Todos a una – De ‘La vida de Brian’ a ‘Viridiana’: nuestras blasfemias favoritas

Cuando uno cree que determinados residuos culturales están más que superados, la realidad nos abofetea con un recordatorio de que seguimos viviendo en una sociedad rancia, pacata y supersticiosa. El último caso que hemos tenido que contemplar atónitos ha sido el de la ridícula polémica por un cartel irreverente de Guitián para el carnaval de A Coruña. Como a nosotros no nos parece para tanto, hemos decidido recopilar unas cuantas blasfemias enarboladas por la cultura pop, con las que ahí sí que podemos empezar a ponernos serios.

Lo de «respetar creencias» en esta casa hace arquear cejas, porque nos parece una proposición contradictoria desde su mismo enunciado. Por supuesto que todo el mundo puede tener un Espagueti Volador de su elección para que le reconforte en los momentos oscuros del alma, pero como casi siempre las creencia arrastran negras historias de proselitismo y violencia psicológica y de la otra, a nosotros nos gusta reservarnos el derecho a la blasfemia, es decir, a poner en duda lo sagrado de forma contundente. O humorística o satírica o, sencillamente, a voces. De hecho, hemos puesto sobre la mesa una buena cantidad de blasfemias pop que van desde escándalos monumentales por poner en solfa los iconos sacros a dudas razonables y razonadas sobre la presencia de entindades vigilantes y quisquillosas en la cúpula celestial. Que nadie se preocupe por las almas de nuestros colaboradores y colaboradoras: hemos repartido cilicios para que esta noche se purifiquen en sus celdas.

Ave Satani, de Jerry Goldsmith

Esta obra es el mal, la más pura maldad, el abrazo absoluto de lo satánico y la antítesis de todo lo que representa el Dios judeocristiano. Significa despojarse de cualquier disfraz y adorar abiertamente y sin complejos al Adversario. Jerry Goldsmith (judío, para más inri) quería componer una misa negra para la banda sonora de La Profecía (1976) y lo consiguió con creces. Una melodía ominosa, minimalista pero amenazante que comienza con un delicado colchón de violines y un staccato de piano envolviendo un coro de voces blancas. De repente, suena una campana, entran los cellos, los violines melifluos y las voces masculinas y a partir de ahí todo se precipita. La negación de Dios llega con el órgano y el crescendo de voces, percusión y metales, que en su apogeo blasfemo saludan la llegada del Anticristo. Alberto Mut

Obscenity, de Bruce LaBruce

Alaska y Mario, Obscenity

Que Alaska y Mario se apuntan a un bombardeo no debería ser algo que, a estas alturas, sorprendiera a nadie. Lo que muchos quizás no recuerden es que en el año 2012, el artista Bruce LaBruce expuso su obra fotográfica titulada Obscenity en la galería de arte La Fresh Gallery, en Madrid, y contó con la colaboración de algunas estrellas españolas del círculo de Topacio Fresh (dueña de la galería) para completar su colección fotográfica.

Alaska y Mario fueron los elegidos para aparecer en el cartel de la exposición, cartel que empapeló Madrid y que crispó al sector más conservador, abanderado por Ana Botella, todavía alcaldesa, que exigieron la retirada inmediata de los carteles y convocaron una manifestación a las puertas de la galería el día después de la inauguración. Las instalaciones fueron atacadas con varios artefactos caseros que no llegaron a estallar, y al parecer una manifestante declaró que “quien juega con fuego, recibe fuego”. Unos días después, Alaska era despedida de La Cope. Perra De Satán

La cubierta del número 7 de El Jueves

La cubierta del número 7 de El Jueves

En julio de 1977 El Jueves era una modesta revista de humor que intentaba encontrar su sitio en el quiosco, con una propuesta a medio camino entre la actualización adulta de la fórmula de Bruguera y la sátira de actualidad política. En su séptimo número, la portada y algunas páginas interiores hicieron referencia al conflicto entre Marcel Lefebvre, por entonces arzobispo de Dakar, y el Papa Pablo VI. Lefebvre era un tradicionalista contrario al progresismo del Concilio del Vaticano II, y en aquellos días del verano del 77 la tensión con el Vaticano estaba alcanzando un punto muy caliente. El semanario representó el conflicto con una imagen que hoy puede parecernos inocente: los dos personajes, arzobispo rebelde y Papa, peleando con sus báculos, y acompañados del titular “Lefebvre se cisma en el Papa”.

Pues bien, pese a no ser una imagen especialmente agresiva, el juzgado de instrucción número 3 de Barcelona decidió que su contenido atentaba contra la libertad religiosa y decretó el secuestro de la tirada. Fue la segunda vez que le sucedía a la revista, y, como casi siempre pasaba con todo lo relacionado con la censura del humor en la Transición, su ejecución tuvo un punto de ridiculez: la orden se dictó más de dos semanas después de la aparición del número, de modo que los despistados agentes del orden que acudieron a la redacción de El Jueves sólo pudieron llevarse un par de ejemplares de la revista. Gerardo Vilches

Los demonios, de Ken Russell

Es difícil encontrar otra película tan denigrada, recortada, mutilada y mal exhibida como Los demonios (1971), obra mayor de un Ken Russell en plenitud de facultades que toma la novela de Aldous Huxley basada en la historia real de Urbain Grandrier -cura católico que osó desafiar a Richelieu y terminó siendo quemado en la estaca por brujería- para retratar las maldades de la religión organizada. Interpreta a Grandier un Oliver Reed bellísimo y bigger than life, como siempre. Orgulloso y egomaniaco, atractivo y rebelde, que sin reparos se mete en la alcoba de cuantas feligresas pueda mientras se compromete con la defensa de su ciudad. Un sex symbol de armiño y oro con el que se obsesiona la chepuda Hermana Jeanne, interpretada por Vanessa Redgrave, otra titana, y con el que comete lascivos pecados de pensamiento. Tanto Reed como Redgrave fueron avisados de que serían detenidos si pisaban suelo italiano, país donde Los demonios aún continúa prohibida.

Las escenas más polémicas fueron la violación de un Cristo por una manada de monjas desbocadas y en pleno rapto extático, o la escena en la que la Hermana Jeanne se masturba con el fémur chamuscado de su amado y ejecutado Grandier. Estas escenas y otras fueron recortadas en su estreno para evitar la clasificación X, pero ni aún así. El film fue prohibido y condenado en varios países. El montaje del director no se ha estrenado aún ni lo hará nunca porque varios fragmentos se han perdido para siempre. Suele decirse que vista hoy Los demonios resulta algo ingenua una vez comprobados los abusos pederastas de tanto sacerdote, tanta homosexualidad reprimida, tanto voto de celibato roto. Pero no es cierto. Hoy en día la película no podría ser estrenada. La versión que circula en plataformas de video on demand está sanitizada y su historia de ediciones en formatos domésticos es irregular y a menudo en ediciones de baja calidad. 

Pero es que además Los demonios es una película de imaginería apabullante, sostenida en una escenografía irreal construida en ladrillos blancos que convierte la Francia del siglo XVII en un espacio mítico, trasunto del presente, en el que la Iglesia se alía con los poderosos y los poderosos con Ella para alcanzar sus fines aunque haya que violar y carbonizar por el camino. La sociedad que retrata Russell es, por tanto, fundamentalmente corrupta. Las correrías sexuales de Grandier o las casquivanas monjas son en realidad los árboles que ocultan el bosque de explotación y abusos. Pese a su crítica de la Iglesia, Los demonios es en realidad profundamente religiosa, pero lo es a su manera porque acepta la debilidad del ser humano y celebra el amor carnal y la entrega a una comunidad, aunque esta sea desagradecida, como medio de acercarse a la divinidad. Santi Pagés

Like a prayer, de Madonna

No puede faltar ella. La niña problemática. La díscola. Si alguien se ha ganado a pulso una excomunión, ésa es Madonna. La reina del pop colecciona un buen número de afrentas, a cual más jugosa. Pero si hay que destacar una sobre las demás, nos quedamos con ésta: la que se montó cuando el vídeo de Like a prayer salió a la luz.

Corría el año 1989 y Madonna presentaba su cuarto álbum. Como reina del marketing que es, lo hizo por todo lo alto; con una campaña patrocinada por Pepsi y un vídeo de presentación que supuso un escándalo. Si ahora el vídeo nos puede resultar algo naïf, sobre todo por el argumento y el final facilón, lo cierto es que en su momento provocó iras hasta en el Vaticano. La apuesta no perseguía provocar, según ella. De hecho, toda la campaña y las entrevistas estaban enfocadas hacia una imagen muy beata de Madonna, que hasta echaba mano de sus raíces italianas -el álbum estaba dedicado a la progenitora de la cantante, fallecida cuando ella era pequeña con la frase: “Para mi madre, la que me enseñó a rezar”-. Sin embargo, el vídeo tenía ingredientes que, aunque tuvieran una intención estética, no resultaron muy cómodos para la comunidad católica: Madonna besándose con un santo negro, Madonna entre cruces ardiendo, Madonna bailando en combinación…

Queda la duda de si fue algo planificado o de si Madonna se lo encontró y supo sacarle provecho. Lo cierto es que resultó un claro Efecto Streisand del que tanto Pepsi como Madonna salieron muy bien parados. Ana Campoy

La piraña divina, de Nazario

La piraña divina, de Nazario

Uno de los ejemplos de genuino underground patrio, un tebeo fotocopiado, grapado y distribuido por el propio autor con una tirada de no más de trescientos ejemplares. En sus 32 páginas Nazario (a quien entrevistamos no hace mucho) recopiló una variada selección de historietas e ilustraciones que se abrían con su célebre Cum fallum dei gratia plena (Retrato del autor en éxtasis recibiendo la gracia plena) donde un arcángel transexual reparte lefa santa al sodomizado autor mientras un angelote de esos de los cuadros de Murillo se masturba con alegría. También Tentación, martirio y triunfo de San Reprimonio, virgen y mártir, la historia de un hombre que vencerá la lujuria y el pecado (con forma de chapero) rebanándose el pene con una cuchilla de afeitar, motivo que le llevará a ser santificado y su miembro incorrupto objeto de veneración que, una vez al año, regalará su esperma santo a los fieles. El resto de contenidos no eran tan blasfemos, pero si de una crudeza sin parangón. Distribuido durante el Canet Rock de 1975, una redada policial en busca de droga dará con unos cuantos ejemplares dando lugar a un dispositivo para capturar a su autor. Está persecución provocará la disolución y desbandada del célebre colectivo El Rrollo Enmascarado. No será la única vez que esas historietas serán objeto de polémica o castigo: la reedición de 1977 en el álbum San Reprimonio y las pirañas acabará en juicio y multa para Terenci Moix, autor del prólogo y, ya en 2005, su presencia en el catálogo de una muestra dedicada al cómic gay en la ciudad de Lleida motivará una denuncia de CIU por faltar al respeto de los creyentes (a dos semanas de la jornada electoral). Daniel Ausente

Guerra a Dios, a la tisis y a los reyes (Francesc Sunyer i Capdevila, 1869)

Guerra a Dios, a la tisis y a los reyes (Francesc Sunyer i Capdevila, 1869)

Son las Cortes del año 1869, las de la revolución Gloriosa. Aquellas de los ripios castelarinos y sus ácratas levantinos; nación en armas controlada por militarotes ambiciosos cubiertos por humaradas emanadas de sus puros. El diputado Francesc Sunyer i Capdevila, gerundense de Roses, toma la palabra. Es un ilustrado, educado en los círculos liberales de Barcelona, y que ha leído a los autores continentales.

Después de una perorata contra la religión católica, ese 26 de abril del 69 declamará una cita propia de Saint-Just que le hará célebre: “Guerra a Dios, a la tisis y a los reyes”. Toda una proclamación que hubiera provocado sonrisitas irónicas en Francia, pero que en España erizó los bigotes e hizo saltar los sombreros de copa a los diputados cual viñeta del TBO. En el discurso negó la virginidad de María, la existencia de Dios y afirmó que Jesús tuvo más hermanos. Lo que viene siendo un capítulo de Cuarto Milenio en la actualidad… Capdevilla, en fin, era un europeo ante el corral de catetos neocatólicos habitual en la política española. Incluso respondió a las andanadas de indignación del hemiciclo con no poca ironía:“Yo coloco, pues, a María en su debido puesto, y creo que no puede quejarse de que la haya colocado a la altura de mi propia madre”:

La plana mayor de la Gloriosa se indignó ante el libertino, ante el republicano y probable masón, y le contestó con profusión. Queda como testamento del país esta frase azconiana del almirante Topete (¡nombre propio de La Codorniz!):“No tiene el Sr. Suñer libertad para venir aquí a poner en ridículo, a humillar, a ofender, los más delicados sentimientos del pueblo español”. Julio Tovar

La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese

La madre de todas las polémicas en cuanto a religión vs. cine vino de la mano de Martin Scorsese y su sobresaliente versión del libro de Nikos Kazantzakis La última tentación de Cristo (1953). Era éste un proyecto acariciado por el italoamericano desde 1983, pero su naturaleza controvertida -además de una versión de la figura de Cristo más carnal y humano que nunca, el libro contiene una ensoñación en la cruz en la que el hijo de Dios imagina un futuro como mortal, en el que abandona su papel de sacrificio y redención y tiene hijos con María Magdalena- propició que el realizador se encontrase con mil y una trabas hasta que pudo sacarlo adelante en 1988. Esto también se tradujo en un recorte de presupuesto hasta la mitad de lo esperado en un principio, lo que redundó en una película muy ascética y espartana, un look que le vendría especialmente bien a las imágenes y a la historia. Scorsese, como Indiana Jones, escoge el cáliz de madera.

Una vez que se conoció el proyecto, las reacciones de fundamentalistas no se hicieron esperar: el ministro evangélico Bill Bright ofreció pagar de su bolsillo 14 millones de dólares -el presupuesto de la película- a cambio de hacerse con todas las copias existentes para poder quemarlas a gusto en la pira incendiaria más cara de la historia. Por otro lado, el Papa Juan Pablo II la tachó de blasfema en un movimiento aburrido de puro esperado, y hasta una desatada Madre Teresa de Calculta pidió su boicot -lo que no concuerda mucho con la imagen beatífica que se tiene por lo general de ella y sí con los inquietantes claroscuros que han surgido en torno a su figura en los últimos años-. Todo esto tendría su gracia si no fuera porque en su estreno se incendiaron cines en París y otras localidades y el grupo católico ultra Solidaridad cristiana (sic) se atribuyó uno en concreto en el que murió una persona y hubo varios heridos de gravedad. A veces parece que algunos católicos desnortados tienen “envidia de fatwa”, tal y como ha dicho hace poco David Rubín en las redes sociales a rebufo del cartel del Papa choqueiro del dibujante Alberto Guitián.

Pasado el tiempo y las histerias de los beatos, a nivel cinematográfico nos hemos quedado con una de las mejores -si no la mejor- aproximaciones a la figura de Jesucristo gracias a uno de los más inspirado guiones que ha escrito un Paul Schrader que, como es habitual en él, se sumerge en las procelosas aguas de la culpa y la redención. Willem Dafoe encarna al Mesías con dolorosa humanidad y para el recuerdo quedarán momentos como la resurrección de Lázaro -el primer zombi, al fin y al cabo- ante la aterradora mirada de Dafoe, o el inmenso Judas que compone Harvey Keitel, que le echa en cara a su Maestro haber bajado de la cruz y convertir en inútil su traición. Si a esto le añadimos un diablo con forma de niña de rubios cabellos -que recuerda a la que hacía perder la cabeza a Terence Stamp en el prodigioso segmento de Federico Fellini para Historias extraordinarias (1968)-, la musculosa ethnic music de Peter Gabriel y hasta un cameo de Su Majestad David Bowie como Poncio Pilatos, tenemos, al fin, una historia y una película bigger tan life. Cecil B. de Mille, muérete de envidia. Javier Trigales

Viridiana, de Luis Buñuel

En los sesenta, una España franquista que quería dárselas de aperturista aceptó que Luis Buñuel regresase del exilio para rodar Viridiana (1961) en su Aragón natal. A pesar de la trayectoria del director, la peliculita parecía inofensiva, una historia de amor imposible entre una novicia y su tío. El resto de represaliados españoles en el exilio vio en Buñuel a un traidor a los ideales de la República. Incluso los censores que tenían acceso al guión y a un pequeño pase se sorprendieron de lo floja que era viniendo de un viejo comunista.

Lo que no se imaginaba nadie es que la película terminada no se iba a poder ver hasta su estreno en el Festival de Cannes en 1961. Allí es donde salió a la luz cómo Buñuel había utilizado la imaginería religiosa de una manera perversa y erótica y la saña con la que ridiculizaba a la religión católica y sus símbolos. Si esto ya sorprendió a las autoridades españolas, más aún lo fue que recibiese la Palma de Oro. En nuestro país se prohibió estrenar la película, e incluso casi mencionar su existencia hasta 1977. Tal vez por eso esta obra maestra de nuestro cine haya quedado tan olvidada. Pablo Vicente

Christian Woman de Type O Negative

La mujer cristiana a la que le canta Peter Steele en su Bloody Kisses de 1993 siente un fervor muy localizado por la imagen del hombre semidesnudo que cuelga junto a su cama: está dispuesta a servirle “de rodillas, o sobre la espalda”, y en la iglesia lee la Biblia con una sola mano. “Ella necesita el Cuerpo de Cristo”, repite la voz de los Drab Four al final del videoclip en el que él mismo pone carne y pelazo a las fantasías de la joven devota, cuatro minutos y medio que habrían hecho estallar cabezas bautizadas de haber recibido la misma difusión que el Like a Prayer de Madonna (ver más arriba). Y la canción original no termina ahí, sino que duplica la duración del vídeo incorporando otras dos letanías infartamonjas: “Le gustaría sentir a su Dios muy dentro de ella” y, en una vuelta, quizá hasta consciente, a aquella otra famosa blasfemia articulada por John Lennon (Steele era un gran fan de los Beatles), “Jesucristo se parece a mí”. Lo que es yo, desde luego solo le rezo al santo Pete. Andrés Abel

La Biblia contada a los pasotas, de J.L.Martín

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Serializada primero en El Jueves en 1979, recopilada luego en tomo y reeditada varias veces, así como publicada de forma efímera en la Tienda Android, La Biblia contada a los pasotas es una blasfemia que surge de la forma más natural posible: mediante la lectura escrupulosa del material original pasada por el filtro de su autor, J.L. Martín. El dibujante ya había coqueteado con la blasfemia gracias a su representación de Dios como un orondo barbudo en bata naranja y zapatillas de andar por casa y de inclinaciones terrenales, en la serie Dios Mío (1977-) dentro de la misma revista, pero aquí lleva el concepto hasta sus últimas consecuencias. Lo que queda es una obra que se enfrenta a la Iglesia despojando al Antiguo Testamento de su épica y sustituyéndola por un humor cotidiano, intemporal, como ese Sansón con caspa, el Profeta Jeremías dibujado como alienígena o esa galería de personajes bíblicos con trabajos en el más allá que van desde carnicero a guía, o prostituta infructuosa por la falta de sexo de los ángeles.

La Biblia contada a los pasotas le valió algún disgusto con la autoridad a su autor, nada que el tiempo y la razón no hayan disipado, pero lo que queda es una obra tan amena y apegada al material original que debería estudiarse en la asignatura de Religión. La Conferencia Episcopal, la aristocracia española, el periodismo monaguillo y muchos profes se llevarían las manos a la cabeza y los monóculos a la copa, pero más de uno, que de otra forma no lo haría, se acercaría después a la Biblia. A ver si es que eso no interesa… Adrián Álvarez

Dogma, de Kevin Smith

Sí, ya lo sé, hablar de Dogma (1999) como algo blasfemo es mucho peor que algo «taaaan noventas«: es «taaaan dosmiles«. En la frontera entre milenios llegó Kevin Smith para meter el dedo (un poco) en el delicado tema del aborto. Y de la religión. Y de todo. Y salió una comedia divertida donde aparecían Jason Lee, un demonio de mierda, Alan Rickman y Jay y Bob el Silencioso. Y la cantante aquella que lo petó, una canadiense que hace de Dios. Dogma es una inocentada, pero levantó ampollas entre los más radicales conservadores (¡paradoja!). Pero lo mejor de todo no estaba ahí: lo mejor de todo es que unos cuantos años después, desterrado de cualquier atisbo de volver a rodar para las masas, Smith les brindó la redonda Red State (2011). Como demostraron los Monty Python, la blasfema es mejor si te ríes. Kiko Vega

Piss Christ, de Andrés Serrano

Piss Christ (Andrés Serrano, 1987)

Aunque Andrés Serrano (Nueva York, 1950) diga que no, que no quería escandalizar a nadie, supongo que en el fondo lo deseaba. Concebir una obra como Piss Christ (1987), donde se mezclan fluidos corporales (orina) con un icono religioso como Jesucristo te asegura una polémica de las gordas. Lo raro es que tardara tanto en ocurrir, ya que fue realizada en 1987 y, aunque entonces ya escandalizó a un par de senadores norteamericanos, no fue censurada hasta casi treinta años después. En el año 2015 acabó siendo retirada de la bienal de fotografía Photolux Festival celebrada en Lucca (Italia). Tras haber sido inicialmente seleccionada para formar parte de la muestra, el comisario finalmente la descartó por quejas y presiones de un partido ultraconservador.

La imagen en sí muestra un crucifijo de madera sumergido en un vaso lleno de orina. Según su autor simbolizaba la relación entre “lo sagrado y lo inmundo, la religión y la blasfemia” pero dice que de ningún modo pensaba ofender a nadie. De hecho, se considera cristiano y ve esta obra como “arte religioso”. Roser Messa

Holy Flying Circus (Owen Harris, 2011)

La escena viene a ser algo así. Semanas antes del estreno en cines de La vida de Brian (1979), un kioskero vende periódicos con el titular: “¿La película más blasfema de la historia?”, el sosias de John Cleese pasa delante del individuo mascullando:

No ha salido aún.

Ya, pero vende periódicos.

No es una noticia muy justa, ¿no?

No me dedico a las noticias justas, sino a vender periódicos. Además, me he dado cuenta de que con los musulmanes no os habéis metido, ¿eh?

¿Por qué deberíamos meternos con los musulmanes?

¿Por qué no? Os da miedo, ¿eh?

¡Es 1979!Nadie en este país sabe nada sobre el Islam. (…) Este es un país cristiano, con herencia cristiana y hemos sido educados en un contexto cristiano.

Claro, pero imagina que en un futuro hay unos dos millones y medio de musulmanes viviendo en Gran Bretaña. ¿Haríais una película sobre ellos?

¡No! Seguirían siendo solo el 4% de la población.

La discusión escala hasta que en un giro más que pythoniano, Cleese escapa de plano para volver armado con unas ramas y golpear al kioskero.

Este fragmento, que debería ponerse en bucle en todas la cadenas nacionales cada vez que se toca el dichoso tema de humor y religión, es solo una muestra de lo acertada y vanguardista que fue esta producción de la BBC que recreaba, como si una película de los propios Monty Python se tratara, la polémica que acompañó al estreno de su película más emblemática y celebrada.

Escrita por Tony Roche, curtido en sátiras políticas como The thick of it (2005-2012), In the loop (2009) o Veep (2012), y dirigida por Owen Harris, responsable del aclamado San Junipero de la última temporada de Black Mirror (2016), el telefilm destaca por un elenco de actores que bordan su aproximación a la mítica troupe humorística con un trabajo de caracterización y mímesis que realmente consigue hacer dudar entre el actor y el personaje real. Además, los guiños al universo de los británicos son constantes, con micro sketches como el anteriormente citado puntuando constantemente la historia, animaciones a lo Terry Gilliam por doquier, y un impagable Rufus Jones haciendo de Terry Jones travestid interpretando a la señora de Michael Palin.

Todo ello para recordarnos, en boca de uno de los personajes, algo que de tan obvio se deja muchas veces de lado en las tristemente habituales polémicas sobre los límites del humor: “They’re nothing but silly jokes. Very good ones, but silly jokes”. Pedro Toro

Salve, de La Polla Records

El punk español siempre ha tenido un blanco obvio en la Iglesia católica, porque si vamos a arremeter contra las estructuras de poder tradicionales, pocas tan anquilosadas como nuestro casposo clero. Sin pensar demasiado se me vienen a la cabeza el propio nombre de MCD (1988, El Correo Vasco: «cuyas letras son las iniciales de la mayor de las blasfemias») e invectivas de grupos como Siniestro Total, que tienen en su repertorio desde inocentadas como Sonorice su templo a la rabiosamente anticlerical Detente predicador, con letra de Ramón Recio. Pero sin duda, la más significativa y coreada canción de punk blasfemo español es el Salve de La Polla Records, presente en el debut de la banda -pistoletazo de salida junto al split de Eskorbuto y RIP, también de 1984, de la oleada de punk vasco de los ochenta-. El tema que da título al disco es un escupitajo muy poco dialogante hacia la fe católica a base de enunciados tan gloriosos como «en sus escuelas preparar los cuadros de mando de la represión fascista«, carentes de la más mínima sutilidad, pero porque aquí tampoco es eso a lo que vamos, o con la sencilla y muy del ABC de la blasfemia de burlarse en la intro y el estribillo de los cánticos sacros. Y todo ello redondeado con la portada del LP (el «salvarnos a hostias» de la canción llevado al límite), y que ya deja muy claro que a estos chavales de Salvatierra les esperaba un futuro muy poco pío. John Tones

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