Usamaru Furuya: el mangaka de las mil caras

En el mundo del manga hay muchos nombres propios. Incluso entre los profanos suenan familiares nombres como Osamu Tezuka, Akira Toriyama o Katsuhiro Otomo. A nada que se tenga un pie dentro, esos nombres se multiplican. Pero si algo se puede decir con seguridad es que, salvo en los círculos donde se lee manga con fruición, hay pocas personas que conozcan el nombre de Usamaru Furuya. Algo que hoy hemos venido a solventar.

Hace unos años estalló un inusitado boom por el ero-guro. Ya que hasta hace poco el manga era algo puramente de nicho, habiendo poca oferta más allá del shōnen de moda y las pocas excepciones en forma de romances o algún ocasional manga de Tezuka o Urasawa que tuvieran a bien traer las editoriales, descubrir la existencia de un manga con un enfoque más adulto, o cuanto menos vedado a lo que deberían consumir los más jóvenes, sirvió para dirigir hacia el manga la mirada de un público más amplio. Público que, aún hoy, reconoce antes como maestros del ero-guro a autores como Suehiro Maruo y Shintaro Kago. Pero eso abrió las puertas para otros autores.




Y la publicación de Hikari Club fue el resultado de ese boom para Usamaru Furuya.

Hikari Club es la historia de un grupo de nueve chicos pertenecientes al denominado Club de la Luz, que buscan crear una IA, anclada a un cuerpo robótico, que secuestre para ellos chicas hermosas. Esto, que bien podría haber dado lugar a una comedia ligera, se torcerá cuando la depravación de sus lideres, la voluntad del robot y la poca cooperación de una chica haga que la situación se acabe haciendo insostenible.

Con todo, quien espere aquí algo siquiera similar a lo que consideramos ero-guro en occidente haría bien en no acercarse a este manga. Con un enfoque más próximo al de clásica historia de institutos, con muchas situaciones humorísticas y centrándose más en la parte ero del ero-guro —salvo su muy escabroso final, no apto para lectores sensibles—, el mayor interés de la historia se centra en el delicado equilibrio que logra mantener Furuya entre las luchas de poder y dominación de los miembros del club y la historia de la IA cobrando consciencia a la vez que se enamora de la única chica que logra secuestrar.

Toda una barrabasada inteligente, bien narrada y con un indisimulado gusto por la sangre y la depravación que, de todos modos, sería sólo un puntal de las muchas aristas del autor. Y de la propia obra en sí.

Tras la publicación de Hikari Club por la extinta EDT, hubo que esperar tres años para volver a ver algo nuevo de Furuya. También de terror. Porque una por aquel entonces casi virgen Milky Way decidió que uno de los primeros títulos de su colección sería uno de los considerados clásicos del autor. La cruenta, aunque más psicológica que gore, El club del suicidio.

Colegialas precipitadas

A pesar de ser la adaptación al manga de la película homónima de Sion Sono, la obra de Furuya comparte con aquella poco más que la premisa. Algo que cabe explicar porque el propio Sono le pidió a Furuya que no hiciera una adaptación literal, sino que contara su propia versión de la historia. De ese modo, siguiendo la historia de 54 chicas que se suicidan en masa tirándose a las vías del metro de Tokio, una serie de personas se verán impelidas a descubrir qué hay detrás del misterioso club del suicidio que parece estar detrás de los hechos. Y es que en el manga, en vez de seguir el caso desde el punto de vista de los detectives y de una colegiala llamada Mitsuko, opta por seguir todo desde la perspectiva de Kiyoko, un personaje secundario con cierta importancia de la película original.

El resultado: una historia mucho más directa, con más énfasis en el conflicto psicológico entre los personajes. También una trama más sencilla, más próxima al thriller que al terror psicotrónico de la original, siendo la versión de Furuya una versión aguada de la misma idea.

Con todo, El club del suicidio no es un mal manga. Mas al contrario, es una lectura impactante, con recursos y elección de planos desconcertantes, que elevan lo que no deja de ser un thriller promedio a algo mucho más interesante. Tal vez no tanto como la película original de Sono, imbatible en lo que respecta a la potencia de sus giros y sus sacudidas, pero sí en un más que justificado puesto de honor dentro de la bibliografía del propio Furuya.

Tras la publicación de El club del suicidio, Milky Way no nos hizo esperar demasiado hasta que pudiéramos disfrutar de otro pedazo de la mente de Furuya. Pero esta vez no eligieron una obra larga. Sino algo que apenas sí hemos visto de él en España: sus historias breves.

Nuevas piezas de Furuya

Aunque el autor ha realizado historias cortas durante toda su carrera, este acercamiento al manga fue más común en sus primeros años. Por aquel entonces hacia mangas breves, de una o dos páginas, donde las premisas sin pies ni cabeza iban de la mano con dibujos toscos, muy violentos y no menos desconcertantes. Algo de lo que todavía queda algo en Happiness, una selección de sus más relativamente recientes historias cortas.

Cambiando de tono y enfoque de historia en historia, resulta difícil encontrar un elemento que articule Happiness como obra completa. En términos de dibujo, la calidad varía enormemente entre historias. Y en lo que corresponde al estilo, hay no pocas historias que difieren del resto de los diseños del tomo. Del mismo modo, tampoco en temática encontramos dos historias parecidas: tenemos desde una historia de terror digna de un Junji Ito descafeinado hasta un par de historias que bien podrían haber sido un rip-off algo más crudo de Nisioisin. Pero si se analiza con cuidado, es posible encontrar un patrón similar entre algunas de sus historias. Que es la pasión de Furuya por poner su vista sobre los fracasados del sistema.

De uno u otro modo, los protagonistas de estas historias son perdedores. Gente demasiado estúpida o con demasiada mala suerte como para poder vivir una vida digna. Y a partir de ahí comienza un calvario que pasa por el sexo o la violencia, por lo general no consentida, con un final dramático que cambia la situación. Para bien o para peor.

A pesar de que Happiness es una lectura interesante, es tal vez el punto más bajo de todo lo que se ha publicado de Furuya. Demasiado disperso, con altibajos muy evidentes en la calidad de su dibujo, ninguna de las historias está realmente bien cerrada, cayendo todas en algún punto entre lo inane y lo idiota. Al menos si excluimos un par de excepciones, donde destaca especialmente la brevísima ¿Y sí…?, donde, al jugar con elementos más ortodoxos, logra una lectura satisfactoria al jugar todas sus cartas en giros finales muy bien llevados. Porque a veces lo único que necesitas es no querer ser original y edgy a toda costa.

Infantes cruzados

Pero esa no será la premisa que mueva sus siguientes mangas. Y es que, siguiendo la misma idea de violencia y tragedia, pero llevada con más gracia, tenemos una licencia reciente de la editorial ECC: La cruzada de los inocentes.

Adaptando libremente los acontecimientos de la cruzada de los niños, donde niños alemanes y franceses se dirigieron a Tierra Santa para convertir pacíficamente a los musulmanes, podemos encontrar su gusto por los personajes fracasados desde su misma concepción, llevados a un contexto donde los giros y la violencia, no por ser llevada al extremo o la fantasía, pierde todo su impacto. Con un perfecto manejo de la tensión dramática, un ero-guro crudo y realista y una historia relativamente breve, solventada en apenas tres tomos, este es, seguramente, el mejor acercamiento posible al Furuya obsesionado con la sangre, el sexo y los personajes nacidos para sufrir en un mundo corrupto hasta su misma esencia. Al menos, para aquellos que no tengan problema en ver violencia gráfica aplicada a los niños.

Más allá del ero-guro, es difícil encontrar un rasgo que aune su obra. Y ni siquiera sería exacto decir que lo es el ero-guro. No todas sus obras se basan en el sexo, la violencia y ese retorcido sentido del humor colindante con la idiotez. Algunas de sus obras son menos truculentas. Y en Milky Way deben saberlo bien, ya que, tras las dos obras ya citadas, nos trajeron la que es, probablemente, su obra más redonda: La música de Marie.

Una melódica diosa-robot

En un mundo de pequeñas islas que viven compartimentadas según la labor que se ejerce en cada una de ellas, existe un extraño elemento que los mantiene a todos bajo un mismo paraguas en común: Marie, una diosa robótica que vuela por los cielos emitiendo una extraña música que relaja a cuantos la escuchan. De entre esos enamorados destacará Kai, un chico enamorado (físicamente) de Marie, el cual no se percatará de que su mejor amiga, Pipi, tiene esos mismos sentimientos hacia él. Algo que creará un conflicto que no sólo afectará a su amistad o sus personas, sino también al mundo y la idea que tienen sobre la diosa.

Con un dibujo precioso, de diseño exquisito y repleto de imaginación, el ritmo de La música de Marie resulta trepidante y, en su último tercio, los consecutivos giros de los acontecimientos convierten a la historia en una acongojante reflexión sobre la paz, el amor, la violencia y la libertad, especialmente en lo que respecta al coste que todo ello conlleva. Algo a lo que, si además le sumamos la preciosa edición en tomo único con la que ha sido publicada en nuestro país, hace difícil no ver en ella toda una golosina para cualquiera que se considere aficionado al manga.

Pero Furuya no se acaba en Marie. Ni en las editoriales que hemos nombrado, pues recientemente Ponent Mon ha decidido unirse también al frenesí Furuya. Pero ha decidido apostar por otra clase de trabajos. Por unos más recientes. Menos violentos. Y en cierto modo, más realistas.

Mátame, colegiala

El primero de ellos ha sido Autasasinofilia. ¡Quiero ser asesinado por una colegiala!., cuyo título es su propia sinopsis.

Haruto Higashiyama. Hombre. 34 años. Soltero. Profesor de instituto. Toda la vida ha tenido miedo a la muerte. Pero por alguna razón, desde que era adolescente, siente una gran excitación sexual por la idea de que una chica adolescente le asesine, mientras él opone resistencia, sin que él pueda evitarlo. Aun sabiendo que no es racional, y pudiendo tener una vida sexual normal sin indulgir en sus fantasías, no puede evitar obsesionarse con la idea de que será asesinado por una adolescente, desee o no hacerlo. Algo que le llevará a conducir un plan que le permita ser asesinado en las condiciones que él considere óptimas.

Aunque pueda parecer lo contrario por la premisa, este no es un manga humorístico. Tanto el conflicto de Higashiyama como de los estudiantes con los que se ve involucrado, un variopinto grupo de personajes que incluye el clásico malote de buen corazón, la chica superdotada y la chica guapa pero distante —con un giro psicológico-sobrenatural mediante—, gira alrededor de un constante tira y afloja donde ninguno desea estar donde está, pero todos sienten que su destino es inevitable, que no pueden hacer nada para cambiarlo. No cuando, psicológicamente, ninguno es inocente: todos parecen sufrir de alguna clase de enfermedad mental que les impide no dirigirse cuesta abajo y sin frenos hacia su propia perdición.

En la misma línea, el último trabajo de Furuya publicado en nuestro país incide en el thriller sobre el mero gore. Y es que 51 maneras de proteger a tu novia, también publicado por Ponent Mon, parte de un concepto bastante conocido para cualquiera que conozca el mundo del manga y el anime: ¿qué ocurriría si un terremoto de gran magnitud colapsara la ciudad de Tokyo?

Dado que no es una idea nueva (Tokyo Magnitude 8.0 en el anime y Dragon Head en el manga son dos ejemplos de la misma premisa, aunque enfocados de otro modo completamente diferente) podríamos pensar que Furuya se ha pasado de perezoso. Pero no es así. Principalmente, porque el terremoto es parte central de la trama —como nos deja ver lo minucioso de su documentación, con explicaciones muy específicas, especialmente al final del tomo, de cómo actuar ante caso de terremoto o cómo funcionan los terremotos en sí—, pero también porque lo más importante son sus protagonistas.

Y es que 51 maneras de proteger a tu novia puede ser leído como un what if… de uno de los mejores relatos de Happiness: el homónimo Happiness. Centrando toda su atención en los personajes protagonistas, un chico cuyo único sueño es ser un famoso de la tele y una chica que haría cualquier cosa por ir al concierto de un músico autoconsiderado salvador de la humanidad, además de la supervivencia en sí ante el cataclismo, lo más interesante es ver el desarrollo de su relación a lo largo de los tomos. Ver cómo pasan de ser personas egoístas, desconectadas de sus sentimientos y de quienes les rodean, a convertirse no sólo en personas implicadas en la ayuda de los demás y, especialmente, en ayudarse el uno al otro en una situación tan delicada como un terremoto que ha dejado cientos de muertos y heridos, sino también personas capaces de aprender a gestionar a través de la tragedia un traumático pasado que los acecha.

Ese es el secreto de Furuya. Que detrás de un estilo cambiante, unos diseños que van desde lo preciosista hasta lo perezoso y un dibujo no del todo definido como propio, guarda siempre una temática común para todas sus historias. Porque todas ellas tratan de cómo sus personajes luchan contra un pasado trágico. Un destino cruel, absoluto, en forma de dios, traumas o determinaciones físicas o psicológicas, que les hacen seguir un futuro inexistente y un presente que sólo les hace hundirse de forma cada vez más profunda en la miseria.

Pero siempre luchan. Encuentran el modo de sobreponerse, o de aceptarlo sin abandonar la lucha. Porque más allá de la tragedia, a lo largo de sus historias, encuentran un modo de seguir viviendo a través de ideales o sentimientos de los cuales se creían incapaces.

Esa flexibilidad temática, incluso si el núcleo de todas sus historias es la misma, permite que haya un Furuya para todo el mundo. Incluso para aquellos que no les gusta el ero-guro. Y aun a falta de ver otras facetas del autor en español, como por ejemplo su lado más breve y desconcertante en Palepoli o su mirada peculiar al manga juvenil en Genkaku Picasso, dada su reciente popularidad, parece que tenemos Furuya para rato. Al menos, si las editoriales no vuelven a abandonarle como lo hicieron tras Hikari Club.

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