[Todos a una] Rossy De Palma, Michael Ironside y otros secundarios gloriosos

En lo que respecta a tiempo total en pantalla, carecen de las cifras de las estrellas. En lo sustancioso de sus sueldos, también. Pero en cuanto a carisma, frases memorables e impacto en la memoria del espectador, no tienen rival: estos son nuestros actores y actrices secundarios favoritos.

Todos conocemos el caso: una comedia romántica mediana que perdura en nuestra memoria porque el secuaz del villano o el amigo de la protagonista (¿recordáis a Jack Black en Alta Fidelidad?) salva la película a golpe de réplicas afiladas y carisma desbordante. Son los secundarios: planteados como comparsas para que los héroes se luzcan, pero incapaces de permanecer arrinconados en nuestros recuerdos. Hemos preguntado a nuestros colaboradores cuáles son sus favoritos, y estas son sus respuestas: secundarios absolutamente gigantes, no en tiempo en pantalla pero sí en todo lo demás.

Alan Cumming

Alan Cumming lleva dos décadas elevando el nivel en lo que se refiere a secundarios de cine y televisión, trabajando en muchas ocasiones con personajes penosamente escritos (como aquel vergonzoso Rondador Nocturno de X-Men 2, al que supo dotar de unos matices que no estaban en el texto original). Cumming alcanzó el olimpo de los robaplanos con su incorporación en The Good Wife a mitad de la primera temporada: destacar en una producción que contaba con la mejor (y más amplia) plantilla de secundarios que ha tenido la televisión norteamericana en la última década es probablemente el mayor reto al que se ha enfrentado Cumming, pero salió victorioso y no tardó en convertirse en uno de los favoritos de los fans. Para el segundo año su Eli Gold ya era un personaje fijo que aportaba frescura y se adaptaba a cualquier trama de se le pusiese por delante: desde contrapunto humorístico de Kalinda hasta Pepito Grillo del antagonista principal de la serie, Peter FlorrickNacho MG

Joan Cusack

Un secundario, en eso estamos de acuerdo todos, no sólo dignifica películas de calidad discutible, también realza aquellas que merecen un aplauso unánime. Es como la sal en la comida o el millenial whoop en el pop actual.

Pese a ser hermana de John Cusack, no puede decirse que viva a su sombra, porque con el tiempo Joan se ha convertido en una secundaria imprescindible y muy versátil. Puede ser la amiga graciosa en la comedia romántica, el payaso serio en un circo de tres pistas e incluso ser la mala de la función, pero lo que está claro es que, allá donde participe, el producto no cojeará por ese lado. Es imposible y, si yo fuera científico, podría decir que es científicamente imposible.

Y sin embargo, su carrera no es que haya sido muy prolífica en galardones, quizás porque cuando uno la ve, se olvida de que está viendo a una actriz. Ven a una secretaria con chispa (quizás sea la actriz definitiva para ese rol), a la esposa perturbada de un terrorista, a una asesina buscafortunas, a la amiga de la chica guapa, a una persona normal que actúa normal aún cuando todo lo que le rodea es una locura.

Pero valga esto no sólo como loa, también como repaso a algunos de sus mejores papeles. ¿Te vale Armas de mujer? A lo mejor lo tuyo no es la comedia romántica… ¿qué te parece La familia Addams: La tradición continúa? ¿Demasiado negro? Entonces de la excelente Un asesino algo especial y su inigualable química como secretaria de su hermano John Cusack no te vale. Aunque si prefieres oirla más que verla (aunque no entiendo el por qué), ¿sabías que es la voz de Jessie en Toy Story?

Como me es imposible decidirme por un sólo papel, te dejo con el último en que la vi: como la jueza Justicia Strauss en la sublime serie de Netflix Una serie de catastróficas desdichas (2017 -). Adrián Álvarez

Rebel Wilson

En el inicio de Funny People (2009), el personaje de Jonah Hill recrimina a Seth Rogen el haber perdido peso, puesto que según sus palabras, a la gente le gustan los cómicos flacos o los cómicos gordos, pero no los que se quedan a medio camino. Por eso, los espectadores que estamos en sintonía con el movimiento body positive estamos encantados de poder contar con un referente en la comedia del nivel del Rebel Wilson. Ya que sería hipócrita, en un mundo tan condicionado por la imagen como Hollywood, obviar que el físico de esta actriz  australiana no forma parte de su discurso cómico, y sus personajes, llevados al extremo del desmadre pero nunca de manera autoindulgente o hiriente, una manera de hacer política en formato panorámico sin dejar de ser una suerte de versión femenina, y hasta donde sabemos bastante más sana, del hipohuracanado genio de John Belushi.

Nacida en 1980 en Sidney, Wilson hizo el recorrido clásico de todo cómico de su generación: estudios de teatro, una temporada en la seminal Second City, pequeñas apariciones en TV, su poquito standup, sketches e impro y su largo indie, por supuesto.  Pero no sería hasta el año 2011, en dupla con su buen amigo y estrella de Little Britain Matt Lucas, cuando se da a conocer al gran público en La boda de mi mejor amiga, ese personaje de “pseudo-choni” extraña y desagradable que ya había trabajado en sus inicios australianos le iría como anillo al dedo y volvería a repetirlo con éxito en la hiperbólica y zafia Agente contrainteligente como esposa cockney de un “gallagherizado”  Sacha Baron-Cohen. Pero su consagración como secundaria robaescenas de lujo será en Dando la nota donde dará rienda suelta no solo a su talento vocal sino a todo su potencial como reina del slapstick , con esa Fat Amy que nos recuerda a los mejores momentos de clásicos como Fatty Arbuckle o el malogrado Chris Farley.

Mientra termina la que será la tercera entrega de la armónica saga musical, no podemos dejar de recomendar, aunque sea hacer trampa con el tema del artículo, Super Fun Night, la sitcom que ella misma creó, escribió y protagonizó para el canal ABC, narrando los planes de viernes de un trio de disfuncionales amigas. Su única temporada no ha hecho otra cosa que convertirla en una pieza de culto a reivindicar. Pedro Toro

Dominique Pinon

Hay actores cuyos rostros, aún sin saber a quién pertenecen, nos resultan extrañamente familiares, dicho esto en el sentido más literal de la descripción. Varios de esos nombres aparecen en esta lista; una lista en la que no podía faltar el eterno secundario galo, Dominique Pinon.

Este entrañable actor, siempre copando humildes papeles de reparto, lleva más de treinta años hipnotizándonos con sus delirantes interpretaciones. Personajes con una sensibilidad especial esculpidos a medida, principalmente, por su coetáneo Jean-Pierre Jeunet, quien ha contado con los servicios de Pinon (honor que éste comparte con el también enorme segunda espada Hervé Schneiden) en todas y cada una de sus obras. Es decir, desde Delicatessen, hasta Alien: Resurrection, pasando por Amélie.

El de Saumur tan solo ha recibido un galardón a lo largo de su carrera, un Molière (ofrecido por la academia de teatro francesa) al mejor actor en 2004, por su papel en la obra L’Hiver sous la table. Un raquítico palmarés académico que reafirma la naturaleza de Pinon, la de un excelente corredor de fondo en esto de la interpretación.

Pero más allá de la ausencia de reconocimientos académicos, a Pinon nunca le ha faltado trabajo. Álex De La Iglesia, por ejemplo, contó con él para Los crímenes de Oxford, su film más internacional. Además, recientemente le hemos visto bordarlo en el papel de Master Raymond, sugerente personaje incluido en el exitoso drama televisivo de época Outlander, emitido en la parrilla del canal americano Starz.

Dado que la filmografía del menudo actor es extensa, la lista de títulos se podría  ampliar considerablemente. Sin embargo, resulta harto más excitante que cada uno lleve a cabo su propia labor de investigación, zambulléndose cuanto guste en tan enriquecedor universo. La experiencia no puede ser sino excitante, pues hablamos de un actor hecho de otra pasta, cuyas interpretaciones, siempre parcas en palabras, dicen mucho más con su sola expresividad de lo que muchas estrellas del gremio dirán jamás, por mucho que mascullen. Daniel González

Michael Ironside

La simple presencia de Michael Ironside ya eleva cualquier sitio en el que salga porque eso, su presencia, impone y promete. Ya sea en las filas de los villanos o de los héroes, su cara de duro y su actitud de no admitir estupideces de nadie han servido para que esté canadiense robara multitud de escenas en todo tipo de terrenos. Daba igual que fuera como villano en Scanners o Angustia en el Hospital Central, o en papeles más simpáticos en Top Gun o Hello Mary Lou, siempre llamaba la atención. Tanto que no es extraño que acabara siendo la principal revelación actoral de V, aunque eso no le hiciera salir del puesto de secundario.

Al revés, le convirtió en uno de culto al que llamaban para dar peso a Desafío total, Starship Troopers o Psicosis Mortal pero también para cintas en apariencia tan alejadas como ¡Liberad a Willy! o El nuevo Karate Kid. O para salir en televisión siendo el capitán de reemplazo en SeaQuest, un doctor recurrente en Urgencias, el cardenal Mazarino en Young Blades o la voz del mismísimo Darkseid para el Universo Animado DC de Timm y Dini. Porque, claro, también ha sido actor de voz de animación y videojuegos. Él es el Sam Fisher de Splinter Cell, por ejemplo.

Su propia condición iconográfica (esa calva pero sin raparse, sus habituales chaquetas negras, esa tendencia en la ficción a perder un brazo) le convertían en alguien tan reconocible que, más allá de su uso en El maquinista o Turbo Kid, se convirtió en una figura frecuente en lo superheroico fuera como el padre de Lois Lane en Smallville o el patriarca Snart en The Flash. Esa auténtica cualidad de un secundario de mejorar cualquier obra con una aparición por breve que sea -algo que podemos decir también de gente tan dispar como John Glover, Marty Feldman, Mark Sheppard, Clifton Webb, Keith David, José Sazatornil o, por supuesto, Eric Roberts– incluso aunque la obra en la que intervenga sea Terminator: Salvation. Y es que al final lo mejor de los grandes secundarios es que nos den una oportunidad de disfrutar de ellos. Jónatan Sark

Kevin Kline

En algún momento de los años ochenta ese eterno autor tapado que es Lawrence Kasdan se dio cuenta que Kline era una pieza perfecta para la comedia. ¿Podría ser con Reencuentro, del año 83? ¿O más bien con la tremenda, infravalorada, Te amaré hasta que te mate? Lo cierto es con su aparición en Un pez llamado Wanda este hombre se convirtió en el secundario cómico más celebrado de América. En cada película, muchas de ellas fallidas, Kline salva siempre su papeleta de histrión, con ritmo impecable y lleva las cosas al más absoluto caos en apenas segundos.

Una cosa tan meliflua, tan tonta, como French Kiss del año 95 -modelo eterno para el cine sacarina- se convierte en algo divertido y ocurrente gracias a ese francés de cartón piedra de Kline. Su protagonista en In & Out tuvo justo éxito, pero Kline ha tenido un lento declinar al interesarse en los papeles dramáticos, en los que es honestamente no ha resultado un tipo de éxito.

Esperando que se confíe otra vez en él para una comedia como protagonista -¿Apatow, cuando lo vas a llamar?- se quedará en su limbo de secundario graciosín. Pero para nosotros será el eterno ladrón que cita a Nietzsche sin control en esa gran comedia con John Cleese y Michael PalinJulio Tovar

Janeane Garofalo

Una presencia habitual en el cine indie americano de los noventa que tuvo ocasionales roles protagónicos (y de los que salió más que bien parada, como en la estupenda La verdad sobre perros y gatos), pero que donde realmente se curtió fue en innumerables papeles secundarios, a menudo cómicos pero con cierto poso amargo, gracias sobre todo a su especialísimo -y hoy modernísimo- físico. Se curtió en The Ben Stiller Show, fue secundaria habitual en muchas de las películas de Stiller -muy remarcable su papelón en Reality Bites, su aparición brevísima en Un loco a domicilio es hilarante y fue inolvidable superheroína-master de la bolera en Mystery Men– y siempre ha estado vinculada al mundo de la comedia clásica y del stand-up (es donde más y mejor se le puede ver ahora). Pero su lista de apariciones en películas y series es absolutamente asombrosa, y sus papeles siempre destacables: Romy y Michelle, 200 cigarrillos, Dogma, Wet Hot American Summer -y secuela, claro-, o 24, aparte de una larga experiencia como actriz de dobleje, de donde se puede reseñar especialmente Ratatouille. Por desgracia, su lista de papeles que la podrían haber catapultado a la fama y que rechazó por unos u otros motivos es también extensa (Jerry Maguire, El club de la lucha, Scream), pero la verdad, cómoda en su papel hoy de activista de izquierdas y feminista peleona, tampoco es que sea muy de desear que hubiera acabado asfixiada por la maquinaria de Hollywood. John Tones

Miguel Ferrer

El recientemente desaparecido Miguel Ferrer era uno de los rostros más populares de nuestros tiempos de crianza audiovisual: Star Trek (III), Profundidad seis, Robocop, Revenge… y Twin Peaks, donde nos robó el corazón como ese hijo de perra del FBI más bruto que nadie pero con un corazón que no le cabía en el pecho. De los pocos papeles protagonistas que tuvo, si es que hubo más, recuerdo la interesante historia de Stephen King El aviador nocturno.

Creedme, he vuelto a ver Twin Peaks para refrescar los recuerdos ante la llegada de la tercera temporada y una vez que David Lynch y Mark Frost se esfuman, ese disparate de serie solo se sostenía cada vez que su Albert Rosenfeld aparecía por el pueblo. Por desgracia, ese ha sido el último papel de su vida. Menudos funerales nos esperan en el pueblo de Laura Palmer, amigos. Kiko Vega

Rossy de Palma

Los actores secundarios son una raza aparte. Deben fajarse en las trincheras del plano, aprovechar cada fotograma en el que se requiere su presencia para gritar a los cuatro vientos que están vivos, pero lo suficientemente bajito como para no eclipsar a los protagonistas. La suya es una coreografía de baja intensidad: se saben las notas mejor que nadie, pero cuando por fin pueden despuntar, dejan los mejores trucos a los galanes de la función. Por ello han buscado un arma extra: la fisionomía peculiar. El cine está lleno de tuertos, cojos, chepudos, larguiruchos, gordos, calvos o simplemente feos.

Y ahí, Rossy de Palma tiene media película ganada. Su rostro va un paso más allá y de puro disparatado, da la vuelta y se alía con los atractivos. Pero sigue siendo un rostro imposible para un protagónico: su complejidad es tal que necesitaría un manual de instrucciones para sus partenaires, un background de cientos de minutos para explicar su asimetría. La película habría acabado para cuando todos hubieran comprendido su idiosincrasia nasal.  Por lo que los directores se rinden ante tanto obstáculo -salvo algún que otro bala perdida como el gran Joaquim Jordá, que la reclamó para protagonizar su extrañísimo y corajudo thriller Cuerpo en el bosque– y la infrautilizan en apariciones de pocos minutos.

Y son roles muy cortos por lo general, porque tal es su fuerza de atracción que devora todo a su alrededor como un agujero negro: cuando aparece en la pantalla el espectador solo tiene ojos para esta arrebatadora presencia de voz huracanada y extraordinaria vis cómica. Almodóvar fue el que sacó lo mejor de la actriz, sobre todo cuando la juntó con otro elemento extraño del planeta cine: una Chus Lampreave, con la que formó un tándem que casi se venía abajo por acumulación de genio. Toda esta parrafada se puede resumir en un aforismo muy simple: cualquier película es mejor con Rossy de Palma dentro. En Francia lo saben desde hace muchos años. Javier Trigales

Publicidad