Y la homosexualidad se hizo mainstream: lo gay en la cultura pop

Un adolescente que saliera del armario en los años cuarenta o cincuenta apenas tenía dónde verse reflejado: en cine, televisión, literatura y música sólo parecía existir la pareja heterosexual con hijos (previo paso por la vicaría, por supuesto). El colectivo LGBTQI optaba por permanecer en el armario o llevar una doble vida. Fue bien entrado el siglo XX cuando una serie de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales optaron por aprovechar su estatus de personajes públicos para visibilizar esa parte de la sociedad que el mundo prefería ignorar.

Cada vez que alguien dice que ahora hay más gays que nunca (y sí, aún hay quien lo dice), me rasgo las vestiduras: no hay más, es que ahora no tienen que ocultarlo. De todos los derechos que quedan por conquistar para el colectivo  LGBQTI directamente se podría escribir un libro entero, empezando por la reciente lucha de los transexuales por el uso de los baños públicos. Salvo en la Grecia y Roma clásicas, Occidente ha optado durante siglos por silenciar y reprimir a todo un sector de la sociedad que no comulgaba con lo heteronormativo. Que Marlene Dietrich se vistiera a lo garçonne no era problema: a fin de cuentas, la bisexualidad y el lesbianismo no dejan de ser fantasías alimentadas por el hombre heterosexual. Pero esa era justo la línea que se podía traspasar, y sólo en la pantalla de cine: no en balde la actriz alemana fue amenazada con arresto en París en 1933 si aparecía públicamente vestida como un hombre. Pese a todo, los años veinte fueron un oasis relativo: no sólo la androginia dio el salto a la gran pantalla, sino que figuras tan populares como Josephine Baker no tenían reparo alguno en mostrar su bisexualidad y como ya hemos visto en otra ocasión, en la Alemania pre-nazi valía casi todo, aunque los motivos para esa tolerancia no fueran los más idóneos.

Josephine Baker

Josephine Baker

Terminada la Segunda Guerra Mundial, la libertad sexual dio un pasó atrás. El modelo imperante volvía a ser el de matrimonio con fines reproductivos, la homosexualidad volvió al armario y la cultura popular también se volvió retrógada. Ya no se veían personajes ambiguos en la gran pantalla ni mucho menos abiertamente homosexuales, y autores como Tennessee Williams o Carson McCullers se tenían que conformar con la insinuación velada si no querían ver arruinadas sus carreras. Incluso las voces de autoras como Alice B. Toklas, André Gide o Djuna Barnes parecieron apagarse entre los cuarenta y cincuenta, publicando solo de forma esporádica. Son los años en que la homosexualidad no sólo era tabú, sino que se perseguía y penaba en muchos países. Hasta en el cine había que conformarse con critpogays como el Sal Mineo de Rebelde sin causa (1959) o con la broma caricaturesca de Con faldas y a lo loco (1955).

El asalto al mainstream

Hubo que esperar a los sesenta para que los personajes públicos se atrevieran a reivindicar su sexualidad y de paso, asaltar la cultura masiva. Andy Warhol no sólo convirtió el arte en un lucrativo negocio, sino que convirtió su Factory en una meca en la que la comunidad gay era protagonista de las películas experimentales del artista. Warhol reinventó el concepto de star system de Hollywood y convirtió a personajes como Ondine, Viva o Candy Darling en sus propias superstars. Aunque las razones de Warhol no eran las más desinteresadas o altruistas, su troupe contribuyó a dar visibilidad a LGBTQI. La Factory estaba a pleno rendimiento cuando se produjeron el 28 de junio de 1969 la protesta de Stonewall que despertó definitivamente a una comunidad que se negó a quedarse callada y de brazos cruzados por más tiempo, y a partir de ese momento, la influencia homosexual en la cultura popular mainstream dejó de ser anecdótica.

factory warhol

Aunque el cambio de década trajo un nueva ola de conservadurismo que parecía dispuesta a aplastar cualquier amago de movimiento civil o pensamiento al margen de establecido, nadie se mostró dispuesto a renunciar a los derechos por los que tanto se había tenido que luchar, y menos aún, a volver a meterse en un armario. Y la cultura, por supuesto, era una de los frentes abiertos. El cine se llenó de películas como Muerte en Venecia (1971), The Rocky Horror Picture Show (1975), Cowboy de medianoche (1969) o el Teorema de Pasolini (1968), que le valió un premio especial en el festival de Venecia (aunque el Vaticano pidió que se le retirase).

A nadie sorprenden hoy éxitos de taquilla como Milk (2008) o Brokeback Mountain (2005), ni que directores como John Waters (con su reivindicación de lo camp) o Pedro Almodóvar puedan pasearse por la alfombra roja y recoger premios gracias a películas que probablemente serían un tostón si se hubieran rodado “desde el armario”. La pequeña pantalla tampoco se ha quedado al margen, de Orange is the new black (2013-) a Will & Grace (1998-2006) pasando por My so called life (1994-1995).

OITNB

La música también ha salido del armario. Aunque aún queda mucho artista prefabricado, lo de ir vendiendo imagen de perfecto yerno pasó a mejor vida hace tiempo. Tras el fallecimiento de David Bowie, miles de fans en todo el mundo recordaban cómo esa ambigüedad sexual de la que hizo gala supuso toda una válvula de escape para quienes entraban en la adolescencia en una época en que la homosexualidad empezaba a despenalizarse en el Reino Unido. Aunque se declaraba bi, homo o hetero según le diera, mostró nuevos caminos a quienes se sentían alienados en una sociedad que no admitía más que blanco y negro.

Ver a homosexuales y lesbianas en las listas de ventas dejó de ser una sorpresa con nombres como Elton John, Freddie Mercury, Michael Stipe, Pet Shop Boys o Scissor Sisters, y es difícil no preguntarse por el destino de George Michael si hubiera salido del armario cuando su carrera estaba en el punto más álgido. Habrá quien diga que la jugada era arriesgada, pero Madonna ha sabido sacar réditos al colectivo LGBTQI desde que hizo sus primeros pinitos en el Danceteria hasta el famoso beso a Christina Aguilera y Britney Spears en pleno prime time.

Hasta Ricky Martin ha sabido rentabilizar su salida del armario, y un género como el hip-hop, que puede llegar a ser profundamente sexista y homófobo, ha encontrado en Frank Ocean un portavoz para un colectivo que sufre doble discriminación: por raza y orientación sexual.

La permeabilización ha llegado incluso a la moda (Cara Delevingne es la primera modelo abiertamente bisexual), los videojuegos (los jugadores de Los Sims ahora pueden optar por hombres que se quedan embarazados o mujeres capaces de mear de pie) y las estrellas infantiles, con una Miley Cyrus que sería la pesadilla de Tío Walt y que se declara gender fluid, al igual que hace Grimes y cada vez más millenials en todo el mundo. Ya sólo falta que salga del armario un jugador de fútbol. Además sería todo un golpe de efecto hacerlo en plena Eurocopa. ¿Alguien se anima?

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