[Todos a una] Cuando la muerte es una cuestión de perspectiva

O de voluntad. O de ciencia. El caso es que en la ficción, cómo vencer a la muerte es uno de los tropos inmortales del género fantástico. Hace 200 años que Mary Shelley concibió Frankenstein y hoy nuestro post colectivo revisa a algunos de los más notables muertos que han sido incapaces de permanecer bajo tierra.

Si algo nos enseñó Frankenstein, a quien estamos dedicando toda una semana de fastos conmemorando los 200 años de su creación en Villa Diodati es que la muerte es una cuestión relativa. La criatura está compuesta de fragmentos de cadáveres, de restos en descomposición, pero adquiere apariencia de vida. Mientras tanto, quienes le persiguen, marginan y temen son seres vivos pero que, a veces, no se comportan como tales. Hemos pedido por eso a nuestros colaboradores que recuerden sus muertos-que-no-lo-están-tanto favoritos y demuestren de una vez por todas que a lo mejor todo es una cuestión de perspectiva. Lo que está muerto puede que no lo esté tanto y lo que no lo está puede que lo esté más de lo que creemos. Bienvenidos a la morgue.

Roger Mortis (Estamos muertos… ¿o qué?, 1988)

Una película con ese título (español) sólo podría tener un protagonista con un nombre tan guay como Roger Mortis, un detective del departamento de policía de Los Ángeles que tiene veinticuatro horas para resolver la misteriosa trama sobrenatural que lo ha devuelto a la vida tras morir en acto de servicio investigando unos atracos perpetrados por delincuentes que no pueden morir. La cosa tiene sus ventajas, porque ser zombie a finales de los ochenta en una comedia noir garantiza chistes y reacciones impagables de Treat Williams soportando a Joe Piscopo, además de una secuencia antológica en una carnicería que inspiraría muchos años después un gran momento para el recuerdo en la notable John muere al final (2012), la prueba de que Don Coscarelli sigue vivo.

Que Dead heat funcione a las mil maravillas es en parte por el buen hacer de Mark Goldblatt, editor de muchas películas estupendas (El último boy scout, Mentiras arriesgadas, Terminator…) y conocedor del ritmo de la guasa, que ambienta en esa California del pasado y del futuro la codicia de los poderosos y sus ansias de vivir eternamente, en lo que sería la primera de sus dos únicas películas, rodando un año después la mítica The Punisher con Dolph Lundgren. Un ejemplo perfecto de peli para el domingo. New World Pictures y Vincent Price, amigos. Kiko Vega

Lady Corazón de Piedra (Tormenta de Espadas, 2000)

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Los que conocimos la (ahora) archiconocida saga de George RR Martin Canción de Hielo y Fuego (Juego de tronos para los que siguen la serie) a través de los libros, nos hemos acostumbrado a una cierta bipolaridad; tenemos en la cabeza la historia seguida en los libros y se ha generado una segunda línea temporal, alternativa, donde se producen variaciones, generadas por los creadores de la serie David Benioff y D.B. Weiss, que no han dudado en alterar lo escrito para (se supone) llegar al mismo final. A estas alturas de la serie, el finalazo del tercer libro de la saga (Tormenta de Espadas) ya no puede ser considerado un “spoiler”. Está claro que, viendo por dónde han llevado a Arya, es muy improbable que vayan a resucitar al personaje que lo hacía en ese momento. Estoy hablando de Catelyn Stark, que había muerto tras la famosa Boda Roja y que, tres días después, resucita gracias a una muerte más del forajido Beric Dondarrion, aunque la forma en que vuelve a la vida nos recuerda más a un zombi que a un ser humano: mutilada, los cabellos de distintos colores, heridas sin sanar, cara llena de arañazos y la garganta abierta, lo que le dificulta para hablar y hacerse entender. Parece que el único rasgo humano es su deseo por la venganza, sus ganas de destrozar a aquellos que han traicionado y asesinado a su familia.

A partir de ahí, adopta el nombre de Lady Corazón de Piedra y dirige la banda de forajidos (Hermandad sin Estandartes) en una persecución sin piedad para ejecutar a todos aquellos que ha designado como traidores a sus familia. Lo curioso de todo este asunto es que sólo los que hemos leído los libros estábamos esperando este personaje en la serie y se ha optado por eliminarlo de la trama principal para dar más importancia al papel de Arya. Estamos ante la paradoja de un caso de una no-muerta literaria pero, para nuestra mayor desazón, se ha quedado tan muerta como estaba en la Boda Roja de la propia serie. ¡Qué ironías nos trae la vida! Mariano Hortal

Bub (El día de los muertos, 1985)

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Si algo nos dejó claro George A. Romero con su Zombie (1978), es que el zombi es un residuo de la sociedad capitalista postindustrial, con su andar cansino por centros comerciales y sus emociones más bien apagaditas. A excepción del hambre, claro. Siete años más tarde, en la tercera parte de su trilogía fundacional, uno de estos no muertos es estudiado por el Dr Logan en la base militar de Florida en la que un grupo de soldados y algunos civiles luchan por resistir contra las hordas zombis. Bub es un pedazo de carne candoroso que ante la mirada de su mentor parece recordar una vida de costumbres, una vida por tanto zombificada: afeitarse, lavarse los dientes, escuchar música. Bub parece haber abandonado el apetito por la carne y haber establecido incluso cierta relación de afinidad con el doctor. Cuando los sucesos se precipiten, se erigirá en podrido ángel vengador.

Un concepto tan poderoso como el del zombi enjaulado para su estudio era demasiado jugoso como para que Danny Boyle lo dejara marchar. Así en 28 días después (2002), su particular reinterpretación del subgénero zombi en general y de El día de los muertos en particular, el líder del batallón de soldados interpretado por Christopher Eccleston con el que el protagonista y sus amigas tienen el infortunio de cruzarse, guarda también en su patio a otro no-muerto encadenado, aunque mucho más rabioso y vomitivo que Bub. De él aprende que los zombis perecerán en último término por no saber hacer pan, cultivar, cuidar ganado. Es decir, por no ser productivos. Santi Pagés

Bitelchús (Bitelchús, 1988)

Tienes que decir su nombre tres veces para invocarlo: Bitelchús, Bitelchús, ¡Bitelchús! …pero espera un poco. Piénsalo bien antes hacerlo. Este fantasma, exorcista de los vivos, puede parecer divertido pero eso es sólo porque no tienes que interactuar con él: desagradable, maleducado y muy, muy asqueroso, Bitelchús es el personaje favorito de Michael Keaton de entre todos los que ha interpretado. Es fácil adivinar por qué. Durante la mayoría de las escenas que vemos en pantalla, Keaton disponía de total libertad para improvisar tanto gestos como líneas y el personaje (que en realidad es el antagonista de la cinta) se convirtió tras el estreno en uno de los personajes más populares creados por Tim Burton, incluso entre quienes no son fans.

El éxito de la película fue tal que el personaje pasó a protagonizar una breve serie de animación que, aunque contaba tanto con la presencia del fantasma como con la de Lydia (el personaje que había interpretado Winona Ryder), no tenía muchas más cosas en común con la idea original. Pero tanto los fans de Keaton como de Bitelchús están de enhorabuena. Warner Bros ha anunciado una secuela ahora que se acerca el 30 aniversario del estreno original. Keaton y Ryder parecen dispuestos a firmar, siendo Burton el que se hace de rogar. ¿Volveremos a ver a el fantasma más sinvergüenza del no-mundo? Marta Trivi

Jim Duncan (Infierno de cobardes, 1972)

Convertido en icono del eurowestern de la mano de Sergio Leone, la primera aportación de Clint Eastwood al género como director es un filme extraño con un poderoso subtexto fantasmal. Envuelto en los espectrales acordes de la estupenda banda sonora firmada por Dee Barton, el inicio muestra un borroso horizonte del que emerge, como un espejismo, un jinete salido de la nada. Su destino es un pueblo cuyos habitantes pedirán al forastero protección ante la anunciada llegada de una banda de forajidos. El pistolero aceptará, pero sometiendolos a maltrato y humillación mientras una serie de flashbacks los mostrará como un grupo miserable que no hizo nada por salvar al sheriff de esos forajidos que ahora están de regreso. Una muerte cruel, a latigazos, de alguien cuyas últimas palabras serán una maldición en toda regla. Al final, con el pueblo pintado de rojo y envuelto en llamas, el forastero cumplirá el acuerdo pero dejará tras de sí un lugar arrasado. En la última escena, el enano Mordecai, único personaje por el que parece sentir algo de afecto, le dirá al verle marchar “ni siquiera sé tu nombre”. “Sí lo sabes” será la respuesta, mientras la cámara gira hasta mostrar la lápida con el nombre de Jim Duncan. En idéntico plano al del principio, la silueta del forastero se diluye en el horizonte distorsionado por el calor. El doblaje español masacró la sugerente naturaleza sobrenatural del relato, que en cierta forma ya sobrevolaba en otros westerns de atmósfera fantástica anteriores como la italiana Oro maldito (1967). Eastwood retomaría la idea con el predicador “que debería estar muerto” de la también fenomenal El jinete pálido (1985), aunque su elegancia formal estaba lejos de la grotesca sordidez que aunaba el espectro de Jim Duncan con la tradición del resucitado en busca de venganza. Daniel Ausente

 Living Dead Girl (Rob Zombie, 1998)

Con un apellido como ese supongo que podría haber escogido al músico americano como mi no-muerto favorito, pero elijo este tema de su primer disco en solitario porque soy igualmente fan de su señora, Sheri Moon Zombie, y teniéndola tanto en la portada del single como en ese videoclip de inspiración caligueresca resulta imposible no identificarla a ella con la muerta viviente del título. Además, esta regresada lleva contagiando desde su alzamiento una clase de infección que, lejos de transformar en monstruos a quienes la contraen, parece infundirles un subidón instantáneo de autoestima, y eso se merece un reconocimiento: prácticamente ha igualado en relevancia a Girls, Girls, Girls de Mötley Crüe como estándar stripper ―cumpliendo la profecía del álbum de Zombie donde volvió a resucitar en forma de remezcla, American Made Music to Strip By (1999)―, y se ha propagado como una plaga nada bíblica entre artistas de Neo-Burlesque o danza del vientre moderna. Parafraseando la infame canción: mordedura de la muerta sexy, si te muerde te convierte en sexy. Andrés Abel

El señor Valdemar  (La verdad sobre el caso del señor Valdemar, 1845)

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No estaba muerto, que estaba hipnotizado. Los misterios de la pseudociencia aún conservaban un gran poder de fascinación cuando se publicó este relato. Por ello, su carácter fantástico jugaba en la fina línea de la ciencia-ficción relativamente creíble, hasta tal punto que muchos lectores se tragaron que el texto era una memoria científica de un caso verdadero. El señor Valdemar es un caso de no-muerto ilustre: no es un redivivo como los vampiros o la criatura de Frankenstein, es un hombre a puntito de palmarla que encuentra una manera de alargar un poco más su vida. Y nada, el poder de la hipnosis es tan poderoso, que si te mandan no morirte, pues te quedas vivo, aunque estés muerto. Tiene algo de trabalenguas, pero la realidad es que tampoco es ni un zombie, ni un espectro. Es un muerto que se queda casi en estado de animación suspendida. Sólo responde ante la persona que le ha hipnotizado, contestando con voz de ultratumba, y aguantándose hasta la putrefacción durante los siete meses del fallido experimento, que acaba de la peor, y más viscosa forma posible. Las adaptaciones al cine del relato le hacen bastante justicia, desde las fantásticas de Chicho Ibáñez Serrador y Roger Corman en formato corto hasta la, normalmente infravalorada y muy angustiosa, visión de George A. Romero. Jorge Loser

La fallera calavera (La fallera calavera, 2013)

Viendo los clásicos y enormes nombres de esta lista de no-muertos, esta elección parece menor. Y es cierto que tampoco se trataría de mi no-muerto favorito. Antes me vienen a la cabeza la adorable Eli de Déjame entrar (2008), La novia cadáver (2005) de Tim Burton, la madre de Braindead (1992), o Burns en La Casa del Terror IV (1993) y en toda la serie de Los Simpson en general. El término es muy amplio. Y sin embargo, al margen de polémicas lingüísticas a lo Quimi Portet, me sorprendo a mí mismo ante mi total disposición para hacer una reivindicación de lo que llamamos «la terreta».

En el año 2013 Valencia vivía en universo alternativo en el que gobernaba Carlos Fabra, que había sucedido a Francisco Camps, que había sucedido a José Luis Olivas que habías sucedido a Zaplana. Rita Barberá llevaba veinte años siendo alcaldesa de la ciudad de Valencia, y aún le quedaban dos años más en el cargo. En mitad de este panorama tan alentador, nace un Verkami dispuesto a crear un juego de cartas de estrategia por turnos al más puro estilo Magic The Gathering que presentaba a una fallera zombi sedienta de venganza. Contaba la historia de aquella campaña de crowdfunding que la joven murió en una mascletà y vivía para vengarse de los que la habían llevado a aquella precaria situación. Así que sólo había una manera de calmar su sed de sangre, cocinar una paella. Para eso, el jugador tenía que conseguir reunir cinco ingredientes esenciales jugando cartas con atributos, imitando los hechizos clásicos, y también de batalla -con su defensa y su ataque-. Todo ello, con cartas como La dama d’Elx, Les Monleonetes o la Alcaldessa Perpètua, todos sátira no sólo de historia reciente valenciana sino de las leyendas, fábulas y tradiciones más populares de nuestra cultura.

La campaña triunfó y fue cuestión de tiempo que de los 3.500€ inicialmente deseados se llegase a los 7.300€. El juego de cartas se hizo tan popular que era extraño conocer a alguien que no jugase. De ahí surgió una expansión y un libro francamente divertido publicado por la editorial Sembra Llibres. Y aún hoy, persiste y sigue muy vivo un fenómeno cultural absolutamente inédito en el País Valenciano. El de una fallera zombi que consiguió hacerse un hueco en toda una generación de jóvenes hambrientos de sarcasmo, ironía, mala baba y sí, ganas de pasar un buen rato. Francesc Miró

Liv Moore (Izombie, 2015 -)

Veronica Mars ha vuelto… en forma de zombi y de manos de su creador, Rob Thomas. Ése podría ser el resumen de Izombie, la adaptación a televisión de un cómic creado por Chris Roberson y Michael Allred del que sólo toma en cuenta el punto de partida: una renacida tiene que comer cerebros de forma regular para no convertirse en una zombi. Y resulta que los cerebros vienen con recuerdos y asesinatos no resueltos, por lo que la protagonista se convierte en una inesperada aliada de la policía.

Si bien en el cómic hay un despiporre de vampiros, fantasmas y hombres-terrier, la adaptación a televisión mantiene un perfil más bajo, limitada por el presupuesto y el temor a mear fuera de tiesto. Lo que podría haber sido un desastre al extraer la pulpa del material original (como, yo que sé, esos Cuatro Fantásticos sin alma de Josh Trank) se mantiene en pie al agregarle la del género negro, con tramas de zombis ricos contra pobres como telón de fondo. El trasplante funciona… ¡y el paciente vive!

El mérito no es sólo de Rob Thomas y Diane Ruggiero-Wright, también de una Rose McIver que interpreta a la zombi principal y tiene que aprender a lidiar no sólo con su estado, también con los cambios de ánimo y personalidad que los distintos cerebros le imbuyen. En un género, el procedural, que empieza a oler a muerto con el abuso de psicópatas, forenses y forenses que son psicópatas, tiene narices que haya sido la muerta la que aporte algo de frescura. Adrián Álvarez.

Dr. Carl Hill (Re-Animator, 1985)

Re-Animator nos enseña una lección de vida práctica como pocas: si tienes un científico megalómano y un suero verde fosforescente que reanima cadáveres (un poco de aquella manera, también es verdad), es francamente complicado conseguir que los muertos se queden muertos. Ese científico, el mítico doctor Herbert West interpretado por Jeffrey Combs va a ir por la vida poniendo en pie morgues enteras, gatos domésticos y rivales en esto de la ciencia loca, como le sucede al doctor Carl Hill (interpretado por ese reivindicable Vincent Price de serie Z que es David Gale): West le decapita y pone su cabeza en una bandeja, que resucita sin tener en cuenta que Hill tiene planes, aún con la fisonomía descompuesta. Uno de ellos lo vemos en la propia Re-Animator y nos demuestra que las libidos de los difuntos están lejos de desaparecer, porque aún sin tronco ni genitales, un hombre aún puede dar la talla en la que es posiblemente una de las escenas de sexo más grotescas y menos eróticas de la historia del cine de terror. Pero ahí no acaban las andanzas de Hill, que se injertará unas alas de murciélago en las sienes para recuperar la movilidad en La novia de Re-Animator (1989). Un muerto muy vivo, este Dr. Hill. John Tones

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