[Todos a una] Los políticos que nos merecemos

Psicópatas, chiflados, egomaniacos, corruptos, demonios del abismo. Hablamos de políticos, claro. Políticos de ficción que van desde pequeños maquiavelos que solo quieren ser Presidentes del Mundo a seres interdimensionales que desean merendarse nuestras almas. Un repaso a nuestros políticastros favoritos del cine y la televisión... con demasiadas notas en común con los de verdad.

Reconozcámoslo: los resultados de las recientes elecciones, redondeados con el Temazo Brexit, nos han dejado a todos un poco traviscorneados. O hay gente de nuestro entorno que miente mucho o vivimos, estadísticamente hablando, dentro de una burbuja anómala. No puede ser que las decisiones insensatas -de matices suicidas incluso- tengan tanto predicamento entre la población. O quizás sí que es posible y somos nosotros los que vivimos en el mundo de la piruleta. En cualquier caso, se toman decisiones que aúpan a cargos trascendentales a ladrones, psicópatas y gentes de mal vivir, y hemos decidido que podríamos repasar, post colectivo mediante, a aquellos altos cargos políticos de ficción que dejan algo o mucho que desear. Demonios, genocidas, tontos útiles y personalidades escalofriantemente cercanas a las que nos toca sufrir día a día. Con un matiz: puedes estar seguro que con una estaca en el corazón, los de esta lista se esfuman.

El alcalde de Sunnydale (Buffy Cazavampiros, 1997-2003)

Ah, Richard Wilkins (interpretado por Harry Groener). Quizás uno de los villanos más memorables de Buffy Cazavampiros y la principal presencia política en la serie de Joss Whedon, si exceptuamos la autoritaria figura del director de la escuela, claro. Con su sonrisa afable, su castrante manía por la limpieza y su presencia de padre de familia modélica y conservadora, el alcalde de Sunnydale es, quizás, la representación perfecta del Mal (político): ese alcalde capaz de hacer discursos de graduación sobre los desencaminados jóvenes de hoy en día, presidir reuniones en memoria de niños asesinados y luego, cuando nadie lo ve, pegarse un buen banquete de gigantescas cucarachas en el despacho.

Tenía que llegar la tercera temporada de Buffy para que el espectador averiguase por qué nadie huía de Sunnydale, cómo era posible que tantos crímenes misteriosos quedaran aparentemente impunes: el cargo político con mayor importancia del pueblo no sólo estaba al tanto de todo (¡esos demonios firmando contratos en su despacho!) sino que encima llevaba años preparándose para convertirse en un ser del averno con forma de serpiente. Los políticos como Richard Wilkins no sólo son parte de cualquier crisis o conspiración, parece decirnos Buffy: son el MAL, así, en mayúsculas. José Manuel Sala

Presidente (2013: rescate en L.A., 1996)

Presidente. Así, a secas. La secuela de 1997: Rescate en Nueva York (1981) tenía forma de chiste zafio y baratija cara, pero su Nueva América Moral se parecía un huevo al rumbo natural del mundo. El Presidente vitalicio, cristiano extremista y demagogo, prohibía el tabaco, la carne roja o ser musulmán, ¿os suena de algo?

Su hija podemita pretende frenar el caos gubernamental a través de una nueva arma que ha robado y se traslada a la antigua ciudad de Los Ángeles, que ahora es una isla carcelaria donde deportar a todos aquellos que pierdan la ciudadanía americana y el nuevo patio de recreo de un Serpiente más quemado que veinte años atrás, así que imagina el conflicto de intereses que se monta ahí con veneno intravenoso de por medio. Cuervo Jones, un tipo que se viste igual que el Ché Guevara y al que le pirra el baloncesto (madreeeeeee, qué real es todo) campa a sus anchas como líder de los desgraciados y tampoco se lo pondrá fácil a nuestro héroe favorito. Se cumplen ahora veinte años de su estreno y nuestro futuro presente cada vez se aproxima más a lo que John Carpenter vio venir entonces. Como para no introducir el código mundial y darnos la bienvenida a la raza humana. Kiko Vega

Presidenta Alma Coin (Los juegos del hambre: Sinsajo, 2010)

Uno de los motivos por los que Sinsajo (2010) me parece el mejor libro de la trilogía Los juegos del hambre (2008-2010) es que deja a un lado la acción y el romance para centrarse en algo mucho más interesante: los juegos políticos. El universo en el que vive Katniss Everdeen está dirigido por un presidente totalitario, el despiadado Coriolanus Snow que, durante el libro, se enfrenta a una revuelta sin precedentes en su mandato. Liderando a los rebeldes que la encabezan, la presidenta Alma Coin promete tiempos de igualdad, democracia, paz y prosperidad para todos.

Sin embargo, tal y como comprueba Katniss, los ideales prometidos no son los que mueven a la presidenta que, ciega de poder y con las esperanzas puestas en la venganza, no tendrá ningún escrúpulo en utilizar a las personas (e incluso matar a cientos de niños) para ganar la guerra y acceder al gobierno de todo Panem. Entre Snow y Coin es difícil saber quién es malo y quién peor. Se ve que es algo común en esto del bipartidismo. Marta Trivi

Alan B’stard (The New Statesman, 1987)

En algún momento de las últimas temporadas de esta serie, infravalorada por su carácter desquiciado y poca sutilidad, Rik Mayall como trasunto de político thacherista dice: “Dios ha muerto, Marx también…pero los mercados viven. El mercado debe ser vuestro nuevo Dios”. Es la divisa del nuevo político amoral, brutalmente gracioso, que interpreta Mayall como nadie. Ya sea buscando criminales nazis para ganar votos, maltratando a su pobre y bonachón compañero Sir Piers Fletcher-Dervish (con gran parecido a Francisco Marhuenda…) o haciéndose pasar por abolicionista del porno con un libro contra este repleto de fotos guarras, su ambición no tiene límite.

La última temporada, donde sale del gulag -literal- para acabar de eurocomisario en la cochiquera de Bruselas, tiene además uno de los discursos más divertidos que se han escrito: “¿Por qué nosotros, el país que ha dado Shakespeare, Christopher Wren -¡y esos son solo los que salen en los billetes!- debe encogerse ante aquellos que han producido a Hitler, Napoleón, la Mafia y…y…. LOS PITUFOS?” . Otro speech, que puedes ver ahí arriba, defiende la abolición de todos los idiomas en Europa y la instauración del inglés como lengua única. Nigel Farage habría aplaudido este… y también lo habrían hecho todos aquellos que votaron el Brexit:  “Rule Britannia ! Britannia Rule Benidorm !”. Julio Tovar

Selina Meyer (Veep, 2012-)

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¿Es “Continuidad con cambio” el eslógan más idiota posible para un candidato, real o ficticio? Posiblemente, sí: uno puede imaginarse cómo los cráneos de cientos de politólogos revientan, en plan Scanners, nada más leerlo. De ahí que sea el lema perfecto para la campaña presidencial de Selina Meyer, seguramente la condensación de todo lo malo que uno imagina en la trastienda de las instituciones contemporáneas.

Creada a medias por el satirista Armando Iannucci (In the Loop -2009-, The Thick of It -2005-2012-) y por una Julia Louis-Dreyfuss cuyo perfil biográfico presenta al menos un punto en común con el del personaje (verbigracia: ser hija de un multimillonario), Selina esconde tras su impoluta fachada a una señora grosera, egoísta hasta lo patológico y, sobre todo, salvajemente mediocre. De hecho, y aparte de su peculio, su único mérito consiste en saber rodearse de gente tanto o más inepta y sociopática que ella misma, para así coronarse como mandataria tuerta en el país de los ciegos. Durante las cinco temporadas de la serie hasta la fecha la hemos visto atravesar los peldaños del poder desde una vicepresidencia que nunca quiso (en el sistema de EE UU, ser la segunda autoridad del estado equivale a ejercer de florero) hasta un Despacho Oval que ha llenado de trampas, bilis y frases malsonantes como sólo ella sabe hacerlo. Ah, y también con algunos de los mejores gags de la televisión reciente.

Aun así, y como reconoce la propia Louis-Dreyfuss, el mejor bromazo de Veep no vino dado por sus guiones, sino por la vida real: tras recibir un mensaje de felicitación por parte de Hillary Clinton, la actriz descubrió (vía una filtración en los correos del Partido Demócrata) que la cornuda más insigne de EE UU no sólo no había visto un solo capítulo de su show, sino que ni siquiera sabía escribir su nombre correctamente. “Es un ‘gag’ perfecto”, confesó la actriz, entre carcajadas, en una entrevista. Y tenía razón. Yago García

Frank Underwood (House of Cards, 2013-)

La trayectoria de Kevin Spacey nos ha dejado un puñado de papeles destacables, en su mayoría marcados por la capacidad de este animal dramático para dar nueva humanidad (o para el caso, inhumanidad) a cuantos personajes interpreta. Pero dentro de ese amplio abanico cabe destacar su cima más reciente. Hablamos de Frank Underwood, el Presidente de los EEUU más vil y perverso de la historia de la ficción. Simple y llanamente.

En su escalada hacia la cima del poder, Underwood no deja títere con cabeza y, lo peor de todo, nos hace cómplices de sus artimañas. En primer lugar, porque se dirige a nosotros, al espectador, con un tono jactante y cínico. En segundo lugar, porque uno acaba rendido a su despiadada conducta, comprando eso de que el fin justifica los medios. Lo que sea por una nueva dosis de (unas veces disimulada, otras no, siempre sofisticada) maldad. Un individuo tan execrable como adictivo que, además, dispara sentencias llenas de enjundia como si fuera lo más normal del mundo. Su lugar en este artículo también lo podría ocupar otro gran personaje de House of Cards; Claire Underwood, primera dama excelsamente reproducida por Robin Wright, que hace bueno ese tópico que dice que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Daniel González

Max Frost (Wild in the Streets, 1968)

Casi sin proponérselo, la película de Barry Shearer se ha ganado a pulso la categoría de culto como una de las sátiras más jugosas de la contracultura. En las antípodas de la transgresión artística del cine de William Klein, el guión escrito por Robert Thorn –sí, como el embajador que interpretaba Gregory Peck en La profecía (1976) – se centra en Max Frost (Christopher Jones), un adolescente problemático que sintetiza LSD en el sótano de casa. Un buen día se harta de aguantar a su castradora madre (Shelley Winters, colosal como siempre que hace de neurótica) y abandona el nido, no sin antes volar por los aires el Chrysler de su viejo con una bomba de fabricación casera.

A la luz de los resultados del 26J, el arribismo del otrora antisistema se nos antoja cuanto menos premonitorio. Como lleva el inconformismo en las venas, Max monta su propia banda junto a un jovencísimo Richard Pryor y un bajista con garfío al que apodan The Hook, y compone un álbum plagado de consignas  que arrasa en las listas de ventas. Una vez convertido en la estrella del pop juvenil que siempre soñó ser, apoyará la candidatura de un senador demócrata (Hal Holbrook) para finalmente postularse él mismo como candidato a las presidenciales de los EEUU, en virtud del tirón demográfico de la generación del baby boom. Así que mucha atención a la letra de estos dos temazos, que os hemos subtitulado:

En 1972 Richard Nixon recurriría a un subterfugio similar para su reelección, rebajando la edad de voto de los 21 a los 18 años para ganarse el apoyo de los más jóvenes. Hablamos del presidente que se vio obligado a dimitir por el escándalo Watergate; el mismo que otorgó carta blanca a J. Edgar Hoover para investigar a John Lennon, que criminalizó el movimiento por los derechos civiles y las protestas contra la Guerra de Vietnam, hasta el punto de enviar a la Guardia Nacional a la universidad de Kent (Ohio), donde murieron cuatro estudiantes. Y aun así ganó por abrumadora mayoría. ¿Les suena de algo? Pues esperen, porque aún hay más. Hacia el final de la película, el ya presidente adolescente se perfila como un Robespierre psicodélico, coleta incluida, que instaura una “dictadura juvenil” y encierra a los adultos en unos campos de concentración a modo de soviets en los que se les medica con psicotrópicos para que entren en contacto con su “niño interior”, pronosticando los estragos de las comunas y los gurús de la era de Acuario. La doble lectura, entonces y ahora, resulta inevitable. David Bizarro

Clay Davis (The Wire, 2002-2008)

Es fácil recordar The Wire como una serie magna de aspiración al retrato global en la que cada temporada se tocaba uno de los pilares sociales de la ciudad de Baltimore. Es fácil recordarla así, pero también es un recuerdo poco fiel. Todos los temas tratados en la serie de David Simon son omnipresentes a perpetuidad, solo que unas veces son más evidentes que otras. Para ser fiel a la realidad, tienes que aceptar que en una sociedad no existen cuestiones que no estén directamente ligadas entre sí. La educación es un tema relacionado con las posibilidades de progreso, que es un tema ligado al tráfico de drogas, que es un asunto que tiene que ver con la política, que a su vez… Así, el senador Clay Davis ya hacía su aparición en el séptimo capítulo de la primera temporada de The Wire, cuando los agentes protagonistas descubrían en el coche de este señor la nada menospreciable cantidad de doscientos mil dólares. Dinero que, por supuesto, venía directamente del tráfico de drogas y con el que Stringer Bell (inolvidable Idris Elba) pretendía untar al senador.

El caso es que, desde entonces, el político más escatológico de Baltimore solía salirse siempre con la suya. Porque tener amigos con favores pendientes es poder. Y cuando la mierda te sobreviene, solo el uso de este hace que tu traje quede sin mancha alguna. Lo cierto es que el retrato que nos ofrece la actuación de Isiah Whitlock Jr. tiene bastante de real: en el este de Baltimore, la renta media es de 13.000 dólares, y el 50% de la población vive por debajo del umbral de pobreza. Un dato que sumado al paro juvenil, la mortalidad infantil y la cantidad de adultos en libertad condicional nos da la medida de lo real en The Wire. Pero si le cantásemos estos datos a Davis, seguramente nos contestaría con un «Sheeeeeeeeit, I live in Roland Park. North Baltimore, man Francesc Miró

Alcalde Joe Quimby (Los Simpson, 1989 -)

Apodado «Diamante» y surgido como parodia de la familia Kennedy en general y de Ted Kennedy en particular, está claro que una de las ficciones más importantes del siglo XX tenía que tener su cuota de políticos corruptos. O político, porque con uno le sobra a la ciudad de Springfield. Y pese al impepinable declive de Los Simpson, este alcalde demócrata al que da voz Dan Castalleneta se mantiene en una línea constante de diversión, porque inspiración en la vida real nunca faltará.

Su lema, Corruptus in extremis, deja claro que es un político que juega sucio, pero que no teme tanto las consecuencias de sus acciones como que le descubran. Si el dinero le llama, ¿qué importa que los niños beban leche de rata? ¿O que los fondos del Ayuntamiento desaparezcan para cubrir sus extravagancias? Lo importante es que tiene el respaldo de una ciudad -que por cierto detesta- de forma casi ininterrumpida, gracias al oportunismo -como cuando suelta la frase de moda al descubrirse que liquida a sus oponentes- o a la mera incompetencia del partido republicano.

Pero en el fondo, el lema de Quimby debería ser «Springfield va sola» porque a pesar de sus desmanes, la ciudad sigue adelante. Y porque la gente va a votarle, quizás atraídos por los cantos de sirena de la estabilidad. Por eso Los Simpson es tan importante hoy día: porque lo específico es universal y hay ciertos arquetipos que van más allá de la cultura de un país. En el fondo, Springfield tiene el alcalde que se merece, se lea como se lea eso. Adrián Álvarez.

Larry Vaughn (Tiburón, 1975)

No lo puedo evitar. Cada vez que veo a Larry Vaughn, alcalde de Amity Island, decirle al agente Martin Brody que, a pesar del peligro de un tiburón blanco, no puede suspender el festival de verano y por tanto cerrar la playa porque la localidad depende económicamente de ello, me hierve la sangre. Es un caso flagrante de político mezquino que antepone las razones crematísticas a la integridad física de sus votantes. Un acto cobarde y ruin que, ojo, se acabará comiendo con patatas el pobre Brody, al recibir el humillante bofetón de la pobre madre que acaba de perder un hijo inocente a manos de un escualo gigante. Las americanas imposibles que luce, ese aire de baboso viejo verde y los argumentos peregrinos que utiliza para minusvalorar la existencia de la amenaza marina convierten a Vaughn en uno de los gobernantes de ficción más odiosos de la historia. Xavi Sánchez Pons

Greg Stillson (La zona muerta, 1983)

La metáfora es sencilla y ramplona, pero funciona. Vaya si funciona. El héroe de La zona muerta es un joven profesor, Johnny Smith (Christopher Walken) que tras un accidente de tráfico adquiere la habilidad de contemplar el futuro. Cuando toca a un emergente candidato político, Greg Stillson (Martin Sheen) contempla con horror el futuro que le espera a él (presidente de los Estados Unidos) y a todos nosotros (el holocausto nuclear). Una pesadilla tramada cuando la Guerra Fría se había convertido ya en un artefacto pop aterrador: el icono del botón nuclear y de nuestro destino planetario en manos de una sola persona (un par en este caso). Y que David Cronenberg se encarga de poner en escena con su idónea frialdad habitual y que suma aquí una inquietante figura: la del ayudante encorbatado, con un punto acaso diabólico, que gestiona el acto infame y que se contrapone con su robótico comportamiento a la muy humana vanidad del presidente. Ese «Los misiles están volando, aleluya» del final le da un toque decididamente siniestro al personaje por la vía de ese fanatismo religioso -pero enquistado en lo cotidiano- tan propio de los estadounidenses y que convierte a Greg Stillson en algo más que un supervillano: en una escalofriante posibilidad. John Tones

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