Will y Skylar: 20 años de la peliaguda cita de ‘El indomable Wil Hunting’

Este mes de febrero se cumplen veinte años (v.e.i.n.t.e.) desde que Will y Skylar, los personajes a los que daban vida Matt Damon y Minnie Driver en El indomable Will Hunting, tenían una de las mejores citas de la historia del cine.

En esa tarde que pasaban en Boston, haciendo chorradas en una tienda de baratijas y teniendo un magnífico sparring dialéctico, Will y Skylar se enamoraban un poco el uno del otro y los espectadores de ambos. La cita, que terminaba en un beso mientras comen en la barra de un take away era divertida, adorable y espontánea; un poco a la manera de aquella mañana en Nueva York que pasaban Audrey Hepburn y George Peppard en Desayuno con diamantes. Las dos parejas comparten cierta cualidad orgánica, cierta armonía en cómo se van desenvolviendo el uno alrededor del otro, en la complicidad generada entre ambos, como dos instrumentos bien compenetrados tocando un dúo improvisado.




Sin embargo, según va avanzando la historia la cosa se complica. Ella está terminando sus estudios y se prepara para marcharse a California a cursar Medicina. Él, en cambio, está en mitad de un fangal personal y vital gordo —no solo porque Will resulta ser un genio de las matemáticas, sino porque además le gustan los follones más que a un tonto un lápiz—. Así, mientras Will asiste a sesiones obligatorias con su terapeuta, Sean (Robin Williams), un matemático y psicólogo que también está rotito por dentro, se va desarrollando su relación con Skylar, a la que miente y va tratando progresivamente peor.

El punto crítico entre ambos llega cuando el personaje de Minnie Driver le pide que se mude con ella a California, lo cual desemboca en una pelea que finiquita con Will marchándose del apartamento de ella de un portazo después de recriminarle que no sabe nada de su vida y que no quiere que le salven. La siguiente (y última) vez que vemos a Skylar es durante la conversación telefónica que tienen antes de que esta se vaya de Boston, que termina con ella llorando y él colgando el teléfono tras un “cuídate”.

A lo largo de la película descubrimos que Will, víctima de abusos por parte de su padre durante la infancia, tiene bastantes taritas emocionales y es absolutamente incapaz de confiar en los demás, lo que supone el desencadenante último de su ruptura con Skylar.  A pesar de lo tremendamente carismática que resulta en la película Minnie Driver -a la que, por cierto, Harvey Weinstein, no quería de ninguna de las maneras porque no la consideraba lo suficientemente atractiva para el papel-  su personaje está caracterizado de forma algo pobre, hecho que contrasta con el amplio desarrollo de Sean, segundo pilar emocional de Will y del que sí conocemos la naturaleza de su dolor.

En el caso de Skylar (que cuenta, eso sí, con menos minutos en pantalla que el psicólogo), sabemos de pasada que también es huérfana y que heredó de sus padres una importante suma de dinero. De Sean no solo sabemos mucho más, sino que el personaje consigue avanzar emocionalmente y superar muchos de los problemas que venía arrastrando -la muerte de su mujer, su fracaso profesional y su rencor hacia su exitoso excompañero de facultad- a través de la relación con Will. Sin embargo, cuando acaba la cinta Skylar no ha cerrado nada. No conocemos la resolución de ninguno de sus conflictos, ya que la película no le importan ni lo más mínimo. Tampoco sabemos en qué estado se marcha; cuando Matt Damon cuelga el teléfono desaparece de la narrativa dejándonos la imagen del tremendo dolor que siente. El personaje se desvanece.

A pesar de todo, es difícil enfadarnos con Will. Aunque se porta como un imbécil, la película de Gus van Sant consigue que estemos siempre de su lado y que perdonemos sus fallos amparándonos en su terrible historia personal. Le queremos porque, al fin y al cabo, se trata de un chaval que consigue sobreponerse al daño que le han hecho y dejar de utilizar esa herida como arma contra los demás y contra sí mismo. Will se equivoca y actúa en ocasiones como una mala persona simple y llanamente porque a veces la gente se porta como una mierda. Además, no está de más recordar que sería terriblemente empobrecedor que el cine se centrase solo en retratar personajes que tienen un comportamiento ejemplarizante o positivo. No obstante, sí que podemos ponerle algunos peros a la ausencia de consecuencias a determinadas conductas, debate que se reabría de nuevo este año al hilo de los personajes de Frances McDormand y Sam Rockwell en la muy aclamada Tres anuncios a las afueras.

En El indomable Will Hunting el problema no es que Will se comporte como un perfecto cretino con su novia, porque todos nos hemos portado alguna vez como un gilipollas y hemos sido injustos con alguien que nos ha tratado bien. El problema viene dado por ese plano final, con un Matt Damon que conduce rumbo a California porque “tiene que ver a una chica”. Así, mientras suena Elliot Smith y empiezan a aparecer los créditos, la película intenta aliviarte dándote a entender que todo puede salir bien y que hay esperanza para Will y Skylar, la pareja a la que tanto has querido y por la que tanto has sufrido.

La escena resulta tremendamente sugerente; al final, la historia de Will Hunting no es más que una bildungsroman, es decir, una road movie emocional en la que Odiseo consigue superar todas las dificultades y una vez en paz puede volver al lado de Penélope, que lo espera tejiendo y destejiendo pacientemente. Aunque ese final abierto resulta muy satisfactorio a nivel catártico, a día de hoy prefiero imaginar que cuando se presenta en su apartamento es Skylar la que le da con la puerta en las narices y que Will va a poder reconstruir su vida pero no junto a ella. Y aunque esa cita sigue ocupando un lugar especial en mi corazón y en mi imaginario cinematográfico personal, quiero pensar que cuando te portas como un idiota hay consecuencias. Y que no siempre la chica va a estar disponible para esperar a que héroe se enfrente a sus demonios.

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