[Todos a una] Cuando Stephen King da miedo de verdad: las peores adaptaciones del rey del terror

Llevamos unos cuantos días, gracias al éxito de taquilla y crítica de It, celebrando las grandes adaptaciones de Stephen King. Recordando las que no fueron tan mal como se dijo en su día y recuperando las que pasaron injustamente desapercibidas. Pero reconozcámoslo: las hay muy malas. Hay una carretilla de adaptaciones horribles de Stephen King.

Estas son las peores. Una te las esperas. Otras no. Otras te van a dejar regular, porque cómo se nos ocurre. Siempre ha pasado con King. Ni con las malas nos ponemos de acuerdo.

El resplandor (1997)

El crítico de cine Carlos Pumares afirmaba que solo con la aparición e impacto de dos o tres rayos del célebre monolito en los chimpancés, en el filme 2001: Una odisea en el espacio, todo el mundo entendería la trama. La aplicación general de ese exceso retórico, propio del cine fantástico con menos imaginación, domina esta torpona y televisiva adaptación de la novela original de Stephen King.

King, a quien decepcionó el filme de Stanley Kubrick, pergeñó una traslación a la gran pantalla tan evidente como fallida, que contaba con los peores trucos del cine de terror clásico (ventanas que se abren, cristales rotos, etc.) y apenas ambición visual. Menos abstracta que el original, mucho más lineal, es en comparación un artefacto previsible, aún con el metraje extra, en el cual los actores tampoco están mucho mejor (especialmente un pasado Steven Weber como Jack Torrance).

Se cuenta que King dijo que Kubrick “no podía” entender la novela original, ya que era ateo. Pero lo cierto es que al adaptar ese cuento de fantasmas de manera “laica”, evitando todo tipo de excesos y creando un relato alegórico (¿imaginación del propio Torrance?), creó una obra original cuyo éxito pervive en homenajes prodigiosos como el documental Habitación 237. Y es que en cualquier discurso de terror una incógnita sin despejar es mucho más efectiva. Es la cita de Sigmund Freud en su célebre opúsculo, que inspiró a Kubrick en el filme, Das Unheimliche del año 19: “La incertidumbre intelectual es la condición básica para que se dé el sentimiento de lo siniestro”

Una prueba suficiente, también, de los distintos discursos del cine y la escritura; aviso para navegantes de la necesidad de tener a cualquier novelista con una orden de alejamiento del plató. Julio Tovar

It (2017)

Muchas cosas andan mal en la película de terror más taquillera de la historia, cortesía de un colectivo de payasos incapaces de interiorizar que miedo han dado siempre, y unas críticas que hacen hincapié en lo bien que funciona el ingrediente humano frente lo aterrador. Pues no, ni uno ni lo otro. La inquietud que It puede producir en ciertos traseros incontinentes es barata, efectista y obscenamente ruidosa, sí, pero coherente con la propuesta de la novela, y verbalizada explícitamente cuando ya a Pennywise lo van mandando a hibernar y éste musita: “Miedo”. Sin complejos, sin justificación. Sin una mínima vergüenza.

La película de Andrés Muschietti se muestra constantemente incapaz de bucear en los temas más interesantes de la obra magna de King, descartando toda metáfora y limitándose a conformar un divertimento al que se le supone corazón en base sólo a lo bien escogido que está el reparto infantil; más allá del casting, nos encontramos con un guión que ni entiende ni quiere entender a los personajes, ni las razones por las que son Perdedores, ni tiene mucha idea de cómo ser un Cuenta conmigo sobrenatural más allá de unos pocos motivos visuales. No es ya sólo la simplificación ramplona a la que son sometidas las personalidades de Richie Tozier y Eddie Kaspbrak, o el desdibujo de Mike Hanlon y Stan Uris: es que lo que han hecho con Beverly Marsh, pasando de ser una Perdedora a la tía cañón que los Perdedores se quieren beneficiar y que supera el maltrato doméstico a hostia limpia, no tiene nombre. Como tampoco lo tienen los objetivos de Pennywise, el CGI que se carga la interpretación de un voluntarioso Bill Skarsgärd, o, volviendo a Beverly, su vergonzosa metamorfosis en dama en apuros que requiere de su caballero andante para que le dé el beso despertador.

Así que no, ni lo uno ni lo otro. Ni por el terror ni por el corazón. Que una sofisticada imaginería visual no nos impida ver el bosque, y erigir esta nueva It como una de las adaptaciones más erráticas e indignantes del de Maine. Era difícil hacerlo peor y, de hecho, la versión de los noventa no lo hizo. Alberto Corona

Cell (Tod Williams, 2016)

Hace una década todos éramos mucho más ingenuos, teníamos altas expectativas en la vida y en el fantástico, y cuando la por entonces gran esperanza blanca del género, Eli Roth, se convertía en el elegido para tomar las riendas de la adaptación de Cell, nos excitamos a tope. Claro que hace una década aquella novela nos parecía una algo mejor. Al menos cuando leímos la sinopsis en Galerías Preciados antes de llevárnosla a casa.

Luego ya tal, pero la capacidad del director de Hostel para plasmar la violencia en la pantalla hacía el resto. Tras muchos dimes y diretes la película terminó en las manos de Tod Williams, un director poco o nada memorable que había debutado con la primera secuela de Paranormal Activity, una película que costó cinco veces menos que la original pero que amasó cerca de 200 millones de dólares. El guión de Cell está escrito a cuatro manos por King y Adam Alleca, un tipo condenado a los subproductos que tiene como título más destacado en su filmografía el guión del remake de La última casa a la izquierda. Vamos, alguien que de valiente tiene lo justito. Cell cuenta con veinte productores. Sí, has leído bien: veinte. Entre ellos el propio Cusack o Xavier Gens, uno de los supervivientes del último movimiento de horror francés y del que veremos La piel fría el próximo mes en Sitges.

Cinematográficamente, la película es indigna. El prólogo funciona, más o menos, a pesar de tener ese aspecto de película que se mueve entre el cine letón, SyFy Channel y The Asylum porque, oye, parece que la cosa puede funcionar a pesar de no ser mejor que un mal episodio de The Walking Dead. Y mira que de eso estábamos ya servidos. O sea, no es que lo diga yo: la película estuvo tres años en la nevera esperando a ver quién era el guapo que se atrevía con semejante bajona árida.

¿Sabéis qué pasa? Que a lo mejor la novela también era mediocridad de consumo rápido. Porque a veces King también nos la lía. Eso sí: por muy mediocre que sea el libro, ninguno de nosotros imaginó un plano final tan ridículo como el que nos brindan aquí. Kiko Vega

The Tommyknockers (1993)

Hay obras que dejan huella en tu vida: no es rara, por ejemplo, la historia del director de cine que descubre su vocación viendo La Guerra de las Galaxias (1974). Pero, en ocasiones, la obra es mundana y la epifanía modesta, como la que tuve al ver Los Tommyknockers por televisión: se trata de una obra tan aburrida que me hizo consciente del paso del tiempo.

Hasta ese día, mi vida se componía de momentos que fluían en un caudal incontrolable, pero el insoportable desfile de minutos que componen esta miniserie me hizo apreciar que cada uno se compone de sesenta valiosos segundos, los cuales es recomendable llenar de algo que te guste. Sólo por curiosidad, me mantuve pegado a mis padres mientras la historia se desenvolvía en pantalla de una tacada, muy propio de la forma en que las cadenas españolas despachaban las miniseries televisivas americanas propias de los 90.

Es una historia de adicción, de atajos para la vida, regalos envenenados y de esa maldad en nuestros corazones que aguarda la aparición de algo extraordinario para salir a la luz, todo ello muy propio de Stephen King. Novela y miniserie comparten además la necesidad de continuar de forma inclemente y devoran tus minutos sin ofrecer mucho a cambio, pero la última sirve además de aviso a navegantes: la mejor forma de adaptar a Stephen King no siempre es tomarle de forma literal. Por eso la mayoría de producciones televisivas, alabadas en su momento por su fidelidad al escritor, han terminado olvidadas.

Los Tommyknockers no deja de ser un episodio flojo de Más allá del límite (con su narración final y todo), basado en una novela que, esta vez sí, necesitaba ser despellejada hasta sus elementos más básicos. Sinceramente, ni siquiera la recomendaría para tener la misma epifanía que yo: sólo dos años después, vi Carrie (1976) y descubrí que se puede tener la misma sensación cuando una obra es perfecta y te percatas de que terminará pronto. Adrián Álvarez

The Mist (2007)

A Stephen King le gusta la fiesta. Eso significa que, hábitos de consumo aparte, en sus historias suele haber ambigüedad moral, formas de terror inesperado y humanos que no necesitan de monstruos para hacer las cosas terribles. Entonces, ¿cuál es el problema de La niebla si tiene todos esos elementos? Que convierte una novela corta empapada en desesperación, cachondeo y conductas cuestionables en un ejemplo de ese terror pulcro y almibarado de centro comercial de donde se entra igual que se sale: vagamente interesado. Algo que, si bien también ocurre con muchos de los libros de King, no era el caso de éste, convirtiendo un libro incómodo y raro en un pseudoblockbuster de domingo por la tarde con merienda en el McDonalds. Algo que suena como todo lo contrario a la fiesta a la que King hubiera querido invitarnos. Álvaro Arbonés

Carrie (2013)

Me pongo en el pellejo de los espectadores del año 2013 que fueron al cine a ver esta nueva versión de la primera novela de Stephen King. Probablemente, muchos de ellos se acercaron por motivos muy distintos a los míos: adaptación “moderna” de un clásico del consagrado escritor; desconocimiento de la versión del año 1976 (que, además, queda demasiado lejos) que pueden obviar; reparto atractivo y actual (Julianne Moore y, sobre todo, Chloe Grace Moretz), etc. Para todos ellos la película resultó, seguramente, un entretenimiento bastante efectivo. Muchos fuegos artificiales cargados de efectismo resultón y fiel (más o menos) a la obra del artista de Maine.

Sin embargo, para los que llevábamos más tiempo siguiendo la obra (tanto en cine como en libros) la película se quedaba, precisamente, en eso: una nula aportación que no tenía nada que complementar con respecto a la excelente película de Brian de Palma. Una elección de casting desastroso y poco acorde con lo que cuenta (a Moretz no te la puedes imaginar como “loser”, más bien como chica de moda), una historia llena de clichés sin profundidad, una preocupación malsana por dar un golpe de efecto en cada escena y la terrible necesidad de hacerla parecer una típica película de terror para adolescentes (en su sentido más peyorativo y vacío) eran demasiado lastre. El resultado final no pasará a la historia más que por su mediocridad (a pesar de tener a Moore, excelsa como suele ser habitual). Siempre nos quedará Sissy Spacek, la perfecta reencarnación de un tormento, la verdadera imagen de Carrie. Mariano Hortal

La milla verde (2007)

Sin ser ni remotamente la peor adaptación de King (ni su peor libro de una época en la que, tras la iluminación que le dio con el cambio de siglo, tiraba más a la fantasía macabra -por suerte, no exactamente optimista, más bien todo lo contrario- que al terror puro), sí que es una a la que he acabado pillando manía por todo lo que representa. Hay un tufillo en toda ella a Temas Importantes, Grandes Interpretaciones y Revelaciones Epifánicas con las que no puedo comulgar porque King es el rey del terror y el terror es asomarse al abismo para que te devuelva la mirada, no para que te dé unas palmaditas en la espalda.

Así que sí, La milla verde es una película muy competente (aunque no por las razones que se dicen siempre: la auténtica estrella olvidada de la función es Sam Rockwell), pero donde haya un cementerio indio que resucita niños, una familia de gatos-persona incestuosos o un San Bernardo tronado… es que no comparemos. John Tones

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