[Todos a una] Todo gran libro tiene un gran principio: estos son algunos de los mejores

Esta vez, vamos a dejar que hablen otros. En esta semana tan literaria conmemoramos los mejores inicios de la literatura: párrafos concisos, parrafadas verborreicas, resúmenes de todo lo que viene después, despistes que no tienen nada que ver con lo que viene después... Así comienzan (algunos de) nuestros libros favoritos.

Se dice que el principio de un libro dicta por dónde van a ir los tiros en el resto del volumen. No siempre tiene por qué ser así. O quizás sí, pero camuflado. Da igual: en una semana tan significativa para el mundo literario como ésta, agarramos nuestros volúmenes predilectos y transcribimos sus primeras líneas. Si están a la altura de lo que viene después es algo que les toca juzgar a ustedes. Y si no lo saben porque no los han leído… ya saben lo que toca.

 

tale

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.

Historia de dos ciudades (1859), Charles Dickens. Carolina Velasco

 

billy

He aquí los muertos.

(A manos mías)
Morton y Baker, amigos de otros tiempos.
Joe Bernstein. Y tres indios.
Un herrero, a cuchillo, cuando sólo tenía yo doce años.
Cinco indios en defensa propia (al abrigo de una roca segura).
Un hombre que me mordió en un atraco.
Brady, Hindman, Beckwith y Joe Clark,
El agente Jim Carlyle y el Ayudante del Sheriff J. W. Bell.
Bob Ollinger. Un gato enfurecido
y pájaros en prácticas de tiro.

 

He aquí los muertos.

(A manos de ellos)
Charlie, Tom O’Folliard
El brazo reventado de Angela D.
                                         y Pat Garrett,
que me arrancó la cabeza.
La sangre mi collar toda la vida.

Las obras completas de Billy el Niño (1970), Michael Ondaatje. Jesús Rocamora

 

kingkong

Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece un asunto más interesante que ningún otro.

Teoría King Kong (2006), Virginie Despentes. Elisa McCausland

 

magritte

1.Y de pronto una voz, mirada, un gesto
tropieza con mi idea de mí mismo
y veo aparecer en el espejo
a un ser inesperado, insospechado,
que me mira con ojos que son míos.

Ese desconocido que soy yo.
Ese al que los demás se dirigían
al dirigirse a mí, sin yo saberlo.
Ese irreconocible ser inmóvil
que inspecciona mis rasgos hoscamente.

En vano apremio al otro, el verdadero,
a aquel que unos segundos antes yo era.
Sólo está frente a mí, con ceño adusto,
ese desconocido inesperado
que me mira con ojos que son míos.

Destrucción de la mañana (2001), José María Fonollosa. Ignacio Pablo Rico

 

ews-mask

«Veinticuatro esclavos morenos remaban en la espléndida galera que llevaba al príncipe Amgiad al palacio del Califa. El príncipe, sin embargo, envuelto en su manto de púrpura, estaba echado en cubierta bajo el cielo de la noche, de un azul oscuro y tachonado de estrellas, y su mirada…»

Hasta entonces la pequeña había leído en voz alta; ahora, casi de pronto, se le cerraron los ojos. Sus padres se miraron sonriendo, Fridolin se inclinó sobre ella, le besó el rubio cabello y cerró el libro, que descansaba sobre la mesa todavía por recoger. La niña pareció haber sido sorprendida en falta.

Relato Soñado (1926), Arthur Schnitzler. Julio Tovar

 

Shrinking-Man

Al principio pensó que era una ola sísmica, pero entonces advirtió que podía ver el cielo y el océano al otro lado. En cuestión de instantes, una cortina de agua se precipitaría sobre la embarcación. Estaba tomando el sol sobre el tejado de la cabina. Había sido una coincidencia que se hubiera incorporado sobre el codo y la hubiera visto venir…

El increíble hombre menguante (1956), Richard Matheson. Kiko Vega

 

InvertedWorld

Yo había cumplido las seiscientas cincuenta millas de edad.

El mundo invertido (1974), Christopher Priest. Santi Pagés

 

cthulhu

Lo más piadoso del mundo, creo, es la incapacidad de la mente humana para relacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares de infinitud, y no estamos hechos para emprender largos viajes. Las ciencias, esforzándose cada una en su propia dirección, nos han causado hasta ahora poco daño; pero algún día el ensamblaje de todos los conocimientos disociados abrirá terribles perspectivas de la realidad y de nuestra espantosa situación en ella, que o bien enloquecemos ante tal revelación, o bien huiremos de esa luz mortal y buscaremos la paz y la seguridad en una nueva edad de tinieblas.

La llamada de Cthulhu (1926), H.P. Lovecraft. Jorge Loser

 

SubastaLote49

Una tarde de verano, al volver de una fiesta organizada por Tupperware donde la anfitriona había puesto quizá demasiado kirsch en la fondue, la señora Edipa Maas se enteró de que la habían nombrado albacea de la herencia de un tal Pierce Inverarity, un magnate californiano de las inmobiliarias que cierta vez había perdido dos millones de dólares en su tiempo libre pero cuyos restantes bienes eran aún lo bastante numerosos y complicados como para que el trabajo de clasificarlos fuese algo más que simbólico. Edipa se detuvo en la sala de estar y, bajo la atenta mirada del ojo apagado y verdoso de la pantalla del televisor, invocó el nombre de Dios y se esforzó por sentirse embriagada al máximo. No dio resultado. Pensó en la habitación de cierto hotel de Mazatlán cuya puerta se había cerrado de golpe, por lo visto definitivamente, despertando a doscientos pájaros que dormitaban en el vestíbulo; en un amanecer en la cuesta de la biblioteca de la Universidad de Cornell que nadie más había visto porque dicha cuesta daba a poniente; en una melodía triste y sin adornos del cuarto movimiento del Concierto para Orquesta de Bartók; en un busto encalado de  Jay Gould que Pierce tenía sobre la cama, en un anaquel tan estrecho que a ella siempre le asaltaba el temor de que se les cayera encima. ¿Habría muerto así, pensó, sumido en sueños, aplastado por la única escultura de la casa? Sólo se le ocurrió echarse a reír, a carcajadas, con impotencia: qué morbosa eres, dijo para sí, o para la habitación, que estaba al tanto.

La subasta del lote 49 (1966), Thomas Pynchon. Mariano Hortal

 

cosas-que-los-nietos-deberian-saber-everett

Conducía por la negrísima noche de Virginia sobre la cinta de asfalto perfectamente plana que en otra época había ocupado la vía del tren. Cuando llegué al puente elevado que cruza la cañada, me puse a pensar en los detalles de la noche en la que acabaría despeñándome por él. Estaba convencido de que no viviría hasta cumplir los dieciocho, y por eso no me había molestado nunca en hacer planes de futuro. Los dieciocho habían llegado y pasado hacía un año, y yo seguía respirando. Y las cosas iban a peor.

Verano de 1982. Ese calor repugnante, húmedo, pegajoso con el que la espalda de la camisa se empapa con solo salir a dar una vuelta con el coche. Al novio de mi hermana Liz se le cruzaron los cables una noche en la cocina de casa y me atacó con un cuchillo de carnicero. Poco después, Liz intentó suicidarse, la primera de una larga lista de tentativas. Se tragó un puñado de pastillas. El corazón se le paró justo cuando llegábamos al hospital, pero consiguieron reanimarla.

Cosas que los nietos deberían saber (2008), Mark Oliver Everett. Roser Messa

 

cronica-de-una-muerte-anunciada1-gabriel-garcia-marquez

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. «Siempre soñaba con árboles», me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato. «La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros», me dijo. Tenía una reputación muy bien ganada de interprete certera de los sueños ajenos, siempre que se los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las mañanas que precedieron a su muerte.

Tampoco Santiago Nasar reconoció el presagio.

Crónica de una muerte anunciada (1981), Gabriel García Márquez . Francesc Miró

 

lolita

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.

Lolita (1955), Vladimir Nabokov. Lewis of Peter

 

barker

Los muertos tienen autopistas.

Infalibles líneas de trenes fantasma, de carruajes de ensueño, atraviesan las tierras baldías detrás de nuestras vidas, soportando un tráfico interminable de almas difuntas. Sus tañidos y latidos pueden oírse en los lugares rotos del mundo, a través de grietas producidas por actos de crueldad, violencia y depravación. Su carga, los muertos errantes, puede vislumbrarse cuando el corazón está a punto de estallar y aquellas escenas que debieran estar escondidas se presentan con total claridad.

Tienen señales, estas autopistas, y puentes y áreas de descanso. Tienen casetas de peaje e intersecciones.

En estas intersecciones en las que las multitudes de muertos se mezclan y cruzan es donde esta autopista prohibida tiene más posibilidades de desbordarse y penetrar en nuestro mundo. El tráfico es denso en los cruces de caminos y las voces de los muertos están en su momento más estridente. Aquí las barreras que separan una realidad de la otra se desgastan con el paso de innumerables pies.

Libros de sangre (1984), Clive Barker. Xavi Sánchez Pons

 

We-Have-Always-Lived-in-the-Castle

Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.

Siempre hemos vivido en el castillo (1962), Shirley Jackson. Daniel Ausente

 

ardientesecreto

La locomotora emitió un grito ronco. Había alcanzado el Semmering. Durante un minuto los negros vagones descansaron en la luz plateada de las alturas, arrojaron unas cuantas personas, se tragaron otras, unas voces enojadas cruzaron de un lado a otro, después la máquina enronquecida volvió a gritar allí delante y, traqueteando, arrastró la oscura cadena hacia abajo, en dirección a la entrada del túnel. Nítido, extenso y con fondos claros, barridos por el viento húmedo, volvió a aparecer el paisaje.

Ardiente secreto (1911), Stefan Zweig.  Henrique Lage

 

the-gunslinger

El hombre de negro huía a través del desierto, y el pistolero lo perseguía.

La Torre Oscura I: El pistolero (1982), Stephen King. Andrés Abel

 

rayuela

Lo de Pola fueron las manos, como siempre. Hay el atardecer, hay el cansancio de haber perdido el tiempo en los cafés, leyendo diarios que son siempre el mismo diario, hay como una tapa de cerveza apretando suavemente a la altura del estómago. Se está disponible para cualquier cosa, se podría caer en las peores trampas de la inercia y el abandono, y de golpe una mujer abre el bolso para pagar un café crème, los dedos juegan un instante con el cierre siempre imperfecto del bolso. Se tiene la impresión de que el cierre defiende el ingreso a una casa zodiacal, que cuando los dedos de esa mujer encuentren la manera de deslizar el fino vástago dorado y que con una media vuelta imperceptible se suelte la traba, una irrupción va a deslumbrar a los parroquianos embebidos en pernod y Vuelta de Francia, o mejor se los va a tragar, un embudo de terciopelo violeta arrancará al mundo de su quicio, a todo el Luxembourg, la rue Soufflot, la rue Gay-Lussac, el café Capoulade, la Fontaine de Médicis, la rue Monsieur-le-Prince, va a sumirlo todo en un gorgoteo final que no dejará más que una mesa vacía, el bolso abierto, los dedos de la mujer que sacan una moneda de cien francos y la alcanzan al Père Ragon, mientras naturalmente Horacio Oliveira, vistoso sobreviviente de la catástrofe, se prepara a decir lo que se dice en ocasión de los grandes cataclismos. —Oh, usted sabe —contestó Pola—. El miedo no es mi fuerte.

Rayuela, comienzo del Libro 2 (1963), Julio Cortázar. Elena Rosillo.

 

psychotronic

La Psychotronic Encyclopedia of Film celebra la existencia de más de 3.000 películas a menudo tratadas con indiferencia o desprecio por otras guías cinematográficas. Muchas de ellas se consideran cine de explotación. Algunas de ellas se hicieron con presupuestos tan imposiblemente bajos que nunca se han estrenado a través de canales regulares de distribución. Muchas son consideradas ahora clásicos o películas de culto a pesar de una respuesta crítica negativa o de fracasos de taquilla. Los críticos que buscan arte condenan la mayoría de estas películas por las mismas razones por las que millones de espectadores continúan disfrutándolas: violencia, sexo, ruido, y a menudo, escapismo descerebrado.

The Psychotronic Encyclopedia of Film (1989), Michael Weldon. John Tones

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3 comentarios

  1. Malasanya dice:

    "Llamadme Ismael. Hace algunos años, encontrándome con muy poco o ningún dinero en el bolsillo y sin nada de particular en tierra que tuviera especial interés para mí, se me ocurrió ponerme a navegar con el fin de ver la parte acuosa del globo terráqueo." Moby Dick de Melville. No es muy original (citarlo), pero sigue sonando bastante bien.

  2. Alexavenger dice:

    El Amante, Marguerite Duras.
    "Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde"

  3. Louco dice:

    « El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón y vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.

    Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas como esa. Durante cincuenta y seis años – desde cuando terminó la última guerra civil – el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaba. »

    El Coronel no tiene quien le escriba, Gabriel García Márquez.

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