‘Tully’, Diablo Cody y las entrañas de una autora

Llega a las pantallas una nueva entrega de esa tríada infalible que suponen Charlize Theron, Diablo Cody y Jason Reitman. Sí, una tríada infalible que hasta ahora sólo contaba entre sus logros con Young Adult, pero ey, vaya logro, y vaya oportunidad para detenernos en la figura central de este equipo: Diablo Cody, guionista estadounidense que empezó por todo lo alto escribiendo Juno, y desde entonces no ha hecho otra cosa que refrendar su talento y personalidad únicos. Hoy analizamos cómo ha llegado a este momento tan dulce de su carrera, y qué cosas ha aprendido por el camino.

La voz más fresca y distintiva desde Quentin Tarantino, le apodaron nada más llegar al mundillo. Una consideración bastante perezosa, susceptible de utilizarse con cada guionista cuya firma sea tan importante o más que la del director de turno, y aunque es cierto que Diablo Cody y el de Knoxville no podrían ser más diferentes entre sí, también lo es que ambos muestran un interés común por echar el resto con los diálogos, y por recurrir la cultura pop como forma de entenderse. Aún así, lo más destacable de la guionista que nos ocupa reside en cómo, indistintamente, ha extraído cada una de sus historias de su propia biografía, y de las diversas fases sentimentales que ha ido atravesando.

Diablo Cody posee una filmografía íntima, confesional y desesperadamente suya, por mucho que sólo haya querido ponerse tras las cámaras una única vez. De ello se extrae que, con la honrosa excepción de Karyn Kusama, todos los realizadores con los que ha trabajado se hayan plegado dócilmente ante el poder de su palabra, destacando en cuanto a docilidad Jason Reitman, con quien ha trabajado en hasta cuatro ocasiones, siendo esta,Tully (2018) la más reciente de ellas. Una película que inevitablemente suscribe su estado actual, madre de tres hijos, y que constata que ella siempre ha escrito sobre lo que conoce de primera mano. Y es que, no por nada, Diablo Cody fue alguien que logró su primer éxito gracias a Candy Girl, unas memorias en las detallaba con mucho gracejo sus experiencias como stripper.

El peso de las raíces

No fueron precisamente las estrecheces económicas las que obligaron a Brooke Busey-Mario a ejercer de bailarina de striptease, sino la pura posibilidad de hacerlo, y el placer que en ello encontró. De hecho, la guionista de Juno había crecido en una familia acomodada de Lemont, Illinois, y recibido una educación estrictamente católica de la que no llegó a renegar nunca, y antes de llegar a Minneapolis —donde transcurren varias de sus historias—, pasó algún tiempo en la universidad de Iowa estudiando periodismo y comunicación.

Una trayectoria ciertamente curiosa sin la cual es imposible entender ciertos componentes de sus guiones, como ocurre, sin ir más lejos, con el primero que escribió, Juno (2007). En él traza un retrato en principio optimista de una heroína adolescente sin grandes complicaciones en la vida, y que cuando se le atraviesa la primera, quedarse embarazada, la opción del aborto queda descartada de inmediato. Por supuesto, la guionista esquiva las connotaciones católicas del asunto para no dejar de ser guay, pero es inevitable que desde entonces un tono naíf pugne por disimular la auténtica y esencial oscuridad del relato, que analizaremos en breve.




Esta educación fundamentalmente puritana, que Brooke trató de superar mediante un fértil atolondramiento, no obtuvo su reflejo cinematográfico hasta mucho más tarde, cuando ya era una guionista consagrada, y la tentación de probar a dirigir se había consolidado por completo. Así surgió la discretísima Paradise, estrenada en 2013 y centrada en una joven llamada Lamb (Julianne Hough), que se ha criado en el temor al pecado, pero que luego de un terrible accidente se hace la pregunta primigenia “Si Dios existe, ¿cómo tiene la cara de dejar que pase todo esto?”-, y decide marchar a Las Vegas a desfogarse y vivir la vida, signifique lo que signifique eso. En su viaje conocerá a un camarero británico de nombre William (un, como no podía ser de otro modo, absolutamente insoportable Russell Brand) y a una cantante cutre, Loray (Octavia Spencer) que, como la propia Diablo Cody, estudia un grado de periodismo y comunicación cuando sus actividades nocturnas se lo permiten. Este personaje es con diferencia lo mejor de un film de lo más inofensivo -ya que, por supuesto, Lamb acabará volviendo a casa y aprendiendo el verdadero significado de la familia y la amistad-, no ya por el carisma de Spencer, sino por el destello de autoconsciencia que le brinda a la historia.

En determinado momento de Paradise, la mojigatería de Lamb termina por agotar la paciencia de Loray, y ésta estalla diciéndole: “¡Ya estoy harta de ser tu negra mágica!”. A continuación, explica pacientemente en qué consiste este tropo, dentro de una escena que no por reducirse a Diablo Cody haciendo gala de que eh, es una tía con estudios, deja de ser bastante ocurrente. Un acierto aislado en una película muy menor, pero también un producto cien por cien de autor que además finaliza con toda una declaración de intenciones, cuando Lamb opta por encauzar sus inquietudes existenciales lanzándose a una carrera musical. Y es que, siempre que surgían las dudas, o los cuestionamientos, o la desorientación, Diablo Cody ha sabido refugiarse en la música, y esta concepción ha sobrevolado su carrera desde los más elementales inicios.

Qué sería de nosotros sin la música

Brooke Busey-Mario escogió su nombre artístico tras un viaje a través de Cody, Wyoming, escuchando en bucle la canción El diablo, de Arcadia. Cuando inició su carrera como stripper ya se hacía llamar Diablo Cody, pero cuando se casó por vez primera con el músico John Hunt de Love Dark -un grupo de psycho-folk de Minneapolis del que tú tampoco has oído hablar, pero que seguro que ya has supuesto que eran unos tipos bastante petardos-, volvió momentáneamente a ser Brooke. Tras pasar por un doloroso divorcio, y ser animada por su manager Mason Novick a escribir guiones, retomó su nombre artístico como reafirmación personal.

Para Diablo Cody la música siempre ha sido un ente positivo, benévolo, que te lo da todo sin pedir nada a cambio, y que, como le ocurrió a Lamb, consigue que vuelvas a estar en paz contigo misma tras los momentos más dolorosos de incertidumbre y tristeza. Y no sólo sirve como garantía de felicidad, sino que también es una forma de evasión, o al menos así es cómo se retrata ocasionalmente en Ricki. Dirigida por Jonathan Demme y estrenada en 2015, la que puede suponer sin asomo de dudas el punto más bajo en la carrera de Brooke es también su propuesta más eminentemente musical. De hecho, en su momento se publicitó -y en consecuencia, todo aquél con dos dedos de frente quiso verla- como la película en la que Meryl Streep hacía de rockera y tocaba la guitarra y cantaba y jo, cómo no iba a ser genial eso, y precisamente es la música lo más interesante de un melodrama cuadriculado y escrito en modo automático. El empleo de ésta, así, es sumamente desprejuiciado, y gusta de derribar convenciones sobre gustos a saco, como atestigua el hecho de que en el primer concierto Ricki y su banda -donde también milita Rick Springfield, porque no todo podía ser tan bonito- versioneen Lady Gaga tras American Girl, y acoge cierta coherencia con lo ya visto en la citada Paradise, donde Octavia Spencer dejaba atónito a su trasnochado público al arrancarse con No Surprisesde Radiohead. Pero también, y sobre todo, la utilización musical es extremadamente jugosa desde el punto de vista narrativo.

En Ricki, la protagonista ha afrontado su carrera artística y sus peregrinas aspiraciones de alcanzar el estrellato como una forma de huir de las responsabilidades, abandonando a su familia y prefiriendo el modo de vida de sexo, drogas, rock and roll, etcétera. Por supuesto, el devenir de la trama no dudará en afearle la conducta -haciéndose un lío inmenso, además, al querer subrayar al mismo tiempo la injusticia subyacente en todos esos artistas masculinos que pueden compartir la actitud de Ricki sin dejar de molar en ningún momento-, y en ese sentido Young Adult (2011) es mucho más interesante.

En ésta, la película más redonda de Diablo Cody, la música obtiene un tratamiento similar al ser la que le recuerda a su protagonista, Mavis (Charlize Theron), los días felices de su adolescencia, y la que le impulsa —en forma de una canción tan calculadamente moñas como es The Concept, de Teenage Fanclub– a volver a su pueblo natal en busca de su primer amor. Sobre si eventualmente alguien le demuestra lo infantil de su comportamiento profundizaremos más adelante, porque la madurez es algo mucho más difícil de lo que parece, pero lo que ahora también deberíamos destacar es la posterior aparición en el film de Jason Reitman de un grupo de rock compuesto por madres primerizas. No por nada, sino porque eso: un grupo de rock compuesto por madres primerizas.

La música siempre ha desempeñado una labor conciliadora, y una forma idónea de preparar la catarsis de los protagonistas -su última película, Tully, es un ejemplo de lo más retorcido a este respecto-, en la filmografía de Diablo Cody. La guionista tiene muy claro que nuestra existencia en este mundo es mucho mejor gracias a ella, y en directa consecuencia a esto ha decidido erigirse como la defensora de su pureza en una única pero jugosísima ocasión.

Hablamos de la formidable Jennifer’s Body (2009), su segundo largometraje, donde de entre sus múltiples virtudes hemos de destacar el retrato que hace de Low Shoulder, un grupo orgullosamente indie que no sólo es el culpable directo de que Jennifer (Megan Fox) sea poseída por un demonio y empiece a devorar a todos los chavales del pueblo con las hormonas revolucionadas; por si fuera poco, sus integrantes son unos cínicos de cuidado que ansían el éxito comercial hasta el punto de que no les importará sacrificar a una virgen para ello. La escena en la que Nikolai (un Adam Brody inconmensurable que nunca atinó a explotar lo suficiente su hostiabilidad) convence a los suyos de conseguir el patrocinio de Satán pasa por ser lo más divertido que ha escrito Diablo Cody en toda su vida, así como el mejor exponente de lo mucho que le repatea a la guionista la escena “alternativa” -quizá no pudo resistirse a ajustarle las cuentas a su ex-marido-, y de la asentada concepción de la música como algo sagrado, que trasciende ambiciones individuales y ha de ser respetada.

Jennifer’s Body es el alegato musical más descacharrante de su autora, pero Juno, sin duda alguna, es el más entrañable. Y no lo digo por los intermedios con canciones acústicas adorables que a cada tanto te meten en medio de la trama —nefasto vicio en el que Jason Reitman ha recaído con Tully-, sino por cómo los personajes se valen de ella para comunicarse. Previamente al fornicio, Juno (Ellen Page) y Bleeker (Michael Cera) compartían banda, y aunque nunca llegamos a verla en acción, el libreto nos lo recompensa con la última escena de la película, en la que ambos cogen sus guitarras y cantan Anyone Else but You mientras la cámara se aleja lo suficientemente despacio como para dejar que nos regodeemos en este instante de armonía y perfección. Juno y Bleeker, una vez que han dejado atrás la crisis por el embarazo de la primera, por fin pueden estar juntos, y esa interpretación pequeña y melosa es el final más apropiado para un film incontestable, pero mucho más ominoso de lo que ese plano deja entrever. Porque no nos podemos olvidar, en este punto, de Mark (Jason Bateman), el hombre de mediana edad que una hora y pico antes decía, encantado de haber conocido a Juno, que “no hay nada como los intereses compartidos”.

A vueltas con la madurez

Mark Loring es un personaje indispensable en la filmografía de Diablo Cody, hasta el extremo de que no sería descabellado decir que, con la excepción de Jennifer’s Body y la demasiado específica Paradise, el resto de protagonistas de la autora siempre han sido un poco como Mark. ¿Y quién es Mark? Pues un manchild quintaesencial al que la vida le ha llevado por inercia a una situación donde la nostalgia por los viejos tiempos -por supuesto, los mejores tiempos– le asfixia, y ha de buscar como sea alguna vía de escape; una coartada que le haga olvidar lo jodido y descontento que está. En Juno, esa vía de escape es la misma protagonista que da nombre al relato.

Jason Bateman interpreta a un hombre que, por supuesto, tuvo una banda de rock de joven, pero que ahora se halla atrapado en una existencia doméstica y rutinaria al lado de su esposa Vanessa (Jennifer Garner), quien desea urgentemente tener hijos. La genialidad del guión de Diablo Cody reside en cómo nos hace simpatizar inicialmente con el personaje a través de Juno, que nunca había conocido a un adulto tan enrollado y con el que tuviera tantas cosas de las que hablar. Juno y Mark charlan de música nada más conocerse, pero son interrumpidos por una alterada Vanessa que les dice que igual deberían centrarse más en tramitar la adopción del bebé que lleva la adolescente en su interior. Forzosamente, Vanessa nos parece entonces una persona estirada, amargada, que hace sufrir con sus neurosis al pobre Mark cuando éste lo único que desearía, de vez en cuando, es pasarse una tarde entera escuchando a Sonic Youth, y ésa es la dinámica durante los primeros compases de la película de Jason Reitman. Sin embargo, no tarda en revelarse la verdad.

Lo cierto es que Vanessa no está haciendo nada malo por desear tener un hijo que dé sentido a su vida, sino que es Mark quien está obrando de forma tremendamente mezquina, encontrando en las diferencias con su esposa el mejor modo de erguirse como alguien auténtico y, sí, el adulto enrollado de cuya compañía tanto disfruta Juno. Por supuesto, el matrimonio acabará separándose, y a Juno le costará sólo un poco más que a los espectadores darse cuenta de que no lo hacen porque la vida sea un cubo de basura, sino porque Mark es un inmaduro narcisista y egocéntrico, al que lo más doloroso que le puede pasar es que, tras explicarle débilmente a la protagonista que no está preparado para ser padre, ella replique iracunda: “¡Pero si eres viejo!”.

Diablo Cody nunca ha querido plantear la madurez como algo negativo, sino que ha optado por ser más pragmática, y retratarla como una inevitable fuente de conflictos. Young Adult se fundamenta por entero en esta concepción, al ser básicamente la autopsia psicológica de un solo personaje. Mavis Gary es una escritora fantasma de libros young adult -no por facilona, la ironía es menos efectiva-, que tras un divorcio, la consumación de su alcoholismo y una depresión que empieza a manifestarse en todo su esplendor, decide volver a su pueblo natal con la esperanza de recuperar el amor de Buddy (Patrick Wilson), un antiguo novio que representa la única vez, que ella recuerde, en la que fue totalmente feliz.

El hecho de que Buddy esté casado con Beth (Elizabeth Reaser) no supone para ella un problema significativo, pues está convencida de que el tipo no es nada feliz con su nueva situación, y se muestra dispuesta a “salvarlo”. Ni que decir tiene que, pese a su reencuentro con Matt (Patton Oswalt), un ex-compañero de clase que también está traumatizado por su pasado y aún así es consciente del gran error de Mavis, todo acabará fatal. Tras asistir a cómo la canción The Concept -que ella y Buddy siempre habían considerado “su” canción- es tocada por el ya citado grupo de madres primerizas despojándole de cualquier indicio de excepcionalidad, Mavis irá poco a poco dándose cuenta de lo irracional de su conducta.

No obstante, y en una pirueta que provee instantáneamente a Young Adult del estatus de obra maestra, Diablo Cody se negará a concederle a Mavis una redención, al igual que tampoco la tuvo Mark, permitiendo que la protagonista refuerce sus convicciones gracias a una charla con otra compañera de instituto que siempre envidió su atractivo físico y carisma, y se marche del pueblo sabiendo que nadie en él está a su altura. Un tratamiento despiadado y crudo que ha vuelto a repetirse en Tully, donde la guionista realiza un análisis del declive físico y emocional de la maternidad sin ningún tipo de concesión, y volviendo a dejar que sea el público quien decida extraer las conclusiones… si el aturdimiento se lo permite. En efecto, como muchos artistas, Diablo Cody escribe sobre lo que conoce, pero pocas personas se atreven a hacerlo con su visceralidad.

Posmodernismo pop

La obra de Cody es, como decimos, tan furiosamente personal que las posibles carencias que a veces hallemos en el discurso de sus películas no son propiamente achacables a su talento, sino a su carácter. De ahí se extrae que, en ocasiones, la vertiente más sociopolítica de sus films se manifieste insuficiente, o revista de una ingenuidad bastante llamativa. Su particular educación y crianza le ha conducido a convertirse en una tía indudablemente inteligente, pero con ciertos ideales enquistados que a veces pueden pasarle factura.

Paradise es sintomática en ese sentido, cuando vemos que la protagonista toma esa radical decisión atendiendo a sus deseos de ser “una chica americana más”, pero también lo es, casi de modo involuntario, Ricki, cuando su protagonista manifiesta sin pudor alguno que vive en el mejor país del mundo, y poco después sus hijos le acusan de ser homófoba y votar a Bush con fines humorísticos, pero también muy elocuentes. El patriotismo obrero de Diablo Cody, y su concepción springsteeniana de EE.UU. como un sitio estupendo para vivir si todos nos pusiéramos de acuerdo, dista mucho de ofrecerse como una visión meditada y firme, y acaba resultando que el compromiso político más serio y consecuente que podemos llegar a encontrar en su filmografía —más allá, claro, del hecho de que sea una mujer escribiendo historias de mujeres— es el acogido con la cultura pop.

¿Nunca has estado expuesta a la cultura pop? Joder, tienes suerte” le dice a Lamb una de sus nuevas amistades a la mitad de Paradise, subrayando el aislamiento al que ha estado sometida hasta ahora en tanto a sus consecuencias más inmediatas y trascendentales. Juno, así las cosas, y valiéndose especialmente de la música, empleaba este imaginario para tejer las relaciones entre sus personajes, muchas veces de forma caduca y anecdótica -llegaban a hacer un chiste con Seabiscuit, por el amor de Dios-, pero siempre reforzando la identificación del público. En Ricki, Paradise y Young Adult sucedía algo similar, y también sucede en Tully aunque, como todo en esta última película, la referencia de turno, concretamente a Monster High, tenga un poso más amargo de lo acostumbrado.

No obstante, es en Jennifer’s Body, dirigida con pasión por Karyn Kusama, donde Cody realiza la mejor, y más cachonda, disección de lo pop. Todo en este film, que produjo Jason Reitman tras la explosión de Juno, funciona en tanto a productos previamente consumidos por los espectadores, diseñando una perfecta parodia del slasher al tiempo que, de un modo aún más audaz que lo realizado por Scream (1997) en su momento, no sólo se limita a subrayar lo ridículo de sus lugares comunes, sino que también opta por torcerlos y moldearlos hasta lograr el esperpento y conseguir quedarse con la peña. Megan Fox fue el fichaje idóneo a la hora de perfilar a una antiheroína capaz de utilizar la hipersexualización a la que le sometían sus compañeros como venganza y justa retribución… mientras que la crítica y público acababa cayendo sin remedio en la trampa de Cody, y no era raro encontrarse a periodistas rematando sus dramáticas soflamas -sí, porque raro fue el crítico que no pusiera a Jennifer’s Body a caer de un burro- con un simbólico “al final resulta que la Fox ni siquiera sale en bolas, por lo que mejor que os ahorréis esta chorrada”. Para incrementar lo gracioso de todo, Jennifer’s Body llegó a compartir cartelera con Anticristo de Lars von Trier (2009), una película que también recibió lo suyo pero fue tomada mucho más en serio, pese a que -o gracias a-, ambas fueran básicamente de lo mismo, y la gran diferencia fuera la galopante misoginia en el tratamiento del danés.

Sí, Diablo Cody no tiene un pelo de tonta, y puede que en ocasiones roce lo frívolo o lo autocomplaciente -en Tully llega a molestar la tibieza con la que se juzga la negligencia del marido-, pero es digno de aplauso cómo, tras el éxito de Juno y los numerosos desdenes que despertara su Oscar a Mejor Guión, jamás ha querido ser alguien que no es. Tras la película protagonizada por Ellen Page, los trabajos de esta guionista han sido tratados, cuando no con franca hostilidad -como es el caso de Jennifer’s Body-, sí con condescendencia -cuando hizo Paradise la mayor parte de la prensa estuvo segura de qué era lo que le faltaba para ser una realizadora decente- y pura y dura injusticia -el hecho de que Young Adult no recibiera una mísera nominación al Oscar a Mejor Guión fue para cagarse mucho en todo-, y de hecho es probable que Tully vaya a pasar igualmente sin pena ni gloria. Y sin embargo, poco debería de importarnos cuando la estadounidense se está labrando una de las carreras más coherentes e impresionantes de los últimos tiempos, y únicamente gracias a talento, esfuerzo y fidelidad a ella misma.

Nunca me siento más desnuda que cuando escribo”, llegó a decir la antigua stripper al poco de que Juno llegara a las salas. El resto de su carrera siempre ha transcurrido por estos cauces, y la verdad es que no podríamos sentirnos más dichosos y asombrados dentro del marco de este seguimiento vouyeur.

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