[Top 2019] El mejor cine del año

La categoría inevitable: el mejor cine del año llega con películas para todos los gustos y de todos los géneros. Cine de autor, cine comercial, cine radicalmente independiente... estas son nuestras películas favoritas de 2019.

Tops Lo mejor de 2019

Doctor Sueño, de Mike Flanagan

Si en su La maldición de Hill House (2018) Mike Flanagan hacía una pseudoadaptación de Shirley Jackson llevándola al terreno de Stephen King, partiendo de un supuesto clavado al de El resplandor (1980) aquí se enfrenta al marrón de la secuela del film de Kubrick entregándose al material literario de partida, haciendo de la novela una de las más hermosas y melancólicas historias del escritor de Maine en pantalla. Planteada como una ejemplar aventura psíquica de horror, solo vuelve al film de Kubrick en contados momentos, y en realidad le hace una reverencia algo envenenada, puesto que, pese a que reutiliza los paisajes de aquella, tan solo los usa para reparar a la obra original de King, siempre decepcionado con el film. Un acto de justicia poética dentro de la carcasa de un film fantástico inmaculado con más en común con el Shyamalan de El sexto sentido (1999) que con el film de Kubrick, pese a las citas literales, puesto que utiliza su iconografía como armas o traumas de los personajes, nunca como un intento de emular su estilo de terror. Doctor Sueño vuelve a demostrar que los límites del cine de terror van mucho más lejos que el cine de sustos y nos recuerda que aún hay muchas historias complejas y tristes que necesitan de los tonos tenebrosos y funerarios del género para materializar metáforas de los demonios internos y externos. No solo una suma de las virtudes del director y el autor de la novela original, sino una elegante hibridación de géneros entregada al fantástico que se erige como lo mejor del año. Jorge Loser

The Green Fog, de Guy Maddin, Evan Johnson y Galen Johnson

El remake de Alfred Hitchcock más marciano. Vértigo recreada a partir de otras películas y series rodadas en la zona de San Francisco. Aunque técnicamente se estrenó en salas de EE. UU. y Canadá en 2018, en el resto del mundo solo se proyectó en festivales, así que para verla hemos tenido que esperar a su estreno en Amazon Prime. Es una de esas películas que no esperas ver nunca en una web de streaming, porque es cine experimental y además found footage -no estoy hablando del género de terror, sino de que es un collage de otros productos audiovisuales, así que publicarla online debe haber sido una pesadilla a nivel de derechos-. Aunque todo esto suene un poco a experimento conceptual aburrido, en realidad es una batidora pop que mezcla intriga y humor absurdo a base de Rock Hudson, NSYNC, Atracción fatal y otros cientos de referencias más o menos reconocibles. Se disfruta más si se tiene presente Vértigo, eso sí. Blanca Rego

La trinchera infinita, de Jon Garaño, José María Goenaga y Aitor Arregi

https://www.youtube.com/watch?v=SIYlzIKGfsI

En un año especialmente brillante para el cine español, una de las grandes obras más destacadas del 2019 debe de ser esta pausada y amarga epopeya sobre el exilio en el propio hogar. Una vuelta de tuerca para seguir hablando de nuestra guerra civil, sobre la que -por mucho que se diga- nunca se va a tratar lo suficiente en nuestra ficción, que para eso es nuestra. Atrapado entre cuatro paredes a lo largo de toda la historia española del siglo XX, el personaje de Antonio de la Torre consigue trasladarnos a la claustrofobia del perseguido, a lo terrible de lo cotidiano y a la banalidad del mal incluso cuando nos afecta directamente. Una tragedia de país, una tragedia a mares, pero también una tragedia de goteo constante. Juan Damián Pard

El joven Ahmed, de Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne

Los hermanos Dardenne proyectan una sombra alargada en el cine europeo: todo ello como autores, pergeñadores, de un estilo entre el documental y el cine que ha creado decenas de imitadores de diversa factura. Los atentados en Bélgica, de 2016 a la actualidad, suponen el punto de partida para su análisis gélido, frío, del proceso de radicalización de un adolescente de nombre Ahmed.

Usando otra vez como escenario la Bélgica valona industrial, lo que podría definirse como “bajona valona”, narran una historia de un chico donde dos influencias atenazan su devenir. La primera, un imán radical que le adoctrina; la segunda, una profesora de raíces musulmanas y laicismo militante. Una tensión entre dos vértices de una recta, el propio Ahmed, que construye una historia terrible, dolorosa, pero que vira a la mitad del filme en romance tierno y nada retórico. Los críticos en Cannes, necesitados siempre de “motivaciones”, erraron al analizar de manera única como una historia de radicalismo, y más bien es un filme adolescente no tan lejano a Antoine Doinel con el mundo yihadista al fondo. 

Esto convierte a la película en algo conmovedor, incluso en su fatalidad, ya que el ardid amoroso es tan universal y está tan bien hilado que es difícil no identificarse con ese Ahmed cual Werther millennial. Julio Tovar

Joker, de Todd Phillips

Joker es una película que no solo encandila por ese magnetismo que desprende cada plano que protagoniza Joaquin Phoenix (y lo son todos), Joker engancha porque es un film que retrata el día a día de un enfermo mental, de cómo el SISTEMA en mayúsculas consigue agudizar aún más la locura de Arthur, de cómo miramos al otro lado y sentimos empatía al ver esta película (incluso aunque eso pase por ponerse del lado del antihéroe, del villano). Joker, es para mí, la película de 2019. La que pensaremos (para bien o para mal) una vez que pasen los años y los años se conviertan en décadas. Solo queda ver cómo Phoenix aguanta la estatuilla y repite esa mítica pregunta retórica: ¿quieres que te cuente otro chiste? Sofía Francisco

El irlandés, de Martin Scorsese

Con su ritmo pausado y su extraña versión sobre la caída en la oscuridad de maldad contemporánea, Scorsese vuelve a su género favorito con sus actores favoritos. La cámara tiene algo de subjetividad testimonial mientras Frank (Robert De Niro) cuenta su historia frente a la cámara o en off, como una gran presencia que se mueve en silencio de escena en escena. Al Pacino reinventa a Jimmy Hoffa y casi hace que nos olvidemos de la criatura monumental creada por Jack Nicholson de Danny DeVito. Al final, el director crea una atmósfera dolorosa para una extraña visión sobre el bien y el escindido. Aglaia Berlutti

Vengadores: Endgame, de Anthony y Joe Russo

Tras once años y veintidós películas, que se dice pronto, toda esa enorme trama que se abría en la escena post-créditos de Iron Man (2008) llegaba a su climax final. Personajes desarrollados en múltiples películas propias desembocaban en una sola, transformándola más que en una nueva película, en un evento generacional: millones de fans alrededor de todo el mundo, disfrutando y saboreando cada momento, cada frase, cada guiño a los cómics y a anteriores filmes. Salas de cine llenas de espectadores bramando ante escenas ya para el recuerdo y miles de nuevos fans que se suman a disfrutar más de estos personajes también fuera de las pantallas. Y de acuerdo, es posible que Avengers Endgame (2019) no sea la mejor de Marvel Studios, pero el poder sentir en una butaca de cine durante la última hora de película la misma sensación que, cuando eras pequeño, sentías al pasar una página de cómic y encontrarte con una apabullante splash page coral, no tiene precio. Javi Portillo

Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach

Noah Baumbach no ha necesitado nunca de grandes recursos técnicos para realizar películas más que decentes. Esta vez, los problemas de solidez familiar en un entorno conformado por artistas e intelectuales, que comenzó a narrar –quizá de manera demasiado densa para el espectador medio- en The Squid and the Whale (2005), parecen haber llegado a su culmen. ¿La causa de este cénit? La soberbia actuación del tándem Johansson-Driver, cuya madurez interpretativa ha sido cosechada por el buen pulso del realizador neoyorkino para unos diálogos de réplicas puntillosas entre los que todavía queda espacio para bellos monólogos en los que se consigue colar la ternura. Historia de un matrimonio nos deja este año una discusión para el estudio y un final para la memoria. Manu Collado

Dolor y gloria, de Pedro Almodóvar

2019 ha sido un gran año para el cine, entre otros muchos motivos, por cómo varios directores consagrados han coincidido en estrenar películas a modo de terapia que reflejaran la relación de estos con su obra. Lars von Trier dio el pistoletazo de salida con la kamikaze La casa de Jack –que llegó a España a principios de año–, Quentin Tarantino terminó de modular el Séptimo Arte como lugar seguro en Érase una vez en Hollywood, y Martin Scorsese mantuvo el máximo control de sus emociones en su reflexiva y crepuscular El irlandés. Pero ha sido nuestro Pedro Almodóvar con su Dolor y gloria quien, a mi parecer, ha terminado alcanzando las máximas cotas de excelencia. Que, cuando hablamos de psicoanálisis, suelen corresponderse con las máximas cotas de verdad.

    Es enternecedor cómo Dolor y gloria, teóricamente sólo pudiendo ser entendida en su totalidad por los conocedores de la obra del director manchego, no parece conocer límites a la hora de emocionar a cualquier persona. A la hora de escapar de la sombra de su hacedor para dar pie a escenarios tan sorprendentes como el enorme reconocimiento que ha tenido Antonio Banderas por, básicamente, interpretar a Almodóvar, mientras alumbra un regalo que pertenece, en exclusiva, a la persona que lo desempaqueta. Es el máximo logro que podría alcanzar un film así: escapar del autor del que supuestamente ofrece un reflejo inseparable para proponerle al público que relea su propia relación con el cine del mismo modo que lo hace Almodóvar, y revelarle en un súbito estallido de belleza cómo ésta no es demasiado distinta. Por eso hay tanta belleza en Dolor y gloria, y por eso es una de las cartas de amor al cine con más amor dentro que se hayan hecho nunca. Alberto Corona

Ad Astra, de James Gray

Para cuando termina, uno no deja de preguntarse si lo que acaba de ver es una obra maestra o la reflexión estilizada y sensible de un hombre cansado de serlo. Algo como la masculinidad tóxica, pero de lejos, solo vibrando, como una gravedad antigua, espacial. Lo hace con su propia voz en off, contra la que uno puede revelarse, puede contradecirse, puede escindirse o puede acatar sus órdenes. La epopeya de un James Gray que elimina el tótem del padre, esa generación que no soporta que le espeten un Ok boomer a la cara, se mantiene gracias a un Brad Pitt sobradísimo de fuerzas y, como ha demostrado en sus más recientes entrevistas, hastiado de ser Brad Pitt. Porque los sentimientos necesitan del ego y el ego de la razón como un satélite necesita un planeta y el planeta de una estrella; como la poesía (cósmica) necesita de versos (profundos) y los versos de una verdad universal -que puede ser individual-; o un hijo del padre y el padre del hijo; o las sombras necesitan de un cuerpo al que pertenecer. Espero que se entienda (que es seguramente lo que le dijo su voz en off al propio Gray). Álvaro Macías

Velvet Buzzsaw, de Dan Gilroy

Velvet Buzzsaw es la profundidad de sus blancos. El perfecto uso del digital. Su CGI utilizado como sátira, como gore, como auténtico impacto visual y emocional para retratar no la corrupción del mundo del arte, sino lo corrupto de los ricos que creen que pueden jugar como quieran con las fuerzas que representan la memoria de la humanidad. Porque todo eso es Dan Gilroy: un director que triunfó con Nightcrawler, parece que sin que nadie entendiera lo que hizo allí, y lo bordó en Roman J. Israel, Esq., a pesar de que nadie la viera, por su capacidad para tomar el pulso al presente y retratarlo con todas sus aristas, contradicciones y extrañezas. No un complejo tapiz de grises, sino una infinita profundidad de blancos. Un escenario que sólo es posible discernir por lo que es por quienes ya saben lo que están mirando y están dispuestos a verlo. Álvaro Arbonés

Parásitos, de Bong Joon ho

La nueva película del director coreano Bong Joon ho (Memories of Murder, Snowpiercer) es el fenómeno del año. Ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes por unanimidad del jurado está arrasando en la temporada de premios y en la taquilla allí donde se estrena. Bon Joon ho ha tocado todos los géneros en su carrera y, tras haber hecho un par de producciones en EE.UU, vuelve a su país de origen para mezclarlo todos. Parásitos es una comedia negra y un drama social, es divertidísima y también duele, es tierna, bonita, de acción, una montaña rusa que sorprende en cada escena. Parásitos ha conseguido traspasar fronteras porque nos habla del mundo en el que vivimos, este mundo capitalista en el que la brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor y donde al fin y al cabo cada uno lucha por sobrevivir con lo que puede. Bloody Girls

High Life, de Claire Denis

Extendiendo la propuesta de las instalaciones de Olafur Eliasson que ya retrató en el cortometraje Contact (2014) y tomando algo prestado del trabajo fotográfico de Mike Broadie, la película de ciencia-ficción más tangible del año construye las naves (y las instituciones) como una extensión de nuestro cuerpo. Violencia, abuso sexual, represión política: todo adquiere una cualidad material y se adhiere a la piel de los protagonistas a través de luz y texturas pero poco a poco los va deshumanizando. La carne se recicla y muta, adaptándose a esta violencia pero dejando tras de sí una herida psicológica, una atmósfera de daño y culpa donde la mercantilización de nuestros fluidos (todo en estos jóvenes se mide, pues, en la utilidad que tienen para la institución que los retiene) trae consigo la pérdida del alma misma. Henrique Lage

Rocketman, de Dexter Fletcher

El ejemplo perfecto de cómo hacer un buen biopic musical –que no es tarea fácil– y conseguir una película redonda. Casi todo el peso del filme reside sobre los hombros de Taron Egerton que está perfecto en el papel del icónico y extravagante Elton John. Un actor polifacético que desborda talento, tanto en la parte del canto –es su propia voz la que escuchamos en pantalla– como en la propia imitación de la estrella sobre el escenario, y que consigue algo tan importante como poner el énfasis en la parte musical que algunos biopics de este género suelen obviar y maltratar bastante a menudo. 

Si bien es cierto que la narrativa sigue una estructura clásica, partiendo desde un punto de inflexión en la vida del artista para después hacer una retrospectiva de toda su vida, el resultado es bastante bueno cuando a esto se unen otros elementos como el desfile de trajes mamarrachos de Elton John, mucho brilli brilli, actuaciones musicales coreografiadas y las increíbles canciones del artista que siguen siendo auténticos himnos como Your Song o I’m still standing. Por no hablar del retrato que se hace de sus excesos con las drogas y el sexo, la relación tormentosa con su manager, su intento de suicidio o los problemas que vivió durante toda su vida para disfrutar libremente de su sexualidad. Rocketman es todo lo que se le puede pedir a una película musical sobre la vida de Elton John y, sin duda, se merece su hueco entre los mejor de este 2019. Ana Rodríguez

Retrato de una mujer en llamas, de Céline Sciamma

En los furtivos pasos nocturnos de Marianne, en cada brochazo sobre el lienzo desnudo, en el rugido de las olas que acompañan el ulular del viento, en cada detalle sonoro hay cine. Lo de ver una película en la sala de cine no siempre tiene que ver con viejos fetichismos. A veces, elementos como el sonido no pueden emularse de la misma forma en un móvil. Retrato de una mujer en llamas es una obra profundamente sensorial, en el que cada sonido produce en el espectador una sensación táctil. Sciamma trabaja la sensualidad y el intimismo de una pareja imposible, la de una pintora y su modelo, prometida a un noble italiano. La comunicación se lleva desde la fotografía y el sonido, que en su ausencia crea una atmósfera de pasión contenida que carga el ambiente de feromonas que pueden ser respiradas por el espectador. Con ecos de Persona de Bergman, Retrato de una mujer en llamas repara en las miradas y en el subtexto que estas comunican; con ecos del paisaje romántico del siglo XVIII, el escenario transmite calidez y frialdad a partes iguales. La que sin duda es la película francesa del año, la obra de Céline Sciamma invita a quien quiera que se atreva a adentrarse en una experiencia plástica, una sinestesia que trasciende su historia. Carlos Campoy

El Crack Cero, de José Luis Garci

Está claro. Para lo fácil, para echarse unas risas, nada mejor que recordar Holmes & Watson: Madrid Days, una película que era más indescriptible que mala. Ahora bien, para reconocer los aciertos, virtudes y multitud de gozos de una película tan valiente y rompedora como supone su precuela, el “Origins” de uno de los títulos más emblemáticos de nuestro cine, para eso nos callamos como putas.

El Crack Cero tiene un reparto estratosférico, donde Carlos Santos se apodera de Arteta, alejándose de la doble presión que suponían la sombra de Landa y de Víctor Clavijo, durante mucho tiempo destinatario del relevo generacional del protagonista. Además, Miguel Ángel Muñoz da un verdadero recital mimetizando al mítico de Moro de Miguel Rellán de una manera tan sutil que uno siente ganas de aplaudir después de cada una de las frases ingeniosas que Javier Muñoz (junto a Garci) tiene en la recámara.

Los secundarios brillan tanto como la delicada ambientación blanquinegra de un Madrid cerca de librarse de las ataduras de la dictadura. Un caso singular, misterioso, un desfile de sospechosos y mujeres fatales o fatídicas y, como no podía ser de otro modo, partiendo de un prólogo castizo, efectivo, fiel y directo. La gran olvidada del año para la temporada de premios es un premio en sí misma. Kiko Vega

La Lego Película 2, de Mike Mitchell

Menudo año ha sido 2019 para el cine. No se puede negar que el listón ha estado alto y que encontramos verdaderos peliculones como los que engrosan esta lista. Pero, precisamente por eso, es fácil que se nos olviden algunas joyas que han pasado desapercibidas. Es el caso de la continuación de La Lego Película (2014), una ambiciosa secuela que apenas se estrenó en un puñado de salas en España, haciendo más bien poco ruido. 

De nuevo con Phil Lord y Christopher Miller como guionistas, la cinta nos lleva de viaje espacial para hablarnos de masculinidad tóxica en un interesante relato que, ironías de la vida, está adecuadamente protagonizado por Chris Pratt. Y lo hace a través de un humor ágil, unas canciones pegadizas, un constante despliegue audiovisual y un corazón que reside en los personajes. Ni es perfecta ni acaba de estar a la altura de su redonda predecesora, pero es que no todo es fabuloso, ni tampoco hace falta que así sea. Elena Crimental

Los hermanos Sisters, de Jacques Audiard

Civilización o barbarie. Se trata de uno de los grandes temas del wéstern pero qué significa “civilización” y qué “barbarie” cambia de una película a otra. “Civilización” pueden ser las utopías de un mundo nuevo y tranquilo de los pequeños granjeros a los que un pistolero debe proteger en Raíces profundas; o puede ser el ferrocarril, la banca y la corrupción de Hasta que llegó su hora, de Leone. La civilización puede significar progreso, pero también la pérdida de una libertad salvaje. En El hombre que mató a Liberty Valance significa ambas cosas. Incluso puede implicar la guerra y la traición como en las crepusculares películas de Sam Peckinpah. Un poco de todo esto, junto al cálido tono fabulador de las incursiones en el género de los hermanos Coen, tiene Los hermanos Sisters, una de las mejores películas de un año espléndido.

Jacques Audiard confía en sus personajes y pone su inteligentísima adaptación de una novela de Patrick de Witt -llena de giros, humor negro, violencia y redenciones- en manos un reparto de actores en la cima de sus carreras: Joaquin Phoenix como el atormentado Charlie Sisters; John C. Reilly, un tierno y certero tonel de bonhomía y puntería; Jake Gyllenhaal, un ladino traidor de buenos modales que ha decidido honrar sus formas desde el fondo; y Riz Ahmed como la generosa presencia utópica capaz de iluminar un género. Un Oeste implacable y violento; una trama que desdobla los temas del western como en un reparto entre hermanos, donde el progreso del capitalismo encuentra su réplica en el de una utopía democrática y humanista; un cuadro de personajes donde el cepillo de dientes es el más tembloroso y auténtico signo de civilización; y una parábola en clave violenta sobre el valor civilizatorio de los buenos modales. Una de las mejores películas del año. Alberto Hernando

Shazam!, de David F. Sandberg

Con permiso de la de los Vengadores, por fi, DC ha conseguido que este año la mejor película de superhéroes sea la suya. En 2018, con Aquaman, no tenían nada que hacer contra Spider-Man: Un nuevo universo o ese mastodonte de Infinity War, pero este año sí. Y lo han conseguido además con un superhéroe inocentón de músculos casi caricaturescos.

Pero claro, es que Shazam tiene un guión maravilloso que mejora el ya de por sí notable cómic de Geoff Johns y Gary Frank, y una dirección a la altura de David F. Sandberg, que sabe cuándo ponerse serio (la escena en que Billy se queda huérfano es desoladora), cuándo aligerar las cosas (¡los gritos de Sivana en el aire!) o cuándo camuflar a tu equipo de rodaje como compradores. 

Además, da gusto ver de forma tan desprejuiciada un superhéroe que no tiene vínculos militares o políticos, ni los necesita. Cuando hasta el chico del barrio, ese tal Parker, lleva como si nada tecnología militar, ver a un tipo volar sólo por la bondad que guarda en su interior tiene algo de balsámico. Que cunda el ejemplo. Adrián Álvarez

Puñales por la espalda, de Rian Johnson

Tras el bochornazo que han supuesto las nominaciones a los Globos de Oro y la cantidad de peliculones firmados por directoras que se han estrenado durante 2019 (de Retrato de una mujer en llamas a Súper empollonas, hay ejemplos de sobra) da un poco de cosa poner en este apartado un filme dirigido por un señor cisgénero con barba. Pero el peso de los rebuznos levantados por Star Wars: Los últimos Jedi hace dos años pesa demasiado: tras dejar en evidencia a J. J. Abrams y al fandom más rancio con su filme galáctico, Johnson ha vuelto a demostrar su valía para recomponer géneros hechos trizas mediante este whodunit divertidísimo que pone en su sitio a la chuchurría Asesinato en el Orient Express de Kenneth Branagh. Según vemos aquí, devolverle su grandeza a la intriga clásica no pasaba por los decorados de lujo ni por sacar de su tumba a la pobre Agatha Christie, sino por mirar al mundo que nos rodea y aprovechar sus miserias para sacarles la sangre (y las risas). Yago García

Historias de miedo para contar en la oscuridad, de André Øvredal

En un año en el que el terror ha disparado para todas partes, desde Midsommar a US pasando por Navidad sangrienta o Feliz día de tu muerte 2, me parece una buena idea detenernos un momento a contemplar esta película que logra, por un lado, adaptar un libro de leyendas urbanas y, por otro, ser más Pesadillas que la propia Pesadillas. Con un estilo que a ratos se adelanta a lo que sería la nueva versión de El club de la medianoche tenemos una narración histórica, con apuntes raciales y de género, que juega con las características del género y cuyo peor problema es la sensación de estar viendo el inicio de una serie antes que una obra que quieran cerrar. Pero, como decía, disparar a todas partes incluye cuidar a los espectadores más jóvenes. Jónatan Sark

Hellboy (versión íntegra), de Neil Marshall

La versión íntegra de Hellboyno la que se estrenó en salas en España, que al parecer ha llegado también al mercado doméstico- demuestra hasta qué punto a veces la ultraviolencia y el horror duro es algo más que una herramienta para epatar a beatas, y tiene su propio discurso, su propio ritmo y sus propias mecánicas narrativas. En efecto, aunque el argumento de Hellboy en la versión originalmente concebida por Neil Marshall y el de la versión española es absolutamente idéntico (un poco más confuso en la cortada, eso sí), la visceralidad del primer montaje no tiene parangón: entre las escenas que más sufren está un auténtico catálogo de horrores surreales salidos de las entrañas del infierno, a medio camino entre la portada de un disco de death metal de los ochenta y un cuadro del Bosco, y que en la versión mojigata no son más que un puñado de espantajos CGI. El demonio, nunca mejor dicho, está en los detalles, y se demuestra en esta divertidísima mezcla trotona de folk horror, humor negro, imaginería extrema, splatstick de primera categoría y la auténtica revelación de David Harbour como Hellboy perfecto, casi más fiel al original de Mignola que la versión de Guillermo del Toro. Una auténtica rareza en el ya casi desierto terreno de los blockbusters para adultos, que tanto abundaban en los ochenta y que, paradójicamente, esa castradora nostalgia barata que se gasta el fandom casi ha aniquilado por completo. John Tones

La perfección, de Richard Shepard

La persona que eligió La perfección para su inclusión en esta lista no ha entregado ningún texto, así que nos limitamos a poner el tráiler. Pedimos disculpas.

(Si aún no has visto la película, quizás no deberías ver el tráiler. Si ya la has visto, tampoco tiene mucho sentido. ¿Entonces por qué lo ponemos? Te cuento. Se barajaron otros dos vídeos. El primero es el de la canción que suena durante los créditos finales, Petals de Hole versionada por Chromatics. Preciosa. El omega para el alfa que es el póster de la película. El segundo es ese de BuzzFeed en el que las protagonistas Allison Williams y Logan Browning juegan a decidir entre risas si preferirían que las apuñalasen en un ojo o que les arrancasen todos los dedos de una mano. Una barrabasada. Al final se decidió que ninguno de esos dos vídeos representa por sí solo el espíritu de La perfección, que más bien residiría en la mínima pausa posible entre ambos. Y por eso hemos rellenado con el tráiler. De nuevo, disculpas). Andrés Abel 

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