Tópicos eternos: la representación LGBT+ en el cine y la televisión

Las cifras hablan por sí solas. La inclusión queer en la producción audiovisual es mínima, al menos en cuanto al panorama cinematográfico y televisivo se refiere. Además, los personajes englobados en el colectivo suelen aparecer estereotipados, perpetuando prejuicios prestablecidos en lugar de ayudar a eliminar las barreras de discriminación presentes en la sociedad. Por eso, vamos a hacer un repaso de cuáles son los tropos más comunes en el cine y la televisión.

A pesar de que el éxito de películas como Call me By Your Name (2017) o series como Sense8 (2015-2018) puedan generar la falsa sensación de que el colectivo LGBT+ se encuentra muy presente en la industria audiovisual, la realidad es diferente. Según el último informe de la Asociación Gay y Lésbica contra la Difamación (GLAAD), 2017 ha sido terrible para la representación queer en el cine.




Entre las películas estrenadas a lo largo del año pasado en Estados Unidos, tan solo el 12.8% contaban con algún tipo de representación del colectivo, la cifra más baja alcanzada por la industria desde el año 2012. Además, en el 50% de los trabajos que incluían personajes LGBT+, su presencia duraba una media de menos de 5 minutos. Con respecto a la televisión, en los programas emitidos en prime time únicamente localizamos un 6.4% de miembros del colectivo como personajes regulares, la cifra más alta hasta la fecha. En ambos casos, la aparición de hombres gays es la más frecuente y existe poca diversidad racial.

Pero no se trata solo de un problema de cantidad, sino también de calidad. No es suficiente que encontremos referentes en la cultura pop, que los protagonistas pasen el test de Vito Russo o que cada vez aparezcan más personajes que se engloben dentro del espectro LGBT+ si estas representaciones no son diversas y además continúan perpetuando concepciones erróneas de un colectivo que todavía sigue sufriendo una gran discriminación. Entonces, ¿bajo qué clichés se presentan en pantalla? ¿Cuáles son los tópicos más comunes y cómo nacieron? Vamos a intentar descubrirlo.

El gay amanerado

Que los hombres homosexuales tienen una mayor representación que el resto del colectivo es una realidad que GLAAD ha documentado desde hace años. De hecho, uno de los precursores de la representación queer en el cine es el mediometraje Diferente a los demás (1919), centrado, precisamente, en una pareja de gays, mientras que se considera una de las primeras inclusiones LGBT+ la de los dos hombres bailando juntos en el corto The Dickson Experimental Sound Film (1895).

Este también es el motivo de que sean los que más estereotipos han generado a lo largo del tiempo, siendo uno de los primeros y más importantes el de hombre afeminado, que ya encontramos en Algie, the Miner (1912). Dicho cliché nace de la asociación del varón homosexual con rasgos típicamente femeninos y de tinte machistas, pues estos personajes adoptarían un rango de inferioridad en cuanto al liderazgo y el poder físico y la virilidad. Así, tradicionalmente han estado asociados a profesiones como el baile, la peluquería o, sobre todo la moda y la costura, como se muestra en los filmes La melodía de Broadway (1929), en No desearás al vecino del quinto (1970) o en productos más recientes, como la película Una rubia muy legal (2001).

Cabe aquí hacer un importante inciso: no se debe olvidar, como sucede con muchas de las categorías siguientes, que la pluma y en general cualquier ostentación pública de la homosexualidad, puede ser también una forma de reivindicación, autoafirmación y provocación. Así es como aparece en algunos de estos trabajos, en ocasiones interpretadas por el público en sentidos contrarios. Así es también cómo se han reformulado los mensajes iniciales de muchas de estas películas y series, que ha sido transformados por la comunidad LGBT+, dándoles un sentido en ocasiones opuesto al pretendido por sus creadores”.

Cameron en Modern Family

Habitualmente esta concepción ha sido empleada como foco de comedia y burlas, dando lugar a chistes en torno a estos personajes que encontraremos en Detrás de la pantalla (1916) o en películas mucho posteriores, como Una jaula de grillos (1995). De esta forma, aparecen a lo largo de la historia del audiovisual multitud de gays que adoran maquillarse y hablar de sí mismos en femenino -que en Estados Unidos vemos en Nuestros superiores (1933) y en España en Las cosas del querer (1989) o A un Dios desconocido (1977)-, tópico que desencadena la presencia de travestis –Glen o Glenda (1953) o Los bingueros (1979)- y que llega hasta nuestros días en ejemplos como La Bella y la Bestia (2017), la primera película de Disney en mostrar explícitamente personajes LGBT+.

Más adelante, esta idea se irá desechando –aunque nunca nos abandonará del todo, como demuestran trabajos como La revancha de los novatos (1984) o Brüno (2009)- en favor de representaciones más viriles, como la que encontramos en España desde Los placeres ocultos (1976). Con el tiempo también llegan nuevos clichés, como los personajes que sienten la necesidad de ocultar su orientación, como se muestra en Té y simpatía (1956), los que son representados como monstruos o asesinos, como vemos en La soga (1948) o De repente, el último verano (1959), y los que aparecen como lujuriosos, cliché reflejado en A la caza (1990). Tampoco debemos olvidar la existencia del Código Hays en Estados Unidos y de la censura en otros países, como es el caso de España, lo que hizo que la insinuación se convirtiese en el recurso más utilizado al tratar la homosexualidad;  o que la llegada del SIDA en los ochenta marcaría todo el cine de la época.

En televisión el panorama no cambia demasiado, pues este estereotipo también existe y evoluciona, manteniéndose hasta nuestros días de manera más histriónica en personajes como Kurt Hummel de Glee (2009-2015) o Bryan de The New Normal (2012-2013) y más sutil en otros como Cameron de Modern Family (2009-) o Smithers de Los Simpson (1989-). En España el hombre gay tradicionalmente también ha sido representado de manera habitual como el tópico personaje extrovertido, afeminado, preocupado por la moda, superficial y criticón que han mostrado series como Aída (2005-2014).

El mejor amigo gay

Junto al estereotipo amanerado se da otro cliché estrechamente relacionado como es el del confidente gay de la protagonista. Siempre como eterno secundario y normalmente con aportaciones humorísticas, de su vida sabemos más bien poco, ya que solo sirve para hacer avanzar la trama de su amiga. Por eso, una de las pocas características que definen a estos personajes es… su orientación sexual, simplemente.

Carrie y Stanford en Sexo en Nueva York

Este estereotipo incluso ha logrado que algunas mujeres piensen que de verdad un amigo gay es el complemento ideal en sus vidas. Como vemos, se produce una reducción materialista de estos personajes, que a su vez son producto de concepciones sociales que consideran que mujeres y hombres no pueden ser amigos… salvo que uno de ellos no sea hetero, por supuesto. Como Carrie y Stanford o Charlotte y Anthony en Sexo en Nueva York (1998-2004), Hannah y Elijah en Girls (2012-2017) o los protagonistas de Will & Grace (1998-), este estereotipo es habitual en productos de tinte cómico y dirigidos hacia mujeres, como también vemos en las películas Chicas Malas (2004), Fuera de onda (1995) o La boda de mi mejor amigo (1997), donde seguramente encontremos la primera aparición icónica de este GBF (gay best friend), aunque existen algunas excepciones en las que es el acompañante del protagonista masculino, como encarna Wallace Wells en Scott Pilgrim contra el mundo (2010). También aparece en otros géneros, aunque siempre con una función similar y características (y amaneramientos) comunes, como demuestra La forma del agua (2017).

Homófobos gays

El cine y la televisión se han encargado de fomentar estos personajes, gays dentro del armario incapaces de aceptar su homosexualidad y que, por ello, transforman su conflicto interno en una hipermasculinidad y odio hacia el resto de miembros del colectivo LGBT+, una trama que a veces se convierte en su arco de transformación hasta que logran abrazar su propia identidad, como muestra Brokeback Mountain (2005). Este estereotipo lleva aparejado otro cliché como es el del personaje queer que sufre por su propia identidad y que suele acabar de una manera trágica como consecuencia de esta, caso que ejemplifican Los vulnerables (1961), Diferente (1961) y La muerte de Mikel (1984) en el caso del cine, y Dinastía (1981-1989), Downton Abbey (2010- 201) y en cierta medida Física o Química (2008-2011) en el de las series. Por suerte, estas inseguridades a la hora de comprender y aceptar la identidad sexual han comenzado a tratarse desde una óptica diferente, como demuestra el protagonista de Please Like Me (2013-2016) o incluso la película Moonlight (2017).

Por otro lado, están los estereotipos nocivos relacionados con la homofobia que vienen dados por el discurso narrativo, como los que asocian la homosexualidad con la pedofilia (la cinta de 1961 Boys Beware o el trabajo de 2013 Nymphomaniac) o la depravación sexual mencionada en el anterior apartado.

La lesbiana masculinizada

Pero basta ya de hablar solo de hombres. Si bien los gays son las personas del colectivo LGBT+ con mayor representación –pues incluso películas que supuestamente reflejan momentos históricos del movimiento como 120 pulsaciones por minuto (2017) o Pride (2014) se centran al final en parejas de hombres-, las lesbianas no están exentas de representaciones estereotipadas. Y, como no podía ser de otra manera, en este caso el primer cliché asociado al colectivo es el inverso al gay afeminado: la lesbiana masculina.

La alemana Muchachas de uniforme (1931) es considerada la primera película abiertamente lésbica, mientras que ya en estos primeros años del cine encontramos algunos besos entre mujeres, como muestran A Florida Enchantment (1914), Marruecos (1930) o La reina Cristina de Suecia (1933). Además, en estos dos últimos ejemplos las protagonistas lucían vestimenta masculina en algún momento de la historia. Así es cómo comienza a desarrollarse la figura de las “mujeres en pantalones”, personajes que se vestían con atuendo típicamente masculino para enamorar a otras féminas, quienes las confundían con galanes varones.

Marlene Dietrich en ‘Marruecos’

Este modelo se repetirá en el futuro en cintas como Lazos ardientes (1996) y en el s. XXI irá asociado a una vestimenta más típicamente varonil, con botas, pantalones y camisetas de cuadros, así como cortes de pelo y trabajos asociados a los hombres, que ejemplifica a la perfección “la Robin lesbiana” de Cómo conocí a vuestra madre (2005-2014).

En España, el primer ejemplo de cine lésbico aparece en 1964 a través de la producción hispano-italiana La maldición de los Karnstein, basada en la novela Carmilla (1872). Respeto a la caracterización general de las homosexuales, el perfil ha sido el de una mujer soltera, joven y correspondiente con el modelo femenino tradicional, similar al canon femme de lesbiana, como representa Betty en La noche del terror ciego (1972). También han sido mostradas como víctimas y englobadas dentro de modelos negativos del lesbianismo, además de haber sido sexualizadas, como veremos en los siguientes apartados.

Robin y su doble versión lesbiana.

Lesbianas fetiche

Como contraposición encontramos la sexualización de las lesbianas, cuya presencia en muchas ocasiones está más dedicada al deleite masculino heterosexual que a una buena representación queer, en parte debido a la sexualización general de la mujer en la pantalla. De esta forma nos topamos con mujeres ultrafemeninas con escenas eróticas, pero es más difícil encontrar parejas que se alejen de este juego de seducción hacia este espectador varón. Por ejemplo, La vida de Adele (2013) ha sido duramente criticada por mujeres LGBT+ y hasta por la propia autora de la novela gráfica en la que se basa, al igual que otros productos que ruedan escenas de sexo entre dos mujeres de manera voyeurista, como sucede incluso en The L Word (2004-2009).

Especialmente a partir de los años ochenta es cuando más abundan este tipo de filmes centrados en la faceta más sensual del amor entre mujeres, donde hay ejemplos como por ejemplo Cabaret (1972) o El ansia (1983). En España también se dan representaciones lésbicas en esas fechas, aunque las primeras de estas cintas coincidieron con el destape y rozaban el porno con tintes conservaduristas, como La caliente niña Julietta (1981) o Mi conejo es el mejor (1982), a diferencia del tono más político-social de trabajos como Silvia ama a Raquel (1978). Además, es frecuente encontrar en estas narrativas finales trágicos de una o ambas protagonistas tras el correspondiente filtreo, o bien que una de ellas regresase a una relación hetero.

A estas categorías de lesbianas hay que sumar primero las mujeres LGBT+ que son asesinas en serie, como vemos en Rebecca (1940), Instinto básico (1992), Chloe (2009) o en diversos capítulos de NCIS (2003-), en una especie de actualización LGBT+ de la figura de la femme fatale; y, segundo, quedan aquellas en las que se muestra de manera demasiado sutil o se camufla que están en una relación homosexual –como es el caso de Wonder Woman (2017), Tomates verdes fritos (1991) o Xena: La princesa guerrera (1995-2001)-, aunque se pueda jugar con cierta tensión sexual entre las protagonistas.

Bisexuales lascivos

Cada vez hay mayor presencia de personajes bisexuales, habiendo alcanzando el 28% del total de personajes queer en la televisión y un 14% en el cine. Y, en este caso, existe mayor cantidad de mujeres. Seguramente demos con el motivo si tenemos en cuenta la categoría anterior y la lascivia con la que son representados estos personajes (“confusos” según algunas tóxicas concepciones de esta orientación, como afirma Phoebe en un episodio de la mítica Friends). Pero, ¿cómo aparece reflejado este sector del colectivo LGBT+?

Frecuentemente son mostrados como grandes amantes del sexo –como Oberyn Martell y Ellaria Arena en Juego de Tronos (2011-) o el mítico Frank-N-Furter de The Rocky Horror Picture Show (1975)-, lo que los lleva en multitud de ocasiones a ser infieles a sus parejas del género opuesto para estar con alguien del suyo propio, como vemos incluso en Orange Is The New Black (2013) o en Los chicos están bien (2010), como si la promiscuidad fuese una característica inherente a su orientación. También es habitual que sean mostrados como si viesen el sexo como una manera de manipulación o un comportamiento autodestructivo, como Joe McMillan en los inicios de Halt and Catch Fire (2014-2017).

Oberyn y Ellaria, pareja televisiva de bisexuales

Por suerte, están empezando a surgir representaciones mejor llevadas, que rozan algunos de estos tópicos, pero sin caer en ellos, como encarna Annalise Keating en Cómo defender a un asesino (2014-). Además, en el caso de las mujeres existe una clara tendencia a que acaben con parejas masculinas, algo que también ocurre con los escasos hombres bisexuales que se muestran en pantalla, como algunos de los ya mencionados o Frank Underwood en House of Cards (2013-). Otro tópico común es que su bisexualidad sea olvidada en cuanto mantienen una relación con alguien de su mismo género -como sucede en España con Pepa y Silvia de Los hombres de Paco (2015-2010), que son consideradas tradicionalmente como lesbianas- o que ésta se mencione de manera demasiado ambigua, como le ocurre a Clara Oswald en Doctor Who (2005-).

Personajes queer muertos

Un tropo conocido popularmente como Bury Your Gays que consiste, como su nombre bien indica, en acabar con la vida de los pocos personajes queer que aparecen en un producto audiovisual. Evidentemente, también mueren personajes heterosexuales, muchos. Pero son los porcentajes y el contexto los que cuentan en este caso, ya que la cifra es desproporcionada, lo que ha convertido a este en uno de los clichés más duramente criticados por el colectivo LGBT+, pues parece que estos personajes no pueden tener finales felices.

La calumnia

Es decir, que el problema es que mueran tantos personajes queer en un producto formado mayoritariamente por personajes heteros o que la causa de su muerte sea precisamente su sexualidad. Otro punto importante es que hay una amplia lista de casos en las que este fallecimiento tiene lugar poco después de una trama de desarrollo de su orientación sexual, que ha podido llevar a que empiecen una relación estable con una persona de su mismo género. Series como Los 100 (2014-) han puesto de manifiesto que muchos espectadores están cansados de estos comportamientos, pues con ella se iniciaba una campaña que reavivaba el debate acerca de este tópico. Aunque la lista de fallecidos es larga en el caso de la pequeña pantalla y en ella encontramos más incidencia en las mujeres –hasta 31 en 2016, 62 en las dos últimas temporadas televisivas y más de 198 personajes centrales o recurrentes– como demuestran Arrow (2012-), Buffy Cazavampiros (1997-2003), Blindspot (2015-) o las españolas Amar es para siempre (2014-) y Tierra de lobos (2014-). Aunque, por supuesto, el cine no se libra de perpetuar este tópico; así lo vemos en filmes como La calumnia (1961), donde la joven protagonista se suicida por no aceptar su orientación.

Es significativo que uno de los primeros ejemplos fuese la muerte de Julie de Executive Suite (1976), que fallecía al intentar salvar a su amada, que se había lanzado al tráfico tras comprender que era lesbiana; un cliché de sacrifico que encontraremos de nuevo en diversasde ocasiones, como con Cicely en Doctor en Alaska (1990-1995). Y, al revés, hay multitud de personajes femeninos que han sido asesinados por sus ex-amantes (que cumplen con el estereotipo de asesinas), como Helena Cain en Battlestar Galactica (2006-), Kenya Rosewater en Defiance (2014), Mimi Whiteman en Empire (2016-) o Camilla en Mullholland Drive (2001). Con respecto a los hombres, contabilizamos más de 109 fallecimientos y sus muertes (o experiencias cercanas a ella) suelen estar provocadas mayoritariamente por acoso debido a su condición sexual, intentos de suicidio o SIDA; como ejemplifican Roy Cohn en Angels in America (2003), Vito Spatafore en Los Soprano (1999-207) o Elias Harper en Quantico (2015-). De nuevo, en el cine volvemos a encontrar estos estereotipos, siendo habituales las películas sobre personajes LGBT+ que sufren antes de acabar muriendo, como Mi nombre es Harvey Milk (2008), Un hombre soltero (2009) o Monster (2003).

Transexuales cisgénero

Las mujeres transexuales han protagonizado premiadas películas como La chica danesa (2015), Dallas Buyer Club (2013) o Todo sobre mi madre (1999) y han tenido presencia en series como Transparent (2014-) o Twin Peaks (1990-2017). Esto, que a primera vista podría parecer positivo, se ha convertido en un grave problema debido a que dichos personajes son interpretados por hombres cisgénero ya desde que John Hansen protagonizara The Christine Jorgensen Story (1970), perpetuando la terrible y errónea idea de que estas mujeres son hombres con vestido y, consecuentemente, impactando gravemente a la forma que tiene la sociedad de ver a este colectivo.

Llegados a este punto, es habitual encontrar el argumento de que son actores y, por ello, da igual quién interprete un papel, pues tampoco es necesario ser queer para dar vida a un personaje LGBT+, o viceversa. Pero el problema nace de que –salvo excepciones como Brays Efe en Paquita Salas (2016-), Blanca Portillo en Alatriste (2005) o Cate Blanchett en I’m Not There (2007)- es difícil encontrar actores de un género que encarnen al otro. Y que la chilena Daniela Vega –protagonista de Una mujer fantástica (2017)- fuera la primera persona trans en pisar el escenario de los Oscar es muy significativo. Con respecto a España, se puede afirmar que esta representación ha sido escasa y poco significativa, especialmente por la falta de presencia de personajes transexuales masculinos. Precisamente, son los más difíciles de encontrar en pantalla, donde tradicionalmente han sido interpretados por mujeres cisgénero, como sucedió en Willy/Milly (1986), en Los chicos no lloran (1999), About Ray (2015) o en Las chicas del cable (2017-). Aunque también existen algunos casos como Second Serve (1986), La ley del deseo (1987) o la miniserie Tales of the City (1993) donde mujeres cis interpretan a mujeres trans, pero es menos habitual.

A este problema de partida se suma otro, como es el tipo de personajes trans que vemos en pantalla, que en muchas ocasiones son empleados como objeto de mofa –como en Ace Ventura, un detective diferente (1994), Resacón 2: ahora en Tailandia (2011) o la serie La que se avecina (2007-)- o como prostitutas y personas asociadas al mundo de la delincuencia en general –Tangerine (2015), El silencio de los corderos (1991), etc.-, lo que lleva a que en la pequeña pantalla hayan sido representados como víctimas o asesinos fundamentalmente, como vemos en Pequeñas mentirosas (2010-2017) o Hijos de la anarquía (2008-2014).

Falsos personajes LGBT+

Junto a todos estos manidos estereotipos encontramos una nueva clasificación que ha irrumpido con fuerza en la industria cinematográfica: aquellos personajes supuestamente queer, aunque su sexualidad nunca sea tratada en pantalla. Más o menos lo que ha hecho J. K. Rowling con Dumbledore, pero de manera generalizada. Así, en películas como Thor: Ragnarok (2017) o Jurassic World: El reino caído (2018) eran eliminadas escenas que dejaban constancia de que sus co-protagonistas eran bisexual en el primer caso y lesbiana en el segundo. Mientras, en Black Panther (2018) directamente eliminaban un romance homosexual para convertirlo en uno hetero. Algo similar ha ocurrido con la denostada Han Solo: Una Historia de Star Wars (2018), pues sus guionistas declaraban la “fluidez sexual” de Lando Calrissian una vez la cinta ya había sido estrenada.

Esto en el mundo de las series ha dado lugar al archiconocido queerbating que tanto enfurece a las comunidades de fans de ficciones como la eterna Supernatural (2005-), Sherlock (2010-2017) o Érase una vez (2011-2018). En ellas, los creadores juegan conscientemente con la tensión homoerótica entre sus protagonistas, pero sin llegar a hacerla explícita, para no perder a la audiencia que espera que relaciones como las de Dean y Castiel, Sherlock y John Watson o Emma y Regina se materialicen, explotando este interés del público a pesar de que sus guionistas no tengan intención de que esto suceda en ningún momento.

Otras realidades invisibilizadas

Por último, existen otras orientaciones e identidades más allá de las siglas principales que también tienen una escasa o nula presencia, como sucede con las personas de género no binario, que encuentran su representación televisiva en Taylor Mason de Billions (2016-), mientras que su presencia en cine es prácticamente nula o se juega con la androginia con una (ofensiva) intención humorística, como All en Zoolander 2 (2016). Con respecto a la asexualidad, en el cine vuelve a ser complicado dar con ejemplos explícitos (y suelen ser presentados como si se tratase una condición temporal, como en la cinta de 2012 The Olivia Experiment), pero según GLAAD es el primer año en el que han empezado a aparecer algunas muestras en la pequeña pantalla -que se alejen de la toxicidad mostrada en House (2004-2012) o Sirens (2014-2015)-, como Raphael en Cazadores de sombras (2016-) o Todd de BoJack Horseman (2014-). Aunque, como vemos, de nuevo estos escasos ejemplos muestran que todavía queda un largo camino que recorrer.

Además, no debemos perder de vista que un gran porcentaje de los ejemplos mencionados se refieren a personajes caucásicos, existiendo un doble problema de representación, pues todavía debe haber mayor diversidad de personajes LGBT+ en cuanto a raza se refiere, como encontramos en The Fosters (2013-2018).  Sin embargo, el punto positivo es que esta cantidad ha ido aumentado con los años, alcanzado en 2017 el 40% en las series y el 47% en el cine según los datos de GLAAD.

Es evidente que el cine y la televisión reproducen unos estereotipos que han nacido en el seno de la sociedad, de forma que los continúan perpetuando incluso cuando se está luchando para acabar con esta visión estereotipada y reduccionista de un colectivo. Por supuesto, esto no quiere decir no existan que personas que encajen en estas categorías. El problema radica en reducir a un grupo que engloba distintas identidades a una serie de clichés que, en muchas ocasiones, llevan asociados nociones tóxicas y dañinas, pues no debemos olvidar que los productos culturales juegan un rol fundamental en los procesos de visibilidad y normalización.

Afortunadamente, parece que se tiende a dejar atrás según qué estereotipos para fomentar una presencia mayor de personajes LGBT+ variados  y realistas, que den voz a la pluralidad de personas que hasta ahora no se habían visto bien representadas en la industria. En parte esto se ha debido a las quejas de una audiencia que empieza a comprender que se puede –y debe- aspirar a más, y que la pantalla es capaz de ser un verdadero reflejo del mundo diverso en el que vivimos.

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