#untemazodiario: 31 de enero de 2016

Parecen buenos chicos, pero no lo son. Son Godflesh, y han llegado para abrir grietas en tus tímpanos... y en tu cerebro.

En su momento, a comienzos de los noventa, Godflesh no eran uno de los grupos más respetados por la ortodoxia del Metal. Lo poco habitual de su atuendo (¡si hasta se hacían fotos en traje de chaqueta, por amor de Satanás!) y su frecuente uso de la caja de ritmos convertían al dúo de Justin Broadrick (JK Flesh, para los amigos) C. G. Green en una curiosidad dentro del sello Earache. Pero aquellos dos chavalotes tenían Un Plan: salidos de la periferia más chunga de Birmingham (como sus ilustres predecesores Black Sabbath Duran Duran), amén de bien relacionados con la burrifacia tribu Napalm Death, Godflesh introdujeron a la chita callando conceptos como las remezclas y los samples en el universo metalero. Ah, y también se adelantaron a casi todo el mundo al hibridar los riffs poderosos con las nebulosidades del shoegaze. Algo que ahora suena casi trillado, pero que en 1991, cuando Slateman vio la luz (por así decirlo) en el mini-LP Slavestate, resultaba poco menos que una blasfemia.

Pero, claro, ¿qué sería el Metal sin blasfemias y sin invocaciones al maligno? Durante casi seis minutos, la guitarra saturada de efectos y la voz de ángel (caído, claro) de Justin sobrevuelan el bajo de Green y ese forjado de hormigón compuesto por los beats y los teclados, pasándose por el forro las normas de todo un género para generar algo que podría llamarse «rock industrial», pero que en realidad va muchísimo más allá. Sobre la trayectoria de Godflesh podrían escribirse enciclopedias, y sobre la carrera de Broadrick en general, bien como miembro del dúo o al frente de Techno Animal, Jesu y sus muchos proyectos, ni te contamos. Pero esa es una historia que nos da hasta miedo relatar, fíjate: mejor la dejamos para otro día…

Como cada día, puedes escuchar los temazos seleccionados hasta el momento en nuestra lista de Spotify.

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