[Todos a una] Suave suave su-su-suave: Celebramos 10 años de ‘Muchachada Nui’

El salto definitivo al mainstream de la tropa manchega de La Hora Chanante se dio con el salto a la televisión nacional y una nueva denominación. Hace diez años de aquello y sus tics, latiguillos y personajes han calado a fondo en nuestra cultura pop y han influido en el humor español con un impacto inabarcable. Homenajeamos a Muchachada Nui seleccionado algunos de sus mejores sketches.

Joaquín Reyes, Raúl Cimas, Ernesto Sevilla, Carlos Areces y Julián López fueron el núcleo duro de un grupo de humoristas que combinó con fortuna poco habitual costumbrismo extremo y extravagancia al once. En tiempos en los que Internet no estaba tan masificado, al menos no con los usos que le damos ahora, Muchachada Nui fue capaz de convertirse en viral y generar memes a una velocidad de espanto. Ahora, diez años después, con sus responsables cultivando cada uno su propia y distintiva personalidad, podemos calibrar la influencia e importancia de Muchachada Nui. Lo hacemos seleccionando algunos de sus mejores sketches. ¡Vamos, Robert, sal a bailar, que tú lo haces fenomenal!

Los Osos

Uno de los mejores sketches de la serie de televisión de los Monty Python presentaba a Eric Idle leyendo un cuento infantil. La narración, tan tonta como conocida (“Había una vez un pequeño bosque…”), acababa en historias de prostitución, venta de contraceptivos  y sexo con melones.

Más ligero, más divertidamente tonto, fue este clásico de Joaquín Reyes y compañía que mezcla una salida del armario con osos de felpa. De nuevo, el discurso infantil se subvierte por la introducción de un elemento ajeno a él: un adolescente homosexual. ¿Crítica velada al conservadurismo o celebración tonta, tontísima, del contraste entre un mundo imaginario y la realidad social? Ni idea, vaya, pero lo cierto es que la broma tuvo fortuna y contó con varias secuelas, estirando todavía más el chiste.

Esto resultó una buena idea: la unión original de elementos contrarios (¿o no?), series infantiles y heterodoxia sexual, seguía siendo divertidísima al añadirse osos sadomaso o embarazos no deseados. Especialmente con la pertinente guinda del pastel: las expresiones manchegas de Ernesto Sevilla coronadas con uno de las mejores punchlines del humorismo español: “Pues ya me he desvelao”. Julio Tovar

Tertulianos

Es bastante hardcore echar la vista atrás y descubrir que, en realidad, solo han pasado diez años. ¿Solo han pasado diez años? ¡Solo han pasado diez años! Tómalo como quieras, pero en todo ese tiempo hemos cambiado una burrada: te has casado, has tenido hijos, has plantado árboles o puede que hayas escrito un libro.

Muchachada Nui fue un hito que estuvo tres años en antena con 52 programas que recogían lo aprendido en La Hora Chanante y lo pulían para obtener como resultado el mejor show de humor de la historia de la televisión nacional.

En realidad esto seguía siendo la misma Hora Chanante de siempre, pero problemas con los derechos del nombre obligaron a los (casi) Monty Python de Albacete a cambiar el título del programa.

Si tengo que elegir un sketch me quedo con este. Primero porque soy asturiano y segundo porque se adelantó unos años a La Sexta Noche, a Eduardo Inda y a Paco Marhuenda. Kiko Vega

El sketch del médico

En aquellos maravillosos años en los que la gente todavía compraba películas en DVD porque aún no existían plataformas que por una módica cantidad al mes te decían lo que tienes que ver, y en aquel mágico período para la comedia española en el que el término posthumor todavía tenía sentido, Muchachada Nui acababa de arrancar su primera temporada en una cadena nacional y emitía, en su cuarto capítulo, este fantástico sketch que homenajea el singular mundo de los extras del DVD.

Ya hubiera sido algo curioso si simplemente se hubiera quedado ahí, en crear un buen sketch con algo tan cotidiano como un menú interactivo, pero Muchachada Nui siempre ofrecía más, siempre iba más allá. En esta ocasión parte de un sencillo chiste de juego de palabras (“¿Es grave?” – “No, es grava”) digno del mejor cómico de No te rías que es peor, un chiste que al parecer el propio Ernesto Sevilla contaba desde que tenía diecisiete años, para desarrollar una compleja pieza compuesta por varias capas de magnífica comedia que funciona en cada uno de sus niveles: desde el humor absurdo a la parodia de las viejas glorias. Perra de Satán

El juicio del roncarol

Las continuidades del programa, siempre protagonizadas por el personaje parodiado en el Celebrities de la entrega anterior, desarrollaban historias que servían de hilo conductor para las diferentes secciones; en ocasiones, los resultados eran verdaderas joyas, superiores a las parodias iniciales. Recuerdo como momentos estelares el homenaje a Twin Peaks protagonizado por Miguel Induráin, o ese remake de El crepúsculo de los dioses con Darren Aronofski y Mickey Rourke. Pero, de todos ellos, escojo el el apoteósico Juicio del rocanrol, una sátira de la escena del rock español en la que Enrique Bunbury (Joaquín Reyes) acaba en la cárcel oncarol por morderse los carrillos cuando le enfocan en primer plano y dejar que Raphael cante sus canciones.

Todo está en su sitio en este sketch: el parque convertido en una cárcel implacable donde te dan bebidas isotónicas y los pájaros te despiertan al amanecer, los medidísimos diálogos que mezclan las más reconocibles expresiones chanantes con puyas en el punto medio exacto para no caer en la crítica fácil, sin perder acidez.  De todo el desfile de rock stars no sé si quedarme con el brutal Rosendo de Julián López  o con el hierático Loquillo de Raúl Cimas que Bunbury confunde con Francisco. Toda la pieza está llena de momentos gloriosos y frases para el recuerdo, pero el apoteósico final, con el duelo entre Bunbury y Jaime Urrutia (Ernesto Sevilla) es insuperable. “En España no somos tan buenos haciendo riffs pero valoramos la amistad”, le dice Loquillo a un Keith Richards (Aníbal Gómez) que preside el duelo, saluda con dos besos y está impaciente por irse a comprar cartuchos para la impresora: tremendo. Gerardo Vilches

Macaulay Culkin y demás niños prodigio

La desternillante pandilla albaceteña siempre ha sabido explotar las caras B de la vida. Esa suerte de personajes, episodios o, en general, referentes culturales, que resuenan en la psique de aquel freak con tendencia al síndrome de Diógenes cultural. Amplio abanico éste en el que caben leyendas urbanas, personajes delirantes o momentos de la infra-historia cultural hispana, y más allá. Una lista que abruma por lo extensa, y que se presta a salpimentar muchas conversaciones livianas.

Los Reyes, Sevilla, Cimas, López y compañía, como apuntábamos, han sabido sacar rédito a este tipo de fenómenos culturales, rescatando del ostracismo a todo tipo de personajes, basando su caracterización en la época menos estéticamente perdurable de éstos. Aquella etapa que daña los ojos de propios y extraños, y que casi supone una afrenta para personajes como Madonna, Manu Chao, Loquillo, Boy George y un largo etcétera de personajes que han tenido momentos de dudoso acierto estético, fuere en lo ornamental o en lo comportamental.

El sketch en el que caracterizaban a antiguos niños prodigio, finalmente convertidos en juguetes rotos, como Macaulay Culkin, Joselito, Screech y Marilyn Manson, es un buen ejemplo de lo apuntado. Un encuentro en forma de terapia, rabiosamente variopinto, que hará las delicias de cualquier alma perteneciente o cercana a la Generación X. El sketch cuenta con varios momentos llenos de inteligencia y sarcasmo que sirven como homenaje velado a la imaginería del español de a pie; aquél que desarrolla parte de su educación en la calle.

La práctica totalidad del minutaje deviene pequeña obra de arte en sí misma, pero el sketch bifurca su clímax en dos momentos de muchos quilates humorísticos. Por un lado está la entrada tardía de Marilyn Manson (cómo les gusta a los chanantes humanizar sus personajes con detalles tan mundanos como el llegar tarde), con la consiguiente retahíla de referencias a leyendas urbanas mayormente surgidas en los años noventa. Por otro lado, y como colofón, está la irrupción de los padres de Macaulay Culkin, momento libérrimo en el que nuestros manchegos favoritos dan rienda suelta a su creatividad sacando a relucir su fino, afilado sentido del humor.

Momentos televisivos nunca antes vistos (difícilmente repetibles, además), que nos recuerdan que la obra de estos antiguos estudiantes de Bellas Artes de la Universidad de Cuenca, es parte esencial del humor y la cultura popular cañí, del mismo modo que lo fueran Martes y 13 en los ochenta, o Faemino y Cansado en los noventa. Ahí es nada. Daniel González

Tontili y Monguili: The tarter

Carlos Areces se ha establecido como un actor brillante que es capaz salvar cualquier película, pero antes nos regalaba también muestras de su genialidad como guionista. Dejando a un lado su sección en El Jueves, Ocurrió cerca de tu casa, o su inolvidable serie animada dentro de Muchachada Nui, Los Klamstein, existe una pequeña joya que merece la pena recordar. En The tarter, Joaquín Reyes y él se travisten como dos hermanas gemelas adolescentes que protagonizan un survival horror de la tontuna. Los aciertos están en los pequeños detalles, como Monguily (o Monguili) saltando por encima de Tontili para salir de la cama, o utilizando los patines que nunca se pone (“¿Cómo que no?“), pero también en ese gran final con un deus ex machina​ llegado desde la Segunda República. Y todavía no sabíamos que lo mejor estaba por llegar: en Retorno a Lilifor las visitaba su prima Gilipich. Pablo Vicente

Robert Smith en la villa de los rockeros muertos

Qué tendrán los pelucones imposibles que nos enamoran. Pues incluso si obviáramos los muchos descubrimientos de éste gag largo tan intrincado y lleno de descubrimientos, desde ese Michael Bolton vagando como un fantasma por el pueblo en busca de amigos hasta Robert Smith arrancándose a bailar suave como una palmera o el hecho de convertir a todos los rockeros muertos en gente muy campechana (y cuñada), ya sólo la caracterización de los personajes, ridícula y sin pretensión alguna de respetar el carácter parodiado más allá de la identificación estética -dicho de otro modo, la risa provocada al grito de “¡Es Robert Smith! ¡Me troncho!“-, hacen de éste un ejemplo perfecto del humor de Muchachada Nui: algo idiota, muy deslavazado y castizo de un modo que lograba parecer irónico y moderno. Algo infinitamente más fácil de decir que de hacer, como hemos visto en la incapacidad de tantos humoristas posteriores de imitarlos sin palidecer por comparación. Incluso por la imposibilidad misma de repetirlo de algunos de sus implicados. Porque al final, el gran truco de Muchachada Nui no era ni el humor ni la inteligencia: eran esos pelucones imposibles. Álvaro Arbonés

Le llaman conejo

Hay tanto positivo que hablar de Muchachada Nui que aquí andamos varios redactores, a vueltas. Y aún así, sorprenden dos cosas: lo poliédrico que podía ser aquel show y que se emitiera en una televisión pública.

Una de sus muchas cualidades era la de sacar un chiste tonto y llevarlo hasta sus últimas consecuencias. O juntar dos y sacar una pieza tan extraña como esta: uno casi supone que todo está construido como el desarrollo de dos chistes, uno visual al principio, con el shock que supone ver al conejo por primera vez en la entrevista, y luego audiovisual y nostálgico, respecto al gag-homenaje a Roger Rabbit.

Pero va más allá, con ese drama trilladísimo que, a base de retorcer el punto de vista, consigue sonar como nuevo.

Y por eso Muchachada fue un programa tan vital y subversivo: porque en una cadena pública demasiado acostumbrada a favorecer el punto de vista positivo y centralista, que en los márgenes del humor alguien recordara asuntos como estos evitaba que nos olvidáramos. Diez años después, por desgracia, el hueco que ha dejado el programa es demasiado grande y el ecosistema que lo originó se ha dinamitado, otra tragedia que no cabe en este especial… a menos que estuviera protagonizada por el conejo. Adrián Álvarez.

El monologuista mierder

-Esto no es un chiste, es un monólogo

-O sea, que no hace gracia.

Ese es el arranque de una árida y bastante aguda disquisición sbre los mecanismos del humor entre Raúl Cimas y Ernesto Sevilla (“Pero lo que no entiendo es por qué me tiene que hacer gracia si nos pasa a los dos”) que demuestra que por mucho que fingieran no entender los resortes de lo que los hacía tan grandes, los Chanantes eran unos estudiosos (intuitivos, si se quiere, pero estudiosos al fin y al cabo) de sus propios mecanismos. Por eso saben que la única manera de acabar un sketch sobre stand-up comedy es vestir a Carlos Subterfuge con su paradigmático disfraz de demonio de Todo a Cien y acabar la función a lo descartes malasañeros de Carretera Perdida. Los Chanantes, catedráticos de la risa, sabían bien, que no había mejor punchline que tirar millas. John Tones

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Un comentario

  1. Toni dice:

    1: ¡Perro Muchacho!
    2: Mas que un ranking de sketches, el que todos los fans que conozco han hecho es su ranking de ‘Celebritis’. El mio: 1: Lars Von Trier 2: Robert Smith 3: Hulk Hogan

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