‘Todos deberíamos ser feministas’: Demoliendo el patriarcado en sesenta páginas

Apenas sesenta páginas condensan a la perfección el discurso del feminismo. Lo que no parece fácil (darse cuenta de ciertas actitudes) es expresado de una manera sencilla por una de sus grandes abanderadas. Está en nuestras manos afrontarlo: quizá así descubramos que no somos tan perfectos.

En El patriarcado del osito Teddy (trad. de Ander Gondra Aguirre, 2015) la escritora y pensadora feminista Donna Haraway toma como marco el memorial dedicado a Theodore Roosevelt en la entrada del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York y lo utiliza para demostrar que los dioramas que muestran la fauna y la flora, los grandes mamíferos disecados y las citas a tamaño monumental del vigésimo sexto presidente de los Estados Unidos crean el clímax idóneo para la difusión de un particular mensaje. Un mensaje más allá de un ansia conservacionista, de los fines científicos o de la difusión del mundo natural. Lo que intenta demostrar la autora es que en este lugar se narra una historia interesada de la naturaleza en la que la masculinidad blanca y capitalista trata de afirmar su hegemonía sobre los discursos disidentes de feministas, socialistas e inmigrantes.

De una forma ingeniosa y bastante cerebral, Haraway encuadra cualquiera de las escenas representadas en el museo y es capaz de alertarnos sobre hechos aparentemente invisibles y que ocultan otros imperceptibles a primera vista. Se encuentran en lo previsible, en la comodidad de nuestro día a día y por eso nos parecen “normales”.

“El avance de las técnicas de la taxidermia de Carl Akeley y la forma en que se desarrollan los diferentes safaris en África para obtener ejemplares para exhibir, una vez muertos y convertidos en ‘peluches vivificados’­­­, son parte de todo un mecanismo que permite perpetuar el orden social vigente, presentado como orden de la naturaleza. En las cacerías, los varones blancos parecen asumir todo el protagonismo frente a sus presas, lo que ignora todo un conjunto de presencias que se tornan ausencias manifiestas, pero sin las que no se podrían concebir los safaris africanos […] La propia población africana es la primera gran ausente. Los safaris, sin embargo, eran escenarios de reproducción de las relaciones coloniales de primer orden: los porteadores, ojeadores, guías y sirvientes negros permitían con su trabajo que los varones blancos pudieran estar listos para apuntar a su presa de la forma más adecuada. Por supuesto, ellos no podían disparar sin ser castigados por ello: identificados sistemáticamente como ‘muchachos’ —boys­—, no podían amenazar la masculinidad blanca accediendo así a las codiciadas presas y apropiándose del espíritu noble de las grandes bestias. Otras figuras invisibilizadas serán las mujeres, -las mujeres blancas, por supuesto, las mujeres negras constituyen una auténtica ‘otredad ausente”.

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Y no nos damos cuenta porque son hechos que están incluidos en la estructura social, en un sistema que los ha adoptado como tradicionales y revestidos de una normalidad subyacente, casi inconsciente. Haraway es ambiciosa y resalta cómo el hombre domina el mundo desde la antigüedad y nos lleva a discernir las formas que utiliza para, a continuación, alertar sobre cuestiones de género y raza que de otra manera quedarían ocultas.

En Todos deberíamos ser feministas (We should all be feminists, 2013, Ted Talk) la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie se centra en las cuestiones comentadas por Haraway pero las contextualiza puramente en un ámbito de género, particularizando la problemática feminista. El punto de partida es, como podemos ver en el siguiente párrafo, muy parecido a lo que decía la norteamericana, pero introduce la igualdad a nivel intelectual (independiente del género) y cómo las cuestiones de género no han evolucionado de la misma manera.

“De forma que, en un sentido literal, los hombres gobiernan el mundo. Esto tenía sentido hace mil años. Por entonces los seres humanos vivían en un mundo en el que el atributo más importante para la supervivencia era la fuerza física; cuanta más fuerza física tenía una persona, más números  tenía para ser líder. Y los hombres, por lo general, son más fuertes físicamente. […] Hoy en día vivimos en un mundo radicalmente distinto. La persona más cualificada para ser líder ya no es la persona con más fuerza física. Es la más inteligente, la que tiene más conocimientos, la más creativa o la más innovadora. Y para estos atributos no hay hormonas. Una mujer puede ser igual de inteligente, innovadora y creativa que un hombre. Hemos evolucionado. En cambio nuestras ideas sobre el género no han evolucionado mucho.”

Chimamanda tiene muy clara en la charla la evolución de su discurso: busca ayudar a discernir ese tipo de situaciones que nos parecen tan habituales y que, sin embargo, esconden un aleccionamiento que sólo se realiza en el caso de las mujeres nigerianas, aunque pueda aplicarse a lo más general independientemente de la ubicación. Uno de esos ejemplos claros tiene que ver con esa actitud que se enseña a las niñas, ese “caer bien”, no mostrar rabia o ser agresivas porque una mujer “no se comporta de esa manera”.

“No había querido quejarse para no parecer agresiva. Se limitó a dejar que el resentimiento le bullera por dentro.

Lo que me llamó más atención –de ella y de otras muchas amigas estadounidenses que tengo- es lo mucho que se esfuerzan por “caer bien”. Parece que han sido criadas para pensar que es muy importante gustar a los demás y que ese rasgo de gustar implica algo muy concreto. Y ese algo concreto excluye el hecho de mostrar rabia, ser agresiva o manifestar tu desacuerdo en voz demasiado alta. Pasamos demasiado tiempo enseñando a las niñas a preocuparse por lo que piensen de ellas los chicos. Y, sin embargo, al revés no lo hacemos. No enseñamos a los niños a preocuparse por caer bien.”

De hecho, esta actitud se agrava al avanzar en edad. Sólo tenemos que ver la forma en que se enfoca en revistas y libros, la mayoría de ellas de público exclusivamente femenino y que, sin embargo realizan una labor de tipificación de lo que debe ser una mujer para que el hombre la pueda querer. Ese ‘ser femenino’ según los dictados de la hegemonía puede convertirse en algo contraproducente:

“El mundo entero está lleno de artículos de revistas y de libros que les dicen a las mujeres qué tienen que hacer, cómo tienen que ser y cómo no tienen que ser si quieren atraer o complacer a los hombres. Hay muchas menos guías para enseñar a los hombres a complacer a las mujeres.”

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Entre otras cosas porque educa para ser de una manera, cuando se debería buscar el reconocimiento de las mujeres tal y como sean; una cuestión de expectativa que hace un flaco favor a las mujeres porque sienten que su personalidad no puede ser distinta de lo que se espera de ellas:

“El problema del género es que prescribe cómo tenemos que ser, en vez de reconocer cómo somos realmente. Imagínense lo felices que seríamos y lo libres que seríamos siendo quieres somos en realidad, sin sufrir la carga de las expectativas de género.”

La mayoría de los hombres, yo mismo, nos ponemos defensivos ante estos modos; de hecho, lo típico que he contestado en miles de ocasiones es “bueno, eso le ocurre a otros, pero en mi caso…”; nos cuesta, y mucho, reconocer que estamos siendo machistas; yo soy consciente ahora de que lo soy, y es gracias a muchas mujeres (la gran Chimamanda)  como me he dado cuenta de mi actitud inconsciente:

“Otros hombres pueden responder diciendo: “Vale, esto es interesante, pero yo no pienso así. Yo ni siquiera pienso en términos de género.”

Pues quizá no.

Y ahí radica parte del problema. En el hecho de que muchos hombres no piensan de forma activa en el género ni se fijan en él. De que muchos hombres, como me dijo mi amigo Louis dicen que tal vez las cosas estuvieran mal en el pasado pero ahora están bien. Y de que muchos hombres no hacen nada para cambiar eso. Si eres hombre y entran en un restaurante y el camarero te saluda solo a ti, ¿acaso se te ocurre preguntarle: Por qué no la has saludado a ella?”

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No siendo activos en términos de género estamos siendo machistas igualmente;  discernir esta estructuralidad que nos ahoga en un mundo injusto es parte de todos, el mensaje final de la escritora busca no sólo que distingamos estas actitudes sino que también colaboremos para poder erradicarlas; en efecto, el problema de género existe, reconocerlo es el primer paso; el segundo paso es intentar que cada vez se produzca menos y esto es mejor hacerlo de manera conjunta:

“El mejor feminista que conozco es mi hermano Kene, que también es un joven amable, atractivo y muy masculino. La definición que doy yo es que feminista es todo aquel hombre o mujer que dice: “Sí, hay un problema con la situación de género hoy en día y tenemos que solucionarlo, tenemos que mejorar las cosas”.

Y tenemos que mejorarlas entre todos, hombres y mujeres.”

La pequeña charla que brindó Chimamanda sirve como comienzo para instaurar un nuevo orden más justo; la escritora consigue en unas pocas páginas transmitir esta situación; por si los ensayos no os motivan, en su excelente libro Americanah (Americanah, 2013), la gran escritora utiliza la ficción para transmitir las mismas ideas y aderezarlas con cuestiones de raza.

Dos medios distintos que sirven como vehículo para tratar un tema de “rabiosa” actualidad. No perdáis oportunidad de descubrirla.

[Los textos provienen de la traducción de Javier Calvo de Todos deberíamos ser feministas de Chimamanda Ngozi Adichie para PRH]

 

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Todos deberíamos ser feministas

Esta pequeña charla alerta sobre aquello que no podemos ver y, sin embargo, está siempre presente: la desigualdad de género.
Editorial: Literatura Random House
Autor: Chimamanda Ngozi Adiche