[Todos a una] El ritmo del celuloide

Y no, no nos referimos al ritmo del montaje o, ya que estamos, al ritmo del garaje (del productor). Nos referimos a películas que llevan música dentro. Lo que no implica necesariamente que sean musicales, sino que pueden tener detalles líricos, temáticas sinfónicas, inspiración musical. Hemos seleccionado lo mejor del cine con armonías entre planos y contraplanos.

La música -incluso antes de la llegada del cine sonoro- es indisociable al cine. No solo por sus bandas sonoras, a veces tan icónicas como sus grandes éxitos, sino también como inspiración temática: películas sobre compositores, sobre estrellas del pop, sobre músicos frustrados y sobre hitos del rocanrol ha habido siempre, y no necesariamente en formato musical. Subimos al escenario, en una selección tan heterodoxa como de costumbre, a aquellas películas que han hablado (y sonado) de música.

El novio (Ken Russell, 1971)

Se ha reivindicado poco a realizadores provenientes de la televisión británica como Richard Lester o Ken Russell. Fueron ellos los primeros en utilizar novedades como el zoom o los cambios de óptica para crear ardides visuales de gran calado. Estos fueron fundamentales en el cine de los setenta y los ochenta, en películas de todo tipo, desde los thriller efectistas de Brian de Palma a esa oda hortera a Las Vegas que es la infravalorada Corazonada (1981).

Russell, tan excesivo como polémico, dirigió este tierno y tonto musical a inicios de los setenta que resultó relativamente inadvertido en el mercado americano ¿Demasiado británico? ¿Convencional? ¿Convencional Russell? De ningún modo: El novio es un prodigio técnico donde los juegos visuales, de óptica, enlazan escenas imposibles con total naturalidad. El imaginario pop, tan difícil de integrar en el musical, aquí resulta totalmente natural, y más acompañado de un casting de secundarios británicos excelente (Murray Melvin, Bryan Pringle, etc.). Pone la guinda un notable score musical de Peter Maxwell Davies, que acompaña la historieta original sobre una corista inexperta con las colosales escenas oníricas, donde llegan a bailar encima de discos de vinilo o un biplano (¡!). Cabe preguntarse cómo esta joya, absolutamente espectacular en pantalla grande, pasó desapercibida. Sobre todo porque su profesionalidad, su tono camp, merecieron mayor éxito. Pero, ¿quién quería soñar en una época como los setenta? Julio Tovar

A propósito de Llewyn Davis (Joel y Ethan Coen, 2013)

La última obra maestra de los Coen cerraba una trilogía perfecta de humor, vaqueros y mala hostia con este retrato de la escena folk de Greenwich a principios de los sesenta. Oscar Isaac se convertía en una estrella de la interpretación y, sobre todo, de la canción en una odisea circular al borde del abismo personal con gatito de por medio. ¿Cómo no va a ser una obra maestra?

El mérito de la película, además de contar con una banda sonora monumental donde T Bone Burnett hila fino con las colaboraciones y los temas originales, es la empatía del espectador hacia un personaje tan detestable, miserable y chungo como el que da título a la peli, un soñador con talento que no encuentra su lugar en la escena tras la trágica desaparición de su compañero de aventuras. Como todo buen tratamiento en los Coen, habrá un viaje físico y emocional hacia Chicago y hacia el infierno, para terminar dejándolo todo en su posición original.

Conmovedora, maligna y con una ambientación de lujo, A propósito de Llewyn Davis es una de las pelis más importantes de la filmografía de una pareja esencial. A ver si los Coen se centran otra vez y olvidan las comedias huecas en las que a veces se sienten tan cómodos, ya que ¡Ave, César! ha roto una racha inmaculada que podría volver a coger velocidad con la prometedora Suburbicon que empiezan a rodar ahora mismo. Kiko Vega

Control (Anton Corbijn, 2007)

La opresiva historia que encierra el triste relato del difunto líder de Joy Division no da para un taquillazo. No se caracteriza por lo alegre del escenario, el lado más sombrío y obrero de Manchester. O por lo divertido de los protagonistas, unos Bernard Sumner, Peter Hook, Stephen Morris y Deborah Curtis que no pasaban por ser precisamente el alma de fiesta alguna. Todo eso era algo que Anton Corbijn, director del film y otrora fotógrafo de la banda, sabía perfectamente. Y en el hecho de saber jugar bien con esas pautas reside el acierto de este biopic. Corbijn, holandés de nacimiento, inglés de adopción, no buscó una adaptación del drama en pos de una salida más comercial, sino que se centró en reconstruir, milimétricamente, una imaginería, localizaciones, escenarios y atrezzo de los que él fue testigo directo.

Control se sustenta en un casting perfecto donde se hallaron unos fantásticos actores (Sam Riley borda su interpretación de Ian Curtis), capaces de aprender a reproducir con pasmosa similitud lo particular de cada instrumentista original del cuarteto mancuniano. Súmese a ello un riguroso, fúnebre blanco y negro, con el que Corbijn fotocopia el breve pero intenso recorrido de una banda cuyo legado musicaliza el dolor existencial del ser humano como pocas.

El guión es el que es, y en eso se centra Corbijn, en trasladarnos de forma fidedigna cuanto aconteció durante aquellos años en la vida de Curtis. El paso de éste por el mundo de la música fue breve e intenso, siempre acuciado por su incapacidad para gestionar sus frentes amorosos. O para lidiar con sus crecientes problemas de salud física y mental. Demasiado para un gran músico, mejor intérprete y soberbio letrista, bajo la piel del cual se escondía un frágil ser humano. Daniel González

24 Hour Party People (Michael Winterbottom, 2002)

Tony Wilson, Sex Pistols, Joy Division. Manchester, The Hacienda, New Order. Drogas, música, Boecio. Todo ello contagiado por un ritmo endiablado, post-punk -irónico, pero mortalmente serio: una broma hasta que alguien se cuelga o los demás caen en la cuenta de que no se droga masivamente porque considere divertido hacerlo-, cortesía de un Michael Winterbottom en estado de gracia y un Steve Coogan que nunca ha dejado de estarlo. En suma, 24 Hour Party People es la película definitiva sobre la industria de la música: no deja nada por contar, mete el dedo en la llaga y acaba perdiendo el brazo más allá de las entrañas de una escena musical que hoy se recuerda jovial cuando nunca dejó de ser un puñado de artistas -ergo protosuicidas- más cerca de la crisis existencial que de ser conscientes de cuanto les rodeaba, llegando hasta el Olimpo con el cual después soñarían todos los niños bien: ser una estrella del pop. Y que con su pan se lo coman. Álvaro Arbonés

Granujas a todo ritmo (John Landis, 1980)

Tras el paso arrollador del punk, la fiebre disco, la locura fílmica de los setenta o el nacimiento del nuevo Hollywood, en 1980 todo era posible. TODO. Más si estaba vinculado al show televisivo Saturday Night Live, entonces en su más gloriosa época. Fue allí donde John Belushi y Dan Aykroyd crearon a los Blues Brothers, protagonistas de un sketch cómico musical cuyo éxito derivó en actuaciones en directo y un LP de ventas millonarias. Y de ahí, al cine, aupando de paso a un John Landis recién salido de Desmadre a la Americana (1978). Desaforada comedia de destrucción slapstick (a ratos envuelta de un extraño realismo suburbano) salpicada de números musicales esplendorosos, The Blues Brothers es la gran celebración del soul y la música negra, la única capaz de rivalizar con el punk en cuestión de vitalidad, energía e inmediatez. Más allá de la presencia de algunos de los grandes (Aretha Franklin, James Brown, Ray Charles, John Lee Hooker o Cab Calloway), el mayor mérito de la película es el protagonismo y relevancia que otorga a los componentes de esa banda que hay que reunir por mandato divino. Es decir, a músicos como Duck” Dunn o Willie Hall que habían formado parte de The Mar-keys o de Booker T & The MG’s, o lo que es lo mismo, la portentosa base instrumental del mítico sello Stax, junto al gran Steve Cropper, el guitarrista blanco que compuso temazos tan tremendos como el Soul Man de Sam & Dave,  Knock on Wood de Eddie Floyd, In the Midnight Hour de Wilson Pickett o (Sittin’ On) The Dock of the Bay de Otis Redding (por citar unas pocas). Es ahí donde las aventuras de los hermanos Jake y Elwood se erigen en el mayor homenaje fílmico al soul y el rhythm & blues jamás hecho, y eso son palabras mayores. Daniel Ausente

Alta fidelidad (Stephen Frears, 2000)

«¿Escucho música pop porque estoy deprimido o estoy deprimido porque escucho música pop?» La película empieza con el protagonista realizándose esta pregunta (mirando directamente a la cámara) mientras Laura, su última novia, lo abandona. Estas primeras imágenes te dicen que Rob Gordon (John Cusack) es un treintañero inmaduro además de un fanático de la música pop. De hecho, la música es su vida. Lo sabemos, tanto por ese primer monólogo como por lo que vislumbramos de su casa, repleta de vinilos y posters.

Él, aficionado a hacer listas con los top five de cualquier cosa que le agrada o desagrada, utiliza este nuevo fracaso amoroso para repasar sus cinco rupturas sentimentales más dolorosas. Con ello pretende reencontrarse con sus ex para que le cuenten el motivo por el que lo dejaron e intentar recuperar a Laura. Este es el principio de una comedia romántica, para nada cursi o ñoña sino todo lo contrario, llena de diálogos ingeniosos, divertidos e irónicos, situaciones inverosímiles, un reparto espléndido (con un Tim Robbins hippie inolvidable) y una banda sonora impresionante que está siempre presente: Barry White, Goldie, The Chemical Brothers, The Velvet Underground, Elvis Costello, Bob Dylan, Belle & Sebastian, The Kinks

Alta fidelidad es una adaptación cinematográfica (realizada a propuesta de John Cusack) de la novela del británico Nick Hornby, publicada en el año 1995. Una adaptación muy fiel, por cierto, donde casi lo único que cambia es el lugar donde transcurre la acción. Mientras la novela sucede en Londres, la película es en Chicago. Allí, Rob regenta una tienda de discos de vinilo donde solo vende aquello que realmente le gusta. Tiene poco afán comercial y quizá por eso la clientela escasea. Además, sus dos únicos empleados tampoco son de gran ayuda, pero mantienen diálogos fantásticos. Para ellos, cualquier cosa es un top five. Pueden ser las caras B de singles, sus trabajos más deseados (siempre relacionados con la música), sus grupos más odiados (Génesis, Bryan Adams, U2…) o la música que quieren que suene en su entierro: Bob Marley, Aretha FranklinRoser Messa

Casi famosos (Cameron Crowe, 2000)

Estamos en el verano del 73 y el joven William (que puede tener entre 15 y 18 años dependiendo de a quién le preguntes) ha sido contratado por la revista Rolling Stone para cubrir el concierto de Black Sabbath en su ciudad. Va a dar la noche por perdida, incapaz de acceder al backstage, cuando los miembros de The Allman Brothers Band (aquí Stillwater), que actúan como teloneros, se apiadan de él consiguiendole un pase. Ese es el momento en el que termina su niñez. Satisfechos con su trabajo, la revista le meterá en el bus de la banda buscando un reportaje en profundidad de la gira Casi Famosos. Separado de su sobreprotectora madre, en un ambiente donde parece que está prohibido tomarse nada en serio, el chico deberá madurar, no sólo como persona sino como periodista.

La cinta de Cameron Crowe, que él mismo tilda de semiautobiográfica, consigue hacer que nos preocupemos por un conjunto de personajes imperfectos, aunque encantadores y realistas, mientras que nos sentimos nostalgia por una época que muchos no llegamos a conocer: los años en los que las revistas pagaban las colaboraciones. Marta Trivi

Goshu, el violoncelista (Isao Takahata, 1982)

Algo que pensamos unos pocos de los que tuvimos la espinita de la música clavada demasiado temprano, era que la naturaleza sonaba bien. Es decir, había musicalidad en ella. Sonaban bien los ríos, los pájaros, el viento agitando la cebada y todas esas movidas. En su sonoridad residía una esencia particular y extraña que ningún instrumento podía copiar fidedignamente. Pero los instrumentos en sí, tocados de cierta forma, podían conseguir transmitir lo mismo que los ríos, los pájaros y las movidas.

Isao Takahata debió entender aquello cuando, antes de crear Studio Ghibli con su colega Hayao Miyazaki, hizo Goshu, el violoncelista. Su protagonista es un joven que toca el violín porque debe. Tiene profesores que le exigen hacer que el instrumento suene así o asá y que le dictan qué es la música y cómo debe ser entendida. Así que no es de extrañar que el joven violoncelista termine por aburrirse prematuramente del arte de tocar un instrumento. A pesar de todo, él se atrevió a aprender a tocar escuchando a la naturaleza, aprendiendo el significado de la música de un tejón, de un ave e incluso, de una rata. Y por eso, él fue siempre el músico que muchos no nos atrevimos a ser. Al menos, cuando nos entre la nostalgia, siempre podremos recurrir a ese dibujo primigenio y esa candidez sin artificio que residen en la película que protagoniza. Francesc Miró.

Tú la letra y yo la música (Marc Lawrence, 2007)

Hugh Grant, como cierto tipo de actor radiante de carisma, es casi un género en sí mismo, sin importar mucho la película en la que participe. Haya funerales, bodas, estrellas de cine o experimentos médicos con mendigos, una película de Hugh Grant no deja de ser otro vehículo para el lucimiento de esas formas de pijo como avergonzado de sí mismo, capaz de llevar sobre sus hombros una comedia ligera sin que denote el esfuerzo que eso conlleva en, por ejemplo, el timing de las gracias. Pero, al contrario que Matthew McConaughey, no hay un Dallas Buyer Club (2013) ni un viraje brusco en su carrera que le revele como el actor criminalmente infravalorado que es.

Aquí Hugh Grant interpreta a Hugh Grant (alias Alex Fletcher), un músico de éxito en los ochenta que se ha visto relegado al taller del que salen las canciones comerciales, en una carrera inversa a la de Bruno Mars y tan parecida a la de tantos artistas comerciales hoy olvidados. Por suerte, una chica común con un pasado infeliz, Drew Barrymore, le ayudará a recapturar el mojo que perdiera con el tiempo y los desengaños.

La película en sí parece no ser muy importante si no fuera porque dramatiza lo que sólo suponemos al leer sobre las estrellas de música y su supuesto proceso creativo; porque señala que el pop, como la ciencia, es un continuo subir a hombros de los gigantes que precedieron; porque revela la gran química de Grant con Drew Barrymore; porque tiene el inicio más glorioso de una película de Hugh Grant y lo mejor que ha hecho en su vida. Una vez descubierto todo eso, la película se revela por encima de la media. Se revela como una película de Hugh Grant al cien por cien. Adrián Álvarez.

Last Days (Gus Van Sant, 2005)

Conseguir el “seal of approval” de los talifanes de Cobain no era fácil: salvo excepciones contadísimas, los biopic siempre se enfrentan a esa gran lacra que supone que el actor no se parece ni de lejos ni de cerca al mito, por mucho que imite sus tics. Así que Van Sant optó por el homenaje poético en vez de por la fidedigna reconstrucción de los hechos. En vez de optar por la narración pegada a la realidad, se lanza a una interpretación subjetiva de lo que debió pasar por la cabeza del músico días antes de suicidarse. Habria sido fácil tirar de clichés y lugares comunes, pero Van Sant opta por trazar la cinta con una pincelada impresionista en la que el personaje apenas habla, apenas mira a cámara, pero pese a todo, o precisamente por ello, sirve para meterse en su cabeza, entender su aturdimiento, su hastío, su dolor. Guiños como la aparición de Kim Gordon o ese Venus in furs a todo volumen hablan y explican más que la cronología milimétrica. Carolina Velasco

Let’s get lost (Bruce Weber, 1988)

El fotógrafo Bruce Weber pactó una sesión de fotos con el legendario trompetista y cantante de jazz Chet Baker y la cosa terminó por convertirse en una película de más de dos horas. Es difícil explicar el extraño milagro que realiza Weber al convertir las típicas situaciones artificiales de revista de moda -un descapotable lleno de mujeres hermosas por los bulevares de Santa Mónica, cabriolas de jóvenes modelos en la playa- en unas imágenes llenas de verdad, belleza y tristeza (blues) que revelan al personaje, al mito, al hombre y a la sociedad del espectáculo en un juego infinito de reflejos.

La película se mueve ininterrumpidamente entre los fastos del ayer con un Chet Baker de rostro angelical y trompeta dorada, y el edificio en demolición en el que se ha convertido el músico, cuyo rostro desdentado exhibe permanentemente una mueca de dolor por lo que una vez fue y ya no es. El sobrenatural grano de las imágenes en B/N y la presencia de personajes como Flea de los Red Hot Chili Peppers o Chris Isaak acentúan el abismo temporal por el que se mueve este hombre de paso cansado y voz frágil que conquistó a mujeres fuertes y poderosas que aún hoy siguen compitiendo por su memoria sentimental. El colofón de la película es un Festival de Cannes donde Chet Baker actúa pero ya nadie mira ni escucha. Los coches, las palmeras y las chicas pertenecen a un sueño, al pasado de una figura mítica que desaparece ante nuestros ojos mientras suena Almost blueJavier Trigales

Gran bola de fuego (Jim McBride, 1989)

Suele ser buena señal que el retratado en un biopic reniegue de lo que en la película se dice de él. En materia de artisteo, no obedece a la falta de rigor del retrato ficcionado, sino posiblemente a todo lo contrario: la película no está todo lo maquillada como al artista le habría gustado. El caso de Gran bola de fuego es particular: Jerry Lee Lewis, el incendiario (ja, ja) mito del rock’n roll, odia la película, pero esta es casi una hagiografía de puro respetuosa y mitificadora con su figura. Posiblemente sus reticencias se deban a que en su tercio final retrata una caída en desgracia del artista por la mala prensa acumulada y que el guión está basado en la biografía de Myra Gale Brown, la prima de trece años que interpreta Winona Ryder en la película, y de la que cuando se estrenó el film llevaba divorciado veinte años. Pero para los fans del rock clásico, la película tiene no pocas virtudes: retrata la época entre la nostalgia y la desmitificación, como la comedia ligera que es, y sobre todo lanza un mensaje entre líneas que allá por 1989, con la fiebre nostálgica por los cincuenta aún coleando en Estados Unidos, no estaba muy en boga: el primer rock’n roll de éxito fue una versión descafeinada y masticadita del auténtico y genuino swing que bailaban los negros en tugurios de mala muerte. Por lo demás, la película es una fiesta: Dennis Quaid y Winona Ryder están absolutamente gloriosos pese a la perspectiva acrítica con la que la película contempla su relación y las regrabaciones de los temas de Lewis para la banda sonora suenan igual de potentes e inmediatos que los clásicos originales. Y que por otra parte, ver a un tío tocando un piano en llamas siempre es un gozo, nos pongamos como nos pongamos y por mucha grima que dé el talentoso pirómano.

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