[Todos a una] Del Planeta Cabeza a los Superseñores: Alienígenas increíblemente extraños

El descubrimiento del nuevo sistema solar TRAPPIST-1 nos ha hecho soñar. El anuncio de una serie de planetas de características similares a la Tierra nos hace retomar la vieja idea de la vida extraterrestre que la ciencia (hasta ahora) se iba encargando de machacar una y otra vez con aburridos datos de realismo cósmico. Pero para imaginar siempre hay tiempo. Por eso hemos hecho esta lista de alienígenas de la cultura pop. Pero no cualquier alienígena. Nos quedamos con los más raros.

Planetas vivientes, cerebros descomunales, visitantes galácticos de quién sabe dónde. La historia de la ciencia-ficción ha dado para plantear una auténtica fauna de seres desnortados y que desafían las imaginaciones más salvajes. Hemos seleccionado algunos (solo algunos) de ellos para demostrar que si la inmensidad del cosmos no tiene (casi) límites, la creatividad humana la tiene todavía menos.

El Planeta Cabeza de Flierman

Planeta Cabeza

La historia de Planeta Cabeza se limita a una única viñeta, pero esa solitaria aparición basta para que su nombre conste (en mayúscula y tipografía dorada) en la lista de los grandes momentos pop del asombroso mundo de los alienígenas increíblemente extraños. Pero antes, un poco de situación. La fugaz vida y muerte de Planeta Cabeza se produjo en las páginas de Spider, aquí también conocido como Flierman, uno de los personajes más bizarros de la historia de los tebeos. Nacido en 1965 como parte del sello británico Fleetway/IPC, se benefició del arte extraño y singular de Reg Bunn y, a partir de su tercera aventura, de los guiones de uno de los creadores de Superman, un Jerry Siegel ya pasado de vueltas. Con un protagonista estrafalario y egocéntrico como pocos, el tebeo se convirtió en una máquina de generar delirio a piñón fijo y en dosis cada vez más elevadas. La sobredosis definitiva llegó con la saga donde la recién creada Sociedad de Héroes se enfrentaba a Los Siete Siniestros en un memorable reparto de sopapos entre 14 personajes a cuál más raro. La cosa es que el berenjenal acaba produciendo el choque entre “una fuerza inamovible y una fuerza irresistible” generando un Globo X, pepinazo entrópico que “absorbe y destruye cuanto encuentra durante una eternidad hasta destruirlo todo en un momento”. El descomunal patapum cósmico pilló al pobre Planeta Cabeza como víctima colateral a años luz de distancia, una criatura sideral de aparición fugaz cuya vida y muerte se concentran en una única y gloriosa viñeta. “¡Una improbabilidad matemático-estadística inimaginable pero posible! ¡Planeta Cabeza Morir! ¡YAA!” fueron sus primeras y últimas palabras. Descanse en paz. Daniel Ausente

Los Ariekei de Embassytown

Ariekei, los Anfitriones

Resultaría vano intentar describir a los Ariekei, los alienígenas de la novela de China Miéville Embassytown (2011). El propio autor nos niega una descripción propiamente dicha de las criaturas, limitándose a dejar caer atisbos de su fisonomía a lo largo de la narración. Sabemos que los Ariekei poseen un número indeterminado de patas velludas articuladas, un par de abanicos y una constelación de ojos. El conjunto se nos antoja algo a medio camino entre un insecto y a una planta lovecraftiana del tamaño aproximado de un jugador de baloncesto. Pero la rareza de los Ariekei no estriba en ninguna de estas características físicas, sino en sus peculiaridades lingüísticas. El lenguaje de los Ariekei, que se habla simultáneamente desde dos bocas independientes, no consiste en un conjunto arbitrario de fonemas combinados en formas a las que se atribuye un significado convencional. Es un lenguaje literal, en el que cada doble palabra es una ventana abierta a su referente, a algo que existe efectivamente y puede ser pensado y percibido. Esto tiene dos consecuencias capitales: primero, los Ariekei no pueden comprender los conceptos abstractos ni las metáforas a no ser que se las representen literalmente encarnadas en una situación material que debe haberse dado al menos una vez; y segundo, y más decisivo todavía, los Ariekei no saben mentir. Félix García

Los Cheela de Huevo del Dragón

Los Cheela, Huevo de Dragón

Huevo del Dragón (1980) de Robert L. Forward es la historia de cómo la vida se abre paso en el más insospechado de los marcos: una estrella de neutrones. Las formas de vida que aparecen en su superficie se desarrollan y se diversifican, desde unos animales bárbaros que evolucionaron a partir de la vida vegetal hasta una civilización tecnológica que sobrepasa a la Humanidad en cuestión de horas. Los Cheela, la raza de habitantes de la estrella, viven un millón de veces más deprisa que los humanos gracias a la enorme velocidad de rotación del Huevo, de forma que un segundo en nuestro marco temporal representa varios años en el suyo y la vida media de una de estas criaturas es de cuarenta minutos. Su tamaño y forma se parecen al de una semilla de sésamo, pero la gravedad de la estrella, sesenta y siete mil veces más potente que la de la Tierra, hace que su peso sea más o menos el mismo que el de un ser humano. Su diámetro es de cinco milímetros y su altura de algo más de medio milímetro. Sus ojos son capaces de ver el espectro ultravioleta.  Las armas más avanzadas de la civilización Cheela son unos cristales que dejan al morir una especie de depredadores que conviven con ellos y que se usan como espadas y puñales. Las comunicaciones son posibles mediante un sistema de heliógrafos, piedra angular de su civilización.

El campo magnético del Huevo se extiende de este a oeste, y, siendo tan potente, es más fácil seguir sus líneas que atravesarlas, de tal forma que los Cheela siempre se mueven a lo largo de las líneas en lugar de a través, evitando esto último cuando les es posible. Es un mundo en el que todo se mueve de izquierda a derecha porque moverse de norte a sur es extenuante. Asimismo, los Cheela devoran a sus muertos sin más ceremonia. Cuando un Cheela muere es retirado y procesado para su consumo, sin aparentes connotaciones religiosas o animistas de ninguna clase. Pero lo más notable (sobre todo para el año en que se escribió la novela) es la sexualidad Cheela: no sólo son las hembras de la especie las que eligen cuándo, dónde y con quién se aparean (siendo poco común la noción de pareja estable), sino que, una vez ponen los huevos, éstos son llevados a una guardería donde los ancianos Cheela cuidarán de ellos hasta que la cría sea adulta, desentendiéndose ambos progenitores de ella. No es la única diferencia cultural fundamental respecto a nuestra sociedad que aparece en la novela y el gran acierto de Forward es narrar estas diferencias como lo que son: parte de la vida cotidiana de los Cheela que no merece más explicación de la que merecería cualquier costumbre humana en una novela realista. Alberto Mut

Los Superseñores de El fin de la infancia

Bocetos realizados para una inconclusa adaptación al cine por el historietista Neal Adams de los superseñores.

Bocetos realizados para una inconclusa adaptación al cine por el historietista Neal Adams de los superseñores.

Pocas apariciones alienígenas son más emocionantes, más estudiadas, que la primera vez que se muestran los llamados Overlords (Superseñores) en el clásico de Arthur C. Clarke El fin de la infancia (1953). En efecto, luego de invadir la tierra pacíficamente, inducir y unificar todo el poder bajo el miedo, se muestran como la más terrible némesis de cualquier religión: demonios. El escritor Arthur C. Clarke, versado también en mitología, pergeñó a estos padres alienígenas como diablos venidos a llevar al “fin de la infancia” a la humanidad. Estos satanes, claro, intentaron llevar anteriormente los hombres a su siguiente salto evolutivo y el recuerdo siniestro del “fracaso” quedó en todo libro religioso.

Excelente novela del autor inglés, quizá su mejor trabajo, fue uno de los primeros intentos en intelectualizar la ciencia ficción con ribetes filosóficos y no poca reflexión sobre el futuro. Stanley Kubrick quiso adaptarla al cine, pero acabó tomando de base El centinela (1951). Esto no quita que muchos conceptos de esa novela, como el salto evolutivo o los niños renacidos impregnaran el discurso narrativo de 2001, Una odisea en el espacio (1968).

Desafortunadamente, estos sesudos, clarividentes y pacientes demonios, dirigidos por esa especie de Marco Aurelio con cuernos que es Karellen, tuvieron que esperar hasta nada menos que 2013 para aparecer en nuestras pantallas. ¿El resultado? Una serie de SyFy Channel un tanto deslucida para una trama que merece un filme de presupuesto y gran estilo. Solo queda, en fin, hacer igual que estos diablos y esperar silenciosamente… Julio Tovar

Los lunícolas de Viage somniaéreo a la luna

Los lunícolas

Viage somniaéreo a la luna (escrito con «g», de acuerdo con la grafía del siglo XIX) es una de las primeras novelas de ciencia-ficción publicadas en España, y ya solo por este dato merece prestarle atención. Pero, además, cuando te enteras de que es una de las cinco obras españolas del siglo XIX donde se narra un viaje espacial y que contiene una de las primeras descripciones de alienígenas de la historia de la literatura, la cosa mejora. Actualmente, dicho relato se halla reproducido en parte en el libro De la Luna a Mecanópolis – Antología de la ciencia ficción española (1832-1913), el cual contiene una selección de textos escogidos por Nil Santiáñez-Tió.  

Viage somniaéreo a la luna cuenta las peripecias de un argelino llamado Ismael que emprende un viaje en globo aerostático hasta la Luna persiguiendo a su hija, que ha huido con su amante francés, ambos también en otro globo aerostático. Un viaje que no es del todo cierto sino en parte imaginado ya que Ismael (el protagonista) se duerme en pleno vuelo y lo que sueña es su llegada a la Luna. Allí lo reciben los lunícolas (sus habitantes) para llevarlo al “depósito de rarezas” y luego trasladarlo a los hemisferios de la “tranquilidad” y la “intriga” donde finalmente encontrará a su hija, aunque esta se negará a volver con él.

Podríamos decir que el “depósito de rarezas” era una especie de zoológico donde los lunículas llevaban (por parejas) a los visitantes de otros planetas para que estos se reprodujeran entre ellos. Allí se hallaban los mercuriolas (de Mercurio), los martícolas (de Marte), los venícolas (de Venus), los jupitícolas (de Júpiter), los saturnícolas (de Saturno) y los uranícolas (de Urano). Todos bien raros. Por poner un ejemplo, a los mercuriolas los describe como unos seres miedosos, siempre asustados, y que tienen una bolsa al lado del corazón que se aprietan con una mano y cubren con la otra. Al final la historia tiene final feliz, con el padre entregando la dote a su hija para que esta, tras convertirse al cristianismo, se case con su prometido. Roser Messa

Los extraterrestres de Los visitantes de la galaxia

A finales de los años ochenta estaban las películas del cine y las películas del videoclub. Y aunque a veces coincidían títulos, eran mundos distintos. Los cines se llenaban de espectadores que iban más o menos a tiro fijo, y los estrenos prácticamente igual de convencionales que los de nuestros días. Pero en el videoclub el cine de género era el rey y no había filtro para experimentar: el carácter íntimo y algo alcohólico del ritual de ver un vídeo con los “colegas” hacía que todo fuera posible. Recuerdo una sesión en la que llegamos a alquilar Los coches que devoraron Paris (1974) junto a un VHS del Dúo Sacapuntas. Sin problemas. Las películas del videoclub pertenecían a un planeta cine tronado y subterráneo, y así un servidor se alquiló en glorioso Beta la película Los visitantes de la galaxia (1981) tras un rápido vistazo a una carátula en la que salía un monstruo y supuestos alienígenas en trajes de lamé dorado.

Los visitantes de la galaxia es un hit de ciencia ficción yugoslava dirigida por un realizador de cine de animación, Dusan Vukotic. En ella, un escritor de novelas del espacio en horas bajas descubre que tiene el poder de materializar los productos de su imaginación -un psiquiatra le dice que es un claro caso de “telurgia” (sic)- y así, sin más, entran en su vida una espigada visitante de la galaxia Arkana junto a sus dos hijos gemelos. La extraterrestre se pone en contacto con el escritor dejándole mensajes en una grabadora de voz, lo que lleva el concepto de tecnología punta a un nuevo nivel. El “conflicto” surge cuando la esposa del escritor descubre la atracción galáctico-sexual entre su marido y la alienígena, que pese a gozar de unos poderes extraordinarios, los utiliza para cosas tan penosas como freír un filete en su barriga-microondas o convertir su brazo en una aspiradora. El machismo como recurso cómico-galáctico de cuarta. La película se entona mucho más cuando un ser mitad elefante-mitad oso hormiguero siembra un moderado caos en una reunión familiar balcánica por el expeditivo método de arrancar cabezas. La película finaliza con una imagen entre poética y desangelada: el protagonista flotando en el espacio junto a su mesa de escritor rumbo a la Galaxia Arkana en compañía de la troupe alienígena. El niño que fui digirió sin problemas estos acontecimientos y siguió con su bocadillo de nocilla. Javier Trigales

El enjambre de Invencible

El enjambre de Invencible

Los soviéticos siempre han sido muy diestros a la hora de representar alienígenas incognoscibles. Quizás fuera fruto de vivir bajo un régimen donde hasta lo cotidiano era increíblemente extraño. Isaac Asimov, que por algo era ruso de cuna, se resistió a introducir aliens en su Saga de La Fundación (1942-93) porque creía que cualquier representación de razas extraterrestres estaría inevitablemente mediada por nuestro impulso antropomorfizador. Los aliens de los Hermanos Strugatsky en Picnic en el camino (1972)  aparecían solo fuera de campo y dejaban detrás de ellos objetos inescrutables de poderes impredecibles. Pero el maestro de todos ellos fue Stanislav Lem, que de acuerdo, era polaco, pero bebía de similares fuentes. Ya en Solaris (1961), Lem había explorado la posibilidad de comunicación con conciencias no humanas (también llamadas “exóticas”) presentando un planeta vivo.

Otro ejemplo en la obra de Lem lo encontramos en la magistral Invencible (1964). La nave que da nombre a la novela es un crucero estelar de enorme poder que aterriza en un planeta en busca de una nave perdida años antes. En el aparentemente desértico y deshabitado mundo irán encontrando indicios de la presencia pretérita de otras civilizaciones arrasadas por un desastre incomprensible que termina revelándose como una nube de diminutos insectos mecánicos dotados de un único impulso, sobrevivir. La tesis de Lem es doble. Primero que la evolución no se restringe a los seres biológicos  y que lo que él llama “necroevolución” es también factible. Segundo que la evolución no implica necesariamente el paso a formas de vida más civilizadas o empáticas, que el proceso de selección natural puede llevar a formas sencillas, perfectas e irracionales con las que será imposible negociar o comunicarse. Estas ideas anticipan el miedo a que en el futuro la nanotecnología descontrolada, el grey goo, pueda causar un apocalipsis global, e inspirarán a otros enjambres más recientes como los que aparecían en el especial de Doctor Who titulado Planet of the dead (2009) o en Star Trek: Más allá (2016). Santi Pagés

La Bestia Hambrienta de TerrorVision

“Todas sus criaturas se parecen a él”, decía el director Ted Nicolau en una entrevista refiriéndose al creador del monstruo, John Carl Buechler, y también que estaba decidido a que el de su película fuese la excepción. Ahí tienes los vídeos para que puedas juzgar si lo primero era verdad, y si en ese caso consiguieron lo segundo, pero sea como fuere no podemos hablar de Alienígenas Increíblemente Extraños sin sacar a pasear la mascota espacial de TerrorVision (1986). En efecto, el bicharraco de esta producción de la Empire no es sino la versión plutoniana de un animal de compañía, el equivalente extraterrestre a un dóberman de leyenda urbana, enloquecido y abandonado por su dueño en forma de pura energía y recogido por la antena parabólica de una (igualmente chalada) familia de la Tierra. En su planeta no le llaman “bestia hambrienta” por nada y, salvo por un breve intermedio en el que amenaza con convertirse en un manso remedo de E.T., el perrete extro de TerrorVision redondea una cuchipanda de efectos clásicos, ochentas profundos, e incorrección política bien entendida; que no es la de insultar a una minoría, sino la de incomodar a la mayoría. Andrés Abel

Rot Lop Fan de En la noche más oscura

Rot Lop Fan de En la noche más oscura

Aunque brevísima, la producción de Alan Moore con Green Lantern dio lugar a tres historias cortas que tuvieron una influencia tremenda en el Universo DC, y cualquiera puede englobarse en este recopilatorio de Alienígenas Increíblemente Extraños. Una historia abordaba por qué Abin Sur, dueño del anillo que heredó Hal Jordan, viajaba en una nave espacial en lugar de ir flotando en el espacio como el resto de los Green Lantern; otra presentaba a Mogo, el planeta Green Lantern, en una delirante historia que introducía en DC el equivalente a Ego, el planeta viviente de Marvel; la tercera, que es la que nos ocupa, narra la historia de la patrullera Katma Tui, que viaja hasta las profundidades de Obsidiana, en los confines del Universo, para reclutar a Rot Lop Fan, a quien los anillos de poder han declarado digno.

Sólo hay un problema: Rot Lop Fan no puede ver y su lenguaje se basa, por tanto, en el sonido. La historia, que aborda una de las grandes inquietudes de Moore (la incomunicación o, mejor dicho, la falta de entendimiento entre lo ordinario y lo extraordinario) termina con Katma Tui encontrando la manera de que Rot Lop Fan pueda ser investido, no como Linterna Verde, sino como Campana Fa Sostenido. Su juramento, que cambia los conceptos de luz por los de sonido, dice “En el estruendo más fuerte o el silencio más profundo, mi oído capta el menor sonido que el mal emita. Que aquellos que provocan del mal el tañido teman mi poder, ¡la Campana en Fa Sostenido!

Cuando se representan alienígenas, la tendencia es antropomorfizarlos y asumir que su forma de expresarse podrá traducirse de forma literal y perfecta a un idioma de la Tierra. Puede que el dibujo de Bill Willingham tirase por presentar a Rot Lop Fan como un delfín humanoide, pero Moore fue lo bastante listo como para desviarse de la norma en lo lingüístico. Y de rebote, queda una historia que merece convertirse en audiolibro. Adrián Álvarez

El bicho bola extraterrestre de Dark Star

La primera película de John Carpenter, Dark Star (1974), era una disparatada odisea en el espacio que casi cincuenta años después es difícil de catalogar. Entre proyecto de fin de carrera y cine de vanguardia, Carpenter y O’Bannon presentaron el extraterrestre más extraño de los setenta. Sí, también era el más barato, pero mira si la película era rarita que no se me ocurre una mejor criatura alienígena que un maldito balón de playa de Nivea. Kiko Vega

Gor de El cerebro del Planeta Arous

La ciencia-ficción radioactiva de los años cincuenta nos dejó un buen catálogo de criaturas extraterrestres de donde escoger la más extraña, todas similarmente baratas e inverosímiles: de los marcianos con cremallera de Invasores de Marte (1953) a la combinación de disfraz de gorila + escafandra + calavera de Robot Monster (1953). De entre todo esta amplia ralea de monstruosidades físicamente risibles me quedo con Gor, la sesera ambulante de El cerebro del planeta Arous (1957), que ocupa el cuerpo de un terrestre fácilmente identificable porque sus ojos se vuelven plateados. Su condenación llegará a manos de un compatriota, Vol, que inicia con Gor una guerra de a ver quién tiene el puente troncoencefálico más poderoso, y que nos deja a los espectadores con los consabidos cinco minutos de presencia alienígena en pantalla, cuya cima es esta secuencia, donde un cerebro del espacio exterior es derrotado, como quien dice, a gorrazos. John Tones

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