Una década sin amor: conmemoramos 10 años de la muerte de Arthur Lee, líder de Love

Un 3 de agosto de 2006 saltaba la noticia: Arthur Lee, líder de Love, fallecía tras ceder ante una feroz leucemia contra la cual luchó sin suerte. Personaje marcado por muchas luces y, si cabe, aún más sombras, pasó por este mundo como un torbellino, pasando las de Caín y dejando un legado musical eterno.

Aunando folk, rock, música fronteriza y altas dosis de espiritualidad, Arthur LeeLove, crearon hace ya 50 años un ideario musical inherente al imaginario de la Costa Oeste americana, deudor de ese sol californiano que por aquel entonces parecía ser más radiante de lo que jamás lo ha sido.

Ya en los años previos a Love, Lee coqueteó con el rock and roll y el garage con excelentes resultados (escuchen Luci Baines de The American Four y comprueben lo poco que éstos tenían que envidiar a los primeros Beatles), pero fue con los imprescindibles Love con quienes tocó el cielo, escribiendo algunas de las mejores canciones sobre la faz de la tierra. Y si, de entre de toda esa maravillosa música hay un punto de inflexión que brille sobremanera, ese es, qué duda cabe, Forever Changes (1967).

Editado el mismo año que el debut de The Doors, Forever Changes captó toda la magia de un momento único e irrepetible en el que el talento de Lee, en simbiosis con el de su socio Bryan McLean, fue vertido en canciones más grandes que la vida. A house is not a motel, You set the scene, y muy especialmente, Alone again or brillan con esa incandescencia que sólo los grandes clásicos emanan.

Lamentablemente, Lee no fue precisamente hábil a la hora de manejar todo lo concerniente a Love, convirtiéndose en poco menos que el peor enemigo de si mismo. Su mala cabeza le hizo un flaco favor a su talento, saboteando cuanto se traía entre manos merced de una nefasta política de decisiones basadas en delirios de grandeza que dinamitaron sus proyectos, su vida en muchas ocasiones. De este modo, en 1996 Lee dio con sus huesos en prisión acusado de uso inapropiado de armas de fuego, delito que se sumaba a otras acusaciones pretéritas acumuladas.

Como resurgiendo de sus propias cenizas, tras su periplo penitenciario y con dos de los miembros originales enterrados, Lee reformó Love con el apoyo instrumental de la banda angelina Baby Lemonade, reivindicando un repertorio ya de por si reivindicado por otros colegas músicos de generaciones posteriores o coetáneas (inclúyase el mismísimo Jim Morrison), cosechando elogios en forma de relativa justicia tardía. Yo La Tengo, The Damned, Calexico, The Jesus and Mary Chain… se cuentan por decenas la cantidad de bandas importantes que admiten haberse inspirado en la música de Arthur Lee y Love a la hora de acometer la suya propia.

Fue el de Arthur Lee un final triste, probablemente acorde a lo errante de su vida entera, una vida que no entendió de medias tintas en la que la música ocupó un papel primordial en el terreno creativo y expiatorio. Tamaña efeméride trae a la cabeza esa gran canción de Lee que reza aquello de “Everybody’s gotta live and everybody’s gonna die…” una evidencia que en boca de éste suena a recordatorio de la vida. Una de las muchas, buenas canciones que alumbran la figura de un músico, artista, intenso vividor, cuya huella restará honda y perdurable.

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