Viñetas en tapa dura: 9 cómics para el Día del Libro

La intensidad editorial de estos días que se produce durante estos días abrazó al mundo de las viñetas desde su mismo origen, pero en esta época de novelas gráficas y cómics que rivalizan con la mejor literatura, el lazo es más fuerte que nunca.  A continuación os presentamos un surtido de novedades recomendadas con el entusiasmo que nos distingue.

¿Cómics para el día del libro? Llámalo proselitismo, rebeldía de perfil bajo o la cosa más natural del mundo, pero las estanterías también se llenan estos días de libros donde la letra convive con el dibujo. A continuación te presentamos nueve sugerencias fresca, ricas y variadas, nueve tebeos de hoy para el lector del mañana.

Jack Palmer en Bretaña, de Pétillon (Norma)

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Pese a ser uno de los grandes personajes del cómic de humor europeo, el inepto detective privado creado por René Pétillon ha tenido aquí una vida editorial larga y accidentada —de los primeros números de El Víbora al TBO de Ediciones B— que nos impide apreciar su mutación constante en extensión (de la aventura larga a la viñeta chiste), humor (del slapstick absurdo al gag sutil) y estilo gráfico. Si en 1974 nació pletórico de sinsentido y horror vacui con el underground y la revista MAD como referentes, luego se hizo línea clara, más tarde de trazo minimalista y en su caricaturesca última etapa los lectores francófonos lo convirtieron en best-seller gracias a dos sátiras demoledoras sobre el terrorismo (El archivo corso) y la comunidad islámica (El caso del velo).

Llega ahora su aventura más reciente, cuyo título parece remitir a las aventuras de Astérix pero que en realidad se descubre hijo bastardo de Las joyas de la Castafiore y el sarcasmo del gran Lauzier. Comedia de enredo con crimen, el detective protagonista alcanza la inoperancia absoluta en medio de una trama coral de ritmo imparable y recursos cómicos inagotables —de la finura al puñetazo— al servicio de una historia que aúna la sátira hacia el arte contemporáneo, la parodia rural con snobs y la denuncia ecológica. En resumen, y aunque no lo parezca, uno de los grandes tebeos del año.

El árabe del Futuro 2, de Riad Sattouf (Salamandra)

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Al igual que Pétillon, Riad Sattouf tampoco parecía encontrar su lugar entre nosotros, y no será por intentos: Manual del pajillero, Mi circuncisión, Pascal Brutal o La vida secreta de los jóvenes. A ver si alguien se anima con lo que queda inédito de las dos últimas, ahora que El árabe del Futuro se ha convertido en un fenómeno editorial —aquí más modesto, como siempre—. Hijo de madre francesa y padre sirio, Sattouf rememora una infancia a caballo entre Francia y Oriente Próximo. En esta segunda entrega, donde solo caben los colores de la bandera Siria, un niño de 7 años rubito y con melenas afronta la dureza escolar en un pueblo perdido en medio de un país atrasado, sometido a la tradición islámica y a la dictadura del Hafez al- Asad. Si leíste el anterior, lo normal es que ya te hayas lanzado sobre este, que aún es mejor gracias a personajes como la dominatrix islámica encargada de enseñar a los niños el himno nacional o el corrupto policía que vive en una mansión llena de grietas. Sattouf utiliza el humor como arma y puede ser tan tierno como negro y cruel, implacable consigo mismo, su familia o su padre, un profesor que aspira a todo sin ser nada; pero también sacude el relato con emoción intensa y sin blandura. Vamos, un cómic buenísimo donde la carcajada convive con la memoria cotidiana de un lugar hoy arrasado por la guerra.

La Favorita, de Matthias Lehmann (La Cúpula)

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Aunque nos hemos acostumbrado a que la ficción sitúe mansiones, sótanos y otras arquitecturas del mal en la América profunda, la prensa de sucesos insiste en descubrir que la casa de los horrores está en Bélgica o Austria porque la vieja Europa es un continente salvaje. Matthias Lehmann evoca Siempre hemos vivido en el castillo, la gran novela del american gothic escrita por Shirley Jackson en 1962, pero sitúa en la Francia rural la historia de una niña prisionera y maltratada por sus abuelos bajo el ominoso recuerdo de una hija muerta hace años. Estupenda muestra de gótico de provincias, turbio e inquietante, no se conforma con eso y juega a la estructura episódica de registro cambiante —también es un oscuro relato sobre el fin de la infancia— y múltiples referencias —Poe, Goethe, cine negro. Con tanta cosa asoma algún titubeo fugaz puntual que se sortea con habilidad gracias a un par de sorpresas y un giro final dominado por la crónica de sucesos. Dejo para el final la cuestión gráfica, una delicia que aplica técnicas del linograbado a la caricatura moderna.

Hotel California, de Nine Antico (Sapristi)

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Recuerdo haber disfrutado mucho con el retrato malicioso de las jóvenes pijas de Girls don’t cry, lo único que había leído de una autora que también me seduce en lo visual, discípula contemporánea de Jean Claude Forest o Guy Peellaert, es decir, de la quintaesencia estética de lo pop. Nine Antico opta aquí por el blanco y negro  —en el pasado no hay color chillón que valga— para explicar la historia del rock desde una peculiar perspectiva groupie, es decir, de las chicas entregadas a sus ídolos. No se trata del festival de sexo sucio que uno da por sentado con esa premisa, ya que un candor irreal domina el conjunto. La autora desprecia el relato lineal típico para jugar con lo sensorial, algo que junto al matiz raro —la muñeca Nancy ejerce de Pepito Grillo, por ejemplo—  diluye un poco el empaque final; pero vamos, nada grave ante el festín de cultura pop repleta de subtextos que propone: Phil Spector, la beatlemania, Brian Wilson, el fascinante Bobby Beausoleil, Sunset Strip, Jim Morrison. Que el viaje empiece con Elvis y acabe —de momento, habrá continuación— en Charles Manson ya dice muchas cosas y todas buenas.

Gringos Locos, de Yann y Oliver Schwartz (Dibbuks)

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En 1948, tres dibujantes belgas escaparon de la triste posguerra europea rumbo a los EEUU y un puesto de trabajo en los estudios Disney, pero acabaron instalados en Tijuana. A su regreso, un par de años más tarde, revolucionaron el cómic franco-belga. Los tres aventureros eran André Franquin (Spirou, Gastón el gafe), Morris (Lucky Luke) y Jijé (Jerry Spring) y su viaje acabó convertido en el mito fundacional de la bande dessinée moderna. Los autores de una muy disfrutable aventura retro de Spirou y Fantasio durante la ocupación nazi (El botones de verde caqui), regresan manteniendo dos de sus mejores virtudes: la espectacular línea clara de Oliver Schwartz, absolutamente poseída por el espíritu del gran Yves Chaland, y el gusto de Yann por la referencia, aquí obligada. Junto a la peripecia, el relato está lleno de guiños hacia la obra posterior de sus protagonistas, cuya descripción no tiene desperdicio: Jijé, que se llevó consigo a su familia (esposa y cuatro hijos), es un torbellino resolutivo y católico devoto; Morris, un tipo alegre que serviría de inspiración para el diseño de Spirou y cuya mayor preocupación es el éxito de su recién creado Lucky Luke, temiendo la condena de tener que dibujarlo durante toda su vida; de Franquin se destaca su personalidad introvertida y melancólica, pero también creativa. Un detalle curioso es la inclusión final de un texto de réplica en el que diversos familiares expresan su desacuerdo con lo descrito y narrado. La única pena es que deja de lado el vínculo con el otro mito fundacional del tebeo franco-belga: Morris viajaría luego a New York y, junto a René Goscinny, sería testigo privilegiado del nacimiento del MAD de Harvey Kurtzman, Will Elder y compañía.

Una entre muchas, de Una (Astiberri)

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Con una narración visual sugerente y eficaz que bebe más del diseño gráfico que del cómic, la británica Una pone en paralelo dos historias. Una es la del destripador de Yorkshire, que entre 1975 y 1980 asesinó al menos a 13 mujeres. Un caso polémico por la mala praxis policial, que definió el perfil de las víctimas como prostitutas cuando solo la mitad de ellas lo era, provocando el descarte de testimonios importantes que no encajaban en ese modelo, y motivando que se hurgara en el pasado de las víctimas para que encajaran en el perfil. La otra historia, paralela en tiempo y lugar, es la de la propia autora, víctima de una agresión sexual a los diez años, una experiencia terrible no solo por lo atroz del hecho en sí sino también por el trato e incomprensión posteriores. En su primera mitad, una de las lecturas más impactantes que han pasado por mis manos en bastante tiempo, aunque en la parte final esa intensidad disminuye al centrarse en la denuncia, con datos y hechos, del maltrato social invisible que reciben las víctimas de abusos concretos.

El día de Julio, de Beto Hernández (La Cúpula)

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Siempre que tengo que escribir sobre los hermanos Hernández empiezo diciendo lo mismo, así que vamos a ello una vez más. Cuando los contenidos de Love and Rockets, la revista clave en el camino que lleva del cómic underground al alternativo, empezaron a publicarse en El Víbora, mi preferido fue Beto gracias a su impresionante Palomar. Con lo años, Jaime le adelantó gracias a la evolución maravillosa de sus Locas. Justo es reconocer que la obra de Beto se diversificó asumiendo riesgos como el gusto por lo raro o un ocasional hermetismo argumental. Pero su pulso aparece hoy fortalecido, y si el año pasado nos llegó Tiempo de Canicas, una crónica autobiográfica de infancia cargada de deliciosas referencias pop, ahora con El día de Julio estemos ante su mejor cómic desde Palomar, con la que comparte un paisaje fronterizo similar. Y eso que la propuesta es difícil: recorrer toda una vida, la de su centenario protagonista, y además con un tono coral absoluto. El resultado es una maravilla llena de silencios, elipsis y momentos de impacto: el tullido veterano de la 1ª Guerra Mundial, la muerte por intoxicación, el familiar con tendencias desviadas. Julio nace gritando y muere gritando, pero si el primer grito es el saludo a la vida, el segundo emerge de una vida entera negándose a sí mismo y a su homosexualidad. Una lectura tremenda.  

Paciencia, de Daniel Clowes (Fulgencio Pimentel)

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De un nombre clave del cómic alternativo pasamos a otro, porque de la mano de Fulgencio Pimentel nos llega lo último de Daniel Clowes. Es curioso porque si bien no puede decirse que lo fantástico estuviera al margen de su obra, sus dos últimos títulos entroncan de lleno con la ciencia-ficción. Si El Rayo mortal era su aportación a lo superheroico y el resultado fue enorme, ahora aún va más allá. Paciencia lleva por subtítulo “un viaje mortal  por el tiempo y el espacio a las esencias del amor eterno” y no hay mejor definición posible porque de eso se trata y con eso se atreve: una historia de viajes en el tiempo que no rehuye los elementos clásicos del subgénero: el “matar a Hitler” y sus variaciones, la coexistencia del viajero con su otro yo temporal, la posibilidad de alterar el pasado o ser la causa de ese futuro inmutable, y todas esas demás paradojas que tanto disfrutamos los aficionados. Lo mejor, sin duda, es que siendo una historia de viajes en el tiempo pura no supone ninguna traición al personal universo que ha ido forjado su autor. Paciencia es cien por cien Daniel Clowes, y no solo en lo gráfico —especialmente brillante cuando se lanza al retrofuturismo y altera la consciencia— sino también en esa visión de una América white trash poblada de perdedores. Quizá lo más novedoso sea la inusual apuesta por el amor como motor absoluto de la historia. Uno de los títulos de ciencia-ficción del año, y no solo en el terreno de los tebeos. Aquí tenéis la crítica que publicamos hace unas semanas.

Héroes del blues, el jazz y el country, de Robert Crumb (Nórdica)

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Acabamos no con un cómic sino con un libro ilustrado, firmado eso sí, por el padre del underground. Algunas de las célebres historietas autobiográficas de Robert Crumb evidencian su contradicción interior durante los años de la explosión hippie: si el éxito de sus cómics le convirtió en figura popular de la contracultura, su conexión con el movimiento era distante: su obra estaba en el epicentro de la modernidad pero él vestía como un viejo y sus gustos eran antiguos: los pioneros de la música popular norteamericana y el coleccionismo de discos de pizarra a 78 RPM. Más tarde integró esa pasión en su obra, y el bluesman Charlie Patton o el pianista Jelly Roll Morton protagonizaron algunas de sus mejores historietas. En ese contexto, su estrecha colaboración con Yazoo Records, sello discográfico neoyorquino dedicado a rescatar con mimo esos tesoros musicales olvidados, fue más allá de carteles y portadas e incluyó una mítica colección de postales dedicadas a todos aquellos pioneros. El libro que las recoge en su totalidad permanecía inédito por esto lares hasta ahora, y además remata el asunto la inclusión de un jugoso CD con 23 temas originales elegidos y compilados por el propio Crumb, el acompañamiento perfecto para sumergirse en el recorrido de sus páginas.

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