[Todos a una] Tensiones homoeróticas encubiertas (o no) de alto voltaje

De toda la vida, la narrativa mainstream ha sido un auténtico campo abonado para la heteronormatividad más rampante y, reconozcámoslo, a menudo para contar historias mediocres, aburridas y llenas de tópicos. Pero en CANINO sabemos que aunque las interpretaciones oficiales fueran destinadas a dar palmaditas en la espalda en la conciencia colectiva, muchas veces por debajo de las historias de amistad viril o de amigas para siempre palpitaban otros mensajes, infinitamente más reconfortantes para espectadores y espectadoras que no podían creerse que todo se redujera siempre a chicos que conocen chicas y les piden matrimonio bajo las estrellas.

En CANINO hemos querido homenajear a algunas de esas ficciones que, con malicia e inteligencia, deslizaban bajo la alfombra tensiones homoeróticas no oficiales. De las inevitables flamencadas de Top Gun o Batman y Robin a películas más ignotas y menos de encerrarse en armarios, esta recopilación de tensiones fuertes puede hacer saltar los plomos del romanticismo de toda la vida. Que es lo que mola.

Iceman y Maverick (Top Gun, 1986)

Es muy probable que el guión de Jim Cash y Jack Epps. Jr, origen de este monstruo pop del siempre flipao Jerry Bruckheimer, no tuviera ninguna traza de tensión sexual masculina. Más aún, uno sospecha que seguiría las directrices del producto macanudo y reaganista de éxito como la seminal Delta Force, del mismo año. Pero algo salió mal: el formato pop. Bruckheimer metió escenas buscando a las nenas, oh yeah, y dado que en el guión lo único fuerte era la rivalidad entre los pilotos…el filme se convirtió en una odisea uranita en las nubes.

Quentin Tarantino hizo célebre esta interpretación en Duerme conmigo (1994) y es cierto que muchos diálogos, ciertos plano-contraplano, podrían pasar por escenas del Expreso de medianoche (1978). Repasamos algunos de ellos con el rey del “no homo” Iceman: “No es cómo vuelas, es tu actitud (…) Puede no gustarte con quién vueles, Maverick, pero ¿en qué lado estás?”; “Maverick tiene problemas, está en barrena, cayéndose al agua”; “Vosotros sois dos cowboys”… Y ese final, tremebundo, en el que Iceman le dice que será “…su copiloto cualquier día”.

Una historia, en fin, donde los diálogos de megamachotes acaban siendo una muestra de ambigüedad más bruta que Cristiano Ronaldo en tanga en brazos de Jorge Javier Vázquez. Y, por supuesto, Kelly McGillis engañando al espectador y, probablemente en aquellos años, engañándose a sí misma. En este festival de mentiras no olviden tampoco a Tim Robbins, el gran progre americano, como piloto de una fuerza fascistoide asesina de soviets. Creemos que toda su carrera posterior busca redimirse de este papel, ¿entienden? ¿Y tú, Maverick, entiendes también? Julio Tovar

John Grant y Doc Tydon (Despertar en el infierno, 1971)

En el Festival de Cannes de 1971 coincidieron dos películas sobre Australia: por un lado, la telúrica Walkabout (1971) del británico Nicolas Roeg ofrecía una historia de supervivencia entre dos chicos blancos y uno aborigen y una cierta implacabilidad de la naturaleza, hermosa en su propia injusticia. Por otra parte, el canadiense Ted Kotcheff presentaba una Australia distinta en un largometraje por aquel entonces llamado Outback (1971), no muy bien recibida entre los australianos por el nada agradable retrato que mostraba. No había esa devoción por la flora y fauna, por la vida latente en el desierto: solo arena y vacío, un agujero en el alma que llenar con cerveza. Es aquí el hombre, en masculino, quien se muestra con la verdadera fuerza destructiva y autodestructiva, ciega e imbécil. John Grant es un ingenuo y sensible profesor de escuela que quiere viajar a Sydney para encontrarse con su novia. Por el camino, el destino le lleva al pueblo minero de Bundanyabba y experimenta en sus propias carnes un descenso a la locura y la desolación que saca lo peor de sí mismo, una rabia y frustraciones contenidas.

El enrarecido, sudoroso y alcoholizado ambiente de la película solo irá a peor y pronto Grant cederá ante la presión de la manada en constantes actos de bravuconadas para demostrar su masculinidad. Kotcheff quería mostrar una Australia que incomodaba a los australianos, una parte del país que se mostraba orgullosamente indómita y que no cuajaba con las aspiraciones civilizadas. La fachada se viene abajo, la necesidad de separarse de lo que se ve inmoral no tiene sentido en la narrativa de frontera y en esa proximidad a la muerte Grant descubre que la forma en la que los hombres establecen vínculos entre ellos tiene mucho de represión, de chulería y camorra, y en el proceso de establecer ese vínculo encuentra la intimidad con su nuevo mejor amigo, Doc Tydon, una salida a su frustración sexual que la masculinidad tóxica que le rodea no permite. Tydon presume de comprender a Jeanette, la mujer “del grupo”, mejor que sus ignorantes compañeros, y hasta se compara con ella cuando dice que ambos se conocen mejor a sí mismos. Cualquier deseo entre Tydon y Grant es mostrado como una decadencia, pero no así el disparar y atropellar canguros, síntoma de la disonancia moral que se plantea. Tal vez tras todo este infierno exista un camino positivo para Grant, uno que no lleva a una supuesta novia en Sydney, sino a quererse a sí mismo, tal y como es y no como los demás esperan que sea. Henrique Lage

Jesse y Ron (Pesadilla en Elm Street 2, 1985)

Durante mucho tiempo, la segunda parte de las aventuras de Freddy ha permanecido en un puesto extraño dentro de las secuelas de la saga. En esta, el señor de los sueños se convertía más en un demonio tradicional que posee a un jovencito, que en el hombre del saco que mata a adolescentes en sus pesadillas, uno por uno. Tampoco regresaba nadie del reparto original. Era una segunda parte rara. Y no se le daba muchas más vueltas. Posteriores miradas a la película fueron encontrando distintas pistas nada sutiles de que, en realidad, toda la trama venía a contar la historia de un adolescente gay y sus dificultades para salir del armario. La posesión de Freddy es, sencillamente, una proyección de la represión de Jesse, el personaje principal. Es decir, Jesse crea una barrera para no dejar salir su verdadera sexualidad  y Freddy sería su lado homosexual luchando por abrirse camino. Tremendo, ¿eh? Suena a teoría loca, o ambigua, pero en realidad es la única forma de interpretar correctamente y encontrar sentido a la secuela, que gana muchos enteros a través de esa lectura. Así,uno se explica por qué Jesse quiere bailar como George Michael, pasa un poco de su novia (y de follar con ella) y prefiere pasar el rato con su amigo Ron. En los momentos más fuertes, la posesión de Freddy también saca su lado sado: esa sesión de toallazos a su profesor de gimnasia atado a las duchas no es propio del niño bien que su familia quiere que sea. Detalles sueltos como esa pintura de un pene colgada en una cocina, el cartel de “prohibido chicas” en la puerta de la habitación de Jesse y otras, hilarantes, bromas internas que todos ignoramos cuando la vimos la primera vez. El actor Mark Patton era gay, pero aún no había salido del armario, y ha creado un crowfunding para contar su experiencia y desgranar el ridículamente obvio subtexto del filme. Jorge Loser

Batman y Robin

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Preveo muchas cejas levantadas. ¿Pero Batman y Robin no está ya muy visto como animal homoerótico? Así nos lo recuerdan centenares de memes que se propagan por nuestras redes sociales mostrando viñetas en las que Dick Grayson y Bruce Wayne disfrutan de un paseo romántico en barco bajo la luna, broncean juntos sus cuerpos desnudos o se despiertan en la misma cama. La cosa debía de ser cierta, pensarán, porque hasta el terror del cómic Frederic Werthman dedicaba unas líneas en La seducción del inocente al dúo dinámico llamándolo “el sueño ideal de dos homosexuales que viven juntos”. Pero no. Bob Kane concebió a Batman como un personaje completamente heterosexual. Es más, se vio obligado a incluir a Robin -su debú fue en el número 38 de Detective Comicsporque la editorial tenía miedo de que el tono de las historias del hombre murciélago fuera demasiado oscuro. Además proporcionaba un personaje muy útil en toda ficción en la que hay un detective de capacidades deductivas casi sobrehumanas -como Batman, Sherlock Holmes o Doctor Who-: un cuerpo sobre el que descargar toneladas de diálogo expositivo acerca del caso a resolver y el proceso de indagación.

Otra cosa es que como bien comentaba Glen Weldon en su reciente ensayo The caped crusader: Batman and the rise of the nerd culture, la representación de esa relación fraternal pueda albergar un subtexto homosexual, especialmente en una época en la que la cultura queer no tenía apenas espacio en los mass media y mucho menos en los cómics. Un público desposeído de héroes o personajes cercanos pudo encontrar en la relectura de las aventuras de Batman y Robin un espejo y un deseo en el que proyectarse. Santi Pagés

Jerjes y Leónidas (300, 2006)

A Jerjes le conocían sus colegas (y la Biblia) como Asuero. A Leónidas sus colegas le conocían como Leónidas, y punto. Ambos tuvieron vidas semejantes. El primero tuvo la mala suerte de ser el rey que cargase con la caída de su imperio: la derrota de sus ejércitos durante la segunda Guerra Médica marcó el inicio de la decadencia del imperio persa. Pero eso pasó después de que se conocieran. De hecho, el segundo fue el que tuvo la mala suerte de morir a manos del ejército del primero defendiendo el paso de las Termópilas. Al menos a Leónidas le tocó palmar con honor, pero sobre su tumba muchos verían el nombre del culpable del saqueo de Ática a manos de Jerjes. Se conocieron en batalla y su relación fue tratada con sumo cuidado por Frank Miller en 1998. Más tarde, en 2006, Zack Snyder haría de las suyas y dejaría entrever en su adaptación de la obra de Miller que la rivalidad entre ambos tenía algo más que mera rivalidad. No es de extrañar, entre tanto pecho escultural, que ambos se admirasen odiándose a muerte. Pero del amor al odio hay un paso, y al revés. Ya sabéis como va el tema:  ΜΟΛΩΝ ΛΑΒΕ. Francesc Miró

Alex y Marie (Alta tensión, 2003)

Lees «tensión», «alta tensión», en el título de una película de terror, y piensas en hora y media de angustia y nervios a flor de piel. Y aciertas, claro, aunque no tardas en darte cuenta de que la atracción que en este caso siente el personaje de Marie por el de Alex ―eso es un diminutivo de Alexia― tiene tanto peso en la historia como la repulsión que genera el asesino de la gorra; a lo mejor muy al principio puedes justificar sus acciones desde la pura amistad, pero al final no queda duda de que esa tensión del título se refiere a algo más que a silencios alternados con golpes de orquesta. Las pistas buenas están ahí, incluso antes que las falsas, y el Reino Unido nos regaló una bien hermosa y sutil cuando rebautizó el primer gran éxito de Alexandre Aja como Switchblade Romance. Andrés Abel

Killraven y Viejo Craneo (Amazing Adventures, 1973-1976)

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La década de los años setenta del siglo pasado supuso para Marvel un insólito y maravilloso desmelene creativo del que surgieron por decenas nuevos personajes y tebeos, muchos de ellos brotando del más puro delirio pop. En el número 18 de la colección Amazing Adventures dio comienzo una de esas propuestas locas: una secuela de la mítica La Guerra de los mundos de HG Wells donde los marcianos reanudaban la invasión y, ya vacunados contra la gripe, nos derrotaban. Nuestro planeta quedaba devastado por el armamento nuclear, lleno de mutantes, y los pocos humanos servían a los invasores como alimento o de entretenimiento en sangrientos espectáculos de gladiadores (guiño guiño codazo codazo). El protagonista del tebeo, el héroe, era uno de esos gladiadores, un neoespartaco rebelde llamado Killraven, cuyo uniforme original diseñado por Neal Adams es con probabilidad el más gayer de la historia, aunque fuera sin querer y sin que nadie se percatara entonces. Convertido en líder de los autodenominados Hombres Libres, acompañaban a Killraven otros dos gladiadores, M´Shulla y Viejo Cráneo, y una mujer llamada Camilla. La colección sufrió numerosos cambios hasta encontrar cierta estabilidad con el guionista Don McGregor y un primerizo Craig Russell que, años más tarde, sería el primer dibujante de este tipo de tebeos que saldría del armario, y eso explica muchas cosas. Por un lado, sorprendía que el idilio romántico con Camilla le correspondiera a M´Shulla, que además era negro. Se trataba, de hecho, de una relación interracial pionera para las viñetas de superhéroes, y quizá eso despistó lo suficiente para que la tensión homoerótica entre Killraven y Viejo Cráneo se les escapara a muchos, aunque el subtexto está ahí. A Killraven, por ejemplo, no le afectan los cantos de las jamonas sirenas mutantes ni las artimañas de seducción de las esclavas del villano Abraxas. Por su parte, Viejo Cráneo es un calvo con bigotón, escueto chaleco de piel velluda y depilado pecho al descubierto, que no hubiera desentonado como miembro de los Village People. De hecho, cuando debe asistir a una parturienta exclama preocupado que él no sabe nada de mujeres, o cuando se le comenta que quizá le altera la la presencia de mujeres hermosas responderá que no, que “ni mucho menos se trata de eso”. Siempre juntos, en combate y en reposo, entre Killraven y Viejo Cráneo hay una relación que va más allá de lo viril donde, con frecuencia, el calvorota busca consuelo en los hombros del rubiales y demuestra un sentimentalismo blando impropio de un guerrero que, en realidad, ama las flores o cocinar para su amigo. Entre Killraven y Viejo Cráneo la tensión homoerótica está ahí, agazapada pero cierta, y seguramente resuelta en el espacio entre viñetas y no en ellas, porque debía permanecer oculta del ojo censor del Comic Code norteamericano. Daniel Ausente

Peter Klaven y Sydney Fife (I love you man, 2009)

John Hamburg no es un director especialmente sutil ni con un olfato por encima de la media, pero es cierto que la inspiración le cogió trabajando en esta comedia de la (pen)última hornada de la (no tan)nueva comedia norteamericana. Te quiero, tío responde a los patrones de la comedia romántica de toda la vida: chico sale con chica, chico hace planes de boda, chico se enamora a primera vista de un colega.

Jason Segel y Paul Rudd están asombrosos y desbordan humanidad en esta bro-com con aires de Alguien como tú (1999) donde el tierno pero antisocial por torpeza Peter Klaven deberá buscar un padrino de boda, algo más o menos sencillo para cualquier ser humano medio, pero no para alguien que no tiene amigos. Y no tiene amigos porque de bueno, Peter Klaven es idiota. Sydney Fife, por su parte, es un torbellino sexual que vive en el piso de soltero más increíble de California y que aprovecha cada oportunidad que su libertad le brinda para hacer lo que le venga en gana.  Las vidas de los dos cambiarán tras un flechazo a primera vista que hará temblar los cimientos de la relación del primero y poner en peligro su boda, mientras el hombre libre asiste atónito a una nueva relación que podría privarle de su libertad… y no le parecería mal. Klaven y Fife intercambiarán instrumentos y confidencias, beberán hasta perder el sentido rodeados de loción de manos (para ya sabes qué).

I love you, man es una comedia romántica de enredos donde uno nunca sabe qué relación es la principal o qué enredo es el romántico. Lo único que sabemos es que es una comedia muy dulce sobre la amistad y las relaciones así en general. Kiko Vega

Jim Halsey y John Ryder (Carretera al infierno, 1988)

Una película que, como la inevitable Pesadilla en Elm Street II, tiene unas implicaciones complicadas. Por una parte es absolutamente imposible de entender sin tener en consideración su subtexto homosexual, hasta el punto de que uno se pregunta si todas las partes implicadas la entendieron también así. Mi teoría es que Eric Red, autor de ese guion y de muchos otros maravillosos guiones de los ochenta hizo como en otras películas suyas, como Acero azul (1990) o Los viajeros de la noche (1987): introducir una serie de lecturas sexuales con cierta turbiedad implícita (Acero azul, por ejemplo, es una excelente pieza sobre el fetichismo) que empaparon el ambiente del film. Porque esa es la segunda parte: si hay un subtexto gay en Carretera al infierno, no es especialmente complaciente, y hasta se puede leer como una advertencia: cuidado, pimpollos heterosexuales con quiénes os relacionáis. Un psicogay malvado puede subirse a vuestro coche, meteros ideas sucias en la cabeza y poner en peligro vuestra ordenadísima vida.

Es cierto que el homoerotismo de Carretera al infierno es complicado, pero gracias a Rutger Hauer, que sí que entendió todo el entrelineado que había que entender, es también fascinante. Caricias, miradas, insinuaciones sucias, una obsesión que tiene muy poco de racional y, por supuesto, esa estética polvorienta medio heredada de Mad Max y sus sádicos sexuales en cueros de la autopista. Carretera al infierno es hipnótica y peligrosa, poco complaciente y literalmente única: la relación entre sus dos protagonistas es solo otro de los muchos caramelos envenenados que contiene. John Tones.

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