[Todos a una] Del celuloide al rayo catódico: películas que deberían ser series

Basta de paños calientes: es la nueva tendencia. Las películas de éxito de los últimos años (¡o décadas!) están empezando a convertirse en series de televisión. Y como en CANINO no podemos dejar de dar buenas ideas, hemos hecho memoria para sugerir a los productores televisivos que tengan muy en cuenta todas estas producciones cinematográficas a la hora de plantear nuevas series.

Las últimas noticias sobre Jóvenes ocultos o Westworld son solo la punta del iceberg. Las cadenas de televisión norteamericanas no tienen suficiente con contagiar de su narrativa seriada de última generación a películas, comics y videojuegos, sino que también quieren apropiarse de sus historias para transformarlas en series de éxito. No solo no nos parece mal, sino que tenemos unas cuantas ideas al respecto. Hemos preguntado a nuestros colaboradores qué largometrajes podrían funcionar como modernas series de televisión y estas han sido las respuestas.

American History X (1998)

American History X es una muy buena película. Tiene personajes interesantes y profundos que evolucionan (de forma más que justificada) a lo largo del metraje y, encima de eso, un guión en el que todas las tramas son serias candidatas a favoritas. Pero la cinta no es perfecta. Precisamente porque todas las historias que mezcla son tan interesantes muchas veces da la sensación de que está hecha a base de cortes, como un extraño montaje-resumen de una trilogía.

Por eso pienso que American History X funcionaría perfectamente como serie de cinco temporadas. Con el inicio puesto en la entrada de Derek en prisión, la temporada uno podría basarse en la construcción del personaje como líder nazi, ahondando en la situación de racismo mal disimulado que el muchacho vivía en casa, para terminar con un episodio descorazonador en el cual Derek se reafirme en su posición. Durante la segunda temporada podríamos ver su redención. Su vida en la cárcel, su acercamiento a Lamont y su cambio de mentalidad con una finale en la que Derek descubre que Danny está cometiendo sus mismos errores. Tras una T3 en la que la historia de Danny se funda con los intentos de Derek por salir de la cárcel, la serie podría culminar con dos temporadas épicas en las que Derek deba oponerse al villano Cameron Alexander que, ahora sí, podría tener todas las escenas que le faltan en la cinta.

¿He convencido a alguna cadena? Espero que sea la AMC. La serie, tal cual la imagino, es un producto que necesita respirar. Un tratamiento, fuera de polémicas, como el que le dieron a Mad Men (2007-2015) o Breaking Bad (2008-2013) Marta Trivi

El Protegido (2000)

Esta brillantísima aproximación a los superhéroes, tan desnuda como eficaz, contaba con un dúo de Bien y Mal tan efectivo que seguro que funcionaría en televisión. Ese medio narrativo, claro, donde los personajes son todo. Si bien puede decirse que Heroes (2006-2010) ya iba por allí, no se puede comparar la sutilidad de la película original de Shyamalan con las últimas temporadas de esa serie, marcadas ya por el peor lenguaje televisivo y con efectos visuales de baratillo.

Además, la fuerza de ese Bruce Willis heroico frente al “Hombre de cristal” (uno de los pocos papeles protagonistas de Samuel L. Jackson donde no dice “fuck” ) podría dar al menos una temporada o dos de buena televisión tal y como la entiende la HBO. Superhéroes de prestigio crítico, claro, pero también una forma distinta de rodar, menos efectista, y un duelo de voluntades que podría ser memorable. ¿Detendría Bruce Willis el próximo avión boicoteado por Samuel L. Jackson? ¿Cuáles serían los nuevos secundarios? ¿Se convertiría el hijo de Willis en una especie de Robin? En fin, un planteamiento fértil que podría dar pie a un buen thriller. Es imposible no ver a Carlos Boyero en plena vejez disfrutando esta serie: “…droga de la buena”. Julio Tovar

Jackie Brown (1997)

Pulp Fiction (1994) podría parecer más atractiva y apetecible a la hora de recrear las vidas de los muchos personajes que pululan por ella, pero la elegancia y sobriedad de la siguiente película de Quentin Tarantino, además de ser la obra donde más se acerca de corazón a los personajes, sería un ejemplo perfecto de serie de calidad para la nueva Edad de Oro de la Televisión (*vomita muy fuerte*). La historia de una azafata que se dedica a traer drogas para un tipo peculiar y violento con amigos más peculiares y violentos a la que siguen unos agentes de aduanas peculiares y violentos podría dar para una serie peculiar y violenta basada en la novela de Elmore Leonard, veinte años después de su estreno.

Personajes inmensos hay de sobra, desde la propia Brown hasta Mark Dargus, el compañero de ese Ray Nicolette que también se dejaba ver en otra gran tapada, la divertida Un romance muy peligroso (1998) del Steven Soderbergh más molón que se recuerda. ¿Se imaginan un episodio entero centrado en un día con Louis Gara? ¿Llevar a un episodio de cuarenta minutos el asunto con Beaumont? ¿Ordell Robbie alquilando sus VHS de chicas con armas? ¿Max Cherry haciendo de vientre en todos los episodios?

Jackie Brown, la serie, estás tardando en ser una realidad. Kiko Vega

Akira (1988)

Cuando hasta el propio autor, Katsuhiro Otomo, afirma que la mejor forma de adaptar su propio manga era el formato episódico (proyecto que no se pudo llevar a cabo por causas de fuerza mayor) sabes que algo de razón debe tener. Y si lo has leído, es imposible no estar de acuerdo. Akira, el film, es al manga lo que el universo cinemático de Marvel a los tebeos: una reimaginación, una suerte de realidad alternativa en la que las cosas salieron de otra manera pero que en sí misma es una obra disfrutable. En el caso de Akira no sólo es eso: también, y sobre todo, es una obra maestra de la animación, una película artística y técnicamente rompedora que estaba a años luz de cualquier producción contemporánea. Pero el manga es mucho, muchísimo más, desde horror cósmico hasta cyberpunk desatado, novela negra, buddy movie, cifi militarista, nihilismo en vena, drogas, rock and roll, motos y adolescentes descerebrados. Y todo eso, como es evidente, no cabe en una película.

De hecho, cada uno de los seis volúmenes de la serie, de aproximadamente unas cuatrocientas páginas, da para temporadas completas e incluso se debería recortar por alguna parte porque es imposible llevar todo eso a la pantalla. Página tras página de orgasmo visual en forma de persecuciones por las alcantarillas, el crescendo de tensión cuando Tetsuo desciende a la cámara en la que Akira descansa al cero absoluto, el despliegue de fuerzas cuando el Gran Imperio de Tokio ataca a los seguidores de Lady Miyako o el final, en el estadio olímpico en ruinas, en el que un Tetsuo descontrolado se convierte en un terror lovecraftiano maníaco y homicida antes de que todo termine tan repentinamente como empezó. Akira, de llevarse a cabo como serie con los valores de producción del film, con un presupuesto detrás que permitiese una adaptación fidedigna y que no arrastrase los problemas que muchas series están teniendo últimamente (como Dragon Ball Super) y, sobre todo, que arreglase los problemas argumentales del manga, sería, sin duda, el anime definitivo. Alberto Mut

Los odiosos ocho (2015)

La reinterpretación en clave bombástica de El correo del infierno (1951) que hace Quentin Tarantino en Los odiosos ocho, encerrando al espectador durante tres horas -que pasan en una exhalación- en una cantina, es una muestra pluscuamperfecta de dominio de ritmo, espacio e interpretación: imaginen por un momento lo que podría hacer el realizador si lanza al mundo exterior a personajes tan fascinantes como la sanguinaria Daisy Domergue —una Jennifer Jason Leigh at his best— o el Mayor Marquis Warren, el legendario soldado unionista convertido en cazarrecompensas interpretado por un Samuel L. Jackson que goza despedazando blancos cual gorrino en lodazal.

La idea de convertirla en serie no puede ser más coherente con una película que ya de por sí tiene una estructura episódica, así que ahí va mi propuesta: miniserie cerrada de ocho capítulos para la HBO y dirigida por el propio Tarantino, formato que ha funcionado a las mil maravillas con la primera temporada autoconclusiva de True detective (2014-). Así la cadena cerraría al fin las heridas abiertas con el fracaso del incontrolable —y mayestático— western Deadwood (2004-2006) y aprovecharía el más que probable éxito de Westworld y de la nueva Twin Peaks dirigida por Lynch himself: el futuro de las series pasa por ceder los mandos a los megarrealizadores y dejarles hacer lo que les venga en gana. Cada capítulo estaría dedicado a un personaje -¿quién no querría saber más datos del amargado y venenoso General confederado Sandy Smithers, al que da vida la carne apaleada del gran Bruce Dern?- y todo conduciría a un grand finale que no sería otro que la propia película, donde todo confluye en la mercería de Minnie… pero Tarantino, en una de sus operaciones meta, obligaría a la HBO a rodar un episodio extra donde haría una reinterpretación de su propio film -un poco a la manera de la segunda hora de Death Proof (2009), que funcionaba como reverso positivo de la primera parte de la película- cargándose toda la parte del carruaje y la presentaciones y motivaciones de unos personajes que ya conocemos.

El que el espectador tenga desde el inicio todas las claves hará del visionado de ese capítulo una tortura insoportable, y nos sorprenderemos gritando a la pantalla como en un espectáculo de marionetas de Punch y Judy… pero -de nuevo un “pero”- Tarantino puede sentirse con libertad de alterar todo y convertir el final en algo completamente nuevo y excitante, una especie de What if de la propia película donde puede pasar cualquier cosa. Todo ello aderezado por ignotas grabaciones de Donovan, Willie Nelson y Dolly Parton y una nueva y descomunal remezcla del Ennio Morricone de Man with the Harmonica. Que alguien me pase el teléfono de la HBO, por favor. Javier Trigales

Cazafantasmas (2016)

Ya saben que por aquí la nueva Cazafantasmas ha gustado bastante. Lo curioso es que esta notable comedia fácilmente ubicable entre lo mejor que se ha estrenado este verano, tiene unos modales más propios de un lujoso primer episodio televisivo que del blockbuster veraniego promedio. Y esto es así porque cumple a la perfección con lo que se exige a un piloto: proponer un punto de partida sólido que nos deje con ganas de más.

Si analizamos el equipo creativo, fantasear con unas Cazafantasmas televisivas tiene todo el sentido del mundo: la guionista Kate Dippold y las protagonistas Kristen Wiig, Melissa McCarthy, Kate McKinnon y Leslie Jones tienen a sus espaldas una exitosa y sobresaliente trayectoria en la pequeña pantalla. En cuanto a Paul Feig, estaríamos hablando de su vuelta al medio donde se formó como director y firmó sus mejores trabajos. ¿Y por dónde irían los tiros con semejante dream team al timón de la serie? Habiendo saldado todas las deudas posibles con la película del 84, la televisión es un terreno propicio para solucionar los problemas de falta de tiempo que encorsetaron a Wiig y McCarthy en unos personajes quizás demasiado al servicio de las necesidades estructurales del guión. A partir de ahí, libertad creativa absoluta. ¿Qué tal un bottle episode sobre algún experimento chiflado de Holtzmann que se ha ido de madre ambientado íntegramente en el edificio de las Cazafantasmas? ¿Y un festival de posesiones que desemboquen en un musical con Joss Whedon como director invitado? Las posibilidades son infinitas.

No sé ustedes, pero yo firmo ya mismo por una primera temporada de 24 episodios y Chris Hemsworth marcándose un baile diferente al final de cada uno. En abierto, claro, para garantizar millones de infancias violadas semanalmente. Nacho MG

Phantasma (1979)

A finales de los setenta Don Coscarelli escribió su nombre en la generación de oro del nuevo cine de terror americano con esta película de terror de bajo presupuesto que mezclaba sustos con guiños a la ciencia ficción. Una bola de metal, voladora y trituradora, y un hombre alto con la cara del recientemente fallecido Angus Scrimm venido de otra dimensión, eran los máximos reclamos. Dos creaciones ya inmortales dentro de la historia del género. Cierto es que Phantasma es una saga bien surtida que está a nada de estrenar su nueva entrega tras casi veinte años en el dique seco, y ahora que el hombre del saco original ya no está con nosotros. Ahora bien, tiene madera para ser una serie de televisión la mar de disfrutable. ¿La razón principal? El personaje de Reggie, un trasunto del Ash de Posesión Infernal (1981), que nos podría dar muchas noches de gloria. Presente en todas las entregas de la franquicia, Reggie (interpretado por el ya septuagenario Reggie Bannister) es un individuo con espíritu socarrón y vis cómica, aficionado a los chascarrillos, que además es un playboy en paro con facilidad para caer en el ridículo más espantoso. Sus luchas contra un nuevo hombre alto Tony Todd sería un buen sucesor- darían mucho juego en la pequeña pantalla; sobre todo si se explora su lado más macarra y torpe a lo Ash vs Evil Dead  (2015-). Si a eso le sumamos nuevos monstruos (Coscarelli sabe de eso) y más viajes entre dimensiones, habemus serie.  Xavi Sánchez Pons

Crank (2006)

Basta ya de series con interminables episodios de cincuenta minutos donde tres cuartos de hora son un interminable pulular de personajes secundarios y tramas de relleno. Necesitamos series con episodios de diez minutos, como Los Herculoides, en las que pasen un montón de cosas muy deprisa y te dejen con ganas de mandar la HBO a un rincón de la tele más allá de los canales de teletienda y tarot.

Para este antídoto a tanto héroe Marvel sobredimensionado e insufribles juegos de tronos -pero tronos como lo entendía mi abuela, donde vas a hacer de vientre- no se me ocurre mejor punto de partida que Crank, la épica adaptación-de-un-videojuego-que-nunca-existió, que convirtió a Jason Statham en nuestra weapon of choice predilecta y a Neveldine y Taylor en posibles salvadores del cine mundial en una dimensión alternativa que, por desgracia, nunca llegamos a contemplar. La inmortalidad a prueba de bombas (con perdón) de Chev Chelios garantiza un reinicio al principio de cada capítulo, que podría ser siempre in media res, con Chelios despeñándose por un barranco à la Homer o haciendo el salto del ángel en un océano helado e infestado de belugas. Y en cada episodio, un cronómetro que cuenta lo que va a tardar en implosionarle el riñón, en derretírsele la cabeza o en autosellársele el esófago. Y todo, a todo meter. Una serie adictiva, frenética y demente, el antídoto perfecto para tanta narrativa morosa y tantos rodeos para cubrir horas y horas de televisión-plomo. John Tones

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