[Todos a una] De ‘Jóvenes Ocultos 3’ a ‘Ace Ventura 2’: las secuelas que no sabías que existían

"No sabía que existían... ¡y bien feliz que estaba!", pensarás. Bueno, por aquí somos muy aficionados a las variaciones, las perversiones, las mutaciones absurdas que a la cultura pop le gusta hacer consigo misma, y por eso no nos cansamos de escarbar en el vertedero de las secuelas infectas, los remakes insensatos y los reboots que nadie pedía.

Hemos pedido esta semana a nuestros expertos que desentierren las secuelas más extrañas que recuerdan. Por no venir a cuento. Porque nadie habló de ellas. Porque nadie podía esperarlas. Y esto es lo que nos han respondido.

Después de tantos años (1994)

En un futuro, esperemos que no muy lejano, se empezará a reivindicar la obra doliente de ese señor bajito y melancólico, con Jean Seberg al fondo, que fue Ricardo Franco. Si su duro Pascual Duarte del 75 sobrevive bien, qué decir tiene de obras tan extrañas como Los restos del naufragio (1978) o la premiada La buena estrella (1997). Todo un cineasta francés en un país cuyos cineastas son en su gran mayoría pajeros sin delicadeza: heterodoxia plena.

Su secuela lírica de El desencanto (1976), con los hermanos Panero en pleno hundimiento del Titanic, sustituyó los duros y tétricos grises de Jaime Chavarri por el claroscuro de la España sin ilusión de los noventa; certificación en celuloide que aquello del “fin de raza astorgano” no era ninguna exageración. Las imágenes tétricas, cual cuento de Poe, del manicomio de Mondragón o ese terrorífico y cutre, en el imaginario estético de los contactos de la Charo Medina, Madrid canalla de Michi Panero actúan como escenarios góticos posmodernos. Todo se perdió, no quedó nada, y del vitalismo de Michi apenas sobreviven unas muletas, de la soberbia lacaniana de Leopoldo el gesto desencajado tras un vidrio y del poeta de academia y subvención Juan Luis Panero las referencias a amistades poéticas que nacen más bien del imperio de su imaginación.

Película triste, muy triste, sobre los Panero, es una pieza terrible de un director destruido también por sus fantasmas sentimentales. Un doloroso estoque en la memoria que resulta un notable e infravalorado epílogo a la película original. Y, como decía Leopoldo María Panero en una entrevista, nos gusta “porque tiene colorines”. Julio Tovar

Carretera al infierno 2 (2003)

Una obra de culto que mejora con los años, Carretera al infierno (1986), era un mix salvaje de elementos de psycho thriller, terror y acción conducidos por una interpretación delirante de un Rutger Hauer en el cénit de su carrera. Cualquier intento de corregirla está destinado al fracaso y así, el remake de 2007 era un ramplón ejercicio de copia pega con nuevos ajustes de lente y algún efecto especial actualizado. También, normalmente ignorada y escondida entre las baldas de los últimos videoclubs del siglo XXI, apareció esta ignominiosa segunda parte, oficial, que tenía tan poca ambición comercial que ni siquiera escoció ni un poquito a los fans del original.

Da igual que tuviera a uno de los dos actores originales. La sustitución de Hauer por Jake Busey era demasiado ridícula para tomarse en serio esta propuesta que, además, presagiaba una experiencia low cost dolorosa dadas las condiciones en las que fue lanzada. Diecisiete años después nadie pedía una secuela que a pesar de sus obvios defectos, es mucho más disfrutable que el lujoso remake de Platinum Dunes. No es la idea de ver de nuevo a C. Thomas Howell como Jim o los guiños al original sino que su sirvengonzonería, para los cinéfagos sin prejuicios, ofrece una montaña rusa de giros absurdos, gore, tiroteos, persecuciones, terror, acción alocada y mucha tontería sin destilar con una gran Kari Wuhrer (heroína de género de culto) como protagonista absoluta. Si no llevara el nombre que lleva asociado a ella quizá hubiera tenido mayor eco entre los amantes de la Serie B. Jorge Loser

El libro de Merlín (1977)

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Creo que no hay muchos que sepan que Merlín el encantador (1963) es una adaptación de una de las obras cumbre de la literatura fantástica británica, La espada en la piedra (1938). Su autor, el escritor T. H. White (1906-1964), trasladó su pasión por el mito del rey Arturo a una tetralogía que empezaba por el único que la compañía Disney decidió adaptar. Tratándose de Disney, las escenas en las que Merlín y el joven Arturo se transformaban en diferentes animales, peces, ardillas y aves, parecían pensadas para sus animadores.

El quinto libro de la saga se publicó de manera póstuma y fuera de la colección por buenos motivos. Un rey Arturo anciano, a punto de morir, es apartado por Merlín para que le acompañe bajo tierra para conversar con un comité formado por un tejón, una lombriz, un búho, un halcón, un perro y un erizo. La saga de Camelot tenía un mensaje pacifista muy evidente en plena Segunda Guerra Mundial, pero con El libro de Merlín T. H. White se pasa de frenada y construye a partir de estas interminables conversaciones algo que se parece más a un ensayo sobre la objeción de conciencia que a una novela. Este debate de unas 200 páginas es interrumpido por suerte por varios capítulos en los que Arturo vuelve a transformarse en animal, igual que cuando era niño, y también Merlín tiene buenos momentos cuando menciona a escritores del siglo XX o rompe la cuarta pared (“Hablando así confundes también a otra gente. ¿Y nuestros eruditos lectores?”). A pesar de los buenos detalles, el resultado final es completamente extravagante. Pablo Vicente

King Kong 2 (1986)

Antes de nada, intentemos aclarar el embrollo: King Kong 2 no es la segunda parte del clásico inmortal y no superado de Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper de 1933, donde Fay Wray fue la primera scream queen de la pantalla y se decía aquello de “fue la belleza quien mató a la bestia”. No. Las continuaciones más o menos oficiales de la película fundacional del gorila tuvieron nombres como El hijo de Kong, rodada ese mismo año, o El gran gorila (1949). King Kong 2 tampoco es una secuela direct to video del elefantiásico remake que rodó hace unos años Peter Jackson. Y por supuesto, no tiene nada que ver con Kong: la isla calavera (2017), la nueva operación de chapa y pintura que le han dado en Hollywood al megamonete. No, aquí estamos hablando de la secuela de King Kong (1976), el otro remake producido por Dino de Laurentiis hace ya cuarenta añazos —vamos a morir todos, sí—. Esta nueva versión pasaría a la historia por ser la carta de presentación al mundo de una tal Jessica Lange que consiguió lo imposible: estar a la altura de la Wray y resistir los embates de un Kong con la libido inquietantemente más alta de lo normal. En el haber de la peli, una descacharrantes líneas de diálogo sobre Garganta profunda (1972) -ay, los maravillosos setenta-, divertidas dosis de erotismo zafio lindando con la zoofilia y un clímax en las Torres gemelas que gana peso con el paso del tiempo y la historia. En el debe: un actor disfrazado de macaco que no debía saber mucho de etología y gesticulación animal -aunque el bicho en sí es un moñaco majete obra de Carlo Rambaldi con ayudita de Rick Baker-, unas transparencias y sobreimpresiones escalofriantes, y unos efectos especiales en los que se nota la pasta pero también un poco de trapallada a la italiana.

La película dirigida por John Guillermin fue un éxito, por lo que la secuela estaba más que cantada. Y aquí entra el factor Guillermin, uno de esos directores mal llamados “artesanos” cuya carrera bascula entre la elegancia del gran presupuesto -con la fantabulosa El coloso en llamas (1974) como punto álgido de su trayectoria- y el despiporre de serie Z. Aquí, la herencia de un presupuesto holgado y un suponemos que aburrido realizador con ganas de juerga, convierte King Kong lives -su título original- en una especie de fiesta pocha y terrible. Cuando el diablo se aburre, mata moscas con el rabo.

El rol de actriz principal es heredado por la diosa Linda Hamilton, así que nada que decir ahí. Y la primera media hora de película nos regala una megaoperación muy sangrienta a Kong para trasplantarle un corazón artificial que hay que ver para creer -imaginaos al doctor Christian Barnard con una excavadora. Pues eso-. Pero, ay, la operación no sale bien y nuestro gorila necesita una transfusión de sangre urgente. Y ahí es cuando aparece en la selva un King Kong hembra. Y entonces se acaba todo y es cuando nos damos cuenta de que el guión y los FX se han ido por el sumidero. Si aún hoy día se siguen haciendo películas sobre un mono gigante es porque el tiempo ha sido extremadamente bondadoso y nos ha hecho sepultar el recuerdo de esta película. Yo mismo me había olvidado de ella -supongo que como una defensa de mi psique- pero un nuevo visionado ha sido como volver a un trauma en la consulta de un psicólogo. Las escenas en las que dos señores vestidos de monos grandes se dan arrumacos cursis sentados en un solar son de las que destruyen infancias. La pareja de “kingkones” es perseguida por los militares de forma algo desganada y los capturan y se escapan unas cuantas veces por los alrededores de un bosque sin encanto alguno. Pero al final tanta caricia y pulsión sexual tiene consecuencias y la gorila hembra se queda embarazada -gracias a los cielos, se nos ahorra el momento del coito-. El otrora gran Kong se sacrifica por su hijo mientras llora a lágrima viva, y la madre y su retoño inician un festival de carantoñas y cucamonas que son el fin del cinematógrafo. George Lucas no mató el cine, no. El cine lo mató King Kong 2. Javier Trigales

Jóvenes Ocultos 2: Vampiros del surf (2008)

Directamente a vídeo, la primera secuela de la película de vampiros de Joel Schumacher de 1987 viene firmada por P.J. Pesce, nombre que no te dirá absolutamente nada pero que ha estado siempre muy ligado a secuelas y explotaciones imposibles, como Abierto hasta el amanecer 3, Ases Calientes 2 y series como Temblores, Sobrenatural o Fringe. Aunque cueste creerlo, esta secuela sin aspavientos no es más que una repetición televisiva y mojigata que más allá de las coñas con Tom Savini no tenía mucho donde rascar. Imagina un Jóvenes Ocultos como episodio de serie random televisiva y ahí tienes la película.

Vampiros del surf, título español que busca un mayor gancho que La tribu, título original, presenta a dos nuevos hermanos, esta vez en Luna Bay, que necesitarán recuperar a un viejo conocido de la película original, el gran Edgar Frog de Corey Feldman. Su hermano solo aparece en las escenas eliminadas, pero volvería en…

Jóvenes Ocultos 3: Sed de sangre (2010)

https://www.youtube.com/watch?v=zl_I3AD9PtY

Sed de sangre, un título más respetuoso con su The Thirst original, tenía vampiros más currados, menos cubiertos de látex mal pegado y devolvía a los dos hermanos Frog, únicos protagonistas de una película sin parientes en apuros que únicamente se preocupa por exterminar a un vampiro alfa que monta una fiesta para convertir a toda la playa en chupasangres. Precisamente por esa ausencia de pretensiones y decoro, es mucho más disfrutable que la segunda parte. Además, como bonus de amor vuelven las tiendas de cómics y unos decorados algo más cercanos que los de la cinta original, el clásico de Joel Schumacher. Kiko Vega

Starship Troopers 3 (2008)

A lo mejor ni sabías que una de las varias obras maestras que Paul Verhoeven cuenta en su haber no tiene una sino dos secuelas de imagen real (animadas, otras dos). Pero mientras que la infumable Starship Troopers 2 (2004) abandonaba todo el aparataje satírico del original y se apuntaba el dudoso honor de ser un actioner donde casi todas las muertes suceden fuera de campo, Starship Troopers 3 buscaba continuar el legado de la película del 97. Para ello contaba con su protagonista, Casper Van Dien, del que se dice que interpretó su papel en la original creyñendose a pies juntillas su personaje, asumiendo el guión de forma literal y sin apenas atisbar que estaba participando en una deliciosa parodia del militarismo yanqui. Ignoro si Van Dien se dio cuenta de que la tercera parte transcurría por similares derroteros, pero su actuación -un guiño nostálgico a un rol que interpretó más joven y más guapo- sugiere que once años después seguía sin olerse la tostada.

En Starship Troopers 3 la guerra contra los arácnidos continua, porque como se sugiere en varios momentos del film, la Federación no permitirá que esta acabe nunca. El argumento es lo de menos y el presupuesto también. Lo importante es burlarse del fanatismo militar, parodiandolo con religión, canciones y donaciones por Paypal, extremos a los que no había llegado Verhoeven. Y aunque la misión de entretenernos quede completada solo a medias, la vocación abiertamente granguiñolesca de tanto CGI de baratillo, de tantas cabezas seccionadas, desnudos gratuitos e histrionismo interpretativo termina conformando un estimable homenaje al original. No todo pueden ser obras maestras. Santi Pages

El regreso de los Tomates Asesinos (1988)

El ataque de los Tomates Asesinos (1978) es todo un clásico de la Serie B, y fundador del subgénero “título-tan-descacharrante-que-tienes-que-varlo-para-creerlo” que hoy en día hace frotarse las manos a los directivos de The Asylum cada vez que a un becario iluminado se le ocurre un juego de palabras capaz de rivalizar con Sharknado. La película consiguió adelantarse incluso a las era dorada de las spoof movies que, al igual que la película John DeBello, se fijarían en el cine de desastres para crear obras maestras como Aterriza como puedas (1980) Lejos de la genialidad de la obra de los ZAZ, las hortalizas aplastacoches gozaron del favor del público, aunque no parecía que aquella broma diese para mucho más.

Tuvieron que pasar diez años y la intervención ni más ni menos que de Los Pequeñecos, la versión infantil y animada de The Muppet Show que entre 1984 y 1991 reinó en el franja de los sábados por la mañana de la CBS. En el capítulo The Weirdo Zone (1986), la versión con pañales del oso Fozzie se enfrentaba al ataque de los temibles “silly tomatoes”, descubriendo que la única manera (involuntaria) de acabar con ellos era usarlos como audiencia para sus chistes malos, tanto que los propios tomates se tiraban a sí mismos contra el cómico, momento en el que Baby Fozzie aprovechaba para atraparlos dentro de una botella para salsas. Los manchurrones de ketchup, intercalados con clips de la película del 78, que salpicaron a los tiernos infantes de aquella época tuvieron tal éxito que la productora de la serie, una tal Marvel, contactó con la productora original, poniendo billetes encima de la mesa para una secuela orientada a público infantil/juvenil que pudiese a su vez derivar en una serie animada, obviamente, producida y explotada por ellos mismos.

Fascinantes caminos de la producción hollywoodiense aparte, El regreso de los Tomates Asesinos volvió a adelentarse a su tiempo con la idea de tomarse a su original (aún más) a cachondeo que explotaría con descaro Joe Dante en Gremlins 2 (1990) Más ochentera que un cassette de Vanilla Ice, la película tiene su pueblo idílico, su científico chiflado, su joven pizzero convertido en héroe por accidente y una chica mona que… Bueno, que en realidad es un tomate. También tiene un tomate-perro-de-peluche, a un joven George Clooney con mullet y soluciones de presupuesto cuanto menos curiosas:

El resultado es exactamente lo que parece y, por supuesto, Marvel se salió con la suya y hubo serie de animación. Vaya que si la huboPedro Toro

Productores histriónicos: las secuelas de películas de Jim Carrey 

Hubo un momento, no tan lejano en el tiempo, en el que Jim Carrey era un auténtico filón para la taquilla. Tres comedias seguidas y estrenadas con muy poca distancia entre sí (fueron rodadas casi a la vez y estrenadas todas en 1994), Ace Ventura, Dos tontos muy tontos y La máscara, supusieron tres bombazos de taquilla potenciados (en la siempre pragmática mente de los productores) porque estaban rodadas con muy poco dinero. Aquello ni fue exactamente un milagro (Jim Carrey llevaba años curtiéndose en el stand-up y era una pequeña estrella gracias a sus intervenciones en In Living Color -1990-) ni garantizó un futuro infalible para el actor (una de sus siguientes películas, la magistral Un loco a domicilio -1996-, no solo batió el record de dinero pagado a un actor en aquel momento, sino que fue una catástrofe financiera que casi acaba con la carrera de Carrey y del director, un tal Ben Stiller). El caso es que ya convertido Jim Carrey en un actor de filmografía algo más sensata, alternando éxitos con no-tan-éxitos, los propietarios de los derechos de aquel trío de películas (y de una más tardía) se plantearon otras tantas secuelas sin contar con Carrey. Los resultados fueron los esperados en casi todos los casos: espeluznantes.

Ace Ventura Jr: Detective de mascotas (2009) es un telefilm dirigido por el especialista en horribles, horribles películas infantiles (El hijo del presidente, The Sandlot – Historia de un verano, Beethoven 3 y 4) David M. Evans y protagonizada por Josh Flitter como el hijo de su padre, clónico en todos los aspectos. Da bastante pena, pero como tantas secuelas sirve para poner en valor la chispeante inteligencia del guion del original, que aquí no aparece por ninguna parte, y de la interpretación de Carrey, que no necesitaba de efectos de sonido ni retoques digitales para comportarse como un dibujo animado de Tex Avery.

https://www.youtube.com/watch?v=Z4e2EBYu3l0

Hablando de Tex Avery. La máscara 2 (2005, Son of the Mask en el original) fue adjudicada a Lawrence Guterman, recién salido del éxito de la sorprendentemente divertida Como perros y gatos (2001) para que aplicara su savoir faire a una franquicia cuya primera entrega tenía casi una década. Resultado: buena parte de la película es chifladura digital con un perro portando la máscara, en guiño a UN CHISTE de su precedente. Multiplica hata el infinito la dinámica de cartoon de la original y tiene más de una idea estimable (el combate entre el perro y el bebé, puro Tom y Jerry, es deliciosa), pero en general su exceso acaba siendo agotador.

Sigo como Dios (2007) es una secuela de la divertida (aunque demasiado blanca, como tantas comedias desaprovechadas de Jim Carrey) Como Dios (2003), en la que Carrey obtenía poderes sobrenaturales. Aquí vuelve uno de los secundarios de aquella, un Steve Carell divertidísimo, y Morgan Freeman como Dios. Muy en sintonía con el tono y el estilo de su precedente (repiten Tom Shadyac como director y Steve Oedekerk como guionista), es un one-man show de Carell del mismo modo que la anterior lo fue para Carrey, así que el resultado es más que estimable.

https://www.youtube.com/watch?v=WIUC1zwfQrg

Dos tontos muy tontos: Cuando Harry encontró a Lloyd (2003) es una bienintencionada pero muy cargante precuela de la película original de los Farrelly, incapaz de replicar su desarmante encanto y, sobre todo, la brutal química entre Jim Carrey y Jeff Daniels. Al final todo se queda en una repetición de gags del original y básicamente, como todas las citadas, es una estupenda prueba de por qué el demoledor talento del Jim Carrey de los noventa para la comedia física es un milagro irrepetible. John Tones

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