[Versus] ¿Quién debería ganar la ‘Civil War’ de Marvel?

Nunca ha habido una confrontación como ésta en el Universo Marvel, y nos atreveríamos a decir que nunca ha habido una confrontación como esta en CANINO (aunque a veces hay que ver cómo dejamos la lista de correo privada de la Redacción: hecha un Páramo post-nuclear). Preparándonos para la que se nos avecina a partir de mañana con el estreno de Capitán América: Civil War, hemos pedido a dos de nuestros redactores que defiendan las posiciones de los bandos comandados por el Capitán América y Iron Man. Alberto Mut e Ignacio Pablo Rico han respondido al desafío. Ahora tenemos que alimentarlos en celdas separadas. ¡Mira lo que has vuelto a hacer, Marvel!

Para los que han estado con la cabeza en un hoyo los últimos años: Civil War se originó como una miniserie de comics publicada en 2006-2007 y concebida por Mark Millar, que se desarrolló en solo siete números pero cuyas implicaciones alcanzaron a todo el Universo Marvel. El motivo: un acta de registro superheroico que, tras un desastre provocado por gente disfrazada, intentaba limitar el alcance de los poderes de superheroicos. Iron Man encabezaba el bando de aquellos que apoyaban el registro, y el Capitán América el de los que se negaron a pasar por el aro, convirtiéndose así en proscritos. Este argumento llega hoy a la gran pantalla con la tercera parte de las aventuras del Capitán América, y donde el conflicto se repite: Iron Man y el Capi encabezan dos bandos que se curten el lomo por culpa del acta dichosa, y nosotros hemos decidido que dos de nuestros redactores defiendan cada una de estas posiciones. ¡Que comience el combate!

A favor: Poder y responsabilidad – Alberto Mut

El Acta de Registro de Superhumanos es una necesidad. Todos queremos y necesitamos a los superhéroes, nos han salvado el culo de amenazas superpoderosas más veces de las que podemos contar y gracias a ellos la Tierra sigue en su sitio, así que el asunto no va de controlarlos con una correa. De lo que sí va el asunto es de que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, como nunca dijo el tío Ben, pero también de que ningún superhéroe parece tomarse en serio dicha responsabilidad. Una pelea entre los Vengadores y el ejército chitauri de Loki devasta Nueva York, varios centenares mueren bajo los escombros a consecuencia de los daños colaterales y no pasa absolutamente nada. En cambio, al otro lado del mundo un soldado le pega un tiro a un civil irakí porque sospecha que puede ser un terrorista suicida y le cae encima todo el peso de la cadena de mando, exigiendo pruebas irrefutables de su actuación a riesgo de verse enfrentado a un consejo de guerra. ¿Quién le pregunta a Thor si ese martillazo que destrozó una fila entera de coches aparcados era un uso desmesurado de la fuerza? No todos los desperfectos materiales ni las víctimas mortales las causan los villanos, para quienes sí existe la responsabilidad en forma de prisiones especialmente diseñadas y juicios con sus correspondientes condenas (Loki acabó dando con sus huesos en una celda individual asgardiana). En una batalla entre superhéroes es difícil establecer quién es culpable de qué, pero sí es sencillo determinar quién es responsable: todos los involucrados.

Tony Stark responsabilizándose de una muerte por primera vez en su vida.

Tony Stark responsabilizándose de una muerte por primera vez en su vida.

Jack Hawksmoor bromea con Midnighter acerca de la cantidad de gente que habrá muerto tras una batalla contra los esbirros de Kaizen Gamorra en plena ciudad y éste le responde que menos de los que hubiesen muerto de no haber hecho nada. ¿Y ya está? ¿Nos conformamos con eso? ¿»Es una lástima que tu hijita muriese aplastada por un cascote pero eh, estás vivo, alégrate«? ¿Ese es el mundo que queremos? Un superhéroe, como un soldado, elige serlo. Por venganza, vocación de servicio público o porque no tiene más remedio, pero si elige iniciar su carrera debe ponerse bajo el control del gobierno. Todos los cuerpos y fuerzas de seguridad, todos aquellos ciudadanos legalmente autorizados para hacer uso de la fuerza deben someterse a la autoridad gubernamental. No sólo la policía o el ejército, sino gente armada como los cazadores e incluso individuos que simplemente quieren conducir un coche han de ser registrados y, llegado el caso, rendir cuentas sobre sus actos. Es inconcebible la existencia de un cuerpo armado sin control y eso es precisamente lo que son gente como los Vengadores, la Patrulla X o los Cuatro Fantásticos. Solo que ellos son mucho más poderosos que cualquier fuerza humana armada.

El problema es que esto es una idea que sobre el papel queda muy bien pero que en la práctica es difícil de implementar. Si algo nos han demostrado la CIA y la NSA es que ningún dato está a salvo, sea de un bando o de otro. Cualquier información es susceptible de ser robada y publicada. Si Spider-Man se registra con su verdadero nombre, tarde o temprano May Parker o Mary Jane pagarán las consecuencias de que Peter haya cabreado a tanto villano superpoderoso. Por eso, por la dificultad de llevar a cabo la tarea, ésta se le encomendó a Tony Stark, alguien que a priori tenía el perfil y la experiencia adecuados para ello. Lástima que ni siquiera él fuese capaz de conseguirlo. La cadena de malas decisiones, errores de juicio y equivocaciones que llevaron a Stark a convertir lo que debía ser un trámite administrativo en una guerra abierta entre los héroes más poderosos del mundo es la muestra de que ningún sistema es infalible. Y bien sabe el Emperador que cada vez que un gobierno ha intentado registrar en listas a parte de la población aquello ha acabado como el rosario de la aurora, pero eso no debe significar que abandonemos una buena idea sólo porque sea difícil de materializar. Simplemente significa que hay que trabajar más en ella.

Hay que trabajar mucho más en ella.

Hay que trabajar mucho más en ella.

En contra: la democracia bajo sospecha – Ignacio Pablo Rico

No es poco lo que está en juego con la aprobación por el Congreso de los Estados Unidos del Acta de Registro de Superhumanos. Y tampoco es casual que sea precisamente Steve Rogers, ideológicamente congelado en una concepción de lo americano deudora del sueño de los Padres Fundadores, quien mejor entienda el alcance terrible de esta medida. Porque la Guerra Civil desatada a propósito de la polémica ley representa asimismo una batalla por definir el espíritu de la América contemporánea: ¿es posible aún recuperar los horizontes liberales que inspiraron la Constitución del país o el neoconservadurismo se ha hecho definitivamente con las riendas de una nación donde la seguridad comienza a primar por encima de la libertad, y donde el control estatal le pone bozal a la voluntad y al talento del individuo mediante la supresión de los derechos civiles?

Teniendo en cuenta que el Acta afecta a la función social y al papel sociopolítico del superhéroe, cabe comenzar con la siguiente meditación: obligar a Daredevil, a Lobezno, a Luke Cage o al Caballero Luna a registrarse y convertirse, prácticamente, en funcionarios públicos a disposición del gobierno, dinamitaría el rol heroico esencial de estos justicieros. Porque nos tememos que no es el mismo tipo de registro, como repiten los apologistas del Acta, al que responden un taxista, un médico o un arquitecto para poder desarrollar su ocupación dentro del statu quo. No: el Acta de Registro de Superhumanos transmutaría al superhéroe en superpolicía, en un agente gubernamental que lo mismo podría ser instrumentalizado para detener atracos que para contener sublevaciones populares. El superhéroe pasaría de estar junto al pueblo a situarse frente al pueblo.

Honor y vergüenza.

Honor y vergüenza.

Y los superhéroes hace mucho que dejaron de ser entendidos como gendarmes con capa. Al margen de la ambivalente y cambiante posición de SHIELD en sus diferentes épocas, debemos entender la labor del superhéroe a través de dos claves fundamentales –cosa que el Acta en ningún momento contempla–: en primer lugar, y sirvan como ejemplo paradigmático Matt Murdock y el resto de personajes citados previamente, hablamos de paladines urbanos que realizan una tarea a menudo complementaria a la del aparato de justicia norteamericano, pero amparándose casi sin excepciones en la libre cooperación y en la acción ciudadana: son vecinos que luchan y se asocian con el fin de salvaguardar la integridad de sus congéneres al margen de los dictámenes e intereses de las élites políticas y corporativas, confrontando el sistema cuando hace falta. Spider-Man, que con el tiempo ha encontrado un eficaz método de colaboración con los agentes policiales de Nueva York, combate por el bien común, pero apartado de la agenda de prioridades de los caprichosos poderes fácticos.

En segundo lugar, permitidme exponer un argumento delicado que podría destilar equívocamente cierto tufillo fascistoide. Pienso que no podemos aplicar la misma legislación para un hombre común que, por ejemplo, para el Doctor Extraño. El prefijo latino super, que nadie ha puesto en cuestión, nos indica que estamos aludiendo a una categoría diferente –atribuciones y destrezas a menudo sobrenaturales– a la del humano estándar. Ni mejor, ni peor. Además, en los casos de Namor, La Visión, Thor o cualquiera de los Mutantes ni siquiera hablamos de Homo sapiens. Siendo sus capacidades marcadamente distintas a las del sujeto de a pie, también lo son sus competencias: ¿qué hubiésemos hecho sin superhéroes bajo el yugo de la Dinastía de M, ante los planes perversamente místicos de La Mano o frente a la invasión silenciosa de los Skrull? Pongámonos en un contexto todavía más crudo: ¿y si estos últimos hubieran culminado su objetivo de hacerse con todos los centros de poder político y económico? ¿Al servicio de qué valores estarían los superhéroes en sus manos de aprobarse el Acta?

Un gran poder...

Un gran poder…

La estulticia e irresponsabilidad de Speedball y los Nuevos Guerreros terminó con multitud de superhéroes escondiéndose como proscritos, tras años de denodados esfuerzos por hacer de las democracias occidentales espacios si no más justos, más habitables. Siempre han tenido algo de seres atormentados, marginados, incomprendidos, cuya condición les impide mayoritariamente llevar una vida normal. Es más, la poca normalidad que rodea a muchos de ellos podría verse amenazada: la posible filtración de las identidades secretas, una vez reveladas a la Inteligencia americana, pondría en peligro la integridad física de sus seres queridos. Preguntad, si no, a Peter Parker. Que la entregada y dificultosa cruzada cotidiana por el barrio, ciudad o país que aman sea el punto de partida para criminalizarlos –arrastrándolos a una Guerra Civil que, para variar, pierde progresivamente su sentido hasta erigirse en el goyesco duelo a garrotazos de dos Américas– debería indignarnos profundamente. ¿Podéis concebir la idea del antiguo pueblo griego apresando a Hércules y a Ares, forzándolos a tomar partido en la decadente guerra de las polis? La inquietante imagen que nos devuelve el Acta de Registro de Superhumanos es la de unos Estados Unidos muy próximos a la  idea jeffersoniana de tiranía –donde el gobierno no temería a su pueblo, sino que la gente tendría más razones que nunca para temer a la clase gobernante–, confirmando aquella visionaria afirmación del presidente John Adams: “Nunca ha habido todavía una democracia que no se suicidara”.

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

 

Publicidad