[Versus] ‘1989’ de Taylor Swift vs. ‘1989’ de Ryan Adams

Pese a las apariencias, la familia CANINO dista mucho de ser un bloque de superseres que se mueven todos a una en formación equilibrada. Cada uno tiene sus neuras, sus manías, sus likes y dislikes. Saquemos partido de eso, que no quede todo en una lucha en el barro en sótanos mugrientos (tickets del próximo Canino Royal Rumble, en breve): a partir de ahora, etiquetaremos como Versus los mayores conflictos dialécticos de CANINO. Furia de titanes, pero de verdad.

Arrancamos con dos jóvenes contendientes que vienen pisando fuerte en la arena del ponerte las cosas claras. Ninguno de ellos ha leído las aportaciones del otro, ninguno tiene derecho a réplica porque esto es a vida o muerte, amigos. Azul Corrosivo y Álvaro Arbonés se dejan de hablar por culpa de 1989, la cima pop de Taylor Swift y la réplica experimental de Ryan Adams.

taylor1Ryan Adams y Taylor Swift: una historia de mansplaining
Azul Corrosivo

Hace unos días, Ryan Adams lanzaba su disco de versiones de 1989, el último álbum de Taylor Swift. Cuando Entertainment Weekly le preguntaba por qué había decidido versionear a una diva del pop, siempre con ese tono acusador (¿es que te gusta Taylor Swift? ¿A ti, un cantautor profundo?), Adams explicaba que sus canciones le parecían muy honestas y bien escritas. Y, sorpresa: los críticos no han entendido nada. Mientras, Newstateman ha dado en el clavo con su reflexión.

Internet está llena de bromas sobre la cantidad ingente de denuncias que pone Taylor Swift. O esa es la denominación que generalmente se le da. La última, hace un par de semanas, respondía a una situación abusiva vivida por la cantante en una radio, donde el presentador le levantó la falda y le agarró el culo. Un gesto asquerosamente habitual que atenta contra la libertad de Taylor Swift de decidir que le toque el culo quien a ella le salga del coño. Todas esas burlas y textos irónicos al respecto sólo minimizan los micromachismos diarios y les conceden una categoría de “tontería”, “qué exagerada”, “no es para tanto”, “sonríe, que estás más guapa” a una agresión, más o menos leve y siempre relevante y denunciable.

Esta semana, la siempre sexista (girl bands!) prensa musical ha hecho su aparición con sonrisa de hiena para comentar el disco de versiones de Ryan Adams, a pesar de no haber reseñado el 1989 original en ningún momento. Pop, ugh. El New Yorker empezaba su crítica con “vais a odiar esto, pero hemos analizado un álbum escrito por Taylor Swift”, y American Songwriter hablaba de que Adams le ha “imprimido profundidad y delicadeza a las canciones de Swift” y “le ha dado una masterclass de interpretación”. Hablan de 1989 como si las letras no fueran obra de Taylor Swift o los acordes y armonías fueran muy diferentes a los de su concepción original, todo ello de una forma bastante ridícula. Como cuando dices algo en una conversación entre hombres, tu aportación es recibida e ignorada y alguno de los interlocutores la recupera minutos después haciéndola suya. Y es que es exactamente esa situación.

A pesar de las buenas intenciones, Ryan Adams ha posibilitado que docenas de “críticos” se lancen sobre Taylor Swift, defenestrándola y echando su trabajo por tierra. Lo único que exijo es un poco de coherencia: si te ha flipado el disco de versiones de Adams, genial, pero si las razones por las que te ha flipado son “que la provocación de una mujer salvaje se convierta en un lamento desgarrado en manos de Adams”, tu problema es una cuestión de género.

Ian Crouch habla de un disco subversivo: “en Blank Space, la lista de ex-novios de Taylor Swift parece un alardeo de los corazones que ha roto; la misma línea cantada por Adams habla de un bagaje emocional, de un corazón roto”. En. La. Misma. Letra. Es evidente que su crítica es sesgada: donde Taylor es hipersexual y está más vacía que un coco, Ryan reimagina unas emociones complejas y masculinas. Swift es algo a lo que mirar embobado y Adams es algo a lo que escuchar muy atento. Algo serio. Algo de verdad. Porque sale de las emociones de un señor, que es mucho más digno.

Los críticos celebran la sinceridad de Ryan Adams como una cualidad que no asocian con Taylor Swift. Ella es boba, banal; él, profundo y solitario. Cuando la única diferencia entre ellos es que, mientras él pulula lánguido alrededor del mainstream, ella fue catapultada hacia él. Un montón de publicaciones se han esforzado en dejar clara la planeza y la vacuidad de Tay, ensalzando a Ryan Adams por unos arreglos: AV Club dice que estas versiones nos recuerdan que la música de Taylor merece respeto (¡vaya!); The Atlantic dice que este álbum justifica el de Swift (¡claro!); y Telegraph habla de emociones ganando a lo superficial (¡venga!). De momento, la única web que ha invertido la lógica patriarcal ha sido Pretty Much Amazing, que titula “Taylor Swift escribe el mejor disco de Ryan Adams” y habla de un gran homenaje a una obra maestra. Qué curioso: hace falta escuchar a un señor de mediana edad repitiendo sus estrofas una y otra vez para valorar 1989.

 

taylor2El sentido de una buena versión.
Álvaro Arbonés

Hacer una versión nunca debería suponer hacer un retrato 1:1 de la obra referenciada en tanto que, para eso, ya disponemos del original. Ahora bien, si es fácil dilucidar lo que no debería ser una versión, es francamente difícil decidir unas pautas de lo que sería una buena versión; a diferencia de las familias, todas las malas versiones se parecen entre sí, pero cada buena versión tiene un motivo especial para serlo. Eso complica el trabajo crítico. Cualquier reduccionismo, argumento de autoridad o aspaviento al grito de «no ha entendido nada» es sospechoso ya no sólo por su escaso valor como argumento, sino también por el hecho de que ya que cada versión debe ser en sí misma una singularidad, toda crítica requiere ser, por extensión, igualmente singular. Hacer crítica, pues, no discriminar según las simpatías o antipatías que sintamos no sólo por la obra o el artista original, sino también por aquel que la reinterpreta.

Taylor Swift despierta pasiones, aunque no necesariamente positivas. Eso ha impedido en buena medida que el análisis crítico de la versión que ha hecho Ryan Adams de su quinto trabajo, 1989, ya no sólo sea poco ponderada, distanciada y, en la medida de lo posible, no mediada por las simpatías particulares de cada crítico, sino también porque se ha pretendido medir exclusivamente desde su mejoría/empeoramiento de la obra original. Como si eso tuviera sentido. No se ha considerado una obra en sí misma, sino desde el supuesto de lo que hace con la obra de Swift. He ahí que tanto las reacciones negativas (que se podrían resumir en que o bien no ha entendido la obra o bien ha pretendido explicársela a su creadora) como las positivas (que es una obra maestra o que mejora la original) caigan, en ambos casos, en aquello que debería resultar inaceptable: no la subjetividad, sino ignorar la obra para ajustar cuentas pendientes.

En realidad Ryan Adams no versiona tanto como reinterpreta 1989, ya que descifra su subtexto para hacerlo suyo desde sus coordenadas estéticas. Qué se cuenta y cómo se cuenta son dos hechos indisolubles entre sí. Eso se ve con bastante claridad en Welcome to New York, donde a base de cargar tintas en una guitarra country, un tono de marcado acento melancólico e, irónicamente, una estructura cuyo mayor peso específico cae sobre el estribillo, logra formular una composición que, sin comprometer el fondo de la canción, se nos revela de otra manera: sin ironía, sin máscaras, siendo tan literal en lo musical como se pretende en lo lírico. Más pop en el sentido clásico, aunque menos pop rock en su acepción actual.

Si queremos dar con un tono general de lo que supone el 1989 de Ryan Adams debemos pensar en él como en un trabajo de pop bajo su acepción más clásica, no como género, sino como movimiento: es vibrante, sincero, directo, y aunque puede tener aristas, desvíos o muestras de maestría técnicas, estas están supeditadas en todo momento a la transmisión de un mensaje con la mayor claridad posible. Es un intento de hacer algo atemporal, fuera de modas o clichés —a pesar de que, en último término, ninguno de los dos artistas estén exentos de ellas—, pero sin dejar de lado la obra original; la traducción hacia una clave country o folk rock, según prefiramos denominarlo, resulta natural en tanto la propia estructura del trabajo lo permite: antes de su giro hacia los métodos de la producción de la música occidental de masas, Taylor Swift se hizo un nombre a través del country.

Eso se nota de forma particular en los puntos donde Adams «mejora» la obra original. Su reinterpretación es más coherente, guarda una evidente unidad entre canciones, de la cual carece el disco de Swift; menos un disco de singles que una obra compacta que busca una escucha en su totalidad. Del mismo modo, podríamos afirmar que Adams logra un sonido más depurado, transmitiendo sensaciones similares con muchos menos elementos, con una producción bastante más elegante; en cualquier caso, eso se podría achacar a la mayor madurez musical del de Jacksonville: Swift tiene quince años menos él, trece menos en el ámbito de la música. Eso no significa que no tenga sus puntos oscuros. Cuando Swift elige ser más directa, emotiva y optimista es en donde las versiones agridulces de Adams, cuando no directamente melancólicas, se antojan incluso un punto ridículas, como puede ser el caso de Shake It Off, que pasa de ser un single a una canción del monto, si es que no la menos inspirada del disco. Algo lógico. Es la única canción que se siente puramente Swift de un modo diferente, contemporáneo en el mejor sentido de la palabra: intentar reapropiársela desde cánones clásicos carece de sentido, ya que sólo tiene sentido en su forma original. Su estilo celebratorio, vibrante y festivo, es exactamente lo que intenta transmitirnos. [pullquote align=»right» cite=»» link=»» color=»» class=»» size=»»]1989 tiene dos facetas, la intimista-clásica que se decide por la melancolía y la vibrante-contemporánea que se decide por la ironía y el optimismo.[/pullquote]

Eso no impide que Adams haga lo mismo con mejor fortuna en otras canciones. Out of the Woods o Stay son llevadas hasta su terreno, cambiándolas de forma bastante radical, en dos versiones que, en muchos sentidos, podrían considerarse incluso más canónicas que las originales. O podrían sentirse así sino fuera ridículo el hecho mismo de creer en algo así como un «canon». El trabajo de Ryan Adams es maduro, clásico y en cierto modo personal, pero en ningún caso pretende sustituir o mejorar el de Swift, sino homenajearlo y, en sus mejores momentos, servir como complemento activo de lo que busca transmitir.

Cada buena versión tiene un motivo especial para serlo, decíamos. 1989 tiene dos facetas, la intimista-clásica que se decide por la melancolía en el caso de Adams y la vibrante-contemporánea que se decide por la ironía (y en ocasiones) el optimismo en el caso de Swift; pretender dilucidar cual es mejor es absurdo, porque son diferentes. Dos buenos trabajos que sirven para interpretar una misma idea, para pensar los límites del arte y, por qué no, las formas del tema más antiguo del arte, el amor y todas sus consecuencias derivadas. De gustos no hay nada escritos, pero como críticos deberíamos aprender a dejarlos de lado cuando abordamos una obra, sea de alguien llamado Taylor Swift o de alguien llamado Ryan Adams.

Publicidad