[Todos a una] San Valentín diferente: algunas historias de amor inesperadas

Se acerca el 14 de febrero y en CANINO también sabemos ponernos románticos. Los ojos se nos inundan de los arquetípicos corazoncitos, nos miramos con arrebatador lirismo, nos pinchamos discos de emotivos baladones y nos ponemos la película más romántica que encontramos por la redacción. Lo que pasa es que aquí somos especiales. Y los romances que nos gustan, tambien.

Por eso le hemos preguntado a nuestros colaboradores: ¿cuál es el idilio más extraño que recuerdas? Da igual que sea de la vida real o de los abismos de la ficción rosa. ¿Qué romance te inflama el corazón… pese a que posiblemente ningún ser humano comparta tu insistencia en calificarlo de romantico? Estas son las respuestas.

CAROLINA VELASCO – La gata sobre el tejado de zinc (1958). Para mí habrá siempre dos parejas cinematográficas por antonomasia: la de Scarlett O’Hara y Rhett Butler, y mi favorita: la de Brick (Paul Newman) y Maggie “la Gata” (Elizabeth Taylor). No recuerdo cuándo la vi por primera vez (lo suficientemente joven para no entender lo que realmente se cocía en esa habitación del sur de EE.UU.) y tampoco recuerdo ya la cantidad de veces que la he visto. Pero por culpa de La gata sobre el tejado de zinc me convertí en una adicta a la obra de Tennessee Williams y me vi todas las representaciones de teatro y películas basada en su bibliografía que se me pusieron a tiro. Pero ni una adaptación logra lo que la película de Richard Brooks, que supo captar como nadie esa tensión sexual que prácticamente se podía cortar, servir en un plato y devorar.

La relación de Brick y Maggie haría saltar las alarmas de cualquier psicólogo: un marido alcoholizado por culpa de una relación homosexual (consumada o no, queda a la imaginación del espectador) y que no toca a su mujer ni con un puntero láser. Para colmo, esta se pasa un fin de semana encerrada con el marido lesionado y su familia de psicóticos. La reacción normal sería la de salir huyendo, pedir el divorcio y poner millas de por medio. Pero Maggie no se rinde (las cosas como son, si Brick no tuviera el aspecto de Paul Newman sería mucho más fácil dar un portazo) y la vemos intentarlo todo: cuando las sutilezas fallan, opta por sacar las garras. Y cuando la tensión sexual ha escalado hasta límites insospechados, cuando el espectador cree que aquello va a terminar como una gran tragedia griega, Brick por fin parece escuchar ese “click” que dice encontrar sólo en la bebida y llama a Maggie, que intuyendo que se ha rendido, sube las escaleras a toda velocidad. Si la cinta se hubiera rodado en los últimos veinte años, el espectador habría asistido a un polvo acrobático, pero gracias al código Hays quedó para los anales del cine una escena mil veces más sutil pero con más carga sexual que Sharon Stone cruzando las piernas en Instinto básico: Paul Newman, arrojando su almohada sobre la cama de matrimonio.
joker

JOHN TONES – Joker y Harley Quinn. Tengo la impresión de que no es de demasiado buen tono recordar la relación abusiva, desequilibrada y decididamente demencial que mantienen el Gran Villano de Batman y su psiquiatra convertida en fogosa amante psicópata. Solo en el mejor comic de la pareja, Amor loco (1994) hay una cantidad de bofetadas que invariablemente recibe ella y de maltrato psicológico, que se queda uno tragando saliva muy fuerte ante una relación no precisamente idílica. Pero lo cierto es que escribo este párrafo después de leer el resto de las aportaciones a este post colectivo, y se despliega ante nosotros -en su mayoría- una cantidad de parafilias no consentidas y relaciones infelices que son para echarse a temblar. Las hemos escogido precisamente por eso. La historia de amor entre Joker y Harley Quinn, por algún motivo, se considera como envidiable por su entrega incondicional entre el fandom (cómo están las cabezas, fandom, cómo están las cabezas), pero a mí me gusta por todo lo contrario: es el perfecto ejemplo de una relación tóxica, ambigua, desgraciada, desequilibrada y con sabor a tragedia clásica. Entre gente disfrazada de payaso. Escalofriante.

 

no-such-thing-2001-02-g

XAVI SÁNCHEZ PONS: No Such Thing (2001). El mito de La Bella y la Bestia, imaginado allá por 1740 por la novelista francesa Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve, ha dado lugar también a algunos de los romances cinematográficos más bizarros. Monstruos feos y malcarados que han acabado encontrando la paz-salvación en bellas y sensibles damiselas, heroínas modernas que no tienen miedo a enfrentarse a la malformación física y a veces moral de sus horribles partenaires masculinos. Dentro de esas historias de amor desfigurado hay una que destaca con especial brillo: la que protagonizan Robert Burke y Sarah Polley en No Such Thing (2001), una de las mejores películas de Hal Hartley.

Burke, gracias a unos excelentes efectos de maquillaje de Mark Rappaport, se convierte en un monstruo gruñón y homicida aficionado al existencialismo residente en los confines de Islandia, mientras que una jovencísima Polley pone cara a una inocente periodista de sucesos norteamericana, Beatrice. Los caminos de ambos se cruzan cuando la bestia mata al prometido de la bella y esta última decide viajar hasta tierras nórdicas para investigar lo ocurrido. Es ahí cuando se inicia el romance, una historia de amor cocida a fuego lento, articulada en breves miradas y gestos, que nunca llegará a consumarse de forma física. La pizpireta Beatrice saldrá del capullo gracias a su relación con el milenario y descreído monstruo al que, como si se tratara de King Kong, se llevará a Nueva York para que sea descubierto por la civilización. Por su parte la criatura conocerá qué es la empatía humana gracias a la joven, para poco tiempo después morir en paz –está cansado de la vida eterna- en una hermosísima secuencia final en la que vemos a la Polley con los ojos vidriosos. Es ahí cuando descubrimos que está-n enamorados.

 

SANTI PAGES – I’m a Cyborg, but that’s OK (Park Chan-wook, 2006). Si creías que el director de Thirst (2009) o Stoker (2013) solo podía contemplar el amor como una relación parasítica y venenosa, es que no has visto esta deliciosa pieza de una sinceridad nada ingenua en la que dos jóvenes internados en un psiquiátrico se enamoran hasta que deciden compartir su vida bajo un arcoiris. Ella cree que ser un cyborg, un robot de combate a la que se la han agotado las baterías y que se empeña en no comer y en confraternizar con la máquina de refrescos. Él es un muchacho problemático, violento y cleptómano, esquizofrénico en realidad, aficionado a las máscaras de conejo hechas con cartulina y que cree que su presencia tiene el desafortunado efecto de robar el alma a la gente. El romance es la única conclusión lógica de su encuentro.

Park Chan-wook revisita el escenario de aquella pequeña joya que fue Elisa (1962) aproximándolo a sus obsesiones. Él y Ella son diferentes, viven en un mundo que no tiene sentido y juntos aprenden a sobrellevarlo. ¿Se curan? ¿Se hacen mejores? ¿No es eso el amor? El caso es que juntos masacran al personal del hospital, vuelan en propulsión al besarse, crean un aparato que transforma arroz en energía eléctrica y terminan por hacerse muy amigos de la máquina de refrescos, aunque puede que todo esto en realidad no sea estrictamente cierto.

Quien no se haya sentido un cyborg alguna vez no es un verdadero ser humano.  

yago_perdido_street_station

YAGO GARCÍA – La estación de la calle Perdido (2000). Además de tener unos bíceps del tamaño de mi cabeza, y de ser experto en Derecho Internacional, China Miéville es un escritor formidable. Sus novelas lucen (o suelen lucir) un gran dominio de la prosa, una imaginación enfermiza y una dedicación sincera. Virtudes que le convierten en lo mejor que le ha pasado a la fantasía durante el siglo XXI. Y que, además, se atienen a esa tradición británica del género en cuya raíz está el Mervyn Peake de Titus Groan (1946) y cuyo tronco tiene el jeto de Michael Moorcock: aquella en la cual los viajes a otras realidades no suponen una ocasión para rescatar valores pretéritos, á la Tolkien, sino la oportunidad para romper tabúes. Aquí no hay batallas en los Campos de Pellenor, ni tampoco Señores Oscuros. Lo que hay, y a carretadas, es la mugre de una ciudad en el que el horror de lo inexplicable convive con las dinámicas de la Primera Revolución Industrial.

Como Miéville es un marxista-leninista acérrimo, a la par que rolero, su ciudad es un entorno de pesadilla. Y, como su intención es despojar al lector de cualquier asidero convencional, uno de los pocos aspectos positivos que encontramos a lo largo de la novela es la historia de amor entre un científico y una escultora. Él es de piel oscura, y también es gordo, feo y egocéntrico. La cabeza de ella, por su parte, tiene forma de escarabajo.

Está clarísimo: se trata de una sátira de las ampollas que aún puede crear un romance interracial entre según qué públicos. Pero también hay algo más: según aprendemos, mediado el libro, Lin pertenece a una especie en la cual los machos son criaturas sin conciencia de sí mismas, tan irrelevantes como los machos de cerátido y considerados como repulsivos incluso por esas hembras semihumanas que, cuando no hay más remedio y la necesidad aflora, copulan con ellos. Así pues, la parafilia es doble: mientras que, para Isaac, el cuerpo de su compañera posee el atractivo de lo aberrante, ella goza del morbo que le supone intimar con una criatura de sexo masculino (el uso de “sexo” en lugar de “género” es aquí deliberado) cuyo intelecto es superior al de un saco de gónadas.

Atención, spoilers: este romance está destinado a la tragedia. Una tragedia que, por otra parte, el autor no resuelve demasiado bien, pero esa es otra historia. Lo que cabe preguntarse es cuánto hay de nuestras propias historias de amor, y de nuestras propias historias de sexo, en este cuento de dos seres que se encuentran mutuamente grotescos y, sin embargo, se hacen confidencias, salen a cenar juntos, follan y todo lo demás. Y que, para colmo, lo hacen sinceramente. En el mejor de los casos, algo habrá. En el peor, habrá rutina, insatisfacción y conveniencia. Lo típico, vamos.  

 

julie y curt

ANDRÉS ABEL – Mortal Zombie (1993). Decides seguir a otra persona, hasta el fin del mundo si hace falta, y el camino por el que te lleva termina cambiándote, y de repente un día te dice que le gustabas más antes. Y de verdad parece el fin del mundo. Así que te apartas, te arrojas al vacío que te deja, y cuando abres los ojos… allí está ella (y puede que un mendigo negro). Porque el hilo que os ata es tan fuerte que la ha arrastrado contigo, y así será en cada caída: la unión se volverá a consumar (el clásico sexo zombi de reconciliación), pero solo se consumirá cuando arda desde ambos extremos. Y os parecerá bien. Aunque la existencia del otro quede reducida a una búsqueda permanente de la persona que eras, y la tuya a un recordatorio constante de que el amor es dolor.

 

CosadelPantano_Abigail - Canino

ADRIÁN ÁLVAREZ – La Cosa del Pantano y Abigail Arcane. El reto no es imaginar lo imposible, sino hacerlo creíble. Alan Moore consiguió que la relación romántica entre la personificación del Verde y una muchacha de pasado turbulento fuera bonita, emocionante e inesperada. 

Bonita, porque cuando dos espíritus se quieren, da igual que uno sea una criatura formada por musgo y raíces de más de dos metros de altura, y el otro, la sobrina de un despiadado ocultista con habilidades psíquicas. Mientras el primero aprende a ser humano, la segunda descubre sus sentimientos hacia él.

Emocionante, porque poco importan los escollos que se encuentren en el camino, que los superan. La Cosa del Pantano fue al infierno a rescatar a su amado, en uno de los cómics más sobrecogedores y bellamente ilustrados que se han hecho nunca, y desde ahí, el Multiverso, regido por los editores y artistas de turno, ha intentado separarlos. Pero ni Crisis, ni Hora Cero ni Flashpoint: en un universo ficticio donde es más fácil ser engullido por un evento cósmico que divorciarse, siguen juntos.

E inesperada, porque su amor ha encontrado formas extravagantes de manifestarse y superar sus limitaciones. Para hacer el amor, la Cosa germina un fruto afrodisíaco que le permite comulgar con Abigail. Para tener descendencia, la Cosa utiliza como avatar a John Constantine (quién si no).

Al final, la Cosa que soñaba con ser hombre y la chica que soñaba con plantas han hecho más creíble su unión que los cientos de parejas estereotipadas que pueblan el mundo del cómic. Que Didio se apiade de ellos.

 

brujaescarlata

MARIANO HORTAL – La Visión y la Bruja Escarlata No fue el primer intento de unir a un androide/robot/personalidad artificial con un humano; tampoco será el último, pero tengo que reconocer que fue el primero que me causó una fuerte impresión. Quién podía imaginar en aquel momento que una personalidad cibernética tan aparentemente fría y calculadora como La Visión podría llegar a tener sentimientos humanos; claro que con el caso de su pareja, la inimitable Bruja Escarlata, alteradora de las probabilidades, por muy joven que fuera en su subconsciente sabía que todo podía ocurrir.

En Marvel se empeñaron en dotar de humanidad a nuestro androide favorito y celebraron la boda por todo lo alto (con otra improbable pareja: Mantis y el Espadachín), y poniendo como maestro de ceremonias al Señor del Tiempo: Immortus. A partir de ahí, instalados en esta improbabilidad, que Wanda concibiera dos hijos casi por obra y gracia del Espíritu Santo estaba establecido en una normalidad aceptada por el lector. Incluso gozaron de su propia colección conjunta y, ciertamente, nos regalaron estupendos momentos… mientras duraron. Con Wanda, lo que vino después entra en el puro terreno de la incertidumbre (con Mephisto de por medio, nada bueno podía pasar); hacer y deshacer lo que vemos, mostrarnos situaciones que no podemos imaginarnos, es parte de lo que nos ofrecen los cómics. Lo bueno es disfrutar del momento mientras está sucediendo, y esto, a pesar de lo improbable, fue amor.

 

LEWIS OF PETER – Joyce McKinney y Kirk Anderson. Algunos tal vez conozcáis ya la historia por Tabloid (2010), el documental de Errol Morris. Para los que no, la cosa va más o menos así: Chica conoce chico. Chica es Miss Wyoming 1973. Chico es devoto misionero mormón. Chica secuestra chico a punta de pistola y le obliga a mantener relaciones sexuales atado a la cama de una cabaña en la campiña británica. Es difícil discernir entre realidad y ficción en el cuento de amor de la entrañable Joyce Mckinney y su obsesión por el callado Kirk Anderson. El documental se centra más en la prensa sensacionalista y su manía por exaltar los chismorreos (“El caso del mormón maniatado”), pero si dejamos de lado el escándalo que los periódicos hicieron del juicio, la absurda relación entre Joyce y Kirk nos lleva a replantearnos mucha de las preconcepciones que tenemos sobre nuestras relaciones amorosas. Lo absurdo a menudo sirve a modo de espejo para reflejar el lado más pueril de nuestras idiosincrasias, para reducir esas grandilocuentes ideas sobre el amor y el afecto hasta su versión más humilde. A veces la atracción más simple, la más caprichosa e inverosímil, es también la más pura. Al fin y al cabo no somos más que esclavos de nuestros impulsos, animales cegados por el deseo, y qué mejor historia para recordarnos esta verdad. Además, es una bonita inversión del tópico del soporífero “buen chico”, que abre los ojos y el corazón de su interés romántico a base de tozuda insistencia (en serio, Ryan Gosling es un quesito, pero Noah es un acosador).

 

KIKO VEGA – 50 primeras citas (2004). Alguien, no sé quién, decidió no sé cuándo que Atrapado en el tiempo (1993) era la única comedia romántica con gente atrapada en el tiempo que debería gustarte. Es bastante probable que esa misma persona fuera la que redactó el primer alegato Anti-Sandler, (alegato que, por cierto, debería actualizarse para dejar de repetir las chorradas que se dicen desde 1995 aproximadamente), que afecta en esta ocasión a una de las más cálidas, bonitas y emocionantes (de emoción, de llorar, de emotiva) pelis del astro judío.

50 primeras citas es una comedia romántica imposible, con un escollo insalvable, trágico y humano, una maldita maravilla del cine de amor como las de antes, donde la fuerza del romance supera cualquier obstáculo sin necesidad de un enorme listado de clichés y sin tomar al espectador por idiota. Donde Michael Haneke manejaría horror y fatalismo, Peter Segal nada entre humor y optimismo, animales guays (un pingüino con camisa hawaiana igual es lo mejor que verás en tu vida), canciones cuquis y una pareja que necesita empezar de nuevo cada mañana. Bueno, en realidad solamente lo hace uno de los dos, pero el otro demuestra cada día que lo único que importa en su vida es la persona que se despierta a su lado y no le recuerda. Obra maestra.

 

Liga_Mina_Hyde

ELISA G. MCCAUSLANDMina Murray y Mr. Hyde en La Liga de los Hombres Extraordinarios. Puede que Allan Quatermain sea el compañero de camino que Alan Moore ideó para Mina Murray -más conocida en el clásico que le dio vida (Drácula) como Mina Harker-, en su Liga de los Hombres Extraordinarios. Pero el mago inglés guardó para el monstruoso Mr. Hyde un papel perturbador y sorprendentemente bello. Su relación con Mina podría leerse como un romance imposible, que oscila entre el terror y la atracción hacia el abismo: la líder de este grupo de superhéroes nacidos de la ficción del XIX, entiende que, si hay esperanza de futuro es porque Mr. Hyde es juicio puro y encarnado. Ambos son poder, y él abraza la existencia tal y como es. Mr. Hyde ama el apocalipsis que Mina representa; para sí mismo, y para el siglo XX. Ambos comprenden el presente.

 

Frida-Kahlo-Josep-Bartoli

ROSER MESSA – Frida Kahlo y Josep Bartolí. Quién le iba a decir a Frida Kahlo que a los 39 años, y mientras esperaba a ser operada de la columna vertebral en un hospital de Nueva York, conocería a un dibujante barcelonés y se enamoraría perdidamente de él. Su nombre era Josep Bartolí y había llegado a Norteamérica huyendo de la Guerra Civil. Durante el conflicto había luchado en el bando republicano y, cuando acabó, salió del país en dirección a Francia, donde pasó por varios campos de trabajo, a cada cual más esperpéntico. Hasta que la Gestapo lo arrestó y envió al campo de concentración de Dachau, lugar al que jamás llegó. Saltó del tren en marcha sin pensar en las consecuencias. Solo que no quería ir allí. ¡Cualquier cosa menos eso!

Cuando Frida Kahlo y Josep Bartolí se conocieron ella estaba casada con Diego Rivera y, para no levantar sospechas, ella le escribía cartas firmando como Mara y él le contestaba bajo el nombre de Sonja. Y así estuvieron durante tres años  manteniendo una tórrida relación a escondidas de Diego Rivera, que duró desde 1946  hasta 1949. El pintor mexicano, si bien era tolerante con las relaciones lésbicas de su esposa, no soportaba verla con otros hombres. Por eso los encuentros de la pareja se realizaban con la máxima discreción.

Se desconoce cómo y porqué acabó su historia pero es fácil imaginar que la distancia los separó (ella en México y él en Nueva York), a lo que se sumaba la mala salud de Frida. De hecho, no tardó mucho en morir. Lo hizo en 1954. En cambio, él falleció en 1995 guardando en su poder las 25 cartas apasionadas que su amada le había escrito.

 

MARTA TRIVI – Los amores imaginarios (2010). De un tiempo a esta parte todas las películas románticas pretenden engañarnos. Engañarnos dos veces, quiero decir. Por un lado no dejan de hacerte creer en el amor romántico mientras que por otro intentan disfrazar su mensaje debajo de una supuesta modernidad para que parezca que va más allá del típico chico-conoce-chica.

Pero Xavier Dolan va de frente. En el título de su película te lo dice todo: Los amores imaginarios. Imaginarios en plural. Porque Nicolas se deja querer por Marie y, mientras, le lanza indirectas a Francis ¿o quizás no? ¿Es posible que nosotros también estemos imaginando? ¿Estamos tan acostumbrados a los clichés de las películas que somos incapaces de ver la realidad?.

Al final lo único real es el amor entre los destrozados Francis y Marie caminando juntos bajo un parasol. Condenados, como nosotros, a repetir sus errores una y otra vez.

 

JULIO TOVAR – La Doble Vida de Verónica (1991). Una joven de rasgos dulces cuyos labios tiemblan en la oscuridad ámbar al ver un pequeño teatro de marionetas. ¿Por qué sus ojos plañen con un simple retablo de madera? En él se vislumbra una pequeña bailarina nívea que danza un minué macabro, del cual renace como un hada cuyas alas extienden la maravilla.

Detrás de este ardid barroco, un varón mueve los hilos de dos mujeres que, ¡oh paradoja!, son una. A través de una serie de pistas, todas ellas equívocas, Véronique (Irène Jacob) acaba con este hombre, el marionetista, cuyo nombre es Alexandre (Philippe Volter). La respuesta lacónica de él lo dice todo: “…te he estado esperando dos días”.
Película de un romanticismo incierto, de delicado simbolismo, La Doble Vida de Verónica relata una intensa historia sentimental donde el narrador seduce a su protagonista con la interrogación. El misterio de las relaciones, las mal llamadas afinidades electivas, como una serie de acertijos donde cada interrogación construye el dominio del relator y el relatado; de Alexander y Véronique. Algunos lo llaman amor…

 

ELENA ROSILLO – El fantasma y la señora Muir (1947). El fantasma se llamaba Daniel. Y estaba muerto, pero muy vivo. Y tan vivo que me la habré visto mil veces solo por escuchar ese poema de sus labios, antes de desaparecer entre las brumas del sueño de una mujer enamorada de su recuerdo. De un sueño del que, quizás, nunca llegó a salir. Este punto del filme en el que una ya no sabe si lo real es lo que sigue, la vida sin la magia, sin el sueño ni el deseo, tan solo con la certeza del engaño como carta de visita entre los vivos; o es acaso aquello que lo precedió: algo imposible, pero más tangible que las palabras de amor con las que un falso poeta engañó a una triste viuda. J. L. Mankiewicz no desaprovecha este punto de inflexión en el relato para reflexionar también sobre el avance tecnológico: solo en una mansión sin luz artificial, más que aquella de las cerillas con las que Muir descubre a su Capitán, sería posible una historia de fantasmas. Una vez van apareciendo los coches, la electricidad, y las faldas se acortan, la imaginación también va desapareciendo.

Dicen en los libros de teoría narrativa que, para crear una buena historia de amor, es necesario y obligatorio alejar una cosa de la mente de la audiencia: hay que eliminar el deseo, quitárselo de encima; pues si existiera, la historia de amor se limitaría a un simple calentón (Romeo y Julieta… lo siento, lo vuestro se habría arreglado con un buen polvo a tiempo). Hay quien se quita ese problema de encima eliminando la curiosidad desde el principio; de ese modo, aunque en esa relación haya deseo, queda claro que no es ese elemento el que mueve a los protagonistas a “entenderse” (El paciente inglés -1996- se me viene ahora a la cabeza). Después es necesario crear una sensación de futuro, de planes más allá del momento en el que se sitúa la historia. Si esa sensación de amor se limitara solo al momento en el que se vive, no sería amor, sino coqueteo (Leo, Rose… lo siento, lo vuestro jamás tuvo futuro).

La historia de la señora Muir es perfecta. Jamás hubo deseo. Es un fantasma, por el amor de dios. Pero sí había futuro. El mejor de los futuros, el más puro y feliz que se podría imaginar. Uno eterno, en el que los dos siguen siendo jóvenes; en el que todo seguirá siempre como estuvo aquel día en el que Daniel le recitó esos versos a los pies de su cama, antes de desaparecer. Un futuro basado en la muerte. La teoría del “fantasma” de Lacan llevada a su máxima expresión: a la señora Muir jamás se le caerá la venda de los ojos al descubrir al verdadero Daniel escondido tras los atributos y el ansia que ella proyecta sobre él, porque él es esa venda. Él es su fantasma, y de nadie más. La pureza del sentimiento amoroso, imposible de enturbiar con los años, la convivencia o la infidelidad. El amor.

Creo que esta será siempre mi película preferida. Tan solo por los lagrimones que se me caen, siempre, al darse ambos la mano y desaparecer entre las tinieblas del más allá. Para ser felices para siempre. Porque podría parecer que ésta es una historia de amor imposible, pero no.

Bueno, y porque yo quiero uno como Rex Harrison. 

¿Por qué será que las mejores historias de amor son aquellas en las que nunca llegan a besarse?

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Publicidad