[Todos a una] Ojo por ojo: nuestras venganzas favoritas

¡La ley del Talión! ¡El que la hace la paga! Es uno de los recursos favoritos (y más perezosos también, hay que reconocerlo) de todo tipo de ficciones: pone en marcha las motivaciones de los personajes de un plumazo y en disposición de hacer todo tipo de burradas por un quítame allá esa memoria ultrajada. En CANINO, muy fans siempre de todo tipo de extremismos narrativos, hemos pensado en nuestras venganzas favoritas y perros de paja varios, y estas son las que nos han venido a la cabeza.

Familias masacradas, humillaciones que no venían a cuento, mascotas profanadas. Todo tipo de actos de villanía que tienen su contrapartida cuando la víctima se convierte en verdugo y los bellacos, en cachorritos llorosos. Un alivio para el mundo, para el ejecutor y sobre todo, para el espectador / lector / jugador, que ve satisfechos sus más bajos instintos. Al fin y al cabo, ¿desde tu más tierna infancia no llevas rumiando maquiavélicas torturas contra el asno que te rompió un cristal de las gafas? (Spoiler: el karma es tu mejor aliado; con treinta y tantos años descubres por Facebook que aquel imbécil es ahora adicto al crack)

Como siempre, procedan con precaución: algunos de estos textos tienen spoilers moderados.

Lord Bullingdon contra Redmond Barry en Barry Lyndon (1975)

Los pasos dubitativos llenan el cuartito de una propiedad solariega en Irlanda. El conspirador y sus cómplices buscan, pretenden, devolver el honor a la condesa de Lyndon. Y, entonces, Lord Bullingdon dice aquella frase que marca el inicio de su venganza: “Mis amigos dicen compadecerme, pero en el fondo me desprecian. Ahora, sé lo que tengo que hacer y lo voy a hacer: cueste lo que cueste”. Esta escena, ideada de la nada por Stanley Kubrick, deviene en un intenso duelo final entre el advenedizo Redmond Barry y su hijastro Lord Bullingdon.

Esta es, quizá, la más ignorada venganza del cine americano en los setenta. En su coreografía, en sus actores, en su crispada atmósfera sonora, esta revancha es tan intensa como cualquiera ejecutada por Clint Eastwood, los Corleone o Mick Travis. Fantásticamente editada, con la zarabanda de Haendel en un crescendo infernal, es uno de los mejores y más inadvertidos duelos de la década y rompe deliberadamente con la estudiada languidez de la segunda parte del filme. Casi veinte minutos de western épico, no tan distinto de Sergio Leone, donde la tensión finaliza en victoria pírrica gracias a la renuncia de Redmond Barry. De hecho es, en cierto sentido, una gran parodia de Leone: el victorioso llega a la destrucción de los Barry a través de la dádiva, la renuncia, de este último como duelista. Parece como si Stanley Kubrick pretendiera realizar una sátira maliciosa de esas escenas sin final que dominaban los filmes del oeste coetáneos.

Y todo ello para que la venganza acabe en la mayor mezquindad posible: una pensión alimenticia al odiado padrastro para evitar cualquier represalia. Óbolo por cuya firma plañe Lady Lyndon en un tempestuoso 14 de julio del año 1789. Julio Tovar

Sangre de cerdo en Carrie (1976)

La madre del cordero de todas las venganzas vino precedida, como no puede ser de otra manera, por la mayor de las ofensas. En ese cénit de la vida adolescente que es el baile del instituto, y tras años de subsistir en el infierno de las cheerleaders y los capitanes del equipo de béisbol, Carrie White por fin tuvo su momento y el patito feo se convirtió en efímero cisne… hasta la caída del cubo de sangre de cerdo, en realidad una versión corregida y aumentada de la escena -efectista pero efectiva- que abre la película, en la que nuestra indefensa protagonista descubre la menstruación de forma traumática y cruel.

Podemos interpretar Carrie -me refiero siempre a la huracanada película de Brian de Palma, no al más tibio libro de Stephen King como un punto y aparte en la historia del freak. El personaje de Sissy Spaceck, cual Jesucristo nerd, resurge como un Ave Fénix de las cenizas de la más salvaje humillación pública para cobrarse venganza por todos los raritos, acomplejados y presas del bullying que han sido y serán. La película se convierte así en el auténtico big bang de la apropiación y dominación de la cultura popular que se ha dado en las últimas décadas por parte de los humillados y ofendidos. Ahora la reina del baile y el matón de la clase viven en un mundo de productos manufacturados por los “gafotas” y bajan la testuz ante su poder económico y social. Todos lo hacemos.

Y si la escena ha trascendido de manera tan apabullante, es porque estamos ante una obra maestra del montaje, de la utilización de la música de Pino Donaggio, de la cámara lenta y del split- screen: los minutos previos al momento culmen son tan arrebatadores, que el bloodbath posterior es la única solución posible a tanto paroxismo cinematográfico. Ardamos todos. Javier Trigales

Anakin Skywalker desencadenado en El ataque de los clones (2002)

Larga, previsible y evitable si tienes ojos en la cara fue la caída al Reverso Tenebroso de Anakin Skywalker, pero el punto de no retorno es fácilmente identificable: la masacre de la tribu de Tusken Raiders en la que asesinó a sangre fría. «Los maté… los maté a todos. Están muertos, hasta el último de ellos. No sólo los hombres, sino las mujeres y los niños. Son animales y los maté como a animales. ¡Los odio!«, llegaría a decir. Anakin, alejado de su madre durante diez años y aún presa de la ansiedad por separación, descubre que ésta ha sido raptada por una banda de forajidos Tusken. A lomos de su moto jet encuentra el asentamiento de la tribu y, tras ver a su madre morir en sus brazos, el Reverso Tenebroso se apodera de él, la ira lo consume y su dolor reverbera a través de la Fuerza de manera que Yoda, en el otro extremo de la galaxia, es capaz de percibirlo.

Un Anakin transido de dolor e incapaz de gestionar sus sentimientos negativos, unos sentimientos que en la Orden no le han enseñado a procesar más allá de decirle que no debe sentirse así porque es el camino al Reverso Tenebroso, explota de rabia y destroza uno por uno a los causantes de la muerte de su madre, desde el primero al último, y lo hace sin remordimientos, sin mala conciencia y sin dudar un solo instante. En ese momento nació Darth Vader, engendrado en lo más profundo del corazón del joven Jedi y gestándose durante años hasta que el Emperador supo hacerle salirAlberto Mut

La llamaban Un Ojo en Thriller, a cruel Picture (1973)

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Lo de Bo Vibenius fue un salto al vacío. Aceptado en la Escuela Superior de Cine Sueco con apenas 21 años, Vibenius era uno de esos alumnos prometedores, inquietos, vivos. Con 22 ya estaba trabajando a las órdenes de Bergman como asistente de dirección, primero en Persona (1966), después como director de la segunda unidad en La hora del lobo (1968). Tras un debut de esos de exorcizar infancias, y ya como jefe de departamento en una agencia de publicidad, el sueco se coge una excedencia, el equivalente a 39.000 dólares y rueda Thriller.

A caballo entre ese arte y ensayo de perversión consciente y cine de academia, Thriller es una radiografía bastante fina de aquellos días de trasgresión rugiente a cualquier precio. Bo sólo tiene tres películas y la tercera es una cinta pornográfica, y no a la manera de Emmanuelle (1974) sino a la de PornTube. Ser censurado por el gobierno sueco tenía su mérito y él no pasaba el corte .tal fue la repulsa que, se dice, lo sacaron de cierta producción millonaria en 1975-. De todas sus pesadillas nos queda este sueño lúcido.

Madeleine, o Frigga en el doblaje americano, por aquello de las sublecturas -la esposa de Odín, diosa de la fertilidad- es violada de niña por un vagabundo. Del trauma queda muda. Siendo adolescente es secuestrada, enganchada a la heroína y sometida a la prostitución. Por vengarse del primer cliente, Tony, el jefe del negocio, la deja tuerta, en una escena rodada con un cadáver real. Y así, mediante flash-back, la cinta va desnudándose del pasado para retratar el presente. Uno donde Madeleine domina las armas de fuego, el kárate y el autocontrol. Lo que sigue es evidente: una escabechina sideral, sadismo glacial con un Mauser recortado, donde deshacerse a hostia limpia de dos policías a cámara superlenta, donde cuero negro y rojo sangre se abrazan en silencio.

Una anécdota: el coche de policía que persigue a la protagonista en el comienzo era real. Así tuvo que marchar el rodaje. Exploitation puro, donde una a una van cayendo las instituciones de poder. Cierre con duelo en modo western y un puñado de símbolos que ya quisiera para sí Sam Peckinpah. Como apuntaba Alexandra Heller en su estudio Rape-revenge Films (2011), se tiende a considerar el género violación y venganza como «lo que no te mata te hace más fuerte«. En ese Ellas Indestructibles -incluso transmutando en fantasmas-, Thriller no habla ni de odio, redención o responsabilidades mutuas. Habla, en una forma bastante pura, de venganza. Israel Fernández

Grace contra los habitantes de Dogville en Dogville (2003)

-Hay una familia con niños. Que los maten primero y que la madre los vea… Que le digan que pararán si puede controlar las lágrimas.

Cuando Grace pronuncia estas palabras ante James Caan –padre gángster para quien el ser humano ya no guarda secretos que puedan decepcionarle mucho más, pero que nunca quiso algo así para su hija–, el espectador experimenta una ligera sacudida. Es incapaz, entonces, de impedir que la euforia le embargue, que la imagen de Nicole Kidman sufriendo todo tipo de putadas durante casi tres horas refrende que, lo que está a punto de ocurrir, es lo justo. Lo inevitable.

Toda venganza es perseguir una catarsis, y lo único que debería provocar una venganza consumada es, por tanto, satisfacción: algo andaba mal en el mundo, y el vengador ha sabido corregirlo. Lars von Trier lo sabe, y los últimos minutos de su obra maestra son, por tanto, invertidos en retratar una masacre tan terrible como merecida. Lo que viene después -el vacío, la desorientación, la deshumanidad- no le interesa.

Grace, una vez su padre asegura que ya ha aprendido demasiado, siente una ausencia en el pecho contundente y asfixiante, un “y ahora qué” marcado a fuego con el que, sin embargo y gracias al cine, no tendrá que lidiar mucho más tiempo. Tal penosa tarea habrá de corresponderle a su mayor y más comprensivo cómplice: el espectador. Alberto Corona

No juegues con Keanu en John Wick (2014)

Si la contundente Taken (2008) significó el renacimiento personal y profesional de Liam Neeson, John Wick significó lo propio para un Keanu Reeves que llevaba casi una década sin levantar cabeza. La fórmula «venganza + actor en horas bajas = éxito» debe de estar ya patentada en algún registro oficial porque Mel Gibson, ese hombre ensalzado hasta el ridículo por el escolapio Juan Manuel de Prada, probó fortuna con ella este mismo año en Blood Father y tampoco le fue mal. El caso es que a Reeves, que ya frisaba la cincuentena cuando le pusieron delante este caramelito, hizo suyo por completo el personaje de asesino a sueldo mítico y hierático que vuelve a las andadas para vengarse por una afrenta rayana en lo ridículo: el hijo del capo mafioso para el que otrora trabajara le roba el coche y mata a su perro. Claro, que no es cualquier perro sino el regalo póstumo de su esposa fallecida, aquella que le impulsó a dejar su carrera como matapersonas infalible. La premisa es así, la tomas o la dejas, pero ay amiga si la aceptas: te esperan noventa minutos electrizantes, te espera una consecución de set pieces cada cual más arriba que la anterior. En el camino, John Wick no esconde su amor por las peleas coreografiadas (no en vano sus directores coordinaban las escenas de lucha en Matrix -1999-) ni sus referentes, que van desde el neo-noir (más bien el neon-noir) a clásicos como Jean Pierre-Melville (sí, has leído bien), que aparece en la superficial referencia a El círculo rojo (1970) a en la herencia de El silencio de un hombre (1967), tanto en la paleta de colores como en el dibujo de un asesino a sueldo que tiene un código de honor y se rebela contra sus amos. Aparte de ser un tren aullante de acción, John Wick también hace un intento de crear cierta mitología urbana, con unos bajos fondos en los que los asesinos se pagan en monedas de oro y tienen sus propias instituciones. Esperemos que la secuela que se nos vendrá este próximo febrero sepa mantener el nivel una vez agotado el «Tú robaste mi coche, tú mataste a mi perro» (diálogo literal). Santi Pagés

Cuando el psicópata se convierte en perseguido en Wolf Creek (2016)

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Cuando queremos sangre: venganza. Cuando queremos acción: venganza. Y por supuesto, cuando queremos justicia: venganza. ¡Siempre venganza! Porque esta es una de las vertientes más adictivas de la ficción. Y dentro de este género inagotable, pocas veces un ajuste de cuentas sitúa al espectador más a favor de la víctima que en el caso de Wolf Creek (la serie).

Este spin-off de la famosa saga de terror aussie moldea la idea original para hacerla carne de televisión. La acción discurre en latitudes perdidas de la Australia profunda, donde una familia americana pasa sus vacaciones ajenas a lo que les viene encima. La única superviviente de la matanza, Eve Thorogood, una chica de tan sólo 19 años que Lucy Fry borda en su interpretación, decide impartir justicia, a pesar de que la hostilidad imperante garantiza series dificultades a la hora de acometer su gesta.

Pero si Fry está impecable, ¿qué decir de Mick Taylor? Uno de los más grandes (sino el más) hijos de su madre de la historia del cine de terror reciente, se pasea por los alrededores de Wolf Creek como Pedro por su casa, consciente de que nadie conoce los recovecos del arroyo que le vio nacer y (disfuncionalmente) crecer como él. Taylor comete todo tipo de travesuras, y lo hace sin filtro alguno e impunemente. Masacres no aptas para almas sensibles, en un papel que clava el actor australiano John Jarrar, la nueva cara que aparecerá en tus pesadillas.

El resto (que es mucho) y, sobre todo, el cómo se las arregla la joven Eve para salir de las mil y una, lo dejamos en tus manos. Si has visto las dos películas precedentes, te encantará. Si no lo has hecho, pero eres fan de ese terror con base ancestral en Texas, también. Preparad palomitas y, si podéis, acercaos a esta cruda historia en compañía. No querríamos que no pegarais ojo por nuestra culpa. Daniel González

David Sumner contra la Inglaterra más palurda en Perros de paja (1971)

Quién no ha pasado sus vacaciones en un pueblucho incomunicado lleno de gente rara donde cualquier vecino podía ser un hombre lobo, un asesino en serie o algo mucho peor: un gañán. De todas los títulos de Sam Peckinpah que parecen pelis de terror, Perros de paja es el más acongojante de todos. La historia de un tipo listo, educado y reservado que se lleva a la chica guapa del pueblo y vuelve un tiempo después a ver qué tal… y luego ya tal. Vale que abusen de tu pareja y te humillen públicamente. Incluso acepto que intenten acabar con mi vida en una jornada de caza, pero coño, a mi gato no lo toquéis porque me vuelvo loco y empiezo a calentar ollas en el fuego de leña que verás el primero que entre. Llevaré gafas y mediré metro y medio, ok. Podéis seguir llamándome rainman, pero cuando me caliento soy más burro que un personaje de Pedro Vera. Mira si era grande el viejo Peckinpah que se adelantó a Wes CravenMeir Zarchi colando en la lista de mejores pelis de la historia del cine un rape and revenge (más o menos) como la copa de un pino disfrazado de cine de primeras calidades. Kiko Vega

Frank Castle contra el mundo en Punisher (desde 1974)

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No hay nada como una narración seriada para desentrañar, a veces de forma involuntaria, las ridículas trampas de los procesos narrativos. Punisher, por ejemplo, lleva desde 1974 vengándose por la muerte de su familia a manos de unos gangsters en Central Park matando a todos los criminales que considera indignos de seguir contaminando las calles: desde camellos de mala muerte a kingpins del crimen organizado. Pero una vez que agotas el recurso inicial, y Punisher ha liquidado a todos los responsables directos de su pérdida, lo que queda es un chiflado de gatillo fácil que ha asesinado a cientos de personas en todos estos años. Garth Ennis jugueteó con esa idea en su gloriosa etapa reformulando por completo al personaje (un sociópata obsesivo, fascinante, sin más vida que la consagración a la Venganza como concepto, más allá de su aplicación específica para un ajuste de cuentas) y así ha quedado para los restos: una fuerza de la naturaleza cuyo objetivo inicial ha quedado difuminado, pero a cuyas historias seguimos volviendo una y otra vez, porque este plato sigue sabiendo igual de bien aunque se sirva frío. Muy frío. John Tones

Jamás le faltes a un coreano…

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Esta es una lección que tenemos bien aprendida los fans del thriller surcoreano, quizá el país que más propuestas estimulantes ha ido facturando dentro de este género de acción y suspense en en la última década y media.

Su embajador y principal culpable fue Park Chan-wook (o Chan-wook Park, los medios nunca nos pondremos de acuerdo si debemos poner primero o el nombre o el apellido) que, antes de poner la crítica patas arriba con La criada (2016), se dio a conocer en occidente con su, para qué andarnos con medias tintas, Trilogía de la Venganza compuesta por las explícitas Simpathy for Mr. Vengeance (2002), Lady Vengeance (2005) y, principalmente, Oldboy (2002). La película que nos enseñó que lo que más le gusta a un surcoreano, además de vengarse y beber soju, es una ferretería bien surtida, arrancaba con la búsqueda a manos del protagonista del responsable de haberle tenido dos décadas encerrado aparentemente sin motivo alguno y cerraba con un giro aún mayor que podría parecer exagerado para los espectadores occidentales que aún no estaban familiarizados con los espasmódicos quiebros sentimentales de los creadores del país del kimchi.

Los que le cogimos el gustillo a aquello no hemos parado de disfrutar ya que cada thriller coreano del año, más de equismil espectadores en su país (el equivalente sucio y sangriento a las ya célebres «comedias francesas del año») lleva incorporada de serie su poquito de búsqueda de retribución a martillazos. Directores como Na Hong-jin y su trepidantes The Chaser (2008) y The Yellow Sea (2010). O Kim Ji-woon, cuyo I saw the devil (2010) lleva este concepto al paroxismo en un crescendo inagotable de violencia creativa entre un miembro de las Fuerzas Especiales (poca broma con el ejército de un país en tensión permanente con sus vecinos del norte) y un psychokiller de manual que ha tenido la mala idea de liquidar a la novia embarazada del héroe. Ni siquiera el cine de animación se libra y melodramas como The King of the Pigs (2011) dan a su director, Yeon Sang-ho (responsable también del éxito zombie de la temporada Train to Busan -2016-) la oportunidad de martirizar a sus personajes precisamente con la frustración de no haber podido vengarse de aquellos que les martirizaron en la escuela.

Por último, parece que, al igual que el pegadizo k-pop, los temas y maneras de los asiáticos van permeando en otras cinematografías, no solo a base de remakes y financiaciones internacionales, sino en los usos y costumbres de los nuevos directores. Sin salir de España, es innegable la huella de «la venganza coreana» en títulos tan notables como Magical Girl (2014) de Carlos Vermut o el debut de Raúl Arévalo, Tarde para la ira (2016) De hecho, si algún joven realizador nos está leyendo, desde aquí queremos proponer la hibridación definitiva, una vengance movie ambientada en Seul que adapte literalmente el juego de Piedra, Papel, Tijera.

Escena 1. Interior. Noche. Choi Min-sik se corta con un folio, tras gritar durante mucho rato, agarra unas tijeras oxidadas, baja a la papelería de su barrio y…

Pedro Toro

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11 comentarios

  1. Ricardo dice:

    Hard Candy estaría bien tb

  2. josian dice:

    Ben-hur

  3. Fernando Alomar dice:

    Lee Marvin en Point blank/A quemarropa (John Boorman, 1967). Para mi está a la altura, o superior, de muchas de las películas seleccionadas. La novela de Donald Westlake (firmó como Richard Stark) es igual de tensa.

  4. Juan Ignacio dice:

    Falta a mi entender «El manantial de la doncella» y sobran casi todas las de este artículo.

  5. Juan Ignacio dice:

    Pero en realidad, es una venganza de rebote, porque no la busca. Él no hace nada.

  6. scorpions dice:

    No es una peli pero si una serie muy popular ahora.. Game of Thrones cuando Tyrion mata a su padre el hombre que a sabiendas le sentencio a muerte.. esta serie tiene un par de venganzas muy satisfactorias.. La muerte de Lord Frey a manos de Arya Stark o de Ramsay nieve a manos de Sansa.

  7. Munty dice:

    La venganza de Carter (Michael Cane) en «Get Carter» (Asesino Implacable, 1971). Tampoco puede olvidarse «The Revenant» de Iñárritu, una venganza épica.

  8. Yoda dice:

    Muy buen artículo. Enhorabuena. A pesar de todo, y aun siendo muy fan de Star Wars, habría quitado la de Anakin y habría metido a Tarantino. Su doble ración de «Kill Bill» es, por si sola, merecedora de entrar en cualquier lista de venganzas que se precie. Aunque también podríamos mencionar la escena del cine de Shosanna Dreyfuss en «Malditos Bastardos», o la brutal venganza de Django tanto al principio (contra los hermanos Brittle) como al final (en Candyland) de «Django desencadenado». ¡Si es que este hombre ha basado su carrera en el concepto de la venganza!

    Ya por último, os recomiendo otro ejemplo reciente. El genial videoclip animado de «Here comes revenge», de lo último Metallica:

    https://www.youtube.com/watch?v=FpF8Wa2yQH0

  9. Kiko dice:

    Buenas, en efecto.
    Elegí Perros de Paja desechando a última hora la dupla de Kill Bill. DOS pelis de dos horas para vengarse de uno en uno bien merecían estar aquí. Para la próxima será. Saludos.

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