[Todos a una] Viaje por países imaginarios

Cualquier lector o lectora de CANINO que haya pasado un buen rato fascinado ante la abstracta información que proporciona un atlas sabe de la rotunda fascinación que en el alma humana provoca el descubrimiento de lugares ignotos (y por eso los exploradores decimonónicos son seres humanos sobre los que nos gusta volver a curiosear una y otra vez). No hablemos ya de cuando las ciudades, los países, los planos de existencia que reflejan esos atlas solo están en nuestra imaginación.

Ayer hablábamos de Percy Fawcett y su búsqueda implacable e inútil (o quién sabe…) de la ciudad perdida de Z, que en teoría habría abierto ante nosotros horizontes de conocimiento hasta ahora inalcanzables. No es un ansia aislada: los lugares imaginarios existen para aglutinar nuestras fantasías de organizaciones políticas perfectas o podridas, sociedades libres como el viento o sometidas al más extremo esclavismo, sitios donde se quiere llegar o se llega por accidente, para luego no querer salir o desear escapar a toda prisa. Da igual si son utopías paradisiacas o infiernos demasiado parecidos a los lugares que ya conocemos: no podemos dejar de imaginarlos por la misma razón por la que seguimos recorriendo con la mirada las páginas de un atlas, buscando algún rincón que aún desconocemos.

Nosotros hemos escogido esta semana nuestros lugares imaginarios favoritos. No todos son paradisiacos, pero podemos garantizar que a todos nos gustaría asomarnos a ellos aunque fuera durante el típico fin de semana de puente.

 

latveria

LATVERIA (Fantastic Four Annual #2, 1964)“¿Qué hay de malo en ser dictador?” dices, mientras clavas tu garra maldita contra mi cuello. Esta es la divisa por la cual se rige el Reino de Latveria, que después de veinte mil sagas inconclusas de Marvel resiste al invasor. Este país, ubicado en la Europa oriental, es una democracia plural en la cual su población se divide entre el Dr. Doom y los súbditos fieles a este en un porcentaje de 1% y 99% , respectivamente. Como es habitual, el imperialismo estadounidense ha intentado invadir esta nación independiente bolivariana a través de acciones neoliberales de los Cuatro Fantásticos y otros agentes de la CIA como Nick Furia o Iron Man. Pero la fortaleza del pueblo latverio y su fidelidad a su caudillo, prietas las filas, han impedido derrocar uno de los mayores y mejores ejemplos de democracia orgánica que ha dado el continente europeo. Además de un campo de fuerza que actúa como un muro de Berlín posmoderno, algo que habría hecho las delicias de Zizek. En definitiva, como dijo el Dr. Doom a Magneto en un resort vacacional de Genosa: “haga como yo, no se meta en política”. Julio Tovar.

 

DIGIMUNDO (Digimon, 1999-). Imagina que tienes 11 años y que los veranos aún son eternos. Imagina que vas a un campamento en la montaña con algunos de tus amigos y compañeros de colegio. ¿Puede haber algo mejor? Pues lo cierto es que sí. Las canciones alrededor de una hoguera, los kayak y las excursiones están bien (a secas) pero ser absorbido por una tormenta y aparecer en el Digimundo es, sin lugar a dudas, lo mejor que puede pasarle a un niño. Con tu compañero digimon (una monada con una personalidad infantil muy compatible con la tuya propia) recorrerás la Isla File o el Continente Server luchando contra los digimons malvados y convirtiéndote en el héroe que siempre supiste que serías. Digievoluciones, música repetitiva, amistad eterna y merchandising sobrepreciado. Este verano me voy de monitora. Estoy mayor, pero nunca se sabe. Marta Trivi.

 

T.A.R.D.I.S (Doctor Who, 1963-). Más de cincuenta años han pasado desde la primera aparición del Doctor Who y su particular nave para viajar en el espacio-tiempo; la T.A.R.D.I.S, acrónimo de Time And Relative Dimension In Space, fue modelada en su aspecto externo como una icónica cabina telefónica británica de los años sesenta y tenía la particularidad de ser “bigger in the inside” (mucho más grande en el interior de lo esperado por su aspecto externo). Por si fuera poco era capaz de adaptar su configuración interna a las necesidades de sus tripulantes y, además, con ella puedes trasladarte a cualquier sitio en un simple instante con el simple lastre de tener que escuchar su característico sonido. Siempre la imaginé como si de un sueño se tratara: ese interior inagotable donde pudiera tener una biblioteca que nunca se llenara y  la capacidad de poder ir a cualquier sitio o a cualquier época (incluso al fin de los tiempos, como ocurría en un episodio de la serie) evitando el tedioso (para mí) momento de traslado; suponía ese destino inigualable que colmaría todas mis expectativas. ¿Para qué quedarse solamente con un país si con este artefacto podía abarcar cualquier posibilidad? Sinceramente, no se me ocurre un lugar mejor para ir de vacaciones o, incluso, vivir. Mariano Hortal.

 

wakanda

WAKANDA (Fantastic Four #52, 1966). La nación africana de Wakanda es uno de los territorios imprescindibles en todo atlas de ficción que se precie. Ya de entrada, forma parte del canon fundacional del Universo Marvel, nacida en las páginas de Los 4 Fantásticos, un tebeo donde Stan Lee y Jack Kirby protagonizaron una de las explosiones creativas más poderosas e imaginativas de la Cultura Pop con mayúsculas. Ya de entrada, Wakanda es el país de T’Challa, hijo de T’Chaka, es decir, Pantera Negra, el primer gran héroe negro. Ojo, porque estamos hablando de un personaje que ni pertenece al viejo estereotipo colonialista (el ayudante y mano derecha del héroe blanco) ni al nuevo (el viril negrata del ghetto), y cuyo apodo se adelantó en unos meses a la creación del Black Panther Party. T’Challa, el Pantera Negra de Marvel, no es un estereotipo racial, entre otras cosas, por ser el líder (monárquico, eso sí, mecachis) de Wakanda, un territorio de ficción cuya grandeza reside en su condición de futurista utopía africanista, encarnación kyrbiana de la nación negra, libre y poderosa, que soñaba Marcus Garvey. Wakanda venció al colonialismo por vía autárquica y conservó su mayor tesoro, el extraño vibranium, lejos de multinacionales extranjeras. Wakanda, país orgulloso donde los mayores avances tecnológicos no impiden mantener las viejas costumbres tribales. Wakanda, utópica y negra, tradicional y futurista. Wakanda, allí donde el ritmo del tam-tam acompaña el despegue de naves espaciales. Wakanda, tierra de T’Challa, hijo de T’Chaka. Daniel Ausente.

 

SYLDAVIA (El cetro de Ottokar, 1938-39). Viaje por países pequeños. Especialmente si son idílicos y verdes valles balcánicos, incrustados entre montañas escarpadas y agraciados con un precioso pasado de reyes, fortalezas con fosos, puentes levadizos y cetros de poder. Y el animal de su escudo es un pelícano negro. ¡Un pelícano negro! Recuerdo buscar con fruición cada aventura de Tintín en la que aparecía esa nación llena de soldados emplumados, príncipes con casaca y un programa nuclear incipiente. Confieso que también me atraía Borduria, su país rival, esa preciosa dictadura militarizada y totalitaria vestida de Hugo Boss y con generales con monóculo. Pero siempre me vencía el sentido de la maravilla que me proporcionaba la arquitectura y modos de Sylvania, vaga combinación de exotismo otomano y preciosismo bohemio y la bonhomía de sus gentes y en especial de su majestad Muskar XII. Syldavia no solo tenía ese influjo sobre mí, también sobre La Unión, que en 1984 le dedicó uno de sus mejores temas.

Ay. El tiempo pasa tan despacio en Syldavia… Santi Pages.

 

oz

OZ (El Mago de Oz, 1939). Sé lo que están pensando, queridos lectores. ¿Por qué diantres querría nadie en su sano juicio viajar a un lugar tan empalagoso y artificial como Oz?, ¿Para qué visitar una tierra plagada de cursis monigotes saltarines? Bien, permítanme elaborar. Cierto es que gozaría cual chiquillo conociendo el infernal Instituto Sunnydale, rondando los pasillos submarinos de Rapture, o alucinando pepinillos en la Logia Negra, pero uno ha de ser sincero consigo mismo en esta vida. Soy un inútil niñato milenial acostumbrado a las comodidades del S. XXI: no duraría ni un minuto en ninguna de estos lugares. Considerando que mantenerme con vida es mi objetivo vacacional prioritario, la mayoría de parajes fantásticos quedan descartados. Hay demasiados Xenomorfos y Uruk-Hais por ahí sueltos. Pero en Oz las cosas son de otro color. Oz es un mundo poblado por pusilánimes y enclenques más grandes que yo. Absolutamente nada puede hacerme daño en este lugar. Un viejo tarado somete a una ciudad entera a base de trucos de feria. Nuestros héroes derrotan a la bruja más temible y poderosa del lugar con un cubo de agua. Imaginen lo que podría conseguirse con una semiautomática. En aproximadamente semana y media podría tener el mundo a mis pies. Disfruten tratando de mantenerse con vida en Poniente compañeros, que yo me lo voy a pasar pipa descuartizando espantapájaros. Lewis of Peter.

 

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GORMENGHAST (La trilogía de Gormenghast, 1946-1959) ¿Qué es Gormenghast? ¿Es una ciudad, o un castillo? ¿Es un edificio, o un complejo? Ninguna respuesta, ni maldita falta que hace. Además de ser un ilustrador de enorme mérito (repasen sus estampas para La isla del tesoro o para Alicia en el País de las Maravillas, y flipen en blanco y negro con mucha trama), Mervyn Peake tenía grandes conocimientos de arquitectura, y los empleó a fondo en sus novelones. Pero, y ahí está la gracia, la acumulación de términos técnicos, la precisión enfermiza a la hora de perfilar los detalles no resultan en un espacio imaginario donde el lector puede situarse sin problemas. El fruto de tanta demencia (figurada y, por desgracia y a la postre, también real) es uno de los entornos más laberínticos jamás concebidos: Gormenghast no es sólo su propio lugar, sino también su propio tiempo, un tiempo calcificado por rituales sin sentido ni objeto donde personajes que van de lo atroz (ay, Pirañavelo…) a lo patético (como mi pobre Fucsia, princesa equivocada) vagan y entrechocan siendo conscientes de una sola cosa: que no hay salida posible. En 1968, cuando Peake murió víctima de la epilepsia con cuerpos de Lewin (la misma enfermedad, terrorífica de todo punto, cuya prognosis llevó a Robin Williams a preferir el suicidio) aún no sabíamos algo todavía más estremecedor: que Gormenghast, con toda su infinitud, era apenas el primer rincón de un mundo que el escritor apenas dejó esbozado. Yago García

 

VAL VERDE – (Commando, 1985; Depredador, 1987; La jungla 2: Alerta roja, 1990). Pues eso: resulta que el infierno caribeño que Arnold Schwarzenegger estuvo a punto de reincendiar dos veces a mediados de los ochenta, bajo dos identidades distintas, y el que engendró al villanías del segundo asalto de La Jungla, son todos el mismo. El país latino de Val Verde fue ideado por el guionista Steven E. de Souza en Commando para prevenir marrones diplomáticos en el mundo real, y se cita como el escenario de Depredador en la novelización de Paul Monette. En esto último es muy probable que tuviera algo que ver Joel Silver, productor de ambos vehículos arnianos… y también de La jungla 2, en cuya escritura participó De Souza, y donde Val Verde es la tierra madre del personaje de Franco Nero. Se trata pues de una suerte de anti-Shangri-La para los fanáticos del cine de acción: ha aparecido en una serie de sketches del grupo cómico Elephant Larry como abastecedor mundial de esbirros, en el videojuego de disparos Broforce, e incluso ha dado nombre a una especie de arañas del género Predatoroonops (así llamadas por su parecido con el bicho de la película, lo juro). No me digas que no tiene posibilidades como destino vacacional. Visitar el palacio del dictador de turno, escribir «Yippee ki-yay, hijoputa» en los lavabos, y regresar a casa con un centenar de fotografías del predator en modo camuflaje. «Que sí, que te digo que estaba allí». Andrés Abel

 

cien-anos-soledad - primera edicion

MACONDO (Cien años de soledad, 1967). Si en vez de en Colombia Macondo estuviera en España, seguramente sería un pueblo manchego, casi almodovariano, al que uno jamás se le ocurriría elegir como destino de vacaciones salvo que haya obligaciones familiares de por medio. Que esté en el Caribe no lo hace mucho más atractivo: García Márquez no se prodiga en descripciones de playas exóticas dignas de folletos, más bien se dedica a lo contrario: Macondo parece un pueblucho polvoriento venido a más y en el que nadie en su sano juicio querría pasar ni media hora de más. Pese a todo, ¿quién no querría poner un pie en la tierra de los Buendía? Nos dijeron que Cien años de soledad era la obra cumbre del realismo mágico, pero hay algo infinitamente familiar en esos personajes que tratan de escapar de la realidad refugiándose en la religión, el amor o en cualquier otro ideal que les permita trascender aquello que les rodea. Colarse unos días en Macondo y poder espiar a esos personajes de nombres imposibles sería una experiencia inolvidable. Tanto, que no hay quien se atreva siquiera a ilustrar el pueblo de marras. Carolina Velasco

 

CHIQUITISTÁN (Pepe Navarro’s World, 1990). Cuando descubrí ese país imaginario lleno de luz y color no vi ni la luz ni el color. La ventana daba a mi lado de la cama, era pequeña y en blanco y negro. Del otro lado, el catre de mi hermano pequeño. Aquellos viajes, los primeros, los prohibidos (había que ir al colegio por la mañana y esos tours eran bien entrada la noche), son de los que guardo mejor recuerdo: Lucas Grijander, Crispín Klander, Chiquito de la Calzada… compañeros de madrugadas en vela que, en realidad, no sirvieron para gran cosa. Bueno, creo que en realidad aliviaban tensiones generadas por actos terroristas, secuestros y crímenes que nunca se resolvieron o terminaron por olvidarse. Os dejo aquí un vídeo recopilatorio de parte de aquellos viajes. No hay sincronía entre el vídeo y el audio, pero tampoco puedo asegurarte que fuera de otra manera en 1990, ya te digo que la tele era pequeña y en blanco y negro. Kiko Vega

 

EL BALNEARIO PARA DIOSES (El viaje de Chihiro, 2001). ¿A qué se está bien aquí? A veces necesitas relajarte. Demasiada actividad, demasiados dolores de cabeza y gente que reza por ti y gente que te pide que hagas algo por ellos. A veces, desconectar es bastante más fácil de lo que parece.  Aunque normalmente desconectamos con una cerveza en la mano, en una terraza, en cualquier bar. Pero hay otra manera de desconectar: te metes en una bañera enorme de agua hirviendo. En un balneario de Dioses. A tu alrededor pasean Kamis (Dioses) y Reis (Espíritus) de lo más variados. Allí al fondo puedes ver un grupo de pollitos que no son tan monos como parecen porque miden medio metro. Un curioso y obeso Rei de barba rala y tez blanquecina se da un masaje. Unas ranas parlantes con bigote te sirven el baño que desees. Un Kami del río recupera su forma, después de parecer un Dios de la basura. Puedes estar tranquilo: estás en buenas manos. Kamaji mantiene la hoguera a tope. Y se dice que Yubaba mantiene a los empleados contentos pero con mano firme. Es imposible que no quieras quedarte un poquito más aquí. Mira, yo me quedo. De hecho, voy a hundir mi cabeza en el agua… Francesc Miró

 

FREEDONIA (Sopa de ganso, 1993). Fui un niño afortunado. Gracias al Super Cinexin descubrí Sopa de ganso cuando solo era un renacuajo. Y desde ese momento he fantaseado una y mil veces con ir a Freedonia; una república centroeuropea inventada por dos colaboradores habituales de los Hermanos Marx, Bert Kalmar y Harry Ruby, en la que Groucho era el presidente gracias a la intervención de la pobre Margaret Dumont, y Chico y Harpo dos liantes que se cambiaban de bando según les convenía. Quería y quiero visitar ese país donde celebraban el hecho de ir a la guerra con una canción vodevilesca, donde el coche del presidente era un sidecar con sentido del humor en el que solo se movía el asiento del acompañante… un lugar donde hasta los espejos te gastaban bromas. Xavi Sánchez Pons

 

El Unifactor (Frank -1996-). El mundo donde se desarrollan las aventuras de Frank de Jim Woodring es un lugar plácido, idílico y fantástico donde todo parece salido de un ingenuo dibujo animado de los inicios de los estudios Fleischer. Un universo alternativo que asombra e hipnotiza en sus paisajes surrealistas, lleno de iconografía enigmática; motivos arabescos y orientales que se dan la mano con criaturas bizarras de extraña biología, dibujadas con un estilo heredero del underground de Robert Crumb, que va desvelando su locura y lógica interna de forma hipnótica hasta que uno se da cuenta de que no está en un paraíso de animalitos de dibujos animados clásicos, sino en un lugar perturbador y cruel, más propio de los páramos fantasmagóricos de la obra de David Lynch o Charles BurnsJorge Loser

 

La Atlántida (Timeo y Critias, 360 a.C.) La idea de una nación perdida en el mar. ¿Están hundidos y perdidos para siempre sus tesoros o sobrevivieron a su manera? ¿Era una isla grande o todo un continente? ¿Son los atlantes huesos en el lecho del océano u orgullosos gobernantes de la mayor superficie del planeta Tierra? ¿Humanos o anfibios? Desde que se mencionara en los diálogos de Timeo y Critias de Platón, hemos mirado al mar en busca de nuevos territorios, si no que conquistar, al menos que anhelar, como si supiéramos lo que estaba por venir.

Porque al final la Atlántida es lo que nosotros queramos. Es un recordatorio de que cualquier gloria puede desvanecerse. También pertenece, cada año más, a una época donde el mundo se cartografiaba a mano y donde era imposible una visión desde el espacio; donde todo podía pasar porque todo estaba por hacerse. Hemos luchado tanto por atrapar la idea de la Tierra que se nos ha hecho pequeña en las manos y la Atlántida se ha escapado de entre los dedos.

Por suerte, la idea prevalece. Puede ser el reino de Namor o el de Aquaman, el escenario de la mejor aventura inédita (en el ámbito cinematográfico) de Indiana Jones o el conjunto de desvaríos del conspiranoico de turno. Al final, ciertas cosas se resisten a desaparecer.  Un continente puede desaparecer en el mar, pero una buena idea no hay quien la hunda. ¿Quién no querría ir a Atlantis? Sea lo que sea eso. Adrián Álvarez

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