VERSUS – Fandom: ¿castigo o creatividad?

¿De verdad seguimos necesitando que los adictos a la cultura pop se junten para hablar de sus cosas? ¿Justifican el fan art bien hecho o los debates interesantes tanta polémica idiota? José Manuel Sala Yago García se enfrentan para dilucidarlo.

EN CONTRA – Sacando oro del estiércol

Debates sobre “fandom sí, fandom no”  hay tantos como culos: puede haber muchos distintos, pero al final todos sirven para lo mismo. Uno busca en cualquier catálogo web y descubre convenciones en los años cincuenta, donde la gente ya se liaba a liberadores mamporros. En lengua vernácula: hablar de las tensiones sobre el “si fandom sí, si fandom no”, no es ni nuevo ni viejo. Dependiendo de lo que cada uno entienda por este anglicismo, más o menos feliz estará.




Supongo que mi compañero de columna hablará de las virtudes del fandom desde la perspectiva más underground e estimulante: el gozo infinito por el gozo infinito, el hormigueo del que no  se conforma con los canales oficiales. Hay muchos ejemplos de esto, todos ellos sanos para el alma: jóvenes editoriales, fanzines, ferias independientes, etc. Y no seré yo quien se lo niegue. Al contrario: viva el Otro, viva la eterna lucha (intelectual) entre quienes quieren saber más y los que prefieren seguir dormidos en la monotonía reinante. Viva esa gente que está loca, esa gente que, como diría el poeta argentino, está salvando sin saberlo este puñetero mundo.

Pero.

Creo que estamos haciendo un flaco favor a los arriba mencionados si los metemos en el mismo saco que ese grupo (mayoritario) de usuarios cuyo principal temas de conversación son si la (espectacular) escena de la plancha en Star Wars es un insulto al “fan de la saga”. Porque si consideramos a la mayoría de los asistentes a las Comic Con de San Diego como fandom, me parece que el fandom entonces es más un ejemplo de consumidor activo/pasivo de marketing (¡gritad en el tráiler de Vengadores 3, cabrones, que este vídeo tenga visitas y el hashtag siga expandiéndose!) que ayuda a los  algoritmos de búsqueda para los grandes conglomerados.

Un fandom capaz de dar su dinero a productos bastante consolidados (Tolkien, Lucas, Marvel) y que tiende a tener erecciones de animal de cuadra al ver el tráiler de la última de Harry Potter. El fandom que exige “una opinión clara sobre Justice League, o la amas o la odias”. Un fandom onanista, adormilado en eternas luchas por cánones, adorador de Los Goonies, con mucho tiempo libre para comentar y retuitear sobre sus opiniones, reaccionario en sus intervenciones (¡no hablemos de los puppies porque no acabaríamos). “Tienes que tener una opinión, sí o sí, exprésala ya mismo en redes”. “O estás con nosotros, o contra nosotros”.  “Warner nos ha traicionado porque…” En otras palabras, para que no se me aburran: el fandom pajero.

No voy a volver a mencionar aquí que Star Wars fue el cáncer del cine. El verbo estaría mal: ahora Star Wars es una metástasis generacional, heredado de padres a hijos, que amansa actitudes y prepara a nietos para ser “seguidores de La Fuerza”. Que Star Wars hizo algunas cosas bien, por supuesto. Su banalización de veinte mil referentes literarios y cinematográficos y su apuesta por vender juguetes cambió la industria (qué duda cabe), hasta transformar “lo alternativo” por  la decisión de “la taza de Jon Nieve de 20 euros” en la Fnac.  Cosas buenísimas, que tienen mucho que ver con el crecimiento personal e intelectual.

Una duda, puramente gramática: en un mundo donde los quioscos ( fuente de saber popular) se han extinguido y  los cómics se compran en El Corte Inglés, donde la obra de un autor de G.R R Martin (¡qué lejos quedó la Wild Cards!) se considera producto de consumo masivo, donde el ojo del espectador se ha acostumbrado con una monotonía alarmante a los muertos vivientes (“ese ciervo zombie no está muy bien hecho”)… ¿Tiene alguna función más el fandom, aparte de ser el último eslabón en una cadena de marketing orquestada por hombres trajeados?  ¿Tiene sentido seguir hablando de él, cuando es claramente mainstream?

Estamos limitados por las palabras. Igual que el señor Graves reflexionó hace cincuenta años sobre cómo el analfabeto modifica el conocimiento de los pueblos, quizás vaya siendo hora de dejar de hablar de fandom (palabra con un tufo a naftalina, todo hay que decirlo) y centrarnos más en la educación de “lo otro”… Aunque eso signifique atrevernos a prestar atención en cosas que no aparecen como banner en El País.

Pero como he dicho al principio de este artículo: culos. JOSÉ MANUEL SALA

A FAVOR – Sacando oro del estiércol

Ilustración de my Jeneral

Por razones tanto sentimentales como profesionales, servidor observó a fondo la tormenta de haterismo que envolvió a Star Wars: Los últimos Jedi durante las últimas semanas de 2017. Una tormenta que aún colea, que ha motivado alguna que otra coz dirigida a nuestra web y a resultas de la cual quien firma esto ha estado a punto de renunciar a un precepto que, para él, es sagrado. Verbigracia: que eso que llamamos fandom es una de las mejores consecuencias (y, a veces, la única buena) de la erupción de la cultura popular.

Pero ojo, porque uno es muy especialito para las cosas de la terminología, y a lo mejor su idea de fandom no es la misma que la que maneja el común de los mortales, sobre todo en la actualidad. Como recuerda José Manuel, el arquetipo contemporáneo del fan resulta materia de pesadillas: un híbrido del dependiente de Los Simpson, un ultra de fútbol y un sectario de La llamada de Cthulhu (el juego de rol, claro) dispuesto, no ya a matar a quien atenta contra su única fe verdadera, sino a hacerle la vida imposible a través de internet, ese formidable patio de recreo para los asnos y abusones del mundo. Ese cretino que hoy te amenaza de muerte a un crítico que ha osado señalar los defectos de Liga de la Justicia, mañana te monta un Gamergate y pasado se suma a una campaña para dinamitar los premios Hugo por quítame allá unas autoras que ofenden su testosterona. Un ente abisal, en suma, al que los mismísimos cenobitas rechazarían con asco.

Cosplay de Alison Jeffery

Pero mi creencia es que ni todos los rebuznos que crepitan en Twitter o Facebook ni mil millones de “git gud” en Dark Souls  ni una jauría rabiosa de sad puppies pueden anular la parte positiva del asunto. Una parte positiva que se resume en una palabra: “creatividad”. El marasmo informativo que padecemos hoy ha propiciado la difusión de las facetas más grotescas del fenómeno, pero también facilita el acceso a su lado más noble. Ese lado en el que habitan la chavala que realiza con primor un fan art, el mozalbete que cose con orgullo un disfraz para hacer cosplay sin miedo al qué dirán o los autores que emplean webs de fan fiction para desahogar sus ganas de escribir. Hay jóvenes talentos, que diría el calvo, y también los hay maduros. Y casi ninguno espera recibir un céntimo por sus esfuerzos. Como mucho, un comentario elogioso o el encargo de otra obra.

¿Objeciones? Pues claro que las hay. Ursula K. LeGuin, sin ir más lejos, tilda de parasitismo todo lo anterior, rechazándolo de plano. Y, con este rechazo, olvida que quien da a conocer un mundo imaginario no sólo está dejando una obra para la posteridad, sino también entregando a su público un patio de juegos que puede ser expandido hasta el infinito de forma colectiva y desinteresada. Así pues, el fandom lleva consigo el potencial para ser tanto un cáncer como una dinamo de ideas cuya energía puede dotar a cualquier contenido de valores más allá de la autosatisfacción del autor o la codicia del ejecutivo. Variaciones e iteraciones insospechadas que salvan de ser meros productos industriales a creaciones cuyo valor intrínseco es, a veces, muy dudoso. Y debates que, a lo tonto, han ayudado a convertir esto que nos gusta en un espacio donde las minorías pueden hacerse oír: ante ciertas pataletas, uno sólo puede pensar orgullosamente lo de “ladran, luego cabalgamos”. Recordando que si antes no ladraban era porque aquí no cabalgaba ni Odín.

Todo esto puede llevar a paradojas sangrantes (quienes han puesto a Rian Johnson en la picota lo han hecho, mira tú, por haber realizado un filme al que se nota el espíritu del fan en cada fotograma) pero también a deleites sin cuento. Por eso el dibujo más cochambroso de DeviantArt emociona más que cualquier bibelot de lujo a la venta en una tienda especializada: porque lleva a cabo el principio alquímico de obtener materia preciosa a base de descomponer lo vulgar. Y así seguimos: “solve et coagula”. YAGO GARCÍA

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