[Crítica] ‘Xenoblade Chronicles X’ – La aventura espacial de la ballena blanca

Secuela espiritual y material del formidable Xenoblade Chronicles de Wii, el último título de los japoneses Monolith Soft nos ofrece una aventura de dimensiones colosales que además se posiciona como uno de los juegos más interesantes del catálogo de WiiU.

La guerra entre dos avanzadas civilizaciones alienígenas de las que nada conocemos ha dejado la Tierra completamente destruida y a los últimos supervivientes humanos obligados a abandonar su planeta natal. Después de navegar por el espacio durante años en busca de un nuevo mundo habitable, la Ballena Blanca, una gigantesca nave baluarte último de una humanidad en extinción, es alcanzada por el enemigo y acaba estrellándose en un enorme y desconocido planeta llamado Mira. La aventura arranca con nuestro avatar amnésico, guiño al eterno cliché del género, rescatado de entre los restos destrozados de la nave.

Se pueden identificar algunos paralelismos entre la premisa inicial de Xenoblade Chronicles X y la de Moby Dick de Herman Melville (1851), más allá de la referencia al viaje de una pequeña representación de la humanidad tras de/dentro de una ballena blanca. La novela de Melville narra un viaje hacia la destrucción, propia y ajena, impulsado por la monomanía ciega del Capitán Ahab, y en cuyo trayecto (lo realmente importante de todo viaje) se efectúa una apasionada descripción de la naturaleza, especialmente de la naturaleza humana; de cómo nuestra humana contemplación imprime majestuosidad, misterio, misticismo, bondad o maldad, a la naturaleza, a sus fuerzas para nosotros invisibles, y a sus terribles (a nuestros ojos) criaturas. Xenoblade Chronicles X se alimenta, en buena parte, de ese sentir, de esa humana capacidad de admirar y admirarse en lo fabuloso, y como obra de su (nuestro) tiempo, sabe que para suscitar la maravilla a partir de la contemplación debe apelar a lo extraterrestre, hiperconectados como estamos en este viaje estático de cartografías digitales exentas ya de misterio. Que se lo digan si no al prometedor No Man’s Sky de Hello Games.

Así pues la Ballena Blanca queda varada, preámbulo de nuestra aventura, en las costas de un planeta monstruoso donde todo está milimétricamente diseñado para sorprender. Mira es una tierra extraordinaria, extraterrestre en el más amplio sentido de la palabra, con una orografía retorcida y colosal, de criaturas extrañas y abrumadoras, completamente ajenas, la mayoría, a nuestra existencia en comparación insignificante. En un primer momento y durante muchas, muchísimas horas, lo único que seremos capaces de hacer será correr y saltar entusiasmados por las maravillas de este nuevo mundo. El salto, elemento ignorado o inexistente durante décadas de rol japonés, es aquí pieza capital para impregnarse de casi todo lo que implica este Xenoblade.

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Los primeros compases del juego, conscientes del propósito más general del mismo, se concentran en satisfacer esa necesidad de explorar, de manera que las primeras misiones nos llevarán sutilmente de la mano a descubrir nuevos y formidables parajes, o determinados segmentos del mapa desde un ángulo de visión especialmente impresionante. Enormes océanos, vastísimas llanuras hervidero de criaturas, gigantescas y abruptas cadenas montañosas, y exóticas selvas que dan cobijo a voluptuosas bestias, son el anzuelo primero que nos tiende Xenoblade Chronicles X. Cualquier cosa visible en el escenario es transitable, tangible y mesurable, aunque el juego nos vaya abriendo sus dimensiones en capas y de forma paulatina. También, toda criatura, desde la más pequeña y agresiva a la más gigantesca y bonachona, es susceptible de ser abatida (si el nivel nos acompaña), y aquí entra en juego ese sentimiento de culpa similar al que nos invadía en Shadow of the Colossus, de Fumito Ueda, cada vez que quitábamos la vida a uno de los colosos, y también la progresiva insensibilización frente a la barbarie. Frente a lo que, intuimos, está mal, pero continuamos haciendo porque así debe ser.

El último trabajo de los japoneses Monolith Soft es una aventura larguísima y profunda, pero quiere gustarte desde el primer minuto. Desde el principio le asoma ese afán por provocar el vértigo, y profesa la misma devoción por las distancias imposibles, por la consciencia de la dimensión y la sensación de profundidad que ya ostentaba la anterior entrega de la franquicia para Wii lanzada en 2011 en tierras europeas. Y es que las tres dimensiones en los videojuegos sólo tienen verdadero sentido en tres supuestos: si ese videojuego es Portal, si ese videojuego es Portal 2, o bien si se trata de un videojuego plenamente capaz de aprovechar de manera funcional el espacio, la profundidad, la altura. Éste es uno de los pocos juegos de rol de mundo abierto, junto con Dragon’s Dogma, que lo hace, y lo hace bien.

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Se trata, también, de un juego idealista, y quizá por ello también bastante ingenuo. La mayor parte del tiempo está tan desparramado en su mismidad, tan ensimismado en su envergadura, que abruma y desorienta y puede llegar a desanimar si no disponemos de prácticamente todo nuestro tiempo para dedicarle. Da la sensación de que al juego se le olvida que al otro lado de la pantalla hay un espacio-tiempo limitado y una persona más o menos ocupada que debe ser la encargada de darle sentido. No ayuda a este desorden lo confuso de algunas de las misiones secundarias, o una organización interna demasiado peculiar que hará que pasen muchísimas horas hasta que empecemos, no ya a dominar, sino a entender más o menos cómo funcionan las cosas en este universo. Ciertamente, la sensación de haber emigrado a otro planeta y de saberte un completo extranjero está bastante conseguida y no sólo por las criaturas del exterior. En el interior todo es extraño, las conversaciones de la gente se nos antojan estúpidas y banales, la burocracia es complicada, en ocasiones un completo sinsentido, y pasaremos mucho tiempo de aquí para allá intentando progresar y entender cómo funciona NLA (New Los Ángeles), la ciudad que la humanidad está construyendo a imagen y semejanza de la urbe angelina.

Es un juego que tropieza y se levanta, no precisamente después de haber aprendido del error, sino tras aceptar sus defectos con entereza y hacer de ellos un fortín. Su principal problema se alza también como una de sus mayores virtudes, porque es capaz de darle sentido a lo que a priori y en cualquier otro juego es un problema de diseño (un planteamiento huraño y confuso), y es capaz de rellenar de significado (un significado íntimo y dependiente de la fuerza estética) otro supuesto defecto, que es el mantener al jugador entretenido haciendo absolutamente nada durante horas. La extrañeza y el continuo descubrimiento son motivos centrales, y probablemente suficientes, pero no lo son todos. El sistema de combate es sensacional, y las eternas sesiones preparatorias, de fabricación, configuración y mejora de equipo, una delicia.

Xenoblade Chronicles X es un juego imperfecto y quizá exige demasiado, pero sabe engatusar al jugador con tiempo libre para llevárselo a su terreno; uno, por cierto, de los más bellos que se han visto en los últimos años en cualquiera de las plataformas de juego habituales. Es también uno de los mejores juegos del ya de por sí interesante catálogo de WiiU, y uno de los mejores títulos aparecidos durante el 2015.

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Xenoblade Chronicles X

Año: 2016
La odisea espacial y colonizadora de Monolith Soft no es un juego perfecto, sino un juego que acepta sus defectos con entereza y hace de ellos un fortín.
Estudio: Monolith Soft
Distribuidora: Nintendo
Plataformas: Wii U