[Todos a una] Todas las fiestas del mañana (y del ayer)

¡Es una fieshta! Todo está permitido, no hay reglas, es lo más cerca que podemos estar de una clausura temporal y consensuada de las normas morales y de decoro que nos impone la sociedad, y hay que aprovechar. Súbete unas birras y evita las drogas.

Es cierto que no todas las fiestas acaban bien. La resaca puede ser el menor de tus problemas en una celebración que se sale de madre. Tratándose de un tema tan sumamente jugoso y proclive a la reflexión pocha y los hurras extemporáneos, hemos pedido a nuestros colaboradores que cuenten, en este nuestro post colectivo semanal, la fiesta más destructiva y abracadabrante que recuerden. Estas son las memorias carnavalescas más excesivas que tienen.

Braindead, tu madre se ha comido a mi perro (Peter Jackson, 1992)

A estas alturas, es difícil que alguien desconozca la obra maestra del director de la saga de El señor de los anillos (2001-2003). Y no me refiero a Criaturas celestiales (1994). Braindead, tu madre se ha comido a mi perro es un clásico del género gore, cosa que, en los noventa, ya era posible. El desmembramiento como gag llegó a su cumbre en el tercer acto de esta gamberrada delirante: la fiesta de inauguración del piso que el tío de Lionel le acaba de arrebatar no podía terminar de forma más explosiva. Los invitados de esta fiesta de los años cincuenta comienzan a convertirse en zombies y a descuartizar a los demás. Una auténtica orgía de sangre, tripas y sketches salidos de una película de dibujos animados de Tex Avery pasada de rosca. Un clímax de media hora descerebrada y pringosa donde ser hecho pedazos por un cortacésped no puede ser peor que una fiesta de las de toda la vida, de las de bailar en grupo Saturday night o Gangnam style en su momento álgido. Jorge Loser

Jo, ¡qué noche! (Martin Scorsese, 1985)

Paul Hackett (Griffin Dunne) acaba su jornada laboral en un Nueva York somnoliento. Un encuentro fortuito con Marcy Franklin (Rosanna Arquette) deviene en un periplo noctámbulo donde descubre a escultores sadomasoquistas, mujeres enamoradizas y bármanes caraduras. De tono naturalista e interpretación libérrima, parece un filme de la nouvelle vague… incrustado en un tiempo en el que Martin Scorsese se hacía más y más efectista.

Este trayecto agónico, excesivo para un informático (y más para los nerds de aquellos tiempos), es un descenso juguetón a los infiernos donde se enfrenta a sexo pocho, suicidios e improvisados peluqueros punkis. Uno de los mejores y más olvidados testimonios del Nueva York de The Warriors (1979), donde las fiestas no acababan nunca, la cocaína tampoco y la delincuencia no tenía un Mike Haggar redentor. Luego llegó Rudolph Giuliani y convirtió Nueva York en un parque temático de Starbucks dominado por las tolis de Sexo en Nueva York (1998-2004). Julio Tovar

Bona nit de Juerga Catalana (Albert Pla, 2008)

Si no te quieres pasar cuatro o cinco días sin dormir y meterte en la cama drogado y con una borrachera monumental, lo mejor será que no le digas nada a Albert Pla si te lo encuentras un día por la calle. De eso sabe mucho un tal Quimet, un señor de Isona protagonista de esta canción, que salió a tirar la basura, se encontró con él y le propuso salir a tomar una copa. ¡Pobre iluso! Lo que en un principio iba a ser una copa e irse a dormir pronto, acaba con un tour salvaje por la geografía catalana con parada en distintos pueblos y ciudades. Un extraño periplo con ingestión de drogas (porros, cocaína y setas alucinógenas), alcohol, sexo con personas desconocidas, robos de vehículos y tiroteos con la policía con muertos incluidos. Roser Messa

Hop Frog (Edgar Allan Poe, 1849)

hopfrog

Siempre que una ficción tiene un baile de máscaras, sabemos que algo grave va a ocurrir. En parte se lo debemos a Edgar Allan Poe y relatos como La máscara de la muerte roja (1842), El barril del amontillado (1846) o, el que nos ocupa, Hop Frog o los ocho orangutanes (1849). La historia de un bufón enano que engaña a siete crueles cortesanos y a su propio rey para disfrazarse de orangutanes, atarlos a todos con una cadena, ahorcarlos y prenderles fuego ante los presentes en la mascarada. No sólo un total acto de venganza y rabia, sino una escenificación donde las víctimas son degradadas, privadas de su libertad y sentenciadas ante el rechinar de dientes del enano. Poe podría haber escrito esta historia como respuesta a los rumores que sus enemigos del círculo literario de Nueva York propagaban sobre sus avances amorosos. Así, el escritor rendía cuentas a través de un grotesco alter ego y lanzaba una tea encendida en el centro mismo de quienes, en sus despreocupados ambientes, habían osado burlarse de sus más honestos sentimientos. Huyendo, por la claraboya, bufón y escritor abandonan este mundo con una última y siniestra carcajada. Henrique Lage

El gran Gatsby (F. Scott Fitzgerald, 1925)

Nadie hace fiestas como Jay Gatsby. Al menos, no en Nueva York. Puedes acercarte, no hay necesidad de invitación, y así disfrutar de su orquesta en vivo que toca éxito tras éxito siempre en clave de jazz. Y sin olvidar el charlestón. Nunca has visto una barra libre con tanto licor ni comida en tanta abundancia. En la mansión de Gatsby, los peces gordos, los políticos y los banqueros festejan con los humildes, y sus secretos más oscuros no tardan en salir a la luz. Todos menos uno. El secreto del anfitrión. Las fiestas semanales de Gatsby son sólo fachada y anzuelo que pretenden ocultar los orígenes del millonario a la vez que reunirlo con su amor de juventud: la rica y privilegiada Daisy Buchanan.

El gran Gatsby es la novela más reconocida de F. Scott Fitzgerald, considerado uno de los grandes novelistas indispensables de la literatura americana. Al igual que Gatsby (aunque con muchos menos ingresos), Fitzgerald era reconocido en la sociedad neoyorkina como un amante de la diversión. Nadie duda de que escribía sobre lo que bien conocía. Marta Trivi

Project X  (Nima Nourizadeh, 2012)

Cuando creímos haberlo visto todo en materia de fiestas adolescentes que se salen de madre, llegó Project X para dislocar mandíbulas y romper manos de tanto aplaudir. Bajo el amparo y producción de Todd Phillips, dios de la comedia yanqui irreverente, Nima Nourizadeh y Michael Bacall, director y guionista respectivamente, firmaron una obra maestra del despendole teen en clave de found footage pasadísimo de vueltas. La película no solo es una oda al comportamiento irresponsable como signo de madurez –sí, un oxímoron en toda regla-, sino también una bola de nieve que a medida que avanza, gana en barbarie, épica y tamaño. Una fiesta montada por tres geeks en busca de popularidad que empieza con una gran borrachera y un desvirgamiento, y acaba como una manifestación anti-sistema-post-apocalíptica con lanzallamas incluido. Xavi Sánchez Pons

Skins Secret Party (Bryan Elsley, 2007)

A los que vivimos Skins (2007-2013) como un pequeño oasis adolescente en mitad de una búsqueda de referentes pop, muchos recordamos sus fiestas llenas de alcohol y vacío existencial. Su historia se desarrollaba en bloques de dos temporadas que contaban la historia de una generación de jóvenes de Bristol. Pues bien, a mitad de las aventuras de la primera generación, la buena, se celebró una fiesta sin parangón. Se trataba de algo que anunciaron como “minisode”, pero que no era más que un corto realizado entre el vacío del estreno de nuevos capítulos: una ficción promocional que recuperaba a los personajes para llevarlos a una fiesta llena de alucinaciones, enanos, thriller y setas. Por aquél entonces un servidor tenía quince años y, con el final que había tenido la anterior temporada, cualquier oportunidad para volver a ver a su protagonistas era agua de mayo. Y más si quien ponía la música era Foals, un grupo desconocidísimo que aún tardaría un año en publicar su primer disco (Antidotes, 2008). Quién nos iba a decir que los chavales que tocaban en aquel corto serían capaces de parir, pocos años después, ese discazo que es Holy Fire (2013).

Quienes amamos la serie, como se aman las cosas de las que fuiste fan a los quince, compartimos un entretenimiento secreto: ver qué hacen hoy todos los actores que tú conociste entonces. Es entretenido descubrirles en Slumdog Millionaire (2008), Juego de Tronos (2011-),  El corredor del laberinto (2014) o Mad Max: Furia en la carretera (2015). Un placer de codazo cómplice. Francesc Miró

El centesimodecimoprimer cumpleaños de Bilbo Bolsón – El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo (J.R.R. Tolkien, 1954)

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Bilbo Bolsón cumple ciento once años el mismo día que su sobrino Frodo cumple los treintaitrés, y a modo de celebración pretende dar un festín por todo lo alto. Para la ocasión ha convocado a prácticamente toda La Comarca, ha preparado ríos de cerveza y vino, y alguna que otra sorpresa. Su fiesta es en cierto modo la respuesta de la Tierra Media a Project X – tiene todo lo que necesita un auténtico desmadre: fuegos artificiales, litros y litros de bebercio de toda clase y color, locos bailes, y la misteriosa desaparición del anfitrión. El mismísimo Gandalf, siervo del Fuego Secreto y administrador de la Llama de Anor, que podría andar codeándose con los elitistas miembros de los cónclaves Élficos o entre las altas esferas los señores de Gondor, opta por venir a desfasar a La Comarca. ¿Por qué? Porque sabe que nadie en toda la Tierra Media ni en todas las edades de los hombres sabe montar un fiestote como Bilbo. Además, ¿quién no sueña con tomarse una birra con el señor Ganapié? Lewis of Peter

Andrew W.K. – We Want Fun (2002)

Con un repertorio que incluye títulos como The Party God, It’s Time to Party, Party til You Puke o, por supuesto, Party Hard, podría haber escogido casi cualquier himno del fundador de The Party Party para la cuchipanda de hoy (salvo tal vez Kill Yourself). Si he optado por esta versión de We Want Fun ha sido por tres motivos: el primero es que el videoclip muestra una fiesta literal (recordemos que para Andrew la fiesta es sobre todo una actitud ante la vida); el segundo, que en ella se celebra el estreno de la primera película de Jackass, poderoso símbolo también del tema que nos ocupa, y una oportunidad de oro para hacer confluir en tu pantalla un panteón entero de dioses de la farra (recordemos asimismo que el personaje entangado de Chris Pontius se llama Party Boy). Y, claro, el vídeo fue realizado por Jeff Tremaine y Spike Jonze, lo cual nos lleva a mi tercer motivo, y un acicate en mi existencia tan poderoso como la propia filosofía uvedoblekiana: recordarle al mundo cada vez que puedo que el director de Adaptation (2002) y Her (2013) es uno de los capos de Jackass. Larga vida a la Fiesta. Andrés Abel

Fiesta Toga de Desmadre a la americana (John Landis, 1978)

En cuestión de juerga y desenfreno no hay mejor apuesta que la Fiesta Toga de la mítica Desmadre a la americana, pieza fundacional de la comedia estudiantil norteamericana. El enfrentamiento entre dos hermandades universitarias convertidas casi literalmente en encarnaciones de las fuerzas del Caos y el orden sirvió para que John Landis pusiera los cimientos que aún hoy sustentan el subgénero. Cuando los miembros de Delta House, aguerridos dinamiteros del orden establecido, se ven acosados y sin escapatoria, tomarán una decisión ejemplar: montar una fiesta. Y no una fiesta cualquiera, una Fiesta Toga. Envueltos en sábanas u con coronas de laureles, a mayor gloria de las bacanales romanas, descubrirán que no hay mejor solución para los problemas que el desenfreno bailongo de un Shout como Dios manda que remite directamente a un concierto de los Fleshtones. La hostia, vamos. Esto debería ser suficiente para hacer de la Fiesta Toga de Desmadre a la Americana la más memorable celebración lúdica de la historia del cine, pero por si acaso queda alguna duda: como sabrán, si hay una figura deplorable en toda fiesta es el idiota que se pone a tocar la guitarra a las primeras de cambio. Ante eso, John Belushi, deidad canina por excelencia, lo tenía muy claro: nada mejor que cortar por lo sano con inusitada violencia y hacer añicos la guitarrita de los cojones. Daniel Ausente

Despedida de soltero (Neal Israel, 1984)

Nick el rabo, el guerrero americano, gafas de tres dimensiones con gelatinas de colores, un autobús escolar para pervertidos, Tawny Kitaen y un burro. Un maldito burro farlopero. No nos engañemos, las fiestas ya no son lo que eran por mucho que nos empeñemos en pinchar encargando a un nuevo DJ y actor popular la música de la fiesta y por excelente que sea la droga de diseño que alguien se inventó anoche. El cine antes del SIDA era muy divertido. Bueno, en realidad todo antes de la maldita plaga lo era, no tienes más que ver la filmografía de Tom Hanks antes y después de la enfermedad.

Despedida de soltero es al cine de la farra, de la guasa entre amigotes, lo que Porky’s a los calores pélvicos de nuestra etapa iniciática: mito y leyenda y el paso a seguir al terminar la universidad. Neal Israel, por aquel entonces valor seguro de la comedia americana (Loca academia de policía, Escuela de genios), se sacó de la chistera una reinterpretación de Romeo y Julieta donde los amantes mantienen una relación de armonía sexual y culinaria que choca con los intereses de la familia de la chica, claro, que no quieren a un gañán como yerno. Algo comprensible si uno observa cómo juega al tenis. Además, quién no ha terminado una noche loca así¡Cocodrilo! Kiko Vega

Casino Royale (John Huston, Kenneth Hughes, Val Guest, Robert Parrish y Joseph McGrath, 1967)

¿Puede una película con cinco directores acabar de otra forma que como el rosario de la aurora? La historia del rodaje de Casino Royale es fascinante. Cuando Ian Fleming vendió los derechos de su primera novela con James Bond de protagonista no podía imaginarse que al menos ocho guionistas -entre los que se contaban Woody Allen y Billy Wilder– y los excesos y caprichos de Peter Sellers (protagonista, por cierto, de la gran ausente de esta lista, El guateque) y Orson Welles transformarían su obra en una extravaganza, en un monumento al sinsentido que representaría el delicioso culmen al cine de espías. Un juggernaut repleto de rutilantes estrellas –David Niven, Ursula Andress, Deborah Kerr, Jacqueline Bisset, John Huston, William Holden, Jean-Paul Belmondo y Charles Boyer además de los mencionados Seller, Allen y Welles– que terminan por encontrarse en la fiesta en el casino con la que concluye la película. Woody Allen se ha tragado un compuesto a causa del que todo saltará por los aires al llegar a cien hipos. Mientras David Niven, es decir, 007, intenta desalojar el local se monta una pelea de proporciones desmesuradas en la que intervienen una partida de vaqueros que dispara pelotas de ping pong, focas que aplauden, monos con peluca, indios que se tiran en paracaídas con forma de tipi y la legión extranjera, y en la que hay pistolas que disparan hacia atrás, muchachas pintadas de oro y una ruleta de juego voladora y que suelta pompas de jabón. ¿Ustedes entienden algo? Yo tampoco. Ni nadie cincuenta años después de su estreno. Santi Pagés

The Birthday (Eugenio Mira, 2004)

Cuanto más tiempo pasa, más rara y retorcida resulta The Birthday. Una auténtica obra alienígena en cuyo interior, sin embargo, palpita el honesto deseo de ser comercial y accesible, como las películas familiares de los ochenta a las que hace continuos guiños desde su reparto, ambientación y planteamiento. Pero no: esta historia de la celebración del cumpleaños del suegro del protagonista que acaba con un montón de gente bramando ‘¡Teke-lili!’ o algo peor en una de las conclusiones más caóticas, memorables, inesperadas y demenciales de la historia del fantástico (¡fiesta!) es un auténtico disparate que, como esa Society (1989) a la que tanto me recuerda de rebote, plantea una fiesta como el arranque del fin del mundo. Entre tartamudeos, tropiezos, gente no invitada, broncas que nadie se espera y crisis de pareja en el peor momento. La típica fiesta. John Tones

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