[Versus] ‘Los odiosos ocho’ vs. ‘Los odiosos ocho’: ¿obra maestra o fiasco?

Una vez más, CANINO es incapaz de tomar una posición definida. En la redacción vuelan los lapiceros afilados: no terminamos de ponernos de acuerdo acerca de si Los odiosos ocho es un peliculón o un desastre. Cuando suceden estas cosas, antes de que la sangre llegue al río, solemos poner sobre la mesa una salomónica forma de dirimir las disputas.

Nuestros Versus ponen a dos redactores en esquinas opuestas de un metafórico ring para que saquen sus mejores armas dialécticas a pasear. En este caso, YAGO GARCÍA defiende a capa y espada el western claustrofóbico de Quentin Tarantino, mientras que DAVID BIZARRO le busca las cosquillas. Tú, amable lector, decides quién vence por KO.

YAGO GARCÍA – Tarantino sonríe (y no es agradable)

A lo largo de 24 años (los que están a punto de mediar desde el estreno de Reservoir Dogs -1992- y el momento presente) la figura de Quentin Tarantino ha atraído sobre sí muchos adjetivos. Y, sin hacer distingos entre los peyorativos y los elogiosos, podemos estar seguros de que “triste” nunca había sido uno de ellos. Durante la mayor parte de su carrera, el director nacido en Knoxville se ha mostrado como un tipo ególatra e irascible, pero también locuaz y jovial, siempre dispuesto a compartir sus pasiones tanto de viva voz como en películas que derrochaban complicidades. Algo que responde menos a esa dispersión posmoderna que tanto se le critica y más (en opinión de quien suscribe) a la generosidad entusiasta del fan dispuesto a compartir sus obsesiones con cualquiera, a poco que dicho cualquiera muestre un mínimo de interés.

Sin embargo, últimamente Tarantino parece algo que nunca había parecido en estas dos décadas y pico: un hombre cansado. Sus fotos recientes suelen mostrarle con una inusitada cara de vinagre, mientras que la pájara montada acerca del estreno de Los odiosos ocho y su retirada del Cinerama Dome de Los Ángeles revela que Quentin se ha dado de bruces con los peores enemigos de su carrera. Que no son críticos que le consideran un destructor del séptimo arte, ni miembros del público empeñados en gritarle “¡fascista!”, como aquella espectadora del Festival de Cannes hace 21 años: se trata de Disney y Star Wars, potencias contra las cuales un Harvey Weinstein en horas bajas ya no podía resguardarle.

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El Tarantino de 2016, asumámoslo, no es ya el chiquillo que siempre ha aspirado a ser: es un señor de 52 años que aparenta la edad que tiene por primera vez en su vida, y que se enfrenta a un mundo de filtraciones online y campañas mediáticas arrolladoras para el cual no está preparado. Nos guste o no, aquel chiquillo no podría haber rodado una película como esta, pero el Quentin ‘adulto’ de hoy en día sí puede: pobre de él.

De la misma manera que Pulp Fiction (1994), que Django desencadenado (2012) y que prácticamente toda la filmografía de su autor (con las salvedades de Reservoir… y de Jackie Brown -1997-) Los odiosos ocho es una obra que se complace en sus propias paradojas. ¿A santo de qué exigir a los productores un rodaje en 70 milímetros, el formato paisajista por excelencia, si vas a encerrar a tus actores en una maldita cabaña? ¿Por qué vender como un western una historia que, en el fondo, no deja de ser la hibridación entre La Cosa (1982) de John Carpenter y un relato de intriga, al estilo de Agatha Christie? Sin embargo, aquí las contradicciones internas (y asumidas) de su cine no tienen ese tono de risa satisfecha, cuando no de abierta carcajada, que sonaba en los momentos más excesivos de su producción anterior. En lugar de eso, Los odiosos ocho refleja a un Tarantino que sonríe. Y su sonrisa, lejos de resultar amistosa, es una de esas muecas desencajadas que sólo les salen a las personas hartas de todo.

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¿De qué está harto Tarantino? Pues, en primer lugar, de su país: el viaje a la historia de EE UU que emprendió en Django desencadenado, con Malditos bastardos (2009) como prólogo, parece haberle dejado con la necesidad de unas pastillas para el mareo. No es casualidad que Los odiosos ocho esté ambientada durante el periodo de la Reconstrucción, aquel que siguió a la Guerra Civil y que, en los libros de texto, aparece marcado por las administraciones corruptas y el odio institucional a los esclavos recién libertados. De este modo, ambientando su historia en una posguerra civil, el cineasta se ve capacitado para llenarla de personas que se aborrecen entre sí: los antiguos soldados nordistas odian a aquellos que combatieron por el Sur, los forajidos odian a los cazadores de recompensas y, en general, todo el mundo odia a los negros como Samuel L. Jackson, quienes, a su vez, odian a todo el mundo. En cuanto a las mujeres, representadas en solitario por una Jennifer Jason Leigh estudiadamente repulsiva, se las ve, bien como un lastre, bien como una amenaza.

La visión de Tarantino puede ser acusada de exageración, o de regodeo en su pesimismo, pero no de incoherencia: para él, las fuerzas que dan cohesión a los Estados Unidos son el rencor, la codicia y la arbitrariedad de los fuertes. Piénsese en el discurso final de Brad Pitt en Mátalos suavemente (Andrew Dominik, 2012), con aquel “América no es una comunidad, es un puto negocio”, y añádasele una dosis extra de veneno para entender lo que queremos decir. No es casualidad que uno de los temas principales de conversación para los personajes de esta película sea el valor, evaluado en dólares, de vidas humanas. Un valor pagadero, bien contra la entrega de un cadáver, bien contra la de un pescuezo destinado al verdugo. Tampoco es casual que el filme, cuyo plano inicial muestra la talla de un Cristo crucificado, centre uno de sus parlamentos más memorables en la idea de la Justicia, y en cómo ésta supone muchas veces un mero pretexto para la crueldad.

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En sus premisas, Los odiosos ocho puede recordar a Reservoir Dogs. Tal vez esto sea casual (aunque lo dudamos), o tal vez Tarantino haya querido echarle un vistazo a su juventud para recordar lo ingenuo que era entonces. Porque en la película de 1992 latía una épica de la lealtad tomada del cine de gangsters de Hong Kong, mientras que los valores asociados al western, como el énfasis en la dignidad personal, brillan por su ausencia en la historia que nos ocupa. Frente a un panorama tan desprovisto, no ya de códigos, sino de valores positivos, no extraña que algunos resuciten el viejo dogma según el cual Quentin es un corruptor del arte cinematográfico o, como afirma el Chicago Reader, un reaccionario furioso “enemigo del progreso humano”. Allá ellos con sus veredictos, porque, para quien suscribe, dicho progreso es muchas veces una filfa, mientras que nuestra sociedad no se diferencia tanto de esa posada de Wyoming llena de mentiras y de sangre.

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DAVID BIZARRO – Descubriendo la pólvora

«Robo mis ideas de otras películas que me hayan gustado«, reconoce un Quentin Tarantino que apela a la intertextualidad como principal rasgo estilístico, aún a sabiendas de que el único horizonte al que aspira su filmografía es el punto de fuga. Podría decirse que su cine adolece de la clase de indulgencia que, parafraseando a David Foster Wallace, hace de la ironía posmoderna y el cinismo un fin en sí mismo. Y lo que es más grave, compromete su condición de genuino creador de imágenes, porque en Los ocho odiosos no se conforma con tomarlas prestadas, sino que las expolia abiertamente. Empezando por la tormenta de nieve que asoló el sur de Estados Unidos en 1899 y que sirvió como simbólico telón de fondo para El gran silencio (1968), una de las cimas indiscutibles del spaghetti-western.

Gracias al peliculón de Sergio Corbucci aprendimos, por ejemplo, que los cazarrecompensas prefieren cobrárselos muertos porque “vivos son más difíciles de manejar”; a respetar la cadena de frío manteniendo los cadáveres a la intemperie para que no se pudran antes de pasar la factura, y a no caer en la provocación de desenfundar primero. Tarantino acude con la lección estudiada, casi plano por plano, para presentarnos a los personajes principales durante un accidentado itinerario en diligencia en el que no falta ni el sheriff sin montura.

Pero en su empeño por lucirse como dialoguista, la incontinencia verbal que se desata en el interior de la cabina consigue enmudecer a la propia ventisca y ni la balsámica partitura de Ennio Morricone consigue atenuarla. Todo ello redunda en casi tres horas de metraje lastradas por reiteraciones que no conducen a ninguna parte; si acaso, a ver cómo Tarantino da vueltas en círculos en torno a sí mismo, como un perro que persigue su propia cola. Por el contrario, Corbucci y sus guionistas pasaron a la acción bautizando a su héroe “Silencio” en un guiño al proverbial laconismo de los forajidos de Sergio Leone; pero sobre todo, para eximir al actor Jean-Louis Trintignant de sus parrafadas en italiano.

Mientras que el director de Django (1966) fundía lo inhóspito de aquel paisaje nevado con la hostilidad de su paisanaje, Tarantino lo relega al papel de necesaria barrera física con la que aislar a sus protagonistas. Y de paso al conjunto de la película, que transcurre mayoritariamente en interiores y certifica lo que algunos ya sospechábamos: que los minutos iniciales de Malditos bastardos contenían la esencia de ese western que lleva más de una década deseando filmar y todavía se le resiste. Sin restarle méritos a su impecable acabado formal, Los odiosos ocho se resiente en gran medida del desaprovechamiento de los espacios abiertos y la profundidad de campo propios del género que le sirve de coartada. ¿Cómo justificar si no el rodaje de un western en majestuoso Ultra Panavision si las tres cuartas partes del mismo transcurren en el interior de una cabaña? ¿Pudiera ser que tras el remix turulato de Django desencadenado Tarantino decidiese hipotecar el crédito que le resta como cineasta equiparando su Reservoir Dogs a El Dorado de Howard Hawks (1966)? No en vano, sigue siendo el mismo bocazas que se considera a sí mismo como «uno de los artistas más importantes de nuestra época» (sic) y suele jactarse de someter a sus futuras novias al test de compatibilidad de visionar juntos Río Bravo (1959).

De cara a la galería, el director ha gestionado astutamente su decisión por el formato panorámico de 70 mm rentabilizándolo como un desafío a la industria: «Con el formato digital, el cine como yo lo conocía está muerto. Se ha convertido en ver la televisión en público, y si tengo una gran pantalla en casa no veo por qué debería hacerlo» sostiene Tarantino, que no comulga con el elitismo de filmoteca y cuyas palabras debemos interpretar como la declaración de principios de un cinéfilo de pura cepa que reivindica la espectacularidad del Hollywood de antaño. Pero “Tarantino quiere que la veas así” reza uno de los reclamos promocionales, como aludiendo a la filtración por internet de una copia de la película días antes de su estreno. ¿Quién apela entonces al compromiso del espectador? ¿El cineasta que se declara anti-casta o el millonario, coleccionista de celuloide y propietario del histórico New Beverly Cinema de Los Ángeles? Aunque compartamos su amor por la gran pantalla y rechacemos las condiciones cada vez más precarias de los multicines que proliferan en nuestros centros comerciales, cabría reflexionar sobre el verdadero calado ético (y estético) de una propuesta que sólo podrá disfrutarse en una única sala de nuestro país tal y como fue concebida.

Y es que una vez desvelado “el secreto” de Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh), la crispación racial cede paso a la misoginia recalcitrante, y donde dije negro, digo puta. Es entonces cuando este western a puerta cerrada se apropia del principal hallazgo argumental de Dragon Inn (King Hu, 1967) para dirimir las sangrientas consecuencias de un rutinario whodunit al estilo de Agatha Christie. El recurso final del “entre todos la mataron y ella sola se murió” se ajusta a la pertinencia del título anglosajón de una de las obras más populares de la creadora de Hércules Poirot: Ten Little Indians (1939), más conocida en España como Diez negritos. Como ocurrencia, tiene su gracia. Lástima que la resolución no esté a la altura y que ninguno de los personajes sea capaz de cerrar el pico aunque le cosan el pellejo a balazos. Literalmente.

Ahora bien, sepan ustedes que en 1972 un cineasta español injustamente olvidado hoy en día, Joaquín Romero Marchent (Tato para los amigos), se despidió del género del que fuera pionero en España derribando a patadas la puerta. O mejor dicho, volándola por los aires. Semejante órdago de violencia nihilista se tituló Condenados a vivir; un western acreedor de un lirismo pesimista, truculento y sin concesiones, que ofrecía una sombría mirada sobre la naturaleza humana, a caballo entre el survival horror y la epifanía gore. Decía Marchent que, al contrario que el maestro Leone y su epígono Tarantino, le resultaba imposible frivolizar con la violencia. Ya sé que cuando Kurt Russell entra en escena les resultará imposible no acordarse del MacReady de La cosa, pero les pido que recuerden también, siquiera fugazmente, a aquel feroz sargento interpretado por Robert Hundar que selló su atroz destino sin salir de los Pirineos. «La vida es lo único que tenemos. No es mucho, ¿verdad?».

 

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