[Todos a una] In memoriam Harry Dean Stanton: nuestras escenas favoritas de un secundario eterno

La semana pasada fallecía con 91 años Harry Dean Stanton, al que muy recientemente vimos en Twin Peaks clavando, como siempre, su eterno papel de los últimos tiempos: el viejo cascarrabias e irónico encantado de hacerse el tonto con unos chavales que se creen que lo saben todo. Presente en algunas de nuestras películas favoritas, hemos decidido homenajearle recordando algunas de las películas que marcó de forma indeleble con su presencia.

Nuestros Todos a una siempre están incompletos. Por definición. Elegimos un tema y unos cuantos colaboradores apuntan algunos ejemplos de su gusto y afines a lo propuesto. Nunca queremos ser completistas, pero esta vez es imposible: con 91 años, la presencia de Harry Dean Stanton ha adornado muchas más películas de las que puede cubrir un homenaje tan modesto como este. Aún así, nos hemos liado la manta a la cabeza para recordad algunos de sus momentos más gloriosos. Este es el resultado.



Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979)

Aunque no se le suela tener muy en cuenta, con tanto xenomorfo, tanta Ripley y tanto H. R. Giger, uno de los grandes hallazgos de Alien fue su manera de exponer cómo, en el lejano futuro, todo permanecerá igual que ahora. Es decir, que seguirá habiendo empresas explotadoras, jefes expertos en amargarte la vida y curritos cuyo paladar se ha vuelto insensible a fuerza de devorar marrones. Para representar a estos últimos, nadie mejor que Brett, mecánico de a bordo en la nave Nostromo. Nadie mejor que Harry Dean Stanton para ponerle cara al lado más cutre del futurismo.

Desde su presentación (formando equipo con un Yaphet Kotto también supremo), este señor deja las cosas en su sitio: en lugar de jerga pseudocientífica o épica forzada, el primer diálogo que escuchamos en Alien es una conversación sobre impagos, dietas y disparidad salarial. Por si esto no aclarase lo bastante las cosas, fíjense en qué indumentaria ha elegido Brett para hollar el vacío entre las estrellas. Y luego desmientan (si es que pueden) cómo esa gorra de béisbol y esa camisa hawaiana a medio abotonar representan a quienes no tienen tiempo para pasmarse ante el cosmos infinito, porque están más ocupados preguntándose si la birria que van a cobrar les llegará para pagar la hipoteca. O el alquiler. O, ya puestos, al menos una cogorza en el astropuerto de turno.

“La sanción es la pérdida total de emolumentos”, suelta Ian Holm (que no es sólo un androide asesino, sino también algo peor: un esquirol y un sicario de la empresa) para taparles la boca a Brett y a su compañero cuando estos sugieren que lo mismo eso de descender sobre un planeta dejado de la mano de Dios no es una buena idea. Así pues, la razón última para acabar en las fauces de ese bicho tan devorador como un ERE no es otra que el miedo a que te dejen sin paga. Y el primero en ser devorado es, por supuesto, el que menos cobra y al que menos le importa el negocio. Si por Brett fuese, el eslogan de esta película habría sido “En el espacio, nadie va a defender tus derechos laborales”. Y en la Tierra tampoco: ¿acaso lo dudas? Yago García

Twin Peaks: The Return (2017)

Conocí a Harry Dean Stanton hace realmente poco tiempo. Es decir, hace realmente poco tiempo supe quién era, y a qué memorable rostro asociarle por fin el nombre. El Padrino II, La leyenda del indomable, Alien… Hasta que pude identificarlo en el revival de Twin Peaks, él se había limitado a desfilar ante mí anónimo, mientras honraba su sempiterno carácter de secundario y conseguía hacer acopio de todo mi atolondrado cariño.

En el citado revival de Twin Peaks encarnó al noble Carl Rodd, pero ya antes se había asomado al universo de David Lynch -hecho para personas como él, siempre cansadas y extrañas-, en films como Corazón salvaje, Una historia verdadera, la monumental Inland Empire y, sobre todo, Fuego camina conmigo. En esta última, Carl Rodd era tan afable y buen vecino como luego vimos, ofreciéndoles a los agentes del FBI una taza de ‘Good Morning America Coffee’ para que en cierto momento se le ensombreciera el rostro y musitara en afán de epitafio: «Yo sólo quiero quedarme donde estoy«.

Y Harry Dean Stanton se quedó en Twin Peaks lo suficiente para ver cómo el pueblo sucumbía a la vejez pesimista de quienes saben que los jóvenes no conservarán su grandeza. Fue testigo de la kamikaze huida hacia adelante de Richard Horne (Eamon Farren), de la tóxica relación entre Steven y Becky Burnett (Amy Seyfried, interpretando a la hija de Shelly) y, sobre todo, comprendió junto al Agente Cooper (Kyle MacLachlan) que no se puede hacer nada para cambiar el pasado. Que la nostalgia nos envenena. Fue por eso que decidió encogerse de hombros, echar mano de la guitarra, y seguir el consejo que una vez viera garabateado en el coche del agente Desmond: “Let’s rock”. Alberto Corona

París, Texas (1984)

Los directores europeos, al rodar en América, casi siempre han dado mayor importancia a sus excelentes secundarios. El alemán Wim Wenders, así, tuvo el valor de hacer protagonista a Harry Dean Stanton en su epopeya de un padre huyendo de un pasado conyugal flamígero. La elección fue brillante: Stanton, sus profundos ojos oscuros, da empaque a un amnésico en una película de carretera heterodoxa y repleta de silencios.

Esta falta de diálogos, tan enojosa para el espectador moderno, es la pieza clave de un discurso de misterio sobre el origen del personaje, sus problemas y estado actual. Una versión masculina, americana, de la seminal El desierto rojo del año 1964. Es, así, un Antonioni camuflado en Texas con un colorido disfraz de colores marcados y fuertemente simbólicos en cada fotograma. El viaje, como es habitual en el cine de Wenders, actúa como un tipo de redención; extraña adaptación metafísica de Easy Rider.

Entre la alienación moderna y la radiografía de la vida luego del maltrato doméstico, el director alemán construyó uno de sus mejores filmes, tan hipster como profundo, pero de indudable y obstinada calidad. Y el eje de todo son esas miradas a la nada de Harry Dean Stanton que dicen más y mejor que cualquier diálogo de folletín. Todas ellas preparan el emocionante monólogo final; la más doliente confesión de un maltratador en el Séptimo Arte. Julio Tovar

Los Vengadores (2012)

La aparición de Harry Dean Stanton en Los Vengadores (2012) es corta y responde al propósito de Joss Whedon de trabajar con el actor.

Piensa un momento en las películas de superhéroes: al ser, de forma general, productos de estudio, sólo tienen escenas que propulsan la narrativa y los diálogos sólo pertenecen a los protagonistas y personas de su entorno. Se salva a la gente, sí, pero esa gente no suele tener voz salvo que sea para gritar o señalar algún peligro.

Por eso, esta conversación de un minuto entre Banner, que aterrizó como Hulk en un almacén, y un guardia de seguridad al que no le sorprende nada es tan especial. El americano medio sólo podía estar interpretado por alguien con ese aspecto y esa voz tan peculiares de Harry Dean Stanton y que no sólo acepte a Banner sino que le ayude permite respirar un poco a la película. La escena, lejos de ser un mero capricho, se ha convertido en una rara avis del género y a día de hoy sigue sin haber nada ni remotamente parecido. Lo que es peor: ahora que Stanton ha desaparecido, no se me ocurre a nadie que transmita al mismo tiempo la presencia y normalidad del actor, de lo que se infiere que el género de superhéroes podrá seguir mostrándonos destrozos y piruetas imposibles, ciudadanos corriendo y políticos hablando a pantallas, pero no a un ciudadano corriente hablando con un superhéroe como si nada. Adrián Álvarez

La muerte en directo (1979)

Como Truffaut había hecho con Fahrenheit 451 unos años antes, Bertrand Tavernier se fue hasta Reino Unido para rodar esta magnífica y visionaria adaptación de una novela distópica, The unsleeping eye de David Compton. En el mundo futuro de La muerte en directo, las enfermedades han sido erradicadas en su mayor parte pero los alimentos frescos escasean, se trafica con migrantes y la pobreza continúa, como deja claro el brillante uso que Tavernier hace de las decadentes calles y muelles de Glasgow, al modo en que Jonathan Glazer la emplearía tiempo después en Under the skin (2014). En esta sociedad donde el afecto y la empatía parecen haber desaparecido por completo, la muerte a la antigua usanza es poco frecuente, se la esconde, y genera a la vez disgusto y fascinación.

Harry Dean Stanton encarna a Vincent Ferriman, un productor de la omnímoda cadena NTV que ha creado el programa Death Watch, que sigue en riguroso y constante directo los últimos días de un enfermo terminal. Para ello se vale del personaje interpretado por Harvey Keitel, un pobre de mí, que en un acuerdo fáustico acepta implantarse unas cámaras en la retina que le permiten filmar todas sus experiencias, a cambio de una buena suma de dinero y del riesgo de quedarse ciego. Su objetivo, el objetivo del nuevo programa, es una mujer, la siempre impresionante Romy Schneider, aquejada según parece de una enfermedad incurable. Su agonía se convierte así en un reality show. Ferriman no tiene demasiados escrúpulos. Keitel le importa solo justo para que siga rodando y Schneider, aún menos. Lo que le importa es el share. Pero este Mefistófeles televisivo está lejos de ser una caricatura. Stanton imprime gravedad a cada mentira que cuenta, vulnerabilidad a cada decisión despreciable que toma. Contradicciones que Harry Dean siempre supo transmitir tan bien. Santi Pagés

Repo Man (1984)

Harry Dean Stanton es Bud. Bud trabaja recuperando coches de morosos, pero todo lo que le vemos hacer es conducir un Chevrolet Malibu. Chevrolet Malibu que desintegra a cualquier persona que se le ocurra mirar en el maletero. Eso es todo lo que hace Stanton. Introduce al protagonista en la trama, conduce el Chevrolet Malibu y, al desaparecer el Chevrolet Malibu cuando vaya en su búsqueda un nutrido grupo de esperpénticos personajes conducidos por una subtrama de OVNIs y punk rock, será él quien lo recupere sin llegar a saber nunca ni quién es ni qué relación tiene con el Chevrolet Malibu. Algo que define a la perfección lo que ha sido la carrera de Stanton: la de un tipo tan extraño, tan reconocible y necesario, que bien pudo haber sido un alien, un oficinista aburrido o sólo un tío al que no prestaste la suficiente atención. Exactamente lo mismo que Repo Man. Una de esas extrañezas que hoy en día ya se nos antojan imposibles. Álvaro Arbonés

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