golpe (2012) es una desplegaba de manera ejemplar el clásico atraco perfecto mientras Matadero (2013) supone un delicioso goce visual con el protagonista refugiado en un parque de atracciones abandonado mientras le acosa una banda rival. Nada se sabe hoy del estado en que Darwyn Cooke ha dejado la quinta novela gráfica, cuya realización alternaba con otros proyectos ante los que también nos relamíamos de gusto, como Future Quest, el relanzamiento de los olvidados personajes (muchos diseñados por Alex Toth) que conformaron el universo superheroico de Hanna- Barbera. Daniel Ausente

Antes de Watchmen: Minutemen / Espectro de Seda (2013)

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A la hora de valorar Antes de Watchmen, se suele citar animosamente a Darwyn Cooke como autor de los seis capítulos que componen Minutemen, el arco que algunos consideran el más afortunado de aquel experimento. Sin embargo, pocos son los que reparan en que Cooke también guionizó los episodios dedicados a Espectro de Seda, dibujados estos por Amanda Conner.

No lo vamos a negar, reimaginar arquetipos pulp (dibujarlos, escribirlos) no podía ser para otro que no fuera este artista asignado a la sombra aparentemente más amable; más aún si aquello que se ha de replantear es un universo ligado a un cómic arquetípico, trascendental, como es Watchmen, de Dave Gibbons y Alan Moore. En el caso de Minutemen, Cooke no solo está a la altura del mito, sino que confiere una atmósfera crepuscular, apasionante, a un cuento en el que se apuesta por los secundarios. En especial por La Silueta, personaje apenas esbozado por Moore como símbolo, como síntoma, cuya lucha por el Bien pasa por darle la espalda al marketing que defiende su compañera Sally Jupiter como Espectro de Seda. Para este “ángel vengador” que es La Silueta, tal y como llega a ser nombrada en sueños, el relevo generacional es importante; la preservación de la inocencia de los más pequeños, es decir, la protección de los más débiles, capital.

Es por esto que Minutemen está íntimamente relacionado con Espectro de Seda, serie de cuatro números que podría entenderse como complementaria de la primera. El díptico que forman ambas miniseries aborda la construcción de las futuras estructuras a las que responderá un tipo de superheroína, fraguada desde el mercado, en la cultura de lo cool; revolucionaria en la forma, que no en el fondo, al menos, en principio. “Lo que proporciona iluminación no es alejarse del mundo, sino adentrarse en él“, nos recuerda una cita de Ken Kesey en las páginas de este cómic, que trasciende estereotipos y explica la relación entre los dos Espectro de Seda, madre e hija; partes de un arquetipo (super)heroico abocado a la (r)evolución del género. Elisa McCausland

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