[Todos a una] Cuando el amor llega así de aquella manera

Aún con la resaca de San Valentín, nos enfrentamos a las convenciones del amor con unas cuantas películas antirománticas y una historia real de las que ponen los pelos de punta. Romances retorcidos, parejas estrafalarias y atracciones fatales (y fractales): una recopilación de amores como para darles de comer aparte.

Ya celebramos el día de San Valentín con una selección musical que ponía el Amor, como abstracción inasible, en el lugar que le corresponde. Hoy vamos a contar unas cuantas historias de cómo aquí decimos sí al amor, por supuesto, pero también ojo con el amor. Hemos pedido a nuestros colaboradores que seleccionen sus historias románticas más desnortadas y decadentes, aquellas que pongan más en solfa las convenciones del amor como cosa inventada por los programas televisivos de citas, por ejemplo, y que nos dejen con mal cuerpo o, como mínimo, considerando el celibato (o la poligamia) como opciones medianamente sensatas de afrontar la vida moderna.

Las dos inglesas y el amor (François Truffaut, 1971)

Un hombre maduro, enmascarado ya en su barba, pasea entre niñas inglesas en su periplo por el Museo Rodin de París. Saca de su bolsillo una pequeña foto, un antiguo amor, y empieza a dudar si alguna de esas chicas es fruto de aquella relación… “¿Será esta? ¿será aquella?, ¿será la pequeña pelirroja?”. La estatua de los amantes de Rodin, en el crescendo de la excepcional banda sonora de Georges Delerue, le hacen recordar ese amor perdido y devasta al personaje y con él al espectador. Poco después, luego de hablar infructuosamente con un cochero para que le devuelva a su hogar, observa su reflejo y exclama: “Hoy me siento más viejo”.

Este filme de François Truffaut, fracaso de taquilla en su tiempo, es una escrupulosa y grave adaptación de la novela de Henri-Pierre Roché sobre los amoríos de un joven francés con dos virtuosas chicas inglesas. Entre el amor carnal y el platónico, entre la caricia y el deseo, supone uno de los retratos más tristes, más apasionadamente tristes, que se hayan llevado al cine. Está filmado con la sensibilidad natural del director francés, que se permite adornar esta película de pasiones inconclusas con decenas de sencillos gestos de clarividente poética. En el tremolar de miradas perdidas, oportunidades que se esfumaron y estaciones de tren vacías, el protagonista, Claude, acaba como solitario viandante preso en su memoria de unas pasiones que no se atrevió a enmendar.

Verdadero testamento de aquella cita de Stendhal declamada en el filme: “…lo que duele no es el amor, sino la incertidumbre de este…”. Julio Tovar

Átame (Pedro Almodóvar, 1989)

Una película como Átame sería impensable en pleno siglo XXI: actrices porno, maltratadores, ladrones, viejos verdes, secuestradores… aquí no estamos hablando de un mero Síndrome de Estocolmo, estamos hablando de un psicópata, un pervertido, un maltratador que secuestra a una mujer y pretende tenerla en casa con la pata quebrada y atada en corto, literalmente. Y pese a todo, ese momento en que Antonio Banderas le dice a Victoria Abril Yo sólo tengo 23 años y 50.000 pesetas (…). Intentaré ser un buen marido para ti y un buen padre para tus hijos” sigue siendo impagable, por más que con 50.000 pesetas no te dé ni para un mes de alquiler en el centro de Madrid y la idea de que alguien te quiera hacer “madre de sus hijos” dé más miedo que otra cosa. Todos sabemos desde el principio que va a surgir la chispa, que Banderas y Abril terminarán comiendo perdices y que después de todo, él no era mal chico. A día de hoy no se podría estrenar una película así, no ya sólo por el tema, que por supuesto, sino incluso por las escenas de sexo (que ya en su momento impidió que se estrenase en cines comerciales en EEUU). Carolina Velasco

Posesión (Andrzej Zulawski, 1980)

Imaginaos el peor momento de vuestra peor relación multiplicado por mil. Ahora imaginaos que ese momento se enquista y se pudre, y aún así queréis seguir dentro de ese Maelstrom, y tenéis que vivir ahí por tiempo indefinido: pues eso es Posesión. En un Berlín occidental que parece un escenario postnuclear, los personajes de Isabelle Adjani y Sam Neill dan bandazos por las calles mientras se gritan, se pegan, tiemblan de celos, de odio y de histeria y vuelven a gritarse con la boca ensangrentada. Las discusiones de pareja adquieren aquí un nuevo nivel, y la sensación de angustia es tan agobiante que generó oleadas de deserciones la última vez que la vi en una sala -en un festival de cine de terror, con espectadores en teoría curados de espanto-. Isabelle Adjani compone un papel extremo, lunático, alucinado, que cambia el género de la película y lo mete de lleno en el terror puro -el hábitat natural para las relaciones tóxicas, como bien sabe el David Lynch de Carretera perdida (1997)-.

Andrzej Zulawski ya llevó al límite los romances paroxísticos en Lo importante es amar (1975). Aquí cruza ese límite sin miedo, y al otro lado hay un monstruo. Y es una metáfora, pero también es literal: una criatura viscosa y supurante -obra de Carlo Rambaldi, el creador de E.T.-  que languidece en un piso vacío húmedo y desconchado donde la protagonista da rienda suelta a sus fantasías de infidelidades, asesinatos y sexo loco. Hay un intento de trama detectivesca completamente inútil una vez el realizador nos presenta al ser a la media hora de película, por lo que su presencia venenosa nos persigue detrás de cada fotograma y la locura se enseñorea del resto del metraje. Para la posteridad queda el one-woman-show de la Adjani en una estación de metro donde su cuerpo estalla de intensidad liberando fluidos de todo tipo y que hay que ver para creer. La película tiene un final a la altura de tanta tensión descontrolada: una metáfora perfecta de lo que sucede cada vez que termina una relación. Javier Trigales

Perdida (Gillian Flynn, 2012)

Nick y Amy se conocieron en una fiesta. Nick era un tipo ingenioso, guapo, de un modo que podía llegar a molestar; su sonrisa era directamente hostiable. Amy poseía una gran inteligencia, un pasado misterioso, y la cruz de lidiar con la constante perfección de Amazing Amy, la heroína literaria que, inspirada en ella, conseguía que sus padres se ganaran la vida. Pese a todo, Nick consiguió hacer reír a Amy con un chiste sobre aceitunas. Amy bajó las defensas, se encontró feliz, o algo parecido, y se dejó llevar. Al poco tiempo se casaron.

Cada aniversario, Amy organizaba unos juegos que traían a ambos de cabeza: a Nick por no estar a la altura de lo que su pareja esperaba de él, y a Amy por despreciar cada vez más al cabezahueca insensible con el que se había casado. Cuando la madre de Nick enfermó, la pareja se mudó al pueblo natal de él. Poco después Amy fue fraguando un malévolo plan que, de salir bien, acabaría conduciendo a la ejecución de su marido… por haberla asesinado.

Sin embargo, durante el desarrollo de éste, y a lo largo de la inquietante trama que nutre las páginas de esta gran novela (y mejor película, o viceversa), tanto Amy como Nick empezaron a darse cuenta de que, en realidad, siempre habían estado hechos el uno para el otro. Nick supo perfectamente lo que tenía que hacer para que Amy volviera a casa. El complejo plan de Amy tenía como columna vertebral lo extremadamente bien que conocía a su marido. Así que volvieron juntos, no tuvieron más remedio.

Ahora, la vida doméstica es igual o más enervante que antes. Nick fantasea esporádicamente con estrangular a su mujer. Amy se esfuerza en pensar que todo vuelve a ir sobre ruedas. Ha conseguido quedarse embarazada pese a la furiosa renuencia de Nick. El ambiente es cada vez más claustrofóbico; las réplicas y los reproches lo cortan como un cuchillo. Saben perfectamente con quién comparten su vida. Y lo temen. Y, a pesar de todo, se aman. O precisamente gracias a ello. Alberto Corona

Turistas (Ben Wheatley, 2012)

Si algo tiene el director de High-Rise (2016) es que puedes colocar cualquiera de sus películas en cualquier lista modernita sobre lo que sea. Y ya que estamos recordando lo que duele el amor no se me ocurre un mejor retrato de cuánto necesitamos sentirnos queridos por alguien. Y también de lo que necesitamos ser mejores que esa persona,

Asesinos natos (1994) o Los asesinos de la luna de miel (1970) ya dejaban claro que el amor psicópata puede ser muy divertido, pero ha sido Wheatley quien ha decidido hacerlo saltar por los aires con un turismo de interior mochilero más trash que ningún otro.

Aquí no hay medias tintas, todo es crudeza, mala uva y un sentido del encanto y los personajes dignos de la mejor escuela británica de los Estudios Ealing, perfectamente trasladados a nuestros días. Puede que por eso mismo el bofetón que uno recibe sea tan gordo a pesar de tratarse de una historia de superación personal. A muchos niveles, claro. Unas vacaciones en pareja difíciles de olvidar, como si la familia Griswold fuera, no sé, BRITÁNICA. Kiko Vega

Pau Mercader y Caridad del Río

Pau Mercader y Caridad del Río

Lo que hoy vengo a contar no es ficción sino realidad, una historia de amor compleja y tortuosa situada en la Barcelona de principios del siglo XX. Los protagonistas, un industrial textil de la burguesía (Pau Mercader) y la descendiente de una acaudalada familia de indianos (Caridad del Río) que se convirtió en una fanática anarquista que acabó poniendo bombas en las fábricas de su esposo y participando (junto a su hijo Ramón Mercader) en la planificación del asesinato de Leon Trotsky. Ramón mató al líder de la revolución rusa clavándole un piolet pero eso ahora no viene al caso.

La pareja Pau-Caridad contrajo matrimonio el 7 de enero de 1908 tras haber sido anunciado el enlace en la prensa de la época. Ambos compartían afición por la equitación y, según parece,  ella se enamoró de Pau al descubrir que era un hábil jinete. Fruto de ese amor nacieron sus cinco hijos. La relación de la pareja no tardó mucho en deteriorarse. Pau, que aparentemente era un hombre ejemplar, tenía su lado oscuro. Sobre todo, en cuanto al sexo se refiere y, siempre que podía, intentaba trasladar a la realidad todas sus fantasías sexuales. Fantasías que obligaban a su mujer a participar en actividades en burdeles y que ella detestaba. SUna situación que la llevó a despreciar a su pareja y al círculo social en el que se movía. De ahí el cambio radical que sufrió.

En un momento dado, Caridad empieza a relacionarse con la bohemia y a sentirse atraída por los ambientes marginales. Sufre de adicción a la morfina y entra en contacto con el anarquismo. De hecho, se implica tanto que incluso participa en atentados contra su propia familia, los Mercader. Esto, y el hecho de enamorarse de un aviador francés, acabaron definitivamente con el matrimonio. Por decisión de su (todavía) marido, acabó ingresada en el manicomio de Nueva Belén por una buena temporada. Roser Messa

Fotonovela Susurros (1975-1981)

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La hoy extinta fotonovela, en su forma canónica, nació en Italia en 1947 y enseguida encontró réplica francesa. Aquí nos llegó a principios de los sesenta en paralelo a su expansión por Latinoamérica. Entre nosotros tuvieron un boom popular tremendo, pero que apenas duró un par de décadas. Aunque al otro lado del Atlántico las hubo de terror o de luchadores enmascarados y en Italia de villanos como Killing, en su mayor parte se centraron en el género romántico. Eso no impidió extraños mestizajes en un tiempo en que el fantaterror pop estaba de moda. Aquí, una de las principales editoriales fue Rollán, que empujada por el éxito de sus Corín Tellado o Carlos de Santander busco ampliar la oferta mezclando amor, suspense y terror con colecciones como Embeleso Gótica o Susurros. Para la realización, muchas de ellas se encargaron a la mítica agencia de cómics Selecciones Ilustradas, que se aplicó a romper la rectitud de las viñetas con montajes estridentes más propios de la historieta. La mezcla, eso sí, también produjo monstruos argumentales en esa imposible fusión del romanticismo más empalagoso con elementos de terror.

Uno de esos monstruos, ejemplo no ya de amor mal sino de pesadilla patriarcal humillante, se produjo en el número 37 de Susurros, que presentaba una historia de título Raptada, que protagonizaban dos rostros habituales (Ángeles Morales y  Jaime Boscu, quien luego saltaría al cine “S”) con guión acreditado un tal Verdejo (sic) y dirección de M. Fouché, otro habitual, aunque podría tratarse de un seudónimo compartido. Pero vayamos a lo importante: la fotonovela presenta la historia de una joven y virginal muchacha que es raptada por un enmascarado. El tipo la encierra sin posibilidad de escape, y aunque la alimenta y atiende sin estridencia, cada noche entra en la habitación, siempre con la capucha puesta, y le indica que si cede a mantener relaciones sexuales la dejará marchar. La chica siempre se niega, y aunque en algún momento duda, resiste durante semanas hasta que un día su secuestrador le dirá que la tortura ha llegado a su fin y le mostrará su rostro. Se trata nada menos de su prometido, cuyo único propósito era comprobar que ella le iba a ser fiel toda la vida… ¡incluso en las peores circunstancias! Lo peor es que acaba con beso y boda. No conozco relato más atroz. Daniel Ausente

La guerra de los Rose (Danny DeVito, 1989)

«Esos pobres bastardos nunca tuvieron una oportunidad«, dice el abogado especializado en divorcios interpretado por Danny DeVito a un Dan Castellaneta aún no sumergido en la fama de Los Simpsons. Es un concepto del matrimonio cercano al de Woody Allen en Maridos y mujeres (1992, otra maravilla negruzca sobre matrimonios en descomposición fuerte): te pongas como te pongas, lo lleves bien o lo lleves mal, el matrimonio / las relaciones estables son el cementerio del amor. Lo que quiere decir que pueden suponer tanto una bella eternidad en el camposanto con atardeceres infinitos junto a la persona que amas y que yace a tu vera en un mausoleo precioso o una fosa común apestosa donde las alimañas se ponen las botas. El matrimonio de los Rose va a en esa línea y DeVito retrata a la perfección una escalada de violencia psicológica (y de la otra) que arranca con un flechazo y acaba con un cachiporrazo. Despiadada y sin concesiones hasta su último segundo, La guerra de los Rose posee unas interpretaciones increíblemente divertidas (y sí, lo suficientemente cotidianas como para que todo sea muy incómodo) de Michael Douglas y Kathleen Turner y una fotografía de Stephen H. Burum (habitual de Brian De Palma) que, con encuadres estrafalarios e iluminación irreal refuerza el aire de adaptación apócrifa del mejor Roald Dahl para adultos. Una comedia negra extraordinaria que nos recuerda que sí, que el amor está muy bien, pero lo complicado es el resto. John Tones

The Duke of Burgundy (Peter Strickland, 2014)

En un momento en el que la comunidad BDSM se lleva las manos a la cabeza ante el “esta vez, nada de normas” que promociona la secuela de 50 sombras de Grey conviene recordar al avainillado lector dos cosas. La primera es que en toda relación que implique juegos de bondage, dominación, sumisión o masoquismo, el consenso y las normas son lo primero que se pone sobre la mesa, incluso mediante contratos privados por escrito. Segundo, que el año pasado, ese oasis en el mundo de la distribución española llamado La Aventura nos dio la oportunidad de disfrutar en salas de una obra infinitamente más interesante que las tóxicas fantasías imaginadas por E.L. James.

En una suerte de versión post victoriana del distopismo lo-fi de Yorgos Lanthimos, The Duke of Burgundy nos invita a observar la relación entre Cynthia y Evelyn, en una sociedad de entomólogas donde la presencia masculina brilla por su ausencia (ni falta que hace), las lecturas sobre lepidópteros ocupan el prime time de la comunidad y una puede encargar un retrete humano como quien elige una cocina en IKEA. Sin embargo, lejos de toda sordidez, Peter Strickland nos muestra este universo con delicadeza y lente de seda, un diseño sonoro tan impresionante y envolvente como el de su Berberian Sound Studio (2012) y una puesta en escena que nos remite a los clásicos más esteticistas del cine erótico de los setenta.

En cuanto al “amor mal” de la película, y ahí una de sus claves, más allá del extrañamiento y de la empatía o no con la relación de ama/sumisa que desempeñan las protagonistas, el conflicto surge nuevamente en lo mundano. Crisis de edad, el desgaste del día a día, ocultaciones y medias-mentiras que duelen más que cien azotes universalizan la propuesta de una historia sensorial e hipnótica en la que nada acaba siendo lo que parece y las mariposas terminan saliendo del estómago para zumbar, amenazantes, con introducirse en tus ojos y tus oídos. Pedro Toro

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