[Todos a una] Todos somos niños terribles

En la redacción de CANINO somos, principalmente, de gatos. Con todo lo que eso conlleva. Pero eso no quiere decir que los niños (y los perros) no nos agraden. De hecho nos parece que los niños son un elemento que, en la ficción, bien aprovechado y esquivando los horribles tópicos de rigor, vienen estupendo para narrar lo inenarrable.

Por eso cuando hemos pedido a la redacción de CANINO que escojan a sus niños favoritos, muchos nos han presentado enigmas: reflejos inesperados de adultos o contrarios a sus mayores hasta extremos insondables, niños que nos cuestionan y que nos hacen echar de menos una infancia que, en realidad, nunca existió. Hay un poder telúrico e indomado en cada niño, que algunos entienden como esa quimérica inocencia que está aún sin corromper, y que otros interpretan como una cosa inexplicable que aquí, desde luego, no vamos a explicar. Nos conformamos con observar. Estos son nuestros niños y niñas favoritos.

El-pequeño-Nicolás-380x372

El pequeño Nicolás (1959) – Que René Goscinny era el mejor guionista de tebeos del pasado siglo no debería sorprender a nadie; que también era un excelente escritor quizá sea más una novedad. El pequeño Nicolás, de triste fama en España por un trepita random, es su adorable y malicioso retrato de la infancia. Entre el gordo Alceste, el burgués Godofredo (con todos los juguetes) y el pedante Agnes, Nicolás -una especie de niño sin atributos- vive los primeros sentimientos de envidia, amor y drogas. Bueno, no exageremos: solo se intoxica con un cigarro. Un libro tierno por dentro, pero con no poco picante gracias a la ironía de mi humorista judío favorito. Julio Tovar

 

WaspFactory3

Frank – La fábrica de las avispas – Iain Banks (1984). Sobre el papel, no hay nada especialmente alarmante ni sobrecogedor en la primera novela de Iain Banks: tenemos el clásico diario de un jodido asesino en serie con graves problemas emocionales, inteligencia por encima de la media y criado en un ambiente nada propicio para la felicidad. Además, somos testigos de una importante cantidad de elaborados asesinatos, alguno de ellos realmente inauditos (y no pondré ejemplos por si no has leído la novela) y varias manías personales que sitúan a Frank a la altura de los más grandes. Lo que diferencia a Frank (personaje ficticio, eh) de otros como Ted Bundy, Ed Gein o José María Aznar, y lo que hace de la novela una obra maestra, es la edad de su protagonista: Frank es un puñetero niño. Sin trampa ni cartón. Kiko Vega

 

Mei – Mi vecino Totoro (1988). Mei tiene 5 años y no tiene miedo a nada. Ni a la oscuridad, ni al bosque, ni a los extraños trolls que habitan en su nueva casa de campo a los que incorrectamente llama “totoros”. Lo único que empaña la idílica vida de Mei es la ausencia de su madre, ingresada en el hospital debido a una misteriosa enfermedad. Pero eso no parará a la niña. Dispuesta a hacer todo lo posible porque su madre vuelva a casa terminará perdida mientras cae la noche y sólo su intrépida hermana Satsuki, con la ayuda de los espíritus del bosque, podrán ayudarla.

Mi vecino Totoro fue la cuarta película de Hayao Miyazaki, un fracaso comercial en su momento que, con el paso de los años, adquirió categoría de clásico de la animación consiguiendo que su Rey Totoro se convirtiera en la imagen de marca del Studio Ghibli. Mei y su hermana Satsuki son niñas aventureras y activas. Protagonistas, en una época donde ese papel estaba reservado mayoritariamente a chicos. Marta Trivi

 

charliebrown

Charlie BrownPeanuts (1950-2000). Charlie Brown, conocido como Carlitos por aquí,  en realidad hizo su primera aparición en 1948 en otra tira cómica del propio autor llamada  Li’l Folks, pero su puesta de largo tuvo lugar dos años después con la llegada de Peanuts;  todo ello a pesar de que más adelante fuera más conocido Snoopy, su mascota, que el propio dueño. Independientemente de este hecho, es imposible no sentirse subyugado por la personalidad este niño gentil, inocente y de buen corazón. Charles M. Schultz pintó como nadie las contradicciones de la infancia, los cambios de ánimo, sino que fue capaz de personalizar el fracaso aparente en la figura de Charlie, aparente porque el personaje está dotado de una perseverancia y optimismo en contra de cualquier frustración. No importaba las veces que se cayera, el protagonista de Peanuts siempre se levantaba de nuevo para intentarlo otra vez.  No dudo que Schultz buscara en sus tiras un paradigma del sueño americano pero, para mí, Charlie Brown sirvió para reflejar con un magnífico buen humor la infancia, esa etapa que tanto nos aterroriza a los padres a la hora de comprender a nuestros retoños. Su relectura me va provocar no pocos momentos gozosos. Mariano Hortal

 

Angelito gugu

Angelito (1964). La mente y la mano de Manuel Vázquez crearon, en los años sesenta, a un bebé tan malvado que hasta robaba a los pobres. Le puso de nombre Angelito… ¡irónicamente, claro! Físicamente, el niñito no aparentaba más de dos años. Tenía cuatro pelos, un par de dientes, llevaba chupete, pañal y ni siquiera caminaba, sino que se trasladaba de un lugar a otro dando saltitos en el interior de un capazo. Tampoco sabía hablar y lo único que atinaba a decir era… «¡Gu-gú!» En cambio, su aspecto poco tenía que ver con su actitud punki-gamberra: engañaba a las señoras que lo veían como un inocente bebito abandonado, puteaba a los ancianos y se reía de todo y de todos. Así era Angelito cuando Vázquez lo creó. Luego su actitud cambió y lo transformó en un ser algo más dulce, con un sentido del humor absurdo y que solo la emprendía con quien quisiera hacerle daño, aunque nunca dejó de ser rebelde. Roser Messa.

 

Miércoles Addams – La familia Addams (1938-). Su creador, Charles Addams, la describió como «sensible y callada, amante de los pícnics y las excursiones a las cuevas subterráneas», y nuestra Carolina Velasco se ha referido a ella como «la única niña a la que no me daría grima parir si me reprodujera». Bautizada cuando el clan dio el salto del papel a la pequeña pantalla, a partir de una vieja nana que asocia cada día de la semana con una clase de temperamento (adivina cuál es el difícil), sería entre las trenzas de Christina Ricci donde la niña de los pesares acabaría de convertirse en modelo de conducta para jóvenes siniestros y nihilistas ya talluditos. Básicamente, Miércoles vive su fascinación por el abismo sin aguantar mierdas de nadie. Y acuñó la respuesta perfecta para cuando te preguntan por qué vas vestido como si alguien la hubiera palmado: «Espera». Andrés Abel.

 

Joselito – El Pequeño Ruiseñor (1956). España siempre ha ido un país encantado con la idea de explotar niños. Lo que Antonio del Amo vio en aquel chavalín fue la oportunidad de crear un símbolo. Joselito fue, es y será un personaje de ficción eterno, un niño condenado a tener nueve años hasta el fin de los tiempos, la representación de lo peor y de lo mejor del folletín español de mediados de los cincuenta que dejó una huella imborrable en el subconsciente colectivo. “Mira, una película de Joselito”, que decían las abuelas y no tan abuelas, entendiendo en un solo instante todo un universo de referencias, sensiblerías y lágrimas. Huérfano, buscando la caridad de una sociedad sumida en la miseria, Joselito lo tenía todo: cantaba y daba pena. No es casualidad que otro niño de la ficción española, Manolito Gafotas recogiera el testigo de Joselito e interpretase La Campanera en la excelsa adaptación de la obra de Elvira Lindo por Miguel Albaladejo (2001). Jose Manuel Sala

 

La Pandilla del Monstruo – Una pandilla alucinante (1987) Los pesaditos de la E.G.B. que nacimos en los ochenta hemos dejado ya claro que nuestra definición generacional pasa por Los Goonies (1985). Y sí, a todos nos gustaba imitar a Gordi, Bocazas, Data o Sloth. Pero durante esa época, en mi cabeza, había una disyuntiva: o eras de los Goonies o eras de la Pandilla del Monstruo. Supongo que en algún momento creé una línea que separaba la humanidad en dos clases, los que elegían a los de Astoria o los que preferían la ensalada de monstruos clásicos de Una Pandilla alucinante. Algo así como el Oasis/Blur de los noventa. El problema es que no conocía a nadie que estuviese conmigo. Cuando la ví en una sesión matinal de un caluroso sábado de primavera, supe que era mi nueva película favorita. Es lo que le pasa a los niños que en párvulitos ya dibujan Dráculas y vampiros. Ver en pantalla a otros niños que llevan camisetas que ponen Stephen King mola” y discuten sobre cómo se debe matar al hombre lobo te hace replantearte tus ídolos infantiles. Luego crecí y entendí porqué me gustaba tanto. ¿Un guión de Shane Black, efectos de Stan Wiston y Fred Dekker dirigiendo? Hito, mito y de cabecera hasta la tumba. Jorge Loser

 

Totò – Cinema Paradiso (1988). Tendría unos cinco años cuando se coló por primera vez en el Cinema Paradiso. A su edad, claro, pensó que las imágenes que allí se proyectaban eran algo muy cercano a la magia. O magia misma en estado puro. Un viejo proyeccionista le dijo que aquello no era magia, era arte, y Totò descubrió entonces la pasión que le guiaría hasta el día de su muerte. En la eterna película de Giuseppe Tornatore, y en la infancia de su protagonista, un servidor vió su viva imagen, aunque coleccionase recortes de revistas de cine y él recortes de la censura eclesiástica. Año tras año, vuelvo a visitar el Cinema Paradiso sin atisbo de descenso de admiración por una película que siempre me emociona. Como Totò viendo el encadenado de besos que son historia del cine viva. Lágrima y pasión. Francesc Miró

 

Pippi Calzaslargas (1945). Pippilotta Viktualia Rullgardina Krusmynta Efraimsdotter Långstrump: casi nada con el nombre. La pelirroja nacida de la imaginación de Astrid Lindgren no sólo se metió en el bolsillo a toda una generación de niñxs en España, sino que sigue siendo uno de los personajes más populares en el norte de Europa. En una España en que a la mujer se le pedía que fuera devota madre y amantísima esposa, tener un ejemplo de niña fuerte, independiente y que hace lo que le da la gana era toda una hazaña.  Por desgracia las almibaradas princesas de cuentos de hadas han ganado la batalla y aún hay mucha caspa que sacudirse de encima, pero tal y como están las cosas, lo menos malo que le podría pasar a la pobre Pippi es terminar arrestada por desacato. Carolina Velasco.

 

Un pequeño asesinato

El joven Timothy Hole – Un pequeño asesinato (1991). Alan Moore es un artista inabarcable, con obras maestras reconocidas y también otras historias que, pese a su tremebunda calidad, se han visto ensombrecidas por sus historias de superhéroes. Una de ellas es Un pequeño asesinato, una novela gráfica que te venden como retrato alucinado de la psique ochentera, pero que leí arrebatado por su carga lírica y mi empatía hacia su protagonista. Un hombre se ve perseguido por el fantasma de su “yo” infante, que le echa en cara en lo que se ha convertido: piensen en El niño (aquella película de Bruce Willis del año 2000) dirigida por David Lynch. Cuando era pequeño, odiaba todas esas historias de mierda en las que niños mejores que yo vivían aventuras que jamás tendría; ahora que soy adulto, me doy cuenta de que esas historias me atraen y que las consumo, en parte porque cada año pierdo más oportunidades de vivir esas aventuras: ahora aquellas historias de niños aventureros me parecen relatos cautelares contra la edad adulta. Y si este cómic de Alan Moore me fascina tanto es porque yo también me siento perseguido por un crío. Adrián Álvarez.

 

Los gemelos Niles y Holland Perry- El otro (1972). ¿Se acuerdan de Hermanas (1973), aquel thriller de horror envenenado firmado por Brian De Palma donde Margot Kidder ponía cara a una esquizofrénica con personalidad múltiple? La pobre asesina también creía ser su hermana gemela, muerta en el parto. Pues bien: un año antes Robert Mulligan, partiendo de la novela homónima de Tom Tryon, hizo lo propio con El otro en clave infantil. Ambientada en la América profunda de la post-Gran Depresión, la película seguía la vida y, en este caso, crímenes de Niles Perry, un niño a primera vista inofensivo pero en realidad poseído por la retorcida personalidad de su gemelo fallecido, un malvado infante que cayó a un pozo mientras intentaba ahogar a su gato. El chaval, interpretado en el filme por Chris y Martin Udvarnoky en sus únicos papeles en el cine, conseguía aniquilar a toda su familia y encima salía impune. Un buen chico, vamos, en una de las cumbres del american gothicXavi Sánchez Pons.

 

Bebé mutante – Está vivo (1974). Más allá de las memorias de infancia o de la recreación de la personalidad infantil, que, desengáñense, siempre se abordan desde la mirada adulta, está el miedo, y desde esa perspectiva el monstruo más primigenio del miedo adulto a la infancia es el bebé. El gran Larry Cohen lo llevó a su extremo con su inolvidable recién nacido mutante y asesino. Sin despreciar la escena del parto, está la del lechero, ese profesional que en el sueño americano reparte lácteos a domicilios. El ataque del bebé desparrama botellas de leche y su blanco contenido se mezcla con la sangre. Leche y sangre. Nada resume mejor el milagro de la vida. Daniel Ausente.

 

David – Inteligencia Artificial (2001). Muchos ven en David, el niño robot protagonista de Inteligencia Artificial, el peaje que el difunto Stanley Kubrick tuvo que pagar por legar su proyecto a Steven Spielberg. David, dicen, es el centro del huracán sentimentaloide que convierte un oscuro cuento sobre el fin emocional y material de la humanidad en una versión hipertecnológica de Pinocho. Y es cierto que David es un alma de metal que quiere ser humano. Pero al contrario que el hijo putativo de Gepetto, David no quiere hacerse carne para ser normal, un niño más, sino para ser amado por su madre -¿no es eso lo que todos queremos?- y en el proceso buscará la magia, buscará al hada azul, creerá en ella, y atravesará una serie de tribulaciones que irán delineando el fracaso moral de una humanidad que camina sin saberlo sobre el vértice de la aniquilación. David se convertirá finalmente en nueva carne no porque se transforme sino porque será heraldo de un nuevo tiempo en el que las máquinas habrán heredado la tierra y el hada azul, esta vez sí, le concederá su deseo. Una tarde soleada y eterna en compañía de su amada madre, que finalmente le aceptará en sus brazos y con la que se reunirá en “ese lugar donde nacen los sueños”. Santi Pagés.

 

where-the-wild-things-are-2

Max – Donde viven los monstruos (1963). El famoso cuento de Maurice Sendak narra las aventuras de Max, quien tras ser castigado en su habitación por portarse mal, se deja llevar por la rabia y la imaginación mientras viaja a una jungla mágica, donde se convierte en el rey de una pandilla de traviesos Monstruos. Rara vez ha sabido un autor plasmar el psique de la infancia de forma tan original; entender que lo que para un adulto es una rabieta pasajera puede significar un mundo para un crío, y al mismo tiempo comunicar la manera en que la ira puede a veces servir como motor para nuestra imaginación. Descubrí este pequeño libro en la estantería del parvulario cuando no era más que un niño. Era capaz de pasar recreos enteros hipnotizado por sus imágenes y colores. Había algo en su interior que conectaba conmigo. Los demás libros se empeñaban en mostrarme adorables querubines de mejillas sonrosadas que jugaban con su perro en el jardín, pero Max era distinto a ellos. Max era como yo, era travieso, desobediente y fiero. Max era un verdadero monstruo. Lewis of Peter.

 

stark

Arya Stark – Canción de hielo y fuego (1996 – …). “Las víctimas más tristes de la guerra / los niños son, se dice. / Pero también es cierto que es una bestia el niño: / si le perdona la brutalidad / de los mayores, él sabe aprovecharla, / y vive más que nadie en ese mundo demasiado simple / tan parecido al suyo”. Confesando así su infancia de burguesito durante la Guerra Civil, protegido por los millones de su familia y refugiado en una finca de Soria, Jaime Gil de Biedma señalaba lo evidente: los primeros años de la vida son el territorio de los instintos, y, por lo tanto, de la brutalidad. Si se acepta este punto de vista, el verse condenada a una vida de vagabunda no sólo fue una desgracia para la hija pequeña de Eddard Stark. También fue una liberación.

Privada de una madre mandona, de una hermana a la que odia a muerte y de un padre sobreprotector, Arya (un nombre que servidor siempre pronunciará /ar-ya/ y no /aria/, por mucho que se empeñen su autor literario y la gente de HBO) no sólo se ha quitado de encima ese orden social que la condena a un matrimonio de conveniencia. También se ha transformado en una criatura sin más ley que su deseo de venganza ni más imperativos que el de la supervivencia, a estocada limpia de su espada Aguja. Sin sensiblerías, ni falsas inocencias, ni leches en vinagre: una pura alimaña, libre para vivir como viven las alimañas y para salir airosa de trances que aplastan a otros más débiles o menos astutos que ella. Esperemos que su reciente transformación, tanto en los libros como en esa TV donde la interpreta Maisie Williams, sea algo transitorio, porque un bicho tan gloriosamente feroz merece llevar su rabia homicida hasta las últimas consecuencias. Aún quedan muchos nombres sin tachar en su lista.

 

calvin

Calvin. Calvin y Hobbes (1985-1995). Según cuenta Nevin Martell en su libro Looking for Calvin and Hobbes (2009), cuando Bill Watterson estaba en cuarto curso, es decir, cuando tenía unos 9 o 10 años y ya dibujaba monigotes en los blancos de los libros de Snoopy, escribió una carta a Charles Schulz. Para su sorpresa, el padre de los Peanuts le contestó con una carta de vuelta, lo que impresionó profundamente el niño Watterson, que décadas después confesaba conservarla todavía. Animado por el interés de uno de sus héroes, decidió escribirle de nuevo poco después… solo para recibir como respuesta de Schulz otra carta igual que la primera. Toc, toc: soy el mundo feroz, así funcionan las cosas, soy cínico y feo.

A Calvin y Hobbes habría que colocarlo en un momento de la infancia previo a esa serie de desengaños que desembocan en la adolescencia y en la muerte de todos los niños. Una época donde todavía te cabe el chaleco antibalas y la imaginación corre al trescientos por ciento, desbordándolo todo, las mañanas eternas en clase, las tardes tontas, las meriendas en el sofá, el miedo agazapado bajo la cama, tiranosaurios a lomos de un F-14 y el naranja cegador de las vacaciones, antes muerto que comerme eso, mamá, porfavor, porfavor. Su arma es la verdad, como la de cualquier niño, porque “la esencia del humor es la sorpresa y nada es más sorprendente que la verdad”, escribe Watterson en El último libro de Calvin y Hobbes (2004).

Pero al contrario que Marisol, Calvin nunca morirá. Watterson se aseguró que tuviera seis años para siempre y, tras una década y cerca de tres mil tiras, empujó por última vez su trineo sobre la nieve, en una de sus prodigiosas páginas dominicales. Watterson huía así de convertirse en “una fábrica de chistes”, asqueado por la industria y preocupado porque, “por desgracia, cuanto más populares son Calvin y Hobbes, menos control tengo sobre su destino”. Les estaba salvando la vida al enano y a su peluche. Salvándoles de una inmortalidad a base de ver sus caras estampadas en tazas y libretas cuquis. “¿Quién creería en la inocencia de un niño y su tigre si se aprovechan de su popularidad para vender chucherías carísimas que nadie necesita?”. Jesús Rocamora

 

Lilo

Lilo – Lilo & Stitch (2002). Desde que Disney resucitara a ojos del mundo allá por principios de los noventa con La sirenita (1989), todos los relatos producidos por la Casa del Ratón con heroína al frente han trabajado la tradición de comenzar cada relato de manera interesante, esbozando una aventura para la heroína que algo tenía que ver con la emancipación, con la necesidad de ir más allá del marco establecido -fuera el palacio, el pueblo, la tribu de turno-; hasta que se encontraban, claro está, con ese muro en el camino que es el amor romántico de manual, o, aún peor, el deber heredado de alguna institución patriarcal que, por mucho que a priori se cuestione, permanece.

Pero la Lilo imaginada por Chris Sanders es una niña. La pubertad y los mandatos de género le quedan lejos; y no porque sus compañeras de pupitre insistan en recordarle que su muñeca es un monstruo, una amenaza, como ella. Sino porque toma imágenes de lo cotidiano con su cámara de fotos, escucha a Elvis Presley en soledad y practica el vudú contra aquellas que dicen ser sus amigas. Es una observadora, una niña marciana que, para paliar su sentimiento de extrañeza, le pide a la divina providencia un «angelito». Un compañero legitimador de una forma de ser fuera de lo común: Stitch. Elisa McCausland

 

idontcare

Alicia – Alicia en el País de las Maravillas (1865). Como coleccionista compulsivo de all things Alice, que se dice, he acabado fascinado no solo por las obvias virtudes de la obra original (todo derivado de su rabiosa modernidad, algo que no se va a perder nunca porque, me temo, nos lleva demasiada ventaja), sino también por un fenómeno paralelo: sus adaptaciones. De todo pelaje y condición, empezando por las más populares (la también, aún hoy, muy increíble versión de Disney de 1951), pero también por las más delirantes. Y no me refiero a las revisiones arties, algunas de ellas extraordinarias, que podemos disfrutar casi sin descanso desde que Lewis Carroll y su niña son iconos postmodernos, sino a las fallidas, las desnortadas. Las adaptaciones ilustradas para niños que incluyen loros piratas y patos ciclotímicos en la búsqueda de una fallida sobredisneyficación; o las versiones que recortan el texto original queriendo domar su excentricidad y convirtiéndolo sin querer en una pesadilla psicótica. O mis favoritos: los ilustradores y editores que piensan que están ante una aventura infantil (que lo es, pero no olvidemos nunca que va sobre una niña que casi es agredida hasta la desintegración por una serie de arquetipos de adultos victorianos) y le suben el azúcar al conjunto, pariendo una colección de espantajos infinitamente más agresivos y chocantes que los personajes originales. Todos ellos demuestran que no entendieron la obra de Carroll, pero por encima de todo, que no entendieron la infancia en sí misma, que es algo más que perspectivas de convertirse en princesa y deseos de dar brincos continuamente. Carroll sí que lo entendió, y por eso su obra sigue siendo un abismo de significados aterradores y emocionantes: quizás el retrato más fidedigno del estado de ansiedad continua que es la infancia, un no entender absolutamente nada del mundo adulto. John Tones. 

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Publicidad